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en la silla de san Pedro?
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¿Está también usted condenado?


Prólogo

En nuestros programas anteriores «Para personas con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» tuvimos la oportunidad de presentar muchísimos hechos desconocidos en su mayor parte en nuestra sociedad o que han caído en el olvido. Quizá usted se haya restregado los ojos con sorpresa y se haya preguntado: «¿Cómo es posible algo así? ¿Por qué no se sabe nada de eso?». Hoy queremos aprovechar la ocasión para informarle sobre un hecho que la mayoría de las personas no conocen.
A muchos les es conocido que las diferentes corrientes religiosas pretenden ser las únicas que conducen al ser humano a la salvación eterna. Muchos saben también que, p. ej., la Iglesia católica afirma irrevocablemente que los protestantes o luteranos no pueden alcanzar la salvación eterna. ¿Pero saben también que la mayoría de los adeptos a la silla de san Pedro ya se han jugado la salvación de su alma, y esto no según la opinión de los luteranos, sino de acuerdo con lo prescrito por la misma Iglesia católica? Puede que usted se sorprenda, pero los hechos hablan claramente por sí mismos.
La Iglesia católica, y en su cúspide la silla de san Pedro, promete conducir a los hombres a Dios y a la salvación eterna. Para ello hay que cumplir los dogmas, ritos, ceremonias y, especialmente, las enseñanzas de la Iglesia católica. Muchos lectores dirán ahora: «Sí, yo lo hago. Yo pago puntualmente mis impuestos a la Iglesia, voy con regularidad a misa y mis pecados me son perdonados», y creen que con ello han asegurado ya la salvación de su alma. ¡Sin embargo, no conocen la enseñanza católica!

La mayoría no conoce probablemente los dogmas de enseñanza, por el hecho de que estos no son mencionados casi nunca en los sermones de los sacerdotes, en discursos, en las cartas pastorales, etc., y porque tampoco saben en qué libro se encuentran. Todas las citas que hoy enunciaremos proceden del libro denominado en Alemania «Neuner-Roos»: «La fe de la Iglesia en los documentos de la promulgación de la enseñanza»*.
El libro de Neuner-Roos**, así está escrito en la contraportada, «contiene los documentos más importantes sobre la fe católica desde el tiempo del símbolo de la fe de los apóstoles hasta nuestros días.
 ...Precisamente hoy es prerrogativa y deber de los creyentes saber qué es lo que la Iglesia misma ha dicho y dice sobre su fe en los documentos de la promulgación de la enseñanza». Y en esta obra oficial de enseñanza se dice claramente en el número marginal 85: «Quien no acepte la tradición de la Iglesia en su totalidad, la escrita y la no escrita, que sea excluido».

La amenaza del «infierno eterno»

En la cita anterior la palabra «excluido» suena en realidad relativamente inofensiva. Parece casi como que alguien sea excluido de una asociación porque no respeta el reglamento. En realidad la palabra «excluido» en los dogmas de la Iglesia católica procede de la palabra griega y latina «anathema sit», que traducida no significa otra cosa que «sea condenado», refiriéndose a aquel que no cree en el dogma citado con anterioridad. Y el «sea condenado» significa a su vez: «condenado eternamente».
¡Hay que hacerse una idea de ello! El que no cumpla o simplemente sólo cuestione estos muchos dogmas desconocidos para la mayoría de los católicos –en determinadas circunstancias porque tal vez ni siquiera los conoce–, se arriesga a acabar en el infierno eternamente. Y la palabra «eternamente» es entendida por la Iglesia católica y sus teólogos en su significado literal. Un «sufrimiento sin fin» es anunciado a aquellos que no crean lo que los teólogos católicos han escrito en algún momento y que un Papa ha declarado en algún concilio como dogma y con ello como doctrina obligatoria de creer.
Completando lo anterior, téngase en cuenta que –según declaración de la Iglesia católica– Dios mismo es quien condena eternamente a la persona en cuestión. Quien tenga ya aquí las primeras dudas de que Dios condene realmente a los hombres al infierno para siempre, y crea que un Dios perfecto conducirá algún día todo y a todos hacia la perfección, se encuentra ya, según la Iglesia católica, en un error de graves consecuencias. Pues en el Neuner-Roos leemos en el número 891 el siguiente dogma: «El que diga o crea: el castigo a los malos espíritus y a los hombres impíos es sólo temporal y después de un tiempo determinado llegará a su fin, y que después vendrá un restablecimiento total (Apocatástasis) de los malos espíritus y de los hombres impíos, que sea excluido».

¿Quién cree todavía en el nacimiento a través de una virgen?

En relación con los autoritarios dogmas de la Iglesia, consideremos la cuestión de forma práctica. Sabemos que en nuestros tiempos libres de prejuicios muchas personas ya no creen en la afirmación de la enseñanza católica de que María trajo a Jesús al mundo por la vía de un nacimiento virginal. Una encuesta dio como resultado que, por ejemplo, el 83% de los alemanes y el 78% de los austriacos no creen en lo que declara este dogma: «Jesucristo... concebido por la por siempre virgen María por obra del Espíritu Santo»*. Aproximadamente el 80% de los ciudadanos no cree así que Jesús naciera de una virgen.

¿Cómo se puede entender siquiera un dogma tal, que contradice toda idea biológica racional? Más tarde sabremos qué le ocurre a ese 80% de personas, entre las cuales hay también una gran parte de católicos, que no creen en ese dogma. Aclaremos en primer lugar cómo surge un dogma semejante.

Precisamente en el dogma del presunto nacimiento a través de una virgen vemos que en el edificio de enseñanza católico han penetrado conceptos procedentes del paganismo. En el paganismo existía en varios lugares el culto a una gran diosa madre. En este culto se decía igualmente con frecuencia que la diosa correspondiente había dado a luz a un hijo sin la intervención de un varón, es decir, que se trataba de un nacimiento virginal. Este era el caso de Isis, la diosa madre egipcia, que siendo virgen dio a luz a su hijo Horus y –al igual que María– durante un viaje*. También de Hera, la diosa griega, se dice que trajo al mundo virginalmente a su hijo Hefesto; según la leyenda, de la misma manera sobrenatural fueron concebidos Platón, Heracles o Alejandro Magno**.
Cuando en los primeros siglos después de Jesús de Nazaret la Iglesia católica se estableció, como ya hemos expuesto detalladamente en otro lugar***, hizo algo totalmente diferente a lo que había enseñado Jesús de Nazaret. Para facilitar a las personas impregnadas entonces por el paganismo la aceptación de la enseñanza católica, ésta acogió en muchos aspectos de su doctrina los contenidos y conceptos paganos. La Iglesia se apoyó así en el paganismo y acogió una gran cantidad de elementos paganos para aumentar el número de sus miembros. Este fue el punto de partida a la hora de formular tales dogmas.

