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  Carta al Papa Benedicto XVI

A Su Santidad Papa Benedicto XVI Palazzo Apostolico Vaticano V-00120 Città del Vaticano Roma – Italia
2 de Mayo de 2005
Respetado Papa Benedicto:
Le ruego disculpe el tratamiento que no corresponde a las reglas de la etiqueta. Se me hace difícil llamar a una persona “Santo Padre” o “Su Santidad”. No me dirijo a usted como un miembro de su Iglesia, sino simplemente como un hermano en Cristo.
Tal vez al comienzo puedo mencionar que nosotros ya nos encontramos una vez, a raíz de una situación bastante crítica: Como Arzobispo de Munich y Freising, usted había ordenado medidas disciplinarias de la Iglesia contra un párroco rural rebelde que se negaba a pagar el óbolo de San Pedro. Y este hombre se dirigió nada menos que a mí, en mi calidad de abogado, para hacer uso de medios legales y evitar así su destitución. De la disputa eclesiástica legal resultó un contacto personal, que en el curso de una conversación llevada por usted en forma muy comprensiva, condujo a un acuerdo satisfactorio. El párroco se sintió agradecido de su cardenal y el abogado impresionado por su disposición para reconciliarse.
En vista de su vida tan fecunda en acontecimientos, en realidad me parece casi imposible que usted tenga este encuentro aún en la memoria. Seguramente tan poco como el hecho que tal vez podría haber llegado a sus oídos, de que en el programa de televisión Dieci minuti en RAI UNO, se presentó de vez en cuando un abogado alemán, dando a conocer a un movimiento religioso que se basa en el cristianismo originario. El abogado de Munich de antaño se ha transformado entretanto en un humilde (así lo espero) buscador de Dios en el círculo de una comunidad cristiana originaria, que trata de comprender y aplicar en la vida diaria las enseñanzas de Jesús de Nazaret, sin dogmas ni ritos eclesiásticos.
En base a este intento, me permito hacer algunas preguntas al recientemente elegido Papa de la Iglesia católica romana. Esto puede parecer desmesurado, pero Cristo no hace diferencias entre personas de alta posición y otros de una inferior. Y como se trata de preguntas vitales del ser cristiano, no deberían ser planteadas en lugar cerrado, por lo que me permito escribir esta carta como carta abierta y pública.
La primera pregunta ya fue hecha una vez por usted mismo: Como el Obispo de Limburg, Franz Kamphaus, hace poco informó en el periódico Frankfurter Allgemeinen Zeitung, usted hizo notar a mediados de los años 60, ya establecido como teólogo del concilio, que como Papa es peligroso hacerse llamar «Santo Padre». Que la palabra de Jesús estaría en contra de ello: «Sólo Uno es vuestro Padre, El que está en el cielo; sólo Uno es vuestro Maestro, pero vosotros sois todos hermanos». (Mt.23, 8 s.) Para muchos puede que esto sea sólo algo externo. Pero como usted mismo dijo: La palabra de Jesús está en contra de ello, por lo que la pregunta que aquí se plantea es: ¿Cuán en serio toma el nuevo Papa la palabra de Jesús, el Cristo, si él mismo también se hace llamar «Santo Padre» y hace que la gente se arrodille a sus pies?
La misma pregunta alude también a la Iglesia como institución, la que a pesar de su pasado sangriento, aún se presenta como la única Iglesia del cristianismo, fuera de la cual no hay salvación, que con la ayuda de amenazas clericales requisa a sus miembros ya siendo bebés y los sigue manteniendo agarrados como adultos. En su muy leída «Introducción al cristianismo», usted escribió ya en el año 1968 que, si se tiene presente la historia de la Iglesia, usted podía «comprender la horrible visión de Dante que veía subir al coche de la Iglesia la prostituta de Babilonia» (pág. 282). La consecuencia que se podría sacar de ello se encuentran en la revelación de Juan, que con respecto a la ramera babilónica aconseja: «¡Sal de ella pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados…» (Ap 18. 4) Pero quien quiera seguir este consejo, es amenazado por la Iglesia con el terrible castigo de la condenación eterna.
