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«Santo, santo»
¿Qué es santo para la Iglesia?
En beneficio de la silla de san Pedro – un «santo» póstumo


Prólogo

En los programas anteriores «Para personas con buena capacidad analítica – ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?», hemos documentado la manera como la Iglesia católica, y su apéndice luterano, se desarrolló partiendo del paganismo hasta convertirse en una religión de culto y poder, que abusa del nombre de Jesús, el Cristo, para engañar a la gente. Hemos visto así cómo el culto católico, anclado totalmente en la tradición del paganismo, es lo contrario de lo que enseñó y enseña Jesús, el Cristo.
Esta vez queremos ocuparnos de la pregunta de qué se esconde detrás del concepto de «santo». El ingenuo ciudadano medio asocia la palabra «santo» con cualidades positivas como puro, noble, altruista; tal vez piensa incluso en Dios, puesto que de acuerdo con la enseñanza de Jesús, el Cristo, sólo existe uno que es santo, y este es Dios, el Padre celestial.
La palabra «santo» vive en estos tiempos en el culto católico una verdadera inflación. Allí a muchas personas se las asciende a la calidad de santos después de su muerte. ¿Qué requisitos han de cumplirse para que una persona sea hecha «santa» en el sentido del culto pagano católico? ¿De qué índole deben ser las personas a las que se declara «santas»? ¿Y qué caracteriza a las personas que creen en los «santos»?
Estos son sólo algunos aspectos sobre los que hoy los cristianos originarios quieren informar en su mesa redonda en relación con el término de «santo».

¡Sólo Dios es santo! ¿Por qué se canoniza a muertos, y no a los que están vivos? Continuación del culto a los muertos proveniente de antiguos cultos paganos

Volvamos una vez más al punto de partida. Según la enseñanza de Jesús, el Cristo, hay sólo un santo, el Padre celestial. Si la silla de san Pedro está produciendo constantemente nuevos «santos», o bien califica de «santo» al que está sentado en ella, ¿no significa esto difamar, burlarse y escarnecer con ello abiertamente y de forma pública al gran Espíritu, al Padre celestial, Dios? La respuesta a ello es sencilla: puesto que los que pertenecen a la silla de san Pedro son expertos en las escrituras, se puede partir de la base de que la silla de san Pedro de esta manera calumnia conscientemente a Dios.
Los profetas del Antiguo Testamento sabían acerca de la santidad de Dios, del Uno universal; el vidente de Patmos, el autor del último libro de la Biblia, la «revelación de Juan», cita al gran profeta Moisés en «el cántico de Moisés»: «¡Grandes y maravillosas son tus obras, Señor, Dios Todopoderoso!... Porque sólo tú eres santo, y todas las naciones vendrán y se postrarán ante ti». (Apocalipsis 15, 3 y 4).
Así lo han enseñado siempre los profetas, y así lo enseñó también Jesús: únicamente Dios es santo. La silla de san Pedro por el contrario niega esto, declarando a personas como «santas». A uno le resulta bastante paradójico cuando hoy en día escucha en una misa católica cómo durante la profesión de la fe se alaba a la «comunidad de los santos» y en cada esquina del interior de la iglesia se ve la figura de un santo. Y por otro lado se escucha en una canción, que es parte de la Misa alemana de Franz Schubert: «Santo, santo, santo – santo sólo es Él.»
Las palabras de Jesús en Mateo 23, 9 lo dicen muy claramente: «Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno sólo es vuestro Padre, el del cielo.» La Iglesia, sin embargo, declara que el Papa es el «Santo padre». Por lo tanto, la silla de san Pedro calumnia a Jesús, el Cristo. Y lo hace de manera especialmente persistente en tanto incluso obliga a sus creyentes a creer en la existencia de los llamados «santos» que son nombrados por la Iglesia. En los documentos de la Iglesia se establece claramente: «Quien no crea en estos santos y no venere sus reliquias, «que sea excluido».

En el libro de enseñanza de la Iglesia católica de Neuner-Roos titulado «La fe de la Iglesia en los documentos de la proclamación de la fe», en el dogma n° 474, se lee: «De forma impía piensan, no obstante, los que niegan que se deba invocar a los santos en la eterna gloria del cielo...»
Esto no sólo es lo contrario de lo que enseñó Jesús de Nazaret, sino también lo contrario de lo que hicieron los primeros cristianos, de cómo vivían. Ellos no veneraban a ningún santo; ni siquiera conocían esto. Ellos sabían que cada persona es un templo del Espíritu Santo, que toda persona debe aspirar a la perfección, y que Dios asiste a cada persona que Le pide ayuda en este camino hacia el interior. Esto significa que no se necesita la mediación de sacerdotes, tampoco de «santos», sino que uno se puede unir directamente con Dios, con Cristo, en el interior de sí mismo. Ésta era la enseñanza de los primeros cristianos y también su vida: El hombre es el templo de Dios, y Dios vive en el hombre, en lo profundo de su alma.

Hay algo que da que pensar: ¿por qué se canoniza a los muertos y no a los vivos? ¿Por qué ha de morir primero el cuerpo antes de que el hombre sea después hecho santo? ¿Debe acaso el pueblo no darse cuenta de que el elegido no era en realidad tan santo? Pues en el caso de un muerto se pueden difundir toda clase de historias posibles, muchas leyendas que engañan a otras personas, haciéndoles creer que aquél vivió «como un santo». A través del trato con la persona viva, en determinadas circunstancias se podría originar muy rápidamente una imagen totalmente distinta. Aparte de ello, la veneración de los muertos puede estar fundamentada también en el hecho de que en muchos cultos paganos, p. ej. en el antiguo Egipto, se cultivó el culto a los muertos. Al fin y al cabo el culto a los santos es una continuación de aquel culto a los muertos.