¿Por qué los dogmas?

Los dogmas tenían tres funciones: la primera consistía en que con ellos se podían encubrir las contradicciones y particularidades de la doctrina, otorgando a tales singulares enseñanzas el aura de lo sagrado, secreto e inmutable. Un chasco engañoso, por así decirlo. Por ejemplo, sobre el nacimiento a través de una virgen, el sano y natural sentido común le dice a uno que es algo completamente ilógico que Dios haya derogado Sus propias leyes de la naturaleza. Sin embargo, si un dogma se establece con frases muy sonoras, la declaración cobra un peso especial; la persona sencilla piensa entonces que eso tiene que ser verdad. En el súbdito dócil y subordinado, que está acostumbrado a inclinarse ante las autoridades, un dogma así, esa declaración formulada autoritariamente con la sentencia definitiva de la condenación, tiene el efecto de un conjuro, de una fórmula mágica, algo que no se entiende muy bien y que posiblemente tampoco tenga incluso que entenderse.
De esto hay aún bastantes ejemplos. Tampoco en el caso de la Santísima Trinidad es comprensible que Dios tenga que presentarse en tres personas, las que, sin embargo, han de ser totalmente idénticas. También de ello hay paralelos en el paganismo. Que tales hechos, como el nacimiento virginal o la Santísima Trinidad no se entiendan, tiene como efecto, entre otras cosas, que se pueda establecer una elite que supuestamente sólo ella está en condiciones de interpretar y entender esas doctrinas: la casta sacerdotal.
Un segundo aspecto esencial es: esos dogmas servían –y al fin y al cabo siguen sirviendo también hoy–  para excluir a personas que tienen otra fe, a las que no se quiere tener en la Iglesia, sino que se sataniza y se las maldice por ser «herejes», una práctica que la Iglesia ha aplicado durante siglos. A esas personas tan molestas se las puede excluir, p. ej., de una manera muy sencilla, colocando delante de ellos un dogma; si no lo firman, están excluidas automáticamente.
Y un tercer punto de vista es: esos dogmas tenían la función de adecuar la Iglesia en formación al Estado. Al Estado romano de entonces lo determinaban en gran medida los juristas. Éstos muchas veces determinaban también los concilios y formulaban con otros, o incluso formulaban con anterioridad muchos de esos dogmas. Vemos entonces que la Iglesia se ajustó muy estrechamente al Estado romano, sobre todo a partir del siglo IV, desde el emperador Constantino.
Después de lo expuesto hasta ahora se deduce, primero: que el credo que pronuncian los católicos que van los domingos a misa, –por cierto, un porcentaje mínimo y en extinción de todos los miembros de la Iglesia– es en parte una ideología pagana, y segundo: que no fue ni tan siquiera escrito en algún momento por personas que buscaban a Dios, sino en una gran parte por los juristas romanos.
Hasta aquí algunos hechos  sobre el origen de los dogmas.

El sentido común, no deseado por la Iglesia

La persona analítica que posiblemente –aunque sea católica– no conoce los dogmas en detalle, como tampoco muchas otras personas, deseará seguramente saber de qué estamos hablando. Por ello presentaremos en este lugar textualmente algunos dogmas y preceptos de la Iglesia.
En primer lugar un dogma que demuestra que el sentido común no es precisamente algo que tenga mucha relevancia en la fe católica. Éste puede leerse en el libro de Neuner-Roos en el número al margen 5. En él se dice:
«El que dice que en la revelación divina no hay verdaderos secretos en el sentido real, sino que a partir de los principios naturales todos los dogmas pueden ser comprendidos y demostrados por un intelecto correctamente educado, que sea excluido».

Sería interesante saber si los miembros de la «Academia Papal de las Ciencias» conocen el dogma antes mencionado, seguramente que no. De hecho todos los científicos deberían salirse de la Iglesia, pues aquí se les presenta a un Dios que no quiere tener nada que ver con Sus propias leyes naturales. Un Dios que respeta poco el sentido común y el entendimiento del ser humano, un ser que fue creado por lo demás a Su imagen y semejanza. Al parecer un Dios que tiene secretos para los hombres, ¡como si Dios tuviera necesidad de ello! Y a toda persona se le ofrece una fe que en todo momento puede infringir las leyes de la lógica. Como si Dios no estuviera en condiciones de presentar Sus leyes a los hombres a través de personas iluminadas por Él, de modo que cada uno pueda entenderlas y, según su nivel de consciencia, sacar de ellas lo que le sirva como alimento espiritual en ese momento.
De modo similar ocurre con el dogma del presunto nacimiento virginal. En relación a éste se dice: «María concibió a la sombra del Espíritu Santo, sin embargo no se debe creer por ello que el Espíritu Santo sea el Padre del Hijo» (n° 209).
Se ve entonces que no hay ni señas de que esto dé alguna claridad al asunto.
Se dice, además, que María no sólo dio a luz de manera virginal, sino que fue acogida también con cuerpo terrenal en la gloria de los Cielos. El correspondiente dogma se puede leer en el número 487:
«… Es una verdad de la fe manifestada por Dios, que la inmaculada y siempre virgen Madre de Dios, María, después del término de su vida terrenal fue acogida en cuerpo y alma en la gloria celestial». Sin embargo, ¿cómo se las arreglará María en los campos elíseos celestiales si como ser femenino es la única que posee un cuerpo material?

Todo lo que uno tiene que creer...

Otro dogma se refiere al Papa y puede leerse en el número 454: «Nosotros determinamos que la Santa Sede apostólica y el obispo de Roma tienen la primacía sobre todo el orbe...».
Eso significa naturalmente que el Papa tiene el derecho de decidir sobre todo el globo terráqueo, incluyendo a aquellos pueblos y personas que no son católicos. Algunos creyentes tienen dificultades no sólo con la silla de san Pedro, con el Papa, sino también con la opulencia de la Iglesia, con sus ritos y ceremonias. Sin embargo, según el dogma del número 612, el católico está obligado a creer lo siguiente: «El que diga que los actos de la misa, los atuendos y los signos externos de los cuales se sirve la Iglesia católica son más bien un camino hacia la impiedad que un medio para alcanzar la religiosidad, que sea excluido».
El dogma que ordena la infalibilidad del Papa puede leerse en el número 454: «... cuando el obispo de Roma habla con la más elevada autoridad de enseñanza (ex cáthedra), es decir, cuando haciendo valer su función de pastor y maestro de todos los cristianos, con la mayor autoridad de su función apostólica decide definitivamente... posee él... aquella infalibilidad con la que el Redentor divino quería tener provista a su Iglesia. ... Si alguien –lo que no lo quiera Dios– quisiera permitirse contradecir ésta nuestra decisión definitiva, que sea excluido».