Quien busque un consejo en su teología para solucionar este conflicto entre la salvación en Cristo y la perdición en la Iglesia, recibe informaciones paradójicas: «Por razón del don que nunca puede retirarse, la Iglesia siempre es la santificada por él; la santificada en la que está presente entre los hombres la santidad del Señor. Lo que en ella está presente y lo que elige en amor cada vez más paradójico las manos sucias de los hombres como vasija de su presencia, es verdaderamente la santidad del Señor. Es santidad que en cuanto santidad de Cristo brilla en medio de los pecados de la Iglesia... Podría decirse que la Iglesia, en su paradójica estructura de santidad y pecado, es la figura de la gracia en este mundo». (Pág. 284)
Yo no soy teólogo que haya estudiado esta profesión. Tal vez por eso no me puedo liberar de la sensación de que aquí se trata de un juego de abalorios intelectual en el que las cosas se ponen de cabeza: Lo a priori ya no es el «Señor», sino la Iglesia; a Él se Le transforma en vehículo de una organización que, debido a que Él «no le ha retirado Su entrega», permanece siendo santa aunque ella se aparte de Él. Al final de su deducción, usted escribe que justamente la santidad pecadora de la Iglesia tiene en sí algo infinitamente consolador.
Respetado Papa Benedicto, ¿qué diría Jesús de Nazaret sobre tanta paradoja? ¿Consentiría Él que su Iglesia se denomine «cuerpo místico de Cristo»? Y además, como según su paradoja de la «santidad y pecado» ella en cada situación puede hacer lo que quiere –y siempre hizo–, también en los siglos de las cruzadas y de la Inquisición, en los que fue dejando una huella de sangre en la historia del mundo. ¿No hace este lema «una vez santa – siempre santa» que la Iglesia en el futuro sea imprevisible en sus decisiones, por no decir peligrosa?
En su libro usted habla en contra de que «la crítica en contra de la Iglesia es biliosamente amarga», a la que «a menudo se une un vacío espiritual», «en el que ya no se considera lo propio de la Iglesia, sino una institución con miras políticas, se considera su organización como lamentable y brutal, como si lo propio de la Iglesia estribase en su organización y no en el consuelo de la palabra y de los sacramentos» (Pág.286) Puede que sea así; pero ¿no hace ya mucho tiempo que lo «propio» ha sido sepultado por lo impropio? ¿Cómo quiere usted, en vista del carácter imperial y de las estructuras de poder de su Iglesia en la historia y en el presente, justificar ante Dios su pretensión espiritual y predicar ésta a los hombres en nombre de Jesucristo?
Permítame que por un momento me arrogue la pretensión de transformarme en abogado del Nazareno, para plantear en este sentido otro par de preguntas desagradables: ¿Considera usted que concuerda con la enseñanza de Jesús el hecho de que la Iglesia continúe en posesión de la inmensa riqueza de la que se apoderó en el curso de los siglos, en parte por medio de engaño y violencia? ¿O no será que ha llegado el momento de disminuir con ella de forma decidida el hambre y el sufrimiento en el tercer mundo? ¿Qué es lo que aquí aconsejaría Jesús de Nazaret?
¿Qué le parecería probablemente al carpintero de Nazaret la demostración de suntuosidad que vivió el mundo durante la muerte de su antecesor y con su propia entronización? Por cierto: Jesús sabía también celebrar en el momento oportuno – si se piensa en las bodas en Caná. Pero en un mundo en el que diariamente mueren 40.000 niños de hambre, una pompa resplandeciente de oro y púrpura en nombre de Jesús resulta algo cuestionable. La Iglesia utilizó sus celebraciones como actos estatales a favor de la misión católica mundial. Pero en el estruendoso espectáculo de los medios de comunicación, la oportunidad de vivir la espiritualidad dio paso más bien a una psicosis de masas, en la que se honró como ídolos a los «representantes de Dios», mientras que Cristo, como el crucificado, sirvió de simple decoración. Y dicho se paso: ¿Por qué sigue Él todavía colgando de la cruz, cuando hace tanto tiempo que ya resucitó?
Pero empleando tal vez un modo más generoso de ver las cosas, se podrían ignorar muchas de las discrepancias tan irritantes entre el carpintero de Nazaret y la acaudalada Iglesia. Más dolorosa es la negación de Jesús a través de los dogmas centrales de la Iglesia. ¿No es terrible que muchos cristianos de Iglesia se sientan inseguros cuando se les pregunta por qué Cristo se hizo hombre y por qué tuvo que morir de modo tan cruel? Quien rebusque en los recuerdos de las clases de religión católica, responderá con cierta vacilación que este sacrificio fue necesario para reconciliar a Dios con los hombres. Pero quien reflexione seriamente sobre esta respuesta, se quedará sin respiración: ¡Qué Dios tan cruel tiene que ser ése que está tan ofendido, que como compensación exige el sacrificio de una víctima humana, y más aún Su propio Hijo!