Los dioses del paganismo, ahora convertidos en católicos y con nuevos nombres, fueron hechos «santos», con sus diferentes y respectivos ámbitos de competencia

En la Iglesia católica se encuentran también paralelismos con las concepciones religiosas de Babilonia. Los babilonios tenían unos 5.000 dioses y diosas, y al igual que los católicos creen de los santos, así también los babilonios creían que en el pasado sus dioses fueron héroes que vivieron en la Tierra, pero que ahora estaban en un plano existencial más elevado. Cada mes y cada día del mes se encontraba bajo la protección de una divinidad especial. Para cada problema había una deidad, así como para cada profesión y para cada situación de la vida. Exactamente así lo encontramos también en el catolicismo. Ahora se les llama sencillamente «santos» y no «dioses», pero en realidad se trata de la misma idolatría; incluso se podría hablar de espiritismo, puesto que se invoca y venera a los muertos (en el más amplio sentido puede hablarse sin duda de «idolatrar»).
Los paralelismos con la fe católica son por tanto evidentes. En ésta cada profesión tiene igualmente un santo para sí misma como patrono: hay santos para los pintores, para los abogados, los farmacéuticos, los confesores, los mineros, los destiladores, los libreros, los armeros, incluso para los guardianes de las prisiones, para los cambiadores de monedas, para los jardineros, los ujieres de los juzgados, los enyesadores, los sacerdotes, y no hay que olvidarlo: también para sus amas de casa. Incluso para los pilotos norteamericanos en la guerra, para los buscadores de tesoros y los soldados hay santos competentes. Igualmente para los sucesos más variados –una plaga de hormigas o algo que no se puede solucionar– también se puede invocar a un santo.
Hay también santos que le han de ayudar a uno a saber qué hacer con su propia conciencia y con su propio espíritu librepensador. Existen, por ejemplo, santos contra los librepensadores. Hay un santo contra los remordimientos de conciencia; o sea que si alguien tiene una conciencia, puede rezar a ese santo y éste se la anula de nuevo. Lo interesante es que este santo es Ignacio de Loyola, fundador de la orden de los jesuitas, quien, entre otras cosas, dijo: «Para servir en todo a la verdad, debemos creer que lo que uno considera blanco, es en su lugar negro, si la Iglesia jerárquica lo determina así.»18
También hay santos contra el ansia desenfrenada de bailar, para la lotería, o si alguien busca juegos de azar. Para el teléfono y también para Internet, para todo esto se puede invocar a los santos.
Preguntémonos ahora: ¿todos estos denominados santos han realizado milagros en su vida para que acto seguido se les pudiera canonizar? ¿Cuáles son entonces los requisitos para convertirse en «santo?
Existen dos aspectos que deben darse como precedentes de la canonización: por un lado la fama de la santidad y de haber tenido una vida ejemplar, y por otro la fama de haber hecho milagros.
Como ejemplo se cita la historia del obispo Eligio de Noyon, santo patrón de los herradores y orfebres, de los carroceros y de los veterinarios, con la siguiente –dicho en el más amplio sentido de la palabra– «legendaria» historia: Eligio de Noyon, que vivió en el siglo VII, era herrero. Se cuenta de él que a un caballo obstinado, al que había que herrar, simplemente le cortó la pata y después de poner la herradura a la pata, le volvió a colocar ésta al caballo. O sea que se llevó la pata a su taller, le colocó la herradura y cuando de nuevo estuvo afuera volvió a poner la pata al caballo allí donde correspondía. Esto dice la leyenda. Por ello Eligio es venerado ahora como patrón de los herradores.19
Estas leyendas son a menudo tan realmente ridículas que hasta la enciclopedia católica dice también de forma muy sincera que no son cristianas, sino que han sido cristianizadas y se han retomado del paganismo. En parte son leyendas disparatadas e inverosímiles. Pero lo que es mucho peor es que se haya canonizado a muchas personas criminales, y aquí el asunto se vuelve realmente macabro.
Un motivo por el que alguien debe estar muerto antes de ser canonizado podría ser igualmente el hecho de que esta persona puede que tal vez no esté de acuerdo con este acto. Pues a los «santos» no se les pregunta directamente si desean convertirse en santos. Más de alguno de ellos podría tal vez decir entonces: «Yo no puedo ayudar en absoluto contra una plaga de hormigas», «no puedo ayudar al herrero», o bien «tampoco puedo ayudar al piloto en la guerra». O puede que tal vez tuviese miedo de que sus delitos salieran a la luz del día, por lo que posiblemente él no estaría de acuerdo con ser canonizado. Por ello sin duda se puede pensar que también por este motivo la canonización de la persona involucrada se realiza sólo después de su muerte.
Todo esto es por tanto un culto a los muertos, y al fin y al cabo espiritismo: invocación de los muertos. ¿Y qué dice la Iglesia sobre el espiritismo? Ella prohíbe el espiritismo sólo en el caso de otros se ocupen de él. Ella misma lo practica en la actualidad, por ejemplo, en los exorcismos. En Roma hay cursos para aprender la manera cómo se debe expulsar a los demonios de la gente, y con tales actos exorcistas ya han fallecido muchas personas.
Preguntémonos ahora: ¿qué hacían los paganos en este sentido? ¿Tenían también formas de espiritismo? ¿Tenían también un culto a los muertos? Se sabe, por ejemplo, que en el culto a Mitra los héroes tenían una función semejante a la de los «santos» en el catolicismo. Se trataba de muertos que en vida habían alcanzado mucho prestigio y que legaban después una gran fortuna. En los lugares donde habían actuado se construía un pequeño templo, lugares conmemorativos hacia donde la gente peregrinaba. En esto podría verse un modelo para la veneración de los santos en la actualidad.
Si observamos más concretamente, preguntándonos por qué se reza a los «santos», reconoceremos un antiguo prototipo: se cree que se necesita a alguien que apacigüe al «dios» encolerizado, lo suavice y vuelva misericordioso. Volvemos así una y otra vez a la postura pagana inicial de que Dios es un dios iracundo y vengativo; si la persona quiere ser escuchada por Él, necesita de un intermediario que apacigüe a ese dios, sea a través de aquellos sacrificios brutales de los que ya hemos hablado, sea a través de muertos que han sido elevados a la calidad de «santos» y que podrían hablar bien de uno ante «Dios».
En relación con esto resulta interesante una declaración de la enseñanza de la Iglesia católica, que dice: Las almas de los fallecidos reposan en la tumba hasta el último día, llamado también el día del juicio final, es decir hasta el día de la resurrección. Uno se pregunta entonces: ¿no son los «santos» también almas? ¿No reposan también en la tumba hasta el último día, el de la resurrección – o cómo es esto realmente?
Aquí se hace evidentemente una excepción. En cualquier caso el Concilio de Trento (de acuerdo con lo dicho en los n° 901/902 de Neuner-Roos) ha determinado lo siguiente: «Los santos, que reinan junto con Cristo» –aquí vemos por consiguiente que no descansan en la tumba, sino que «reinan« junto con Cristo– «presentan ante Dios sus propias oraciones por los seres humanos. Es bueno y útil implorarlos suplicando para recibir apoyo, ayuda y protección a través de sus oraciones, y aún más, para recibir la gracia de Dios.»20 De esto se puede deducir que indudablemente estos «santos» después de la muerte del cuerpo no yacen en la tumba sino que van directamente al Cielo.