O la adoración de las reliquias: ¿Cuántos católicos creen de verdad que de las reliquias sale una fuerza mágica o que hay que adorarlas? Sin embargo, en el número 475 leemos la siguiente declaración doctrinal: «Por eso hay que condenar cuando la gente afirme que no hay que adorar las reliquias de los santos, que no hay que honrarlas de ninguna manera o que no sirven para nada...». A esa gente «la Iglesia ya la ha condenado y la vuelve a condenar de nuevo».
Estimados lectores, ahora ustedes tal vez se preguntarán: ¿Lo he entendido bien? O sea que si yo, por ejemplo, no creo en la «virgencilla para raspar», o no creo en las «estampitas para tragar», de lo cual ya hemos hablado*, si no creo, pues, en las reliquias ni en su efectividad, estoy atentando entonces contra un mandamiento de la Iglesia, y si atento contra ese dogma, estoy excluido. ¿Lo entiendo bien? Usted puede estar seguro de ello, de que lo ha entendido bien, naturalmente en el sentido de la Iglesia católica.

Todo o nada

Podría seguirse preguntando: ¿Qué sucede si creo en cuatro o cinco dogmas pero en otros dos o tres no? Si considero más dogmas correctos que falsos, ¿no tendría que haber en justicia una especie de bienaventuranza eterna para mí, tal vez de modo graduado?
Pero respecto a esto, en la Iglesia católica es válido el principio: «Todo o nada». Uno no tiene la posibilidad de atenerse a aquello que le resulte tal vez comprensible a su entendimiento y a su corazón, sino que debe creer todo lo que en algún momento se ha decidido en algún concilio y se ha incorporado al edificio doctrinal de los dogmas católico-romanos. Esto se corresponde  completamente con el ya citado dogma número 85: «Quien no acepte la enseñanza de la Iglesia en su totalidad, la escrita y la no escrita, que sea excluido».

Por lo tanto, uno debe aceptar como siervo o esclavo todo lo que la Iglesia le prescribe (tómese nota: ¡la Iglesia, no Dios!), y eso hasta en su últimos detalles, en lugar de conectar el corazón, el entendimiento y la propia conciencia, y confrontarse con la enseñanza de Jesús, el Cristo, para ponerla en práctica poco a poco en base a la propia comprensión y al amor a Dios.
Con razón un lector u otro pensará: Dios no determina ni obliga a nadie a creer en algo sin examinarlo. Una persona ni siquiera tiene que creer en Su palabra. Dios deja a Sus hijos toda la libertad. Y Él deja a cada uno su camino. Él sabe que algunas personas deben primero dar algunos rodeos para reconocer después por sí mismas dónde se encuentra la verdad. Entonces pueden seguir la enseñanza del Cristo de Dios, siempre y cuando lo deseen.

Querido lector, si usted piensa así, ha acertado plenamente. Pero según la enseñanza católica ¡usted está condenado eternamente!
Prosigamos con los siguientes dogmas, doctrinas o preceptos. En el número 688 podemos leer: «Puesto que la Iglesia ha recibido de Cristo el poder absoluto de otorgar indulgencias», la Iglesia condena «con la exclusión a aquellos que las declaran  inútiles o deniegan a la Iglesia el derecho de concederlas».
Tampoco las indulgencias son en modo alguno algo histórico; también hoy en día son «impartidas». La Iglesia se presenta aquí –cómo iba a ser de otro modo– como la autorizada para perdonar los pecados.
En el número 582 la Iglesia estipula lo siguiente: «Quien diga que en el sagrado sacramento de la eucaristía, Cristo, el único Hijo nacido de Dios, no pueda ser adorado con el homenaje externo que requiere la veneración a Dios y que por ello Él tampoco debería ser homenajeado con una fiesta especial ni menos se le debería llevar solemnemente de un lado a otro en procesiones, de acuerdo con los loables y ampliamente extendidos usos y costumbres de la Santa Iglesia, o que no se debería mostrarlo públicamente al pueblo para que lo adore y que los que lo adoran son idólatras, quien diga esto ha de ser excluido». Esto se refiere a las procesiones del Corpus. Para más de un católico tal vez no es problema alguno creer en ello.
¿Pero cómo se comportará una persona que piensa en base a las ciencias naturales y que pertenece a la Iglesia católica, cuando lea los números 353, 354 o 355 (¡dogmas de fe!) del libro de Neuner-Roos, en los que se asegura que los primeros seres humanos fueron Adán y Eva? Y no sólo eso, ¿sino también cuando lea que con la Caída de Adán en el pecado, éste traspasó el llamado pecado original a todas las generaciones siguientes?
Estos preceptos de fe, obligatorios de creer, fueron introducidos por la Iglesia porque en el siglo IV la reencarnación fue excluida de la enseñanza. Por encuestas que se han llevado a cabo actualmente, sabemos que por lo menos un cuarto de las personas del ámbito de habla alemana creen en la reencarnación – este porcentaje también es por lo menos igual de alto entre los católicos y los protestantes. Si leemos ahora lo que se dice en el número 325, veremos que esas personas también acabarán en el infierno eterno, pues aquí se dice:
«Quien diga o se aferre al hecho de que las almas de seres humanos han tenido una preexistencia, es decir, que antes han sido espíritus y poderes santos, pero que se hartaron de la contemplación divina, orientándose hacia lo malo, y que por ello se enfriaron en el amor a Dios y recibieron así el nombre de “almas” (= las frías), y que como castigo fueron desterradas a vivir en un cuerpo, que sea excluido».
Ésta es una decisión de la enseñanza muy antigua, que ya proviene del siglo VI. Con ella se prohibió la enseñanza de Orígenes, que contenía la reencarnación.
Hace algunos años, cuando el tema de la reencarnación estaba de moda en los medios de comunicación, hubo un sacerdote de Roma que hablaba en televisión a favor de la reencarnación y explicaba en aquel entonces que un gran porcentaje de los creyentes católico-romanos creía en ella. A estos creyentes –y también a sí mismo como partidario de esta «doctrina herética»–, como usted, estimada lectora, estimado lector, ahora saben, este sacerdote los envió de un plumazo a la condenación eterna.