Una imagen divina de ese tipo intimida a mucha gente y hace también sospechoso a Jesús de Nazaret.
Pero quien consulta el catecismo de su Iglesia (tal vez en la esperanza de haberse equivocado) ve confirmada esta pesadilla: El lee allí, que «el Padre sacrificó a Su Hijo para reconciliarse con nosotros…», que Jesús «sacrificó Su vida como víctima de expiación… que Su sangre fue derramada para pagar los pecados… y que por ellos dio satisfacción a Dios Padre». Desde hace unos mil años esta enseñanza corroe las raíces de la confianza humana en Dios y de una creencia plausible en el sentido que tuvo la vida de Jesús. Este dilema también lo descubrió usted sin duda como teólogo, cuando escribió sobre la «luz sospechosa» en la que esta enseñanza sumerge la imagen de Dios (Pág.189). Por eso usted, con mucha elocuencia teológica, trata de relativizar estos componentes que dan francamente una extraña impresión de diabólicos, que parten de Anselmo de Canterbury, mejor dicho de la «lógica de la justificación» de Pablo: Usted acentúa que esta no habría sido confirmada por el Evangelio. Si en la carta a los hebreos se habla de la sangre de la reconciliación, esto no se debería «concebirla como un don material, como un medio de expiación cuantitativo», sino que simplemente como «la concreción del amor del que dice Juan que llega hasta el fin» (pág.236).
Quien crea en un Dios amoroso y quien tome en serio el mensaje de Jesús, puede partir solamente del hecho de que Su muerte no es un nuevo sacrificio pagano, sino la expresión de Su fidelidad incondicional a Su promesa: Anunciar el Reino de Dios a la humanidad y traer a la Tierra Su Reino de Paz. Pero si se está de acuerdo sobre la verdadera tarea de Jesús, ¿por qué entonces no se ha separado ya su Iglesia, también en la divulgación oficial de la enseñanza, del mito de sacrificio pagano que lo falsea todo? La edición válida actual del catecismo de la Iglesia católica es recién del año 1992. Una Iglesia que en su catequesis, en miles de oficios divinos y oraciones hace venerar al Hijo de Dios como a una víctima necesaria, ¿está en serio en condiciones de remitirse a Él?
Y a esto habría que agregar: ¿Cómo una Iglesia puede hacer de las palabras «cordero de Dios que nos libera de nuestros pecados» un mantra religioso y al mismo tiempo amenazar con la condenación eterna a todos aquellos que tropiezan con la casuística de su enseñanza del pecado mortal? En mi juventud todavía podía suceder eso, si se leía un libro que estaba en el índice, si se besaba muy apasionadamente a una chica y si los domingos se faltaba dos o tres veces a la misa. Puede que ahora ya no sea tan grave, pero según la enseñanza de la Iglesia, una gran parte de los cristianos de Iglesia se mueve aún bastante cerca del abismo que lleva al infierno eterno.
Con ello no quiero hablar a favor de una «dictadura del relativismo», sino que reclamo en nombre de Jesús y de Su Padre que nos ama a todos infinitamente, que cuando se Le atribuye falsamente que Él maldice a una gran parte de la humanidad por toda la eternidad, se está ofendiendo a Su bondad
todopoderosa. El teólogo del cristianismo temprano, Orígenes, sabía todavía que al final de los tiempos todo sería bueno y que todos los hombres volverían a Dios («Apocatástasis»); pero el concilio de Constantinopla acabó con esto el año 553, no porque hubiese tenido serios motivos espirituales o teológicos en contra de su enseñanza. En primera línea, porque el emperador del Imperio romano de oriente, Justiniano, quiso cortar de raíz una discusión religiosa sobre la preexistencia del alma humana y la salvación de todas las almas y de los hombres a través de Cristo. Por eso no vaciló mucho tiempo y dictó a la asamblea las maldiciones contra Orígenes y con esto contra una parte esencial de la Buena Nueva de Cristo. La Iglesia estatal romana se despidió así de Su mensaje sobre un Dios-Padre amoroso, que no maldice a nadie, sino que hará volver al hogar eterno a todas las almas y hombres, a toda la Creación que cayó, con la ayuda del acto redentor de Jesús, que capacita a todos los hombres para regresar. A partir de allí, la Iglesia tuvo en sus manos una de las armas más fuertes: amenazar con la maldición eterna, la que aplicó con gran éxito en los 1500 años siguientes. Ella se transformó también en la base de la Inquisición y de las cruzadas, que costó la vida a millones de personas.