Asesinos, criminales – ¿ahora presuntos santos que reinan en el cielo «junto con Cristo»? Peligrosos nombres de patronos

Básicamente cabe hacerse aún otra pregunta: ¿por qué se necesitan intercesores ante Dios si el Papa mismo es el «conductor del orbe terráqueo»? Con ello él debería tener el poder para guiar, conducir todo, precisamente como conductor del orbe terráqueo. ¿Por qué se necesitan entonces los denominados intercesores, los santos? Y todavía una pregunta más: si existen tantos santos, ¿por qué hay tanta miseria en la Tierra?
¿Qué clase de personas han sido aquellas que fueron hechas santas? Por un lado eran indudablemente criminales, y por lo tanto no pueden de ningún modo estar reinando con Cristo en el Cielo ni pueden mejorar la Tierra. ¿Qué puede resultar de bueno si, p. ej., se reza a un Constantino, o a un Carlomagno quienes llevaron a cabo homicidios en masa?

Juan Pablo II, por ejemplo, poco después de tratar de ganarse en Israel las simpatías de los judíos, beatificó a Pío IX, un Papa que hizo secuestrar a un niño judío, haciéndolo educar como católico para hacerlo finalmente sacerdote. Un Papa que hizo construir un gueto judío en su Estado Pontificio, en el que los ciudadanos judíos tenían que vivir en condiciones miserables. Esto sólo como un ejemplo reciente sobre lo que la Iglesia católica entiende por «beatificado» o «santo».
Sin embargo, Pío IX no fue beatificado debido a estos crímenes, sino porque proclamó la infalibilidad del Papa; esto es lo que vale para la Iglesia. Él reclamó el derecho a establecer que el Papa es infalible en cuestiones de la enseñanza de la fe y tiene el primado de jurisdicción, esto es, la más alta administración de la justicia sobre todos los soberanos de la Tierra. Esto lo proclamó Pío IX como dogma en el año 1870 y es algo decisivo para la Iglesia: alguien que fortalece de este modo el poder de la Iglesia tiene que ser recompensado de manera correspondiente. Que además hiciera muchas otras cosas, calificables en el fondo de actos criminales, es algo que simplemente se ignora.

¿Y cómo es con el emperador Constantino, que fue responsable de innumerables crímenes? ¿También él fue canonizado por la Iglesia?
Constantino fue realmente un criminal. La meta de sus actos fue sin excepción el procurar ampliar su poder. En el año 310 hizo ahorcar a su suegro, el emperador Maximiano; a su cuñado Licinio lo hizo estrangular; al hijo de éste lo degradó a esclavo e hizo que se le matara. A Crispo, su hijo del primer matrimonio, y a Fausta, su mujer, los hizo asesinar porque sospechaba que mantenían relaciones entre sí. Por tanto está fuera de toda duda que Constantino era un criminal.21
En el santoral católico Constantino es incluido como santo; su veneración está así permitida por la Iglesia católica. Pero de hecho él no fue realmente canonizado, lo que no tiene que ver con su carrera criminal, sino con el hecho de que había sido bautizado por un miembro del arrianismo, Eusebio, que más tarde fue proscrito como hereje. Por ello falta el reconocimiento formal de Constantino como santo, no por la vida que llevó, sino a causa de un formalismo católico. Pero venerarlo como santo sí que está permitido.
La Iglesia dice también que quien está en ese santoral es el patrono del nombre. Si a un niño se le pone ese nombre, automáticamente le está asegurada la intercesión de este patrono. O sea que Constantino, según la enseñanza de la Iglesia católica, asegura su intercesión a todos los que hoy en día se llaman Constantino.
Dadas estas circunstancias, la persona despierta y con capacidad analítica podría sacar sus conclusiones, y preguntarse: ¿Hay por esta razón tantos crímenes en nuestro mundo?
La respuesta lógica podría ser: quizás es éste uno de los motivos, pues muchos de los llamados santos, que deberían formar un puente hacia Dios, fueron ellos mismos unos criminales, como queda claramente manifiesto en el ejemplo de Constantino.