El «descubrimiento» del pecado original y la «salvación» mediante los sacramentos

La Iglesia condenó entonces la enseñanza de la preexistencia del alma y con ello eliminó la enseñanza de la reencarnación, creando en vez de ello el «pecado original», con el que de partida cada ser humano está implicado automáticamente. Un medio apropiado para atemorizar a los creyentes, atraparlos y aplicar los correspondientes rituales mágicos para la salvación de sus almas. El dogma correspondiente con el número 356 dice: «Quien niegue que los niños recién nacidos tienen que ser bautizados, que sea excluido». La justificación de esto es que con el sacramento del bautismo se les perdona el pecado original.

Entre los protestantes es algo similar, como puede leerse en la Declaración de Augsburgo, en su artículo 9: «Por ello serán rechazados todos los que enseñen que el bautismo de los niños no es correcto».
Esto también es válido para otros sacramentos. De nuevo entre los católicos, en el número 506 leemos lo siguiente:
«Quien diga que los sacramentos de la Nueva Alianza no han sido todos instituidos por Jesucristo, nuestro Señor, o que son más o menos de siete, a saber: bautismo, confirmación, eucaristía, penitencia, extremaunción, órdenes sagradas y matrimonio, o que uno de esos siete no sea de verdad y realmente un sacramento, que sea excluido».

Especialmente interesante es que incluso los sacerdotes que se encuentran en pecado mortal están en condiciones de impartir tales sacramentos. Esto se encuentra fijado dogmáticamente en la enseñanza católica de Neuner-Roos en el número 517: «Quien diga que el celebrante [Nota: el sacerdote que imparte los sacramentos] que se encuentra en pecado mortal no es capaz de administrar los sacramentos o parte de ellos, a pesar de que ha tenido en cuenta todo lo esencial que es necesario para realizar e impartir los sacramentos, que sea excluido».
Para los protestantes tiene validez lo mismo. En la Declaración de Augsburgo, artículo 8, se dice que los sacramentos tienen igual efecto, aún cuando «los sacerdotes que los impartan no sean piadosos». Por ello se condena a todos los que enseñen otra cosa. Resulta especialmente difícil de entender que una persona que ella misma está condenada, esté autorizada para administrar sacramentos que han de preservar a otros de ser condenados.
Tanto en la Iglesia católica, como en la evangélica protestante, existe el sacramento de la cena del Señor, también denominada eucaristía. Como protestante, así como católico, se debe creer que en la hostia se encuentra el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo. Pues en el artículo 10 de la Declaración de Augsburgo se dice: «De la cena del Señor se enseña así que el verdadero cuerpo y la verdadera sangre de Cristo están verdaderamente presentes en la forma del pan y del vino en la cena del Señor, y en ella se celebran y reciben. Por ello también se reprueba la enseñanza contraria a esto».

Los protestantes no sacan a pasear a Cristo, es decir a Jesús, personificado en las procesiones, pero la enseñanza básica de que el verdadero cuerpo y la verdadera sangre están en la hostia, está también prescrito en la fe luterana.
La enseñanza doctrinal católica correspondiente se encuentra bajo el número 577: «Quien niegue que en el sacramento de la santísima eucaristía estén contenidos verdadera, real y esencialmente el cuerpo y la sangre de Cristo, a la vez que con el alma y con la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y por consiguiente que esté contenido Cristo en su totalidad, y afirme que en él se encuentra sólo como en una señal, en una imagen o en su efecto, que sea excluido».

Esto se complementa aún en el número 580: «Quien diga que en el maravilloso sacramento de la eucaristía, después de haber sido realizadas las órdenes sagradas no está el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo, sino sólo cuando se hace uso, es decir cuando se goza de él, pero no antes o después, y que en las hostias o panecitos consagrados que son guardados después de la comunión o que quedan de sobras, no permanece el verdadero cuerpo del Señor, que sea excluido».
Esto quiere decir: una vez consagrada –según la enseñanza católica–, en esta hostia permanece siempre el cuerpo y la sangre de Cristo. Entonces también se puede entender por qué fue un pecado tan grande lo que hicieron hace poco algunos niños, cuando por aburrimiento se comieron 100 hostias de un tabernáculo que se había quedado abierto. Naturalmente que ellos no eran conscientes de su culpa, no más que si hubieran robado algo de la lata de galletas de sus padres. Pero el obispo consideró necesario realizar con motivo de esto una misa de penitencia, para «compensar eclesiásticamente» el acto de los niños.

En vista de todas estas cosas tan abstrusas, se plantea cada vez con más apremio la pregunta: ¿Qué tiene que ver todo esto con la enseñanza de Jesús? La respuesta es: ¡nada! Todo esto no tiene nada, pero absolutamente nada que ver con la enseñanza del gran maestro de la sabiduría, Jesús de Nazaret. Todo eso no es más que una chapucería que la silla de san Pedro tomó de otras fuentes, en última instancia del pantano de los mundo inferiores.

Que quede dicho una vez más: ¡Jesús no estableció ninguno de los sacramentos! Jesús no bautizó; Jesús no escuchó ninguna confesión; Jesús no impartió ninguna comunión; Jesús no impartió ninguna confirmación; Jesús no consagró a ningún sacerdote; Jesús no bendijo ningún matrimonio.
Precisamente de estos rituales mágicos depende especialmente la Iglesia, y por ello ejerce también aquí influencia en situaciones de la vida muy concretas, como leemos en el número 585: «Quien niegue que todo cristiano de uno de los dos sexos, que haya alcanzado la edad de discernir, tenga que ir a comulgar todos los años, por lo menos en Pascua, según lo prescribe la santa madre Iglesia, que sea excluido».
Esto significa prácticamente que quien dice que no es necesario ir en Pascua a la iglesia y comulgar, está condenado.

Un dogma, que según voluntad de la Iglesia conduce a muchas personas a la condenación eterna, es el de la indisolubilidad del matrimonio. Bajo el número 739 se encuentra el siguiente dogma: «Quien diga que el lazo matrimonial puede ser disuelto por motivos de una falsa creencia, de dificultades en la vida en común o por la ausencia culpable del cónyuge, que sea excluido». ¿Verán esto también así los cónyuges en el 54% de todos los matrimonios que tan sólo en Alemania se divorciaron durante el año 2004? Si no lo ven así, según la enseñanza católica volverán a reencontrarse en el infierno.