¿Cómo puede una Iglesia remitirse a Jesús de Nazaret, si en asuntos importantes no se guía por Él, sino por otros maestros? Y hombres como Pablo, Canterbury y Justiniano no fueron de ningún modo los únicos. Muy pocos católicos saben que el credo de la fe apostólica no fue formulado por los seguidores de Jesús del cristianismo temprano, ni siquiera por teólogos, sino que, junto con Justiniano, también por otros emperadores romanos. Esto empezó ya en el concilio de Nicea el año 325, organizado por el emperador Constantino para solucionar la primera gran polémica teológica de envergadura, la discusión entre Arrio y Atanasio de si Jesús, el Cristo, sería el mismo Dios («idéntico a Dios en esencia») o bien el Hijo de Dios («en esencia semejante al Padre»). No era un devoto seguidor de Cristo el que decretó que Cristo es «idéntico a Dios», sino un emperador romano (no bautizado) el que con esto determinó en gran medida el credo católico válido hasta hoy. Jesús dijo en realidad: «Yo y el Padre somos uno», pero Él no dijo, yo soy «Dios verdadero del Dios verdadero», como la Iglesia hace orar cada domingo gracias a Constantino.
Usted sabe mejor que yo que también otros artículos de fe nacieron de forma semejante: por ejemplo, el dogma de la trinidad y el dogma de la Iglesia, fuera de la cual no hay salvación. También aquí se permitió un emperador romano, Teodosio I, determinar por pretensión de poder el año 381, en el concilio de Constantinopla, la enseñanza de la fe. Él convocó el concilio, y uno de sus juristas, que fue rápidamente bautizado, ordenado como sacerdote y ascendido a metropolita, se hizo cargo de la dirección de la asamblea para llevar al papel en forma jurídica perfecta la fórmula del dogma de la trinidad. Al mismo tiempo, la Iglesia fue declarada «santa» y «apostólica» y sus medios de la gracia como instrumentos de salvación de la nueva religión estatal. Lo que Teodosio y su jurista hicieron aprobar, es hasta hoy parte del credo de todas las confesiones cristianas. Sólo que no es precisamente «cristiano», pues no proviene de Cristo, sino de la Iglesia estatal católica romana.
Usted me podría objetar: ¿Qué le importa esto a uno que no sea católico? Él no tiene por qué aceptar este credo. Esta objeción no tiene efecto en tanto la Iglesia católica no renuncie a su pretensión de ser la única representante en asuntos del cristianismo y reconozca que Iglesia y cristianismo no son idénticos. Con esto llego a la pregunta neurálgica de la relación de su Iglesia con cristianos que no se cuentan entre sus miembros y que quieren seguir al Cristo de Dios sin el aparato de enseñanza eclesiástico. Se trata en cierto modo de su propio campo de acción como antiguo presidente de la Congregación de la fe en la sucesión de la Inquisición eclesiástica. Usted no ha negado esta continuidad hasta dentro del pasado más próximo, sino que incluso la corroboró cuando en marzo de este año declaró en la Radio de Berlín-Brandenburgo: «Gran inquisidor es una decisión histórica, de algún modo estamos en la continuidad». Esto llamó la atención; más aún la observación en que usted insiste en que hay que «decir a pesar de todo» que la Inquisición fue el progreso que hizo posible que nada pudiera ser condenado sin «inquisitio», es decir, sin que se efectuaran investigaciones. Yo parto de la suposición de que a usted le es consciente la forma como se hacían estas «investigaciones», en las que reiteradamente se torturaba de forma cruel, cuando en la misma entrevista usted dijo que «los métodos de aquella época» eran «en parte criticables». Tal vez sus declaraciones en la entrevista fueron transmitidas de forma resumida, porque me da la impresión de que le restan una cierta importancia a los hechos.
En todo caso, permítaseme la pregunta de si –y en qué medida– se puede realmente confiar en la declaración del segundo concilio vaticano sobre la libertad de religión. Esta pregunta no se plantea sólo porque la Iglesia se dejó tiempo hasta el año 1965 para liberarse del derecho y de la «obligación de reprimir errores éticos y religiosos» (Pío XII). También la declaración misma del concilio en relación con otros documentos eclesiásticos, da pie a enormes dudas cuando se aferra a la opinión de que «la enseñanza católica tradicional de la obligación moral de los hombres y de la sociedad (¡?) permanece siendo inviolable ante la verdadera religión y la única Iglesia de Cristo».