Otro ejemplo sería Carlomagno. Él tampoco fue hecho santo con un proceso formal de canonización, pero es venerado frecuentemente como santo, a pesar de que era un asesino que ordenó homicidios en masa, durante 44 años llevó a cabo guerras sin interrupción, y masacró y asesinó a miles de personas. No obstante, es considerado como una de las figuras de santos más grandes de la Iglesia católica. Más adelante, esta criminalidad, que después sería santificada, será aplicada a algunos Papas. Hubo Papas que como inquisidores fueron responsables del asesinato de muchos de sus semejantes y que después fueron canonizados.
Se debería tener claro qué consecuencias puede tal vez tener esto para el creyente en particular. Si el ingenuo y piadoso hombre reza entonces a un asesino de masas, ¿podría ser entonces que éste sea inspirado por las obras de aquel? Según el conocido principio de que lo igual atrae siempre a lo igual, y lo influye, esto es posible sin lugar a dudas.
Por esta razón un hecho que da motivo a muchas dudas es el que cada dos años en la ciudad alemana de Aquisgrán se conceda el llamado «Karlpreis» (Premio Carlomagno). Los políticos europeos peregrinan hasta Aquisgrán para que se les entregue un premio que lleva el nombre de Carlomagno, quien cometió un crimen tras otro, y al que en la actualidad a pesar de todo se le considera como «el gran padre de Europa».
La persona con buena e insistente capacidad analítica continuará preguntando: ¿No podría ser que este premio sea un premio de asesinos, que se otorga a su vez a determinadas personas que, por ejemplo, tienen características semejantes a las de Carlomagno? Si se sabe que todo es energía –y esto en la actualidad está demostrado científicamente–, este premio también tiene la energía del patrono que le dio su nombre. El contenido de toda esta entrega de premios y de todo lo que está por detrás es un determinado campo de energía. Y tanto si se es consciente de ello o no, uno se mueve como premiado en ese volumen energético. De esta manera el espíritu de Carlomagno continúa actuando posiblemente en mayor o menor medida también en los premiados.
Todavía cabe preguntarse: si Carlomagno es tenido como «santo», ¿cuáles fueron sus milagros? ¿El asesinato? Sus milagros fueron cruzadas en las que aniquiló a sus enemigos. Su «milagro» consistió, además, en que mediante asesinatos y matanzas construyó un reino a fuerza de saqueos, del cual finalmente surgió Europa. Por ello se habla de Carlomagno como del fundador de Europa.
Tengamos presente que uno de los hechos de Carlomagno, de gran significado para la Iglesia, fue que obligó a ser católicos a todos los pueblos que sojuzgó, y a la vez exterminó sin consideración a los que no se dejaron convertir.
Carlomagno llevó a cabo durante 30 años guerras contra los sajones, quienes en aquel entonces eran paganos. Y en la ciudad de Verden, a orillas del río Aller, hizo matar a 4.500 prisioneros sajones porque estos sajones eran a su modo de ver muy testarudos. Dictó las llamadas «leyes de sangre» contra los sajones, que establecían: quien no cumpla las leyes de ayuno, será ejecutado. Quien no se deje bautizar, será ejecutado. Quien robe a una iglesia, será ejecutado.22 Con respecto a las leyes de ayuno hay que decir que a Carlomagno mismo no le gustaba mucho ayunar. En la literatura se dice que «su cuerpo lo rechazaba».23 Se puede constatar con frecuencia que los soberanos no cumplían las leyes que ellos mismos habían dictado.
Carlomagno hizo entonces que se extendiera la fe católica haciendo uso del poder de las armas. Y lo que aún fue más importante para la Iglesia: él introdujo –también con el poder de las armas– el diezmo para la Iglesia. Esto fue muy importante para la silla de san Pedro. Y un tercer aspecto aún: como primer soberano del reino germano de aquel entonces, él se hizo coronar por el Papa, el Papa León,. Esto quiere decir que con ello dio lugar a la unión entre el trono y el altar, que después se mantuvo durante muchos siglos y que condujo a sangrientas guerras civiles en el reino alemán. La alianza que Carlomagno hizo con la Iglesia tenía ventajas para ambas partes: el Papa pudo fortalecer su posición, aumentar su aureola por haber coronado al emperador; y el emperador Carlos por su parte pudo hacer legítima su dinastía, que era una dinastía de usurpadores del trono, ya que su abuelo llegó al poder usurpando el trono.
Considerándolo detenidamente, Carlomagno puede ser por tanto venerado como santo porque asesinó en beneficio de la Iglesia. En los relatos históricos, hasta el día de hoy es denominado «Grande», el Magno, aquel que ha saqueado grandes territorios. Fueron, pues, sus crímenes los que le valieron a Carlos el sobrenombre de «el Grande», el «Magno». Por otro lado, a quien mata a su vecino y desvalija su casa, se le considera por lo general un asesino y ladrón. Esta es la esquizofrenia de la historia que ha sido legada hasta nuestros días. En la catedral de Aquisgrán hay un libro pequeño que está escrito para niños, y en el que se lee: «Carlomagno recorrió toda Europa para defender las fronteras de su reino»24. Quizás dentro de mil años se escriba sobre Adolfo Hitler que él «recorrió toda Europa para defender las fronteras del Reich alemán en Estalingrado y en Moscú». Esta sería aproximadamente la misma lógica. Y considerando todo con la misma lógica consideración, tal vez habría que preguntarse si también Hitler no podría llegar alguna vez a ser canonizado. Pero esto seguramente no sucederá. ¿Y por qué no? Hitler asesinó para sí y por su Reich, pero no para provecho y «honra» de la Iglesia católica romana.
Si partiendo de Carlomagno extendemos ahora un poco más nuestras apreciaciones, a muchos otros que asesinaron por la Iglesia, por ejemplo, en las Cruzadas, también se les premió con la calidad de «santos». Un ejemplo de ello sería el Papa León I. También él persiguió de forma inmisericorde a los que tenían otra fe, a los maniqueos, casi tan sanguinariamente como un inquisidor. También él ayudó prácticamente a la Iglesia a conseguir más poder, y fue hecho santo después del asesinato de quienes tenían otra creencia. El Papa León I no sólo fue canonizado, sino que fuera de eso, como uno de dos Papas fue nombrado doctor de la Iglesia. León I prohibió a los católicos todo contacto con no-católicos y exigió que se les menospreciara. Dio la orden de huir de los no-católicos «como veneno mortal, aborrecedlos, apartaos de ellos, evitad hablar con ellos.» «¡No hay que tener ninguna relación con aquellos que son enemigos de la fe católica y que sólo son cristianos de nombre!»25 Este es «el tono original» de León I el Grande, uno de los «santos» de la Iglesia católica.
En vista de estas explicaciones, el no llamar las cosas por su nombre sería encubrir los hechos. Lo que aquí sucede, –y esto además bajo el nombre de «cristiano»–, es en verdad algo demoníaco. Pues Jesús, el Cristo, nunca jamás enseñó estas cosas. Él fue un hombre de la paz, un hombre de la unidad, un hombre del amor que nos enseñó que nuestro Padre eterno es un padre del amor, al que representó mostrándonoslo con Su ejemplo. Él dijo: «Quien tome la espada, morirá bajo la espada» (Mt 26, 52). Él fue y es el príncipe de la paz. ¿A quién representa aquel que apela al separatismo, al desprecio y a la enemistad? ¿Y qué es la Iglesia, que está a favor del asesinato y de la matanza?
Considerando todo esto, es sorprendente que en este mundo tantas personas, en su propia estrechez de miras, no vean ni reconozcan o no quieran ver ni reconocer lo que es totalmente evidente. De otro modo la gente debería protestar violentamente cuando a personajes como Carlomagno se les venera de la manera como se hace en Europa; de igual modo muchos deberían haber protestado airadamente cuando el Papa Juan Pablo II recibió con tanto agrado este premio tan manchado de sangre.
Aquí se ha dado un intercambio de energía desde el siglo IX hasta el siglo XXI. El emperador asesinó y fortaleció con ello el poder de la Iglesia; a consecuencia de esto la Iglesia deja que se le venere como santo. Mil años más tarde su representante máximo recibe un premio al que se le ha dado el nombre de aquel criminal. ¿Cómo un Papa que recibe tal distinción podría disculparse al mismo tiempo con sinceridad por los crímenes de sus antecesores? Él de ningún modo lo hizo. Con algunas palabras que no decían mucho en sí, sólo echó un poco de arena en los ojos de los creyentes de buena fe y de sus ingenuos contemporáneos. Juan Pablo dijo aproximadamente que tan sólo algunos cristianos descarriados habrían escenificado las Cruzadas y que algunos cristianos extraviados habrían sido los que cometieron crímenes en Sudamérica. Y él encubrió –dicho más claramente, celebró incluso– las crueldades cometidas durante la conquista de Sudamérica, diciendo que eran una «culpa propicia», una culpa feliz.