El ecumenismo – un engaño

O pongamos el caso de que en un matrimonio un cónyuge es católico y el otro protestante luterano, entonces puede leerse en el número 381 que quien está fuera de la Iglesia católica, p. ej., un protestante, «caerá en el fuego eterno». De ello se deduce que el católico está casado con alguien condenado eternamente. Y en general, dos tercios de la población alemana –precisamente los luteranos y los que no tienen una confesión– están igualmente condenados, según la enseñanza católica.
Muchos protestantes no quieren convencerse de esto, pues se aúnan con católicos en el ecumenismo. Pero esto no es otra cosa que una patraña, pues el dogma número 381 dice claramente: «La santa Iglesia de Roma... cree firmemente, declara y proclama que “nadie fuera de la Iglesia católica, ni pagano”, ni judío, ni no creyente o una persona que se ha apartado de la unidad (Nota: con esto se hace alusión a los protestantes), o una persona que se ha apartado de la unidad, puede participar de la vida eterna, sino que caerá en el fuego eterno, que está preparado para el demonio y sus ángeles, si antes de morir no se adhiere a ella (la Iglesia) [naturalmente la Iglesia católica]».
Un castigo espantoso tanto para protestantes como para judíos o, como se dice aquí, para los «paganos». Sin embargo, nuestro estudio de los textos y sentencias dogmáticas ha puesto al descubierto el hecho de que el veredicto de la condenación también es válido para muchos católicos, en especial para aquellos de ustedes que no consideren determinados dogmas como verdaderos. En resumen: ¿Quién queda entonces aún que no esté condenado eternamente?

También la Iglesia luterana amenaza con la condenación eterna

Quien como protestante piense ahora que los católicos se toman la libertad de expulsar a todos los que no creen lo que su Iglesia predica, debería hojear en su gran catecismo evangélico protestante, pues en la segunda parte del artículo 3, n° 66, puede leerse lo siguiente:
«Pues lo que está fuera de la cristiandad –ya sean paganos, turcos, judíos o falsos cristianos e hipócritas–, aunque creen [en] un Dios verdadero y lo adoran, ellos no saben que [= cómo] Él tiene una actitud hostil contra ellos, y no pueden proveerse de amor ni cosas buenas, por lo que permanecen en la ira y en la condenación eternas».
Querido lector, permítanos una pequeña acotación respecto a este texto del catecismo: ¿No resulta francamente espantosa la imagen que se da aquí de Dios? ¡Se da por hecho que Él, que es el amor y la bondad misma, mantiene una «actitud hostil contra» Sus hijos! ¡Se Le achaca que excluye a hombres o almas de Su amor y bondad! En lugar de esto se habla de «ira» y «condenación eterna». ¡No le parece que esto sí que es demasiado! Tan sólo este pasaje muestra claramente cuán poco saben de Dios las Iglesias aparentemente cristianas.
Pero volvamos de nuevo al tema. O sea que también la Iglesia luterana se toma la libertad de enviar a la condenación eterna a todos los que no son protestantes. Y esto a pesar de que según el punto de vista de la Iglesia católica ellos mismos ya están también condenados.

¿Quién no está condenado aún?

Lo último es un resultado poco menos que absurdo. En vista de estas declaraciones, hay que partir de la base de que no hay prácticamente nadie que de acuerdo con la opinión eclesiástica no acabe en el infierno eterno, pues apenas si existe una persona que crea en todo lo que enseñan las Iglesias.
Ni siquiera los sacerdotes y pastores que predican los domingos creen en todo lo que está contenido en la dogmática eclesiástica. Los fieles que les escuchan, con más razón todavía tampoco creen en todo aquello. En definitiva, habría que decir que hay quienes predican en nombre de la Iglesia y que no creen en todos los dogmas y que por eso están condenados, y predican a personas que están igualmente condenadas. En el fondo, los predicadores en el púlpito engañan a sus feligreses, pues les hacen creer que están en la Iglesia y que con ello hacen algo por su salvación. En realidad, éstos hace ya tiempo que están maldecidos, porque no creen en todo lo que enseña la Iglesia. Y los que predican también están maldecidos, porque tampoco pueden creer en todos los dogmas que han sido proclamados en 2000 años. Es casi como participar de una absurda pieza de teatro.
Al resultado de que una gran parte de la población está condenada, según la opinión eclesiástica, llegan también algunas encuestas: Por ejemplo, un 79% de la población no cree que existe un infierno. O sea que según la Iglesia esas personas están condenadas eternamente. El 68% no cree que Jesús haya resucitado de entre los muertos; el 79 % no cree que Él haya resucitado en cuerpo físico. Por tanto, se debe partir de la base de que según la enseñanza católica la mayoría de los ciudadanos que viven aquí junto a nosotros están condenados. Como se ha dicho, posiblemente son entonces muy pocos los que por consiguiente alcanzan la gloria celestial.

El Papa o Cristo, ¿a quién seguimos?

A partir de estos hechos podría explicarse también el culto al Papa, pues muchos cristianos de Iglesia deben sentirse inseguros cuando alguna vez se confrontan en serio con su fe. Por ello se aferran mejor a una persona como figura guía y dejan más o menos de reflexionar. Además existe un dogma: «Someterse al Papa de Roma es absolutamente necesario para la salvación de todo persona. Esto lo declaramos, afirmamos, determinamos y proclamamos Nosotros» (Neuner-Roos n° 430).
No obstante, aquí habría que plantear la pregunta: ¿qué dijo en realidad Jesús, el Cristo? ¿Dijo también Él que era una obligación someterse a un Papa romano, que –como todos sabemos– se hace llamar «Santo padre»? Podemos leer lo contrario incluso en la misma Biblia de los católicos y protestantes. Allí se dice en Mateo 23, versículos 8-9: «Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar Rabí, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie ‘Padre’ vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo».
Jesús tampoco enseñó ningún infierno eterno. Sin embargo, la Iglesia católica opina lo siguiente: «Quien afirme que el temor al infierno –por el que en el dolor por los pecados encontramos refugio en la misericordia de Dios, o nos abstenemos de pecar– es un pecado o hace al pecador aún peor, que sea excluido» (n° 826).
Dicho con claridad, esto significa que si los seres humanos tienen temor a este infierno eterno y piensan al respecto que éste sería malo o un pecado, o los deprimiría aún más, la Iglesia les dice entonces: no, este temor está bien, este temor se debe incluso tener. Y quien no encuentre bien o propicio tener este miedo, que sea excluido, o lo que es lo mismo, condenado. A uno le viene aquí naturalmente la sospecha de que la Iglesia ha ideado esta enseñanza de la condenación como instrumento de poder y que como tal lo usa también con mucha eficacia.
Hagámonos conscientes de que la enseñanza de la Iglesia puede reducirse a los siguientes puntos de vista: una persona vive de 60 a 70 años. En este tiempo se decide su destino eterno. Si ella no cree en cada dogma ni en cada sacramento que le enseña su Iglesia, y muere en esa duda, acaba en el infierno por toda la eternidad. Ella no tiene ninguna posibilidad. Y esto en una breve existencia terrenal. Una segunda oportunidad no la recibe más. ¡Si esto no es un instrumento de poder para hacer morder el freno a la gente y tenerla bajo las riendas!
Qué intensas y marcadas ansias de poder se esconden detrás de esto, se puede también reconocer si uno considera vivamente el tenor de algunos dogmas o de algunas sentencias doctrinales. Por ejemplo, la del número 905:
«Además, Nosotros determinamos: Como Dios mismo lo ha dispuesto de modo general, las almas de aquellos que fallecen en un auténtico pecado grave van a parar inmediatamente al infierno, donde son atormentadas con martirios infernales».
Aquí se ve claramente quién tiene la última palabra, pues la Iglesia decide lo que «Dios ha dispuesto de modo general». Esta «disposición de Dios» no se encuentra naturalmente en ninguna parte. Los superiores de la Iglesia se toman sencillamente el derecho de prescribir a Dios lo que Él tiene que determinar.