Siempre se trató no sólo de una obligación «moral», sino al mismo tiempo de una obligación jurídica, la base de la que partió la Iglesia en relación con esto. Por eso resulta inquietante que en la colección de sus proclamaciones oficiales de la enseñanza se encuentre hasta hoy la carta de Pio IX al arzobispo de Munich, en la que el Papa le dice de su Iglesia: «Ella tiene que quitar y eliminar (¿!) minuciosamente todo lo que esté contra la fe o que pueda dañar de algún modo la salvación del alma». En tanto este texto no sea anulado, permanece latente la pretensión del derecho de exclusividad de la Iglesia, lo que movió a Karl Jaspers a echar a correr el rumor de que este derecho eclesiástico «está a cada instante a punto de saltar para encender de nuevo las hogueras contra los herejes». En esta situación, como cristiano que vive fuera de la Iglesia, uno ya no puede limitarse sólo a hacer simples preguntas o peticiones. Aquí hay que exigir en nombre de Jesús y de los derechos humanos que la Iglesia se deshaga de una vez por todas de la agresiva mecha para encender tales proclamaciones de la enseñanza. Ya que usted, como ha declarado, anhela de corazón la reconciliación entre los cristianos, seguramente no se le hará difícil tachar lo que corresponde en el libro de «Neuner-Roos» con una simple plumada papal.
(Nota de los traductores: El «Neuner-Roos» es un libro fundamental sobre la Iglesia católica, escrito por los teólogos alemanes Josef Neuner y Heinrich Roos, cuyo título es: «Der Glaube der Kirche in der Lehrverkündigung» [La fe de la Iglesia en la proclamación de la enseñanza]. No hemos podido encontrar una traducción al español).
Un sincero «edicto de tolerancia» del Papa tendría en muchos sentidos efectos positivos: No sólo sería una contribución importante para la paz entre diferentes credos religiosos. Posiblemente se abrirían también puertas dentro de la Iglesia para dejar entrar una ráfaga del Espíritu Santo, que, como sabemos, sopla donde quiere y no tolera a la larga una estrecha conducción teológico-dogmática. ¿De verdad que nadie se da cuenta en los círculos eclesiásticos de que entre los primeros cristianos existía no sólo el don de la sanación, sino también el don de la profecía, de la que informa repetidamente el evangelio? ¿Y que con muy pocas excepciones la corriente profética no surgió nunca más dentro de la Iglesia, sino que fuera de sus muros, y que allí fue perseguida bajo el fuego y la espada?
Así y todo, el mismo Karl Rahner (otro renombrado teólogo alemán. N.d.l.T.) escribió un tratado completo sobre la posibilidad de «manifestaciones privadas». «Privadas» en tanto no vienen de la Iglesia oficial, que ya no cree en las manifestaciones del mundo espiritual. ¿Tal vez porque también aquí ella hace válido un derecho de exclusividad, en este caso no sólo ante los hombres, sino también ante el Espíritu de Dios? ¿Se puede imaginar alguien en serio que el Espíritu de Dios calle desde hace 2000 años, a pesar de que Él se manifestó en todas las épocas a través de boca profética?
Hay muchas personas que están convencidas de que también hoy vive entre nosotros un profeta, esta vez en la persona de una mujer, a través del cual ha surgido una obra divina de manifestaciones y una comunidad mundial cristiano originaria. Quien deniegue aquí esto con actitud incrédula, no debería hacerlo sin dar una nueva mirada a su ya varias veces citado libro. En el capítulo «Duda y fe», basándose en la metáfora de Kierkegaards del payaso y del circo que se incendia, usted expone la situación del creyente que alarma a los bomberos y hace el ridículo porque nadie lo toma en serio en su disfraz de payaso. En su texto, el payaso simboliza al teólogo. Tal vez por un momento se le debería cambiar por la figura de un profeta. Entonces sus palabras «de la agobiante imposibilidad de romper las formas fijas del pensamiento y del lenguaje» (pág. 18), se tornarían actuales en una nueva dimensión. Los «aldeanos perplejos», a los que encuentra el payaso en la metáfora de Kierkegaards, serían entonces los perplejos fieles de la Iglesia ante los que se presenta el profeta. En el «dilema de la fe», su manifestación no sería más débil que el dogma del teólogo, pues así como usted escribe tan acertadamente: «… El que no cree puede sentirse seguro en su incredulidad, pero siempre le atormenta la sospecha de que “quizá sea verdad”... El “quizá” es siempre tentación ineludible a la que uno no puede sustraerse; al rechazarla, se da uno cuenta de que la fe no puede rechazarse. Digámoslo de otro modo: tanto el creyente como el no creyente participan, cada uno a su modo, en la duda y en la fe, siempre y cuando no se oculten a sí mismos y a la verdad de su ser. Nadie puede sustraerse totalmente a la duda o a la fe». Pág. 23 s.