Grandes inquisidores en el trono papal. La «santa» Inquisición: mofa y escarnio de Cristo

Si se dice más o menos así, que «algunos cristianos descarriados» habrían hecho aquello, más de alguien recordará lo que el Papa actual dijo sobre la Inquisición. Ratzinger, en aquel entonces todavía cardenal, se manifestó al respecto en una entrevista transmitida el 03.03.05 en el programa de la primera cadena de televisión alemana ARD titulado Kontraste: «Gran inquisidor es una clasificación histórica; de alguna manera estamos en su continuidad. Pero según nuestra conciencia del derecho, intentamos hacer hoy aquello que se hizo con los –en parte criticables–métodos de entonces. Sin embargo, debe decirse que la Inquisición constituyó el progreso de que nada más podía ser juzgado sin ser inquirido, es decir, que primero tenían que hacerse investigaciones.»
Uno se pregunta entonces si el Papa actual no pertenece igualmente a las filas de los cristianos descarriados de aquel tiempo. ¿Cómo se podría explicar entonces que a las pocas semanas de fallecer su antecesor quiera ya beatificarlo y hacerlo santo lo más rápido posible? Con ello él continúa con la funesta y sangrienta tradición de su Iglesia, y establece un vínculo con la Inquisición, que hoy ya no puede dar coces en todas las direcciones como hace algunos siglos, pero que en el fondo lleva en sí la misma intolerancia de siempre.

Hubo tres grandes inquisidores que después llegaron a ser Papas, dos de ellos también se llamaron Benedicto, como el Papa actual. En el siglo XIV fue el Papa Benedicto XII, que como obispo Jacques Fournier en la ciudad de Pamiers, a los pies de los Pirineos, se ocupó de la sangrienta persecución y exterminio de los últimos cátaros que quedaban, y que en parte llevó a cabo personalmente los interrogatorios e hizo que ardieran las hogueras. Después vino Benedicto XIV en el siglo XVIII, que dictó la pena de muerte para quienes hacían mal uso de las hostias para fines mágicos, incluso para quienes lo hacían por primera vez.