Fatales consecuencias de la enseñanza de la condenación

No obstante, la amenaza de la condenación eterna no ha dejado de tener sus efectos en muchos creyentes. Ya hemos informado en el capítulo 2 qué devastadoras consecuencias ha provocado esta condenación del ser humano en la salud anímica de muchas personas. Que la enorme presión que la Iglesia ejerce sobre sus creyentes ha de tener sus consecuencias, no sorprende, si uno se hace consciente de esto: los seres humanos deben creer que Dios no es un Dios del amor, sino que en determinadas circunstancias puede conseguir el condenarlos al infierno por toda la eternidad. ¡Ningún padre, ninguna madre, sería capaz de hacer algo semejante!

También la Iglesia luterana ha prescrito la condenación eterna, como puede leerse en la Declaración de Augsburgo, artículo 17. Por ello serán «expulsados aquellos que enseñen que los demonios y los hombres condenados no tendrán un suplicio y tormento eternos» (CA XVII).
Aunque muchos protestantes a menudo no conocen el tenor exacto de sus preceptos de fe, el miedo ante la condenación eterna, ante el «suplicio y tormento eternos» está metido, a pesar de todo, firmemente en sus cabezas y en su subconsciente, y en última instancia éste conduce a que muchos contraigan una neurosis eclesiógena. Por lo demás, también entre los funcionarios eclesiásticos.

Un ex-pastor protestante, hoy cristiano originario, dice al respecto: «No me extraña que entre los muchos teólogos o cristianos enfermos, haya también muchos protestantes, pues según la fe protestante no existe el libre albedrío, es decir: una persona no puede ni siquiera decidirse libremente a favor o en contra de esta enseñanza. Según la enseñanza evangélica luterana, Dios y Satanás luchan por el alma de cada persona y existe una predestinación para la salvación. De esto se deriva que ya está “previsto” quién no alcanzará esta salvación. A las personas que creen seriamente en esto, este hecho puede conducirles a enfermedades síquicas terribles; por ello no me extraña que haya tal elevado número de protestantes enfermos a causa de la enseñanza eclesiástica.
Para mí –como ex-protestante– es interesante que la Iglesia evangélica luterana tenga algunos criterios más para la condenación eterna, que no he encontrado entre los católicos. Por ejemplo, en los escritos sobre la profesión de la fe recopilados en la Declaración de Augsburgo –donde se hace referencia a las guerras justas– puede leerse textualmente:
“Por esto se condena a los que enseñen que no es cristiano lo que anteriormente se ha expuesto” (CA X VI). Es decir, quien diga que una “guerra justa” no es algo cristiano, también él será condenado».

A pesar de querer hacerlo ver como algo inofensivo: los libros de enseñanza confesionales tienen carácter obligatorio

El ex-pastor protestante sigue comentando: «Cuando yo estaba en la Iglesia, naturalmente pude experimentar que a todo no se le daba tanta importancia, diciendo más o menos: “Bueno, aquellos eran otros tiempos”. Pero esto no es así. Los libros confesionales de la Iglesia evangélica luterana siguen siendo válidos. Habría que decir que sacerdotes liberales que ven las cosas de modo más relajado vienen y van, pero no son lo decisivo. Lo decisivo son los dogmas de la Iglesia católica o los libros confesionales de la Iglesia evangélica luterana. Y tan pronto como el espíritu de la época se vuelve más rígido, se sacan de nuevo con más contundencia. Por ello hay que dejar en claro que lo decisivo es lo que está escrito en esos libros, no si curas o sacerdotes intentan quitarle importancia diciendo: “Todo eso no es tan grave, no es para tanto”. La verdad es que es muy grave».
Precisamente aquellos sacerdotes que quizás son algo más liberales con algunos dogmas –y de éstos también hay entre los católicos–, según la enseñanza oficial de la Iglesia católica están igualmente condenados. En el número 57 se dice: «Quien diga que es posible que con adecuación al desarrollo de la ciencia, a los dogmas presentados por la Iglesia se le añada ocasionalmente un sentido diferente al que la Iglesia ha entendido y entiende, que sea excomulgado».

Elevado peligro de suicidio entre los miembros de la Iglesia

Los dogmas tienen ostensiblemente un efecto en el subconsciente colectivo de las personas durante mucho más tiempo del que pensamos. En el capítulo 2  leímos aproximadamente lo siguiente: aunque las personas a nivel consciente no sigan creyendo en Dios, los dogmas todavía siguen teniendo efecto.
Y lo mismo comprobó el investigador Udo Grashoff, quien se interesó por investigar las causas del suicidio. Pues no sólo los miedos, o bien los miedos sólo transformados de forma insuficiente, que se forman en base al mensaje amenazador de la Iglesia, tienen como consecuencia no sólo enfermedades neuróticas, sino que incluso se llega hasta el suicidio.
Grashoff se ocupó de la pregunta de si en la Alemania Oriental se cometían más suicidios que en la República Federal de Alemania de entonces, y se encontró con algo muy sorprendente: En la región de Sajonia y Turingia hubo durante un lago periodo un porcentaje elevando de suicidios que luego se fue reduciendo en el curso del desarrollo de la Alemania Oriental. Y Grashoff llegó a la conclusión de que eran los efectos del hecho de que esa zona antiguamente había sido influenciada fuertemente por la Iglesia protestante. Las secuelas de esa influencia se fueron debilitando poco a poco. En una entrevista para la revista FOCUS (19/06), Grashoff dijo: «La tendencia al suicidio se fue reduciendo en la Alemania Oriental, en la misma medida en que fue decayendo la rígida influencia luterana protestante, que justamente en Sajonia y Turingia estaba arraigada profundamente».
Hay que considerar que en esta región se trata de la tierra natal de Martín Lutero. El investigador resumió sus descubrimientos del modo siguiente: «Las enseñanzas confesionales son un factor muy importante a la hora de aclarar la frecuencia de los suicidios».