En este dilema de la fe han estado los seres humanos una y otra vez, cuando se han visto enfrentados con un profeta. En la mayoría de los casos se comportaron de modo despectivo, ante todo los sacerdotes de la época correspondiente. Ellos tienen en mente la tradición, los profetas, por el contrario, la revolución, por cuyo motivo ellos son sospechosos por naturaleza para los sacerdotes. Incluso cuando apareció en la tierra el Hijo de Dios, no cambió nada, así como tampoco después, cuando hombres y mujeres iluminados, místicos y visionarios amenazaron con sacudir el dogmáticamente sólido edificio de fe de la Iglesia.
Muchas veces les ocurrió como al Cristo reaparecido en la novela de Dostojewski, «El gran inquisidor», al que el príncipe medieval de la Iglesia le dice: «Nosotros hemos mejorado tu acto y lo hemos basado en lo milagroso, en el misterio y en la autoridad. Y los hombres se alegraron de seguir siendo guiados como un rebaño… ¿Por qué has venido ahora a molestarnos?... Hace ya mucho tiempo que no estamos vinculados contigo, sino con él, hace ya ocho siglos. Hace ocho siglos que aceptamos de él lo que tú rechazaste indignado, aquel último don que él te ofreció cuando te mostró todos los reinos de la Tierra: Nosotros recibimos de él Roma y la espada del emperador y nos declaramos a nosotros mismos como los regentes de la Tierra, como sus únicos señores…»
Así también podría suceder cuando un nuevo profeta va por la Tierra, y por encima de todos los dogmas y ritos vuelve a la sepultada enseñanza de Jesús, pero es ignorado por el Papa. Tal vez es despachado bruscamente como el Cristo reaparecido en la novela de Dostojewski; tal vez hace el ridículo como el payaso en la metáfora de Kierkegaards, que llama a los bomberos. El circo se quema y la salvación sería posible, pero sólo si se creyera en la llamada de alarma. Si hoy se consideran estas llamadas de salvamento del mundo espiritual-divino no como algo absolutamente imposible, entonces un escéptico tendría que examinar el asunto, sopesando los riesgos de un semejante examen y la renuncia a él: si analiza y no encuentra nada profético, se puede retirar y no habría perdido nada, aparte de un poco de tiempo y energía. Pero si, por el contrario, no analiza, y lo profético existe realmente, por la renuncia al análisis lo habría perdido todo.
Como una prueba de la llamada de alarma para nuestra época, me permito adjuntarle el texto «Las grandes enseñanzas cósmicas de Jesús de Nazaret a Sus apóstoles y discípulos, que podían captarlas». Se trata sólo de un pequeño trozo de una gran obra de manifestaciones, en las que la humanidad se entera de muchas cosas relativas a la formación de la Tierra y de la vida en nuestro planeta, sobre las conexiones entre Espíritu y materia, entre cuerpo y alma, entre salud y enfermedad. Y por último se revelan muchas cosas sobre la vida y la enseñanza del Nazareno, que fueron desapareciendo en el curso de los siglos. El Espíritu de Dios corrige lo que se enseñó falsamente sobre Jesús de Nazaret y lo que en parte se ocultó. También expone como Jesús amaba a los animales. Las manifestaciones dan respuestas sobre el sentido y el motivo de nuestra vida terrenal, sobre el verdadero significado del acto redentor de Jesús, sobre la validez de la ley de siembra y cosecha, sobre la forma de vida del alma después del fallecimiento del cuerpo, sobre el tiempo venidero de la humanidad, el surgimiento del Reino de Paz y muchas cosas más.
Yo no sé si esta carta «logrará pasar» hasta usted. Si Dios quiere, así sucederá, y usted mismo puede decidir lo que opina de mis preguntas, y ante todo: si usted desea examinar seriamente la posibilidad de una nueva profecía de Dios.
En ésta y en todas las demás decisiones importantes de su vida, le deseo la bendición de Dios y la conducción de Cristo.
En este sentido le saludo como su hermano en Cristo.
Christian Sailer
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