Sólo existen dos Papas a quienes se les hizo santos después del año 1400. Uno de ellos fue Pío V, que vivió en el siglo XVI y actuó como Gran inquisidor. Siendo Papa, Pío V continuó con aquellas prácticas. En el libro «El Vaticano como poder mundial», el autor Josef Bernhard escribe sobre Pío V: «Durante su vida siguió siendo el verdadero monje mendigo... Pero el peligroso y gran pensamiento de ser un instrumento de la divina providencia se apoderó de él. El ansia que le consumió a él, también habría de consumir a otros. Enérgico, y rayando con la dureza, impuso la disciplina eclesiástica. Duro hasta la crueldad, cumplió con la voluntad que a él le parecía ser la Voluntad de Dios. Según su voluntad, el tribunal de fe no sólo había de tratar los casos de los herejes, tanto si hablaban como si callaban, sino que también de aquellos que ni sabían que lo eran. Por ser seguidor de un renacimiento de la fe, Pietro Carnesecci, hasta entonces influyente secretario de Clemente VII, fue decapitado y quemado por él. Incluso a una de las cabezas del concilio, su pío y devoto hermano de orden, Carranza, arzobispo de Toledo, le recayó la pena de encierro en las mazmorras de Roma. Contra Isabel de Inglaterra, donde estaba avanzando con fuerza la renovación, la Reforma, proclamó el anatema, es decir, la maldición, la declaró destronada, y a sus súbditos los absolvió del juramento de fidelidad, y de esta manera suscitó la desgracia de la persecución de todos los papistas como secta peligrosa para el Estado.»27
O sea, un fanático en grado extremo en el trono del Papa, pero que fue hecho santo. ¿Cuál fue su «mérito»? Pio V hizo quemar vivos a cientos de herejes. Él fue también responsable de la persecución de los judíos de aquella época, haciendo que de ellos se hicieran siervos y esclavos. Fue responsable de asesinatos, matanzas y guerras, bajo el lema: «¡No hay que tener piedad con los enemigos de Dios!»28
Y hoy vuelve a estar sentado un Gran Inquisidor en el trono papal, puesto que el Papa actual, Benedicto XVI, fue como cardenal el responsable de la Congregación para asuntos de la fe, la organización que sustituyó a la «Santa Inquisición». El Papa actual naturalmente sabe (también desde su punto de vista) que algunas cosas no han funcionado bien, habiendo sido además en gran medida él mismo responsable de la redacción del catecismo, donde se lee de modo muy hipócrita que tales cosas como asesinatos y violencia «impiden la fuerza de irradiación de la santidad de la Iglesia». Pero que al mismo tiempo «la Iglesia también tiene el poder de liberar a sus hijos e hijas de la culpa de los pecados».
Esto quiere decir –lo que está tan claro como la luz del día–, que lo que no está en orden se puede eliminar simplemente, y entonces, un hombre tal es después de todo santo e irradia y se convierte en representante de la fuerza de irradiación de la Iglesia. Uno no puede dejar de preguntarse: ¿por qué los seres humanos toleran tal hipocresía?
Ya el sólo hecho de hablar de «Santa Inquisición» es una burla y un escarnio ¿¡Qué puede tener de santo el asesinar y matar!?
También la expresión «la santidad de la Iglesia» se la menciona muy a menudo en relación con asesinatos y matanzas. ¿Podría ser que para la religión de culto católico y pagano la palabra «santo» tenga un contenido completamente diferente al que le atribuyen, por ejemplo, los verdaderos cristianos? ¿Significa «santidad» tal vez algo así como: «De utilidad para nosotros, la Iglesia católica, para nuestros fines»? Que esto no es algo sacado de la nada, lo demuestra una cita de Benedicto XIV, esto es, el Papa a quien por el nombre se remite hoy el Papa actual. Aquel «era de la opinión de que las pretensiones de santidad por parte de un Papa se deberían medir verdaderamente por su aplicación en el mantenimiento y difusión de la fe católica, por el cumplimiento y el restablecimiento de la disciplina eclesial y la defensa de los derechos de la Santa Sede».29 Aquí se habla clara e inequívocamente. Así pues, lo que tiene validez es: quien más amplía el ámbito de poder de la Iglesia, será declarado santo.
La persona con buena capacidad analítica seguramente que no podrá liberarse de pensar: Lo que la silla de san Pedro califica de «Iglesia de Cristo», ¿no es más bien una obra demoníaca?

Ridiculez criminal, totalitarismo, fascismo de tipo religioso – ¿por qué la humanidad ha dejado tanto tiempo que se la engañe?

En realidad, lo que aquí se practica es un fascismo religioso. Y lo que es muy sorprendente es que en un mundo que añora condiciones democráticas, se acepte de forma tan natural este totalitarismo y fascismo de tipo religioso.
Esto nos lleva de nuevo a la pregunta: ¿Cómo se explica el fenómeno de que la humanidad se esté dejando engañar durante tanto tiempo con esta en gran medida peligrosa ridiculez criminal? Cuando se investiga un poco, se constata que una y otra vez ha habido personas que han llamado la atención sobre las fechorías cometidas en el ámbito de la Iglesia católica. Por ejemplo, Helvecio, un filósofo francés del siglo XVIII, decía: «Al leer sus leyendas de santos, uno se encuentra con el nombre de miles de criminales hechos santos.» Existen también muchas otras citas que hablan de manera parecida. Por ejemplo, en los libros del historiador alemán Karlheinz Deschner, esta religión de culto está claramente clasificada de criminal. ¿Cómo es posible entonces que los seres humanos sigan siendo engañados una y otra vez por esta religión criminal de culto?
Un motivo esencial es que la gente sabe en general muy poco sobre las personas a las que esta organización llamada «Iglesia católica» ha canonizado. La gente no sabe cuántos criminales había entre ellos. Además, tampoco sabe qué superstición se esconde detrás de lo que se denomina adoración de los santos. Especialmente sorprendente es naturalmente que en el siglo XXI, en el que todo se basa en las ciencias de la naturaleza, esta superstición pueda celebrar un tan feliz renacimiento. Y nadie dice: «Esto es absurdo», cuando el Papa actual, que se precia de ser un hombre especialmente culto, espera los primeros milagros que tiene que hacer ahora su antecesor para que pueda ser beatificado y canonizado lo más rápido posible. A decir verdad, tal comportamiento de la Silla de san Pedro debería provocar una carcajada a nivel mundial. Y si no fuera tan triste, sería realmente algo divertido. La razón de que sea triste es porque de esta manera la Iglesia traiciona de nuevo de forma masiva a Jesús de Nazaret y, sin embargo, se remite verbalmente a Él, escudándose con Su nombre.