Fenómenos semejantes se muestran también en la parte católica. Como se expuso en el capítulo 2, en la universidad de Würzburg se constató hace algunos años que la región de Würzburg es un baluarte de suicidios: «La ciudad y el entorno tienen el mayor porcentaje de suicidios de toda Alemania»*. También en este caso se deduce el hecho de que esta ciudad está influenciada fuertemente por el catolicismo: «Si en Würzburg alguien pierde el trabajo, se habla mucho de ello, entonces se le margina y eso constituye una vergüenza».

De ello puede desprenderse que en el subconsciente sigue teniendo efecto el juicio de que «ése ha sido excluido» –y esto es traspasado al ámbito social: a quien no tiene trabajo, se le excluye. El mecanismo de exclusión, que los ciudadanos han aprendido en la Iglesia, es traspasado simplemente a su prójimo por quienes están bajo la influencia de la Iglesia.

También debe creerse en la «tradición». Las contradicciones, enturbiadas por la niebla del «secreto»

Hasta ahora sólo se ha tratado de dogmas o de doctrinas de fe. Sin embargo, hemos escuchado antes que de acuerdo con el número 85 del libro de Neuner y Roos «La fe de la Iglesia en los documentos de la promulgación de la enseñanza» se exige que se acepte toda la tradición eclesiástica, es decir, no sólo los dogmas, no sólo las doctrinas de fe, sino también la «tradición». Quien lea atentamente, encontrará incluso que aquí hay que incluir también expresiones y opiniones de determinados teólogos. Quien por tanto no crea en esta tradición en todas las declaraciones parciales, «que sea excluido».
De todo esto se desprende la pregunta de qué es lo que exige esta tradición eclesial. Pues la mayoría no sabe lo que es la tradición de la Iglesia y lo que comprende,  ni mucho menos de si están infringiéndola.
A continuación algunos ejemplos, para que ustedes, estimada lectora, estimado lector, sepan en qué terreno tan resbaladizo se encuentran.
Por ejemplo, en el número 98 se encuentra el siguiente dogma:
«Quien no reconoce como escritos canónicos sagrados todos los libros de las Sagradas Escrituras, con todas sus partes, como menciona el Concilio de Trento, o quien niega que han sido inspirados por Dios, que sea excluido»*.
Esto incumbe especialmente a todos aquellos que se han esforzado en investigar científicamente cómo se ha formado la Biblia, en determinados casos en base a dudas de si todo lo que está en la Biblia verdaderamente pertenece a ella o si ésta efectivamente fue falsificada. Tan pronto como alguien tenga la más mínima duda de la autenticidad de la Biblia, como se acaba de decir, ya ha sido excluido.
Creer en todas las escrituras significa por consiguiente que tenemos que creer todo lo que a lo largo de los siglos se ha escrito en el Antiguo Testamento. Cuando leemos este libro, comprobamos que está lleno de sangre. Dios supuestamente ordenó el asesinato y la muerte, así como sangrientos sacrificios de animales. El Antiguo Testamento es uno de los libros más crueles en la historia del mundo. ¿Y todo eso tiene que ser parte de nuestra fe? Pero por otro lado también se debería creer en el llamado Nuevo Testamento, en el que Jesús de Nazaret enseñó el amor al prójimo y habló de un Dios bondadoso en el Cielo. ¿Tenemos que creer entonces en el Dios iracundo y asesino del Antiguo Testamento o en el Padre bondadoso del Nuevo Testamento? ¿Acaso habló Jesús, el Cristo, de manera falsa?

Para estas divergencias la Iglesia ha encontrado un remedio eficaz. La absurdidad de estas contradicciones son elevadas sin más ni más a la categoría de dogmas, pues en el libro de Neuner y Roos, como ya se ha mencionado, en el número 55 se determina:
«Quien diga que en las manifestaciones divinas no hay verdaderos secretos en un sentido total, sino que todos los dogmas se pueden entender y demostrar en base al entendimiento, correctamente formado, de los principios naturales, que sea excluido». Esto está expuesto de modo algo complicado, pero dicho de modo claro significa: Esas contradicciones, esas oposiciones de sentido son un «secreto». Y quien crea que con el razonamiento se pueden aclarar, queda excluido. Esto recuerda la frase: «credo quia absurdum», «creo porque es absurdo»; creo porque, y a pesar de lo que debería creer, es absurdo.
¿Habría enseñado Jesús jamás algo similar?

Las claras afirmaciones de Jesús. Él no tenía «secretos»

Lo que Jesús, el Cristo, enseñó a los hombres lo encontramos también en la Biblia, en el Sermón de la Montaña; por ejemplo, allí se dice en Mateo 5:

«Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la Tierra».
«Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia».
«Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios».

Y ya en aquel entonces dijo Jesús:
«Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los Cielos» (Mt 5, 20).
Y Jesús nos enseñó a rezar, encomendándonos que no rezáramos como los hipócritas en las sinagogas con muchas palabras, sino que dijo:

«Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará» (Mt, 6, 6).
Jesús, nos explico:
«Que si vosotros perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; pero si no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras ofensas» (Mt 6, 15).

Y Jesús el Cristo, nos dio la regla de oro, que puede ser aplicada en todas las situaciones de la vida:
«Por tanto, cuanto queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los Profetas» (Mt 7, 12), una frase muy corta y una doctrina de fe comprensible para toda persona, que puede conducir al mundo hacia lo bueno. Pero sólo si es aplicada, pues la sola fe no nos lleva de ninguna manera a Dios. Por ello Jesús de Nazaret dijo al final del Sermón de la Montaña:
«Así pues, todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca» (Mt 7, 24).
Y esa roca sobre la que debemos construir, no es naturalmente el Papa, ¡sino que es el Cristo de Dios, que vive en el interior de cada persona!
Al final del Sermón de la Montaña se dice: «Y sucedió que cuando acabó  Jesús estos discursos, la gente se asombraba de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas» (Mt  7, 28-29).

Cómo usted y sus hijos pueden protegerse

Quien quiera puede comparar esas declaraciones en el evangelio 5 y 6 de Mateo con todos los dogmas, doctrinas de fe y prescripciones eclesiásticas que hemos expuesto en este capítulo. ¡Examínelas! Quizás llegue usted a una conclusión similar.