Pensemos en lo siguiente:
Ni una persona, ni un muerto pueden por su propia fuerza ayudar a otra persona, ni sanarla, ni hacerle ningún tipo de bien. Cuando las personas rezan ahora a uno de los llamados «santos», no sólo creen en el «santo», sino que sobre todo creen en Dios. Creen que Dios posiblemente puede actuar a través de ese «santo». En realidad, las personas rezan a Dios, aunque adoren el nombre del llamado «santo».
«La fe», así lo dijo también Jesús, «mueve montañas». Esto quiere decir que si los hombres creen en Dios, la fe firme y la entrega a Dios pueden mover montañas en ellos, lo que significa que cosas negativas se transforman en positivas; la persona puede experimentar sanación y ayuda; puede ser llevada y conducida por Dios. O sea que en realidad el creyente no reza directamente al «santo», sino que reza a Dios, con fe en Dios. Y cuando reza sólo con fe en el santo, al que reza no se le puede otorgar la sanación porque el santo no puede mover montañas. Esto sólo lo puede hacer Dios, y con ello Cristo, nuestro Redentor.
Sin embargo, el punto neurálgico de la cuestión es que a través de la adoración a los santos, la Iglesia vuelve a conducir a las personas lejos de Dios. En vez de aconsejarles que se dirijan de forma directa a Cristo y al Padre amoroso, el Dios todopoderoso, se les recomienda implorar la ayuda de alguno de los santos. De este modo entregan su energía no a Dios, sino que presentan sus peticiones, su devoción, a este cuestionable santo, que incluso a veces fue un criminal.
Dios es el poder y la fuerza del Infinito. A Él Le podemos y deberíamos encontrar en nosotros, pues ÉL es el Espíritu, la fuerza y la sustancia en el fondo de nuestra alma. Nuestro ser más interno, y eterno, es uno con Él.

Si Jesús, nuestro Redentor, el príncipe de la paz, hubiera estado a favor de los santos, entonces Jesús, el Cristo, no nos habría enseñado el Padrenuestro. Precisamente el Padrenuestro es el contacto directo con Dios, nuestro Padre: «Padre nuestro, que estás en los Cielos, santificado es Tu nombre. Tu voluntad se hace». Esto es la adoración al Padre. Así nos lo enseñó Jesús. Y quien no lo hace así, está en contra de Jesús, el Cristo, el gran maestro de la libertad que nos trajo el amor del Padre eterno y que nos lo mostró también en el Padrenuestro.
Toda persona con buena capacidad analítica podría también ella misma observar esto, sacando de ello las conclusiones correspondientes. Es de suponer que también los propietarios de la silla de san Pedro saben muy bien de estas relaciones. Saben que ni sus «santos» ni ellos mismos pueden llevar a cabo ningún milagro. También el Papa que ahora está esperando ser canonizado, Juan Pablo II, del que se dice que habría sanado a algunas personas por medio de milagros, sabía que no podía sanar a nadie. Esto se demuestra ya en el hecho de que él mismo no confió en su fuerza sanadora, sino en el arte de los médicos, hasta llegar incluso a la operación de la tráquea.

El Papa, que sabe de quién él es el representante, tiene la presunción de poner su sufrimiento en relación directa con el de Jesús en la cruz

Delatora resulta también la siguiente situación: ante la pregunta de por qué no se retiraba de su cargo por motivos de enfermedad, Juan Pablo II, respondió: «Jesús tampoco se bajó de la cruz.» El Papa estableció entonces un paralelismo comparando su sufrimiento físico con el sufrimiento de Jesús de Nazaret en la cruz. Llevemos adelante de manera lógica esta argumentación y preguntemos: ¿Fue también Jesús de Nazaret en aquel entonces a una clínica? Una respuesta puramente lógica sería: Él no podía hacerlo porque estaba sujeto por los clavos.
¿No deja algo en claro esta correlación de pensamientos?: La declaración del Papa es puro cinismo. Un hombre que pertenece al grupo de aquellos que llevaron a Jesús a la cruz, más aún, que al fin y al cabo lo clavaron en la cruz y lo mataron de forma brutal, se compara ahora –casi como «autor de los hechos»– con la víctima.
Uno se pregunta: si el hombre que era Juan Pablo II, quería sufrir los dolores al igual que Jesús, ¿por qué no soportó entonces su enfermedad ¿Por qué se dejó ayudar entonces una y otra vez por los médicos?
¿No es una gran presunción que una persona se compare con Jesús de Nazaret y ponga el sufrimiento de Jesús en la cruz en relación directa con el suyo propio? Y se trata entonces de una arrogancia muy especial cuando lo hace un miembro de la casta sacerdotal, por así decirlo el sacerdote principal de aquella casta que fue responsable de la muerte de Jesús de Nazaret hace 2000 años. ¿Y no es también por ello una arrogancia desmedida, por el hecho de que él presida una organización que ha traicionado a Jesús de Nazaret no sólo desde hace 1500 años, más aún, desde hace 2000 años, sino que ha traicionado al maestro de la paz hasta en el pasado más reciente? Esto sucedió, p. ej., cuando el Papa Juan Pablo II durante la guerra de Yugoslavia declaró: «Nosotros no somos pacifistas»30. Con ello permitió y justificó el bombardeo de Yugoslavia, en contra de todo lo que enseñó Jesús de Nazaret. Y este hombre tuvo la presunción de comparar su sufrimiento con la muerte de Jesús en la cruz. A pesar de que él sabe muy bien de quién él es en verdad el representante, no tiene ningún escrúpulo en colocarse al mismo nivel que Jesús, el Cristo.
Del hecho de que este hombre fuese a pesar de todo a una clínica, ¿no se debería sacar de conclusión de que el Papa –y con él muchos otros hombres de la Iglesia– no cree para sus adentros que los santos en realidad puedan ayudar, o que él mismo tenga la fuerza que se le atribuye como «conductor del orbe terrestre»? ¿No está él en el fondo completamente convencido de que todo esto no es cierto?
También se podría preguntar: ¿Por qué él no se dirigió entonces a la Madre de Dios, a la que presuntamente tanto venera, o se ayudó con la llamada virgencita de barro para raspar o con los denominados sellos comestibles, de los que ya hemos oído hablar?31
En vista de todo esto, uno llega cada vez más al convencimiento de que toda esta parafernalia, todo el culto pagano, sólo está pensado para creyentes tontos. Aquellos que viven en el lujo y la pompa que resulta de estos hechos, en realidad no creen en ello.
Goethe lo expresó muy significativamente cuando dijo: «Hay muchísimas cosas absurdas en los dogmas de la Iglesia, pero ella quiere dominar, y para ello tiene que tener una masa estúpida de gente que se humille y tienda a dejarse dominar. El ricamente dotado alto clero no hay nada que tema más, que haya alguien que instruya y enseñe a la gente de las masas más bajas de la población.»32

Dios habla también hoy nuevamente a todos los hombres que quieren escuchar Su Palabra. Él habla hoy como lo hizo hace 2000 años a través de Jesús de Nazaret y en todos los tiempos. Usted puede leerlo en la palabra actual de Dios, que Él ha dado a través de Su profeta para este tiempo. En abril del año 2005 Dios-Padre dijo: «Jesús enseñó que sólo Dios, que Yo Soy, es santo, y que el hombre no debería llamar «padre» a nadie sobre la Tierra, tan sólo al Uno, que está en el Cielo y que Yo Soy en la palabra a través de la boca de los profetas. Las perversidades que suceden en este mundo, incluyendo las cometidas por los representantes de las instituciones eclesiásticas y sus seguidores, serán cubiertas por la Tierra poco a poco.»33

Canonizaciones, reliquias, órdenes, títulos nobiliarios: lucrativas fuentes de ingresos para la silla de san Pedro

¿Por qué hay precisamente en los últimos tiempos una inflación tan grande de beatificaciones y canonizaciones? ¿Qué podría estar detrás de ello?
Un motivo podría ser que el Vaticano gana bastante dinero con este asunto, pues un proceso de estos cuesta unos 250.000 Euros. Estos gastos por lo general son pagados por quien hace la petición, es decir, por las diócesis o las órdenes, y son una importante fuente de ingresos para el Vaticano, como puede leerse en el diccionario ecuménico de santos. De esto, dicho sea de paso, se dieron cuenta después de la Reforma también los protestantes de aquel tiempo. En el credo de los protestantes luteranos del siglo XVI se dice sobre la Iglesia católica y el culto a los santos: «Este mismo» –es decir, el culto a los santos– «no lo han inventado para venerar a los santos, sino para defender sus negocios monetarios y su feria anual, que les procuran mucho dinero.»34
En el libro «Los príncipes de la Iglesia», su autor, Horst Herrman, escribe sobre las canonizaciones y beatificaciones: «El vaticano no invierte ni una lira en una canonización; se deja pagar por todo... empezando por las primeras compilaciones de actas hasta la misa festiva papal, con la que se termina el proceso (10.000 dólares por el alquiler de la basílica de san Pedro)»35. Entretanto esta suma debería ser más alta, pues el libro se publicó hace 20 años.
En su libro «Los ayudantes de Dios», el escritor Kenneth Woodward cifra la suma total de una canonización en 250.000 dólares como mínimo, incluyendo los gastos de viaje y alojamiento para los invitados, las ceremonias y recepciones, los devocionarios y otros regalos, así como los obligados donativos al Vaticano36. Pero también estos datos ya son antiguos, pues Charles Panati escribe al respecto una única y lapidaria frase en su «Diccionario popular de objetos y costumbres religiosas»: «Gastos aproximados de una canonización moderna: 1 millón de dólares por caso.»37
Bajo el pontificado del Papa anterior hubo ostensiblemente muchas canonizaciones y beatificaciones. Juan Pablo II hizo santos a tantos de los suyos como no se había canonizado en el curso de los últimos 400 años, esto es, a 480 personas. Antes de él había un total de 4.000 santos, ahora hay casi 4.500. Y 1.300 fueron además beatificados por él.
Esta fue por tanto una buena fuente de ingresos para el Vaticano. Por ello es de presumir que, entre otras cosas, el Papa Juan Pablo II sea hecho santo para este fin.
Existen otras fuentes de ingresos del Vaticano que son poco conocidas. Horst Herrmann escribe que el Vaticano tiene también un comercio muy activo de reliquias por varios cientos de miles de dólares por pieza, y de diplomas de bendición papal por los que hay que pagar 2500 Euros por unidad; por una orden honorífica vaticana se pagan hasta 60.000 Euros y por títulos nobiliarios –¡también estos se pueden comprar en el Vaticano!– se pagan hasta 150.000 Euros.38
Así vemos que la silla de san Pedro sabe como manejar el dinero. Da mucho que pensar cuán fácilmente y durante cuánto tiempo las personas dejan que se las trate de tontas. A uno le viene a la mente automáticamente una canción del cantautor alemán Reinhard Mey, en la que dice: «El ministro coge al obispo del brazo y le susurra, hablándole de los hombres: ¡mantenlos tú tontos, que yo los mantengo pobres!»
Para todos los que valoran un buen consejo proveniente de una muy buena fuente, se cita la frase del Apocalipsis de Juan,18, 4: «Sal de ella, pueblo mío, para que no participes de sus pecados y no recibas de sus plagas.»

En relación a esto, damos una indicación más a modo de recuerdo: Quien se une a tal culto idólatra totalitario y quiera dejarse calificar como lo hizo Goethe como parte de la «masa estúpida», es dueño de hacerlo. Cada uno puede creer lo que quiera. Nadie le va a discutir su fe. De lo que nosotros cristianos originarios, estamos en contra, es únicamente del hecho de que todo esto –se podría decir esta criminal ridiculez de la que hemos hablado– sea llevada a cabo bajo el estandarte de Jesús, el Cristo, es decir, que se abuse tan escandalosamente del nombre del Hijo de Dios. Nadie puede pedir que los seguidores del Nazareno veamos y aceptemos impasibles tal atropello.

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«Sólo para personas despiertas y con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» están contenidas las emisiones de radio desde la sexta a la undécima.

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