Naturalmente que uno puede opinar que esas doctrinas dogmáticas sólo conciernen a quien crea en ellas. Pero lo que podría ser interesante para usted de todo lo que le hemos explicado anteriormente, es que mientras sea miembro de la Iglesia vaticana no puede hacerse una idea propia sobre los dogmas de fe. Seguro que hay muchos católicos que estos procesos o actuaciones determinadas los interpretan a su manera. Pero habría que aconsejar urgentemente de que hay que tener mucho cuidado. Tome en cuenta lo que expresa el libro de Neuner-Roos y comprobará que usted vive de manera muy peligrosa. Si su opinión varía de la opinión dogmática reinante, aunque sea sólo un poquito, usted –así lo dispone la Iglesia–  queda excluido, es decir, condenado eternamente.
Quizás habrá notado que casi nadie está en condiciones de cumplir con todas esas normas, tal y como están escritas en el libro de Neuner-Roos. ¿Por qué no? Porque contradicen en muchos aspectos el sentido común humano de carácter lógico –también podría denominárselo «normal»–, de manera que es verdaderamente difícil no actuar en contra.

Por ello cabe preguntarse aquí de nuevo: ¿qué puede aconsejársele a las lectoras y lectores? ¿Cómo pueden protegerse de la amenaza del tormento eterno? ¿Cómo pueden salvarse?
Muy sencillo: abandonando esa institución que les quiere imponer una enseñanza de la condenación que: a) ellos mismos no cumplen y b) que ninguna persona está en condiciones de cumplir. Por ello uno se podría atener a la manifestación de Juan de Patmos, el Apocalipsis, en el que dijo: «Sal de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas» (Ap 18, 4).
Completando lo dicho deseamos informar de un suceso ocurrido hace poco. Una persona se salió de la Iglesia, y en este sentido escribió una carta al episcopado. A esto recibió una interesante respuesta del Dr. Hermann Steidel, canciller de la sede episcopal de Innsbruck, Austria. Este representante del obispo escribió lo siguiente:
«Poner término a la pertenencia a la Iglesia católica, de acuerdo con la naturaleza de ella no está previsto ni es posible. En lo que se refiere al retiro de la Iglesia, de que usted habla, se trata en él de una disposición del Estado neutral en asuntos religiosos, por medio de la cual, para el ámbito del derecho estatal, éste facilita a sus ciudadanos sustraerse de las consecuencias de pertenecer a una Iglesia o a una comunidad de fe. Este retiro de la Iglesia estatal no tiene efecto alguno sobre la pertenencia corporativa a la Iglesia católica. Es decir: el que se ha salido de la Iglesia, según el punto de vista católico permanece siendo católico. La Iglesia católica considera esa apostasía como una apostasía formal y sanciona ese desprendimiento público de ella con diferentes limitaciones legales. Sin embargo, y sin perjuicio de ello, los sacramentos a los que se refiere siguen teniendo validez. Si una vez fueron impartidos con validez, no pueden ser borrados por ningún poder del mundo»  (Carta del 14.09.1998, en poder de la redacción).
En el caso de que usted tenga hijos, piense bien si se los quiere entregar a una institución semejante, si quiere permitir que se les ponga un sello tal, el que, según esta institución, no se puede borrar más.
Si una Iglesia sostiene que ella tiene ese poder sobre los seres humanos, es entonces conveniente vivir en un país en que el Estado garantice los derechos de la libertad individual, sobre todo contra tales instituciones religiosas que tienen un efecto tan dañino y de tan graves consecuencias sobre todas las personas que se dejan acaparar por ellas.

¡Políticos, conservad la neutralidad! ¡Decidid de modo independiente de la silla de Pedro!

Si observamos la situación política en Alemania, constatamos que en una gran parte de Alemania gobiernan partidos que llevan en su nombre del partido la palabra «cristiano», el partido bávaro CSU (Christlich -Soziale Union = Unión social cristiana) de Baviera y el CDU (Christlich Demokratische Union = Unión democrática cristiana) del resto de Alemania.
«Cristiano» es algo distinto de luterano o vaticano. Cristiano –como hemos expuesto varias veces– es aquello que Jesús, el Cristo, enseñó a los seres humanos. Lo cristiano es social, y siempre está unido a elevados valores éticos y morales. Y así sólo se puede esperar que los partidos alemanes que se llaman cristianos no se apoyen en las instituciones protestantes o católicas. Pues si se apoyan en la Iglesia de Roma y en la luterana, se volverán igual de peligrosos que esas instituciones. No debemos olvidar que, por ejemplo, Adolfo Hitler se remitía a Lutero y se apoyaba en él, y que él mismo era católico. Sabemos cuál era el credo de Hitler. Sabemos cuál es el credo de Lutero y sabemos cuál es el credo de la Iglesia vaticana.
Éste lo encontramos en el libro de Neuner-Roos, en el número 382, donde dice:
«La Iglesia, debido a su fundación de origen divino, tiene la obligación de preservar con el mayor cuidado el bien de la fe divina sin merma y en su totalidad, y vigilar constantemente con gran celo la salvación de las almas. Por eso, con extremo cuidado ha de quitar y extirpar todo lo que está en contra de la fe o lo que pudiese perjudicar de algún modo la salvación de las almas».
Si alguna vez usted lee en un diccionario, por ejemplo, en el diccionario alemán Duden, el significado de la palabra «extirpar» es «quitar de forma radical», (y en el de la RAE «Arrancar de cuajo o de raíz.  Acabar del todo con algo, de modo que cese de existir» Nota de los traductores). Y bajo la palabra «radical» encontramos en el primero igualmente la aclaración: «proceder con dureza y sin contemplación alguna; llevar hasta el extremo; arremeter con rigor y sin miramientos».
Confiemos y recemos para que nuestro gobierno y nuestros partidos políticos regentes con la denominación de «cristianos» se comporten con la neutralidad que está anclada en nuestra Constitución, tanto en la Constitución de la República Federal de Alemania, en nuestra ley fundamental, como también en las constitución del Estado de Baviera.
Si nuestros partidos políticos, especialmente los que llevan la C en su nombre, respetan esa Constitución, no necesitan dejarse intimidar por una Iglesia vaticana o por una luterana. Entonces no necesitan tener miedo de la amenaza de la condenación eterna o del tormento infernal eterno. Pueden seguir su sano juicio, pueden seguir también su concepto de ética y moral –tal y como lo enseñó Jesús, el Cristo–, y pueden decidir libremente. Entonces son independientes de aquel que está sentado en la silla de san Pedro.

Estimadas lectoras, estimados lectores, ustedes saben que esta silla no tiene nada que ver con Jesús, el Cristo. Nuestro propósito ha sido y es que, en base a los hechos, cada uno reconozca esto, para que cada cual puede decidir libremente a quién desea pertenecer. Cada cual puede denominarse tal y como lo desee: –luterano o protestante, o vaticano, o católico-romano–, mientras no se tome el derecho de decir que su enseñanza, que es diametralmente contraria a las enseñanzas de Jesús, el Cristo, tiene algo que ver con Jesús, el Cristo.

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