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Segunda Carta al Papa Benedicto XVI



A Su Santidad
Papa Benedicto XVI
Palazzo Apostolico Vaticano
V-00120 Città del Vaticano
Roma – Italia

19 de julio de 2005

Respetado Papa Benedicto:

 

Permítame que vuelva a mi exhaustiva carta del 2 de mayo de 2005.

No sé por qué no he recibido hasta ahora ninguna respuesta. Que su Secretaría de Estado esté tan mal organizada, realmente no me lo puedo imaginar. En todo caso, en ella se tuvo tiempo para dar las gracias por el regalo de un osito de peluche denominado «Papa Benedicto XVI» – «con una sonrisa» y «con sinceridad», como se señaló. El Papa como osito de felpa, «valiosa blanca felpa rizada de mohair, con relleno clásico de lana vegetal y trabajada vestidura», es algo que produce ciertamente mejor efecto que las críticas preguntas de un cristiano que se remite al cristianismo originario y pide aclaración sobre las contradicciones de la Iglesia en relación con la enseñanza de Jesús.

Ahora tengo, pues, que adivinar un poco si mi carta fue despachada a la papelera por un prelado súper motivado o en un lugar de mayor importancia fue considerada como crimen de lesa majestad. Por pura precaución añado una vez más la carta a la presente. Al mismo tiempo la enviaré a algunos cardenales en Alemania y en Italia, entre los que mis preguntas encuentren quizás mayor atención. En cualquier caso seguiré manteniendo la correspondencia hasta más saber, y esto por cierto a través de Internet, pues se trata de preguntas de interés público, puesto que su Iglesia se remite a Cristo y muchas personas son del parecer de que ésta lo hace injustamente. En los primeros 100 días de su pontificado, usted dio claramente a entender que por lo visto no tenía la intención de reducir, por lo menos en algunos pasos, la distancia entre su Iglesia y Jesús de Nazaret.

La agitada rapidez con la que quiere canonizar a su predecesor, demuestra más bien lo contrario. Usted, como teólogo instruido en la historia, sabe mejor que yo que el culto a los santos y a las reliquias no tiene en lo más mínimo que ver con Jesús. Este culto procede de los antiguos cultos de misterios, de una primitiva creencia en espíritus, referida a lo corporal, que fue asumida más tarde por la Iglesia. El culto católico de reliquias, en el que se veneran huesos de muertos, y que incluso son empleados para «sanaciones milagrosas», resulta una continuación de la magia pagana. Las comprobaciones bíblicas demuestran que la santidad sólo corresponde a Uno, a saber, al «Señor de las cohortes celestiales» (Isaías). El culto personal de los santos de la Iglesia católica romana es un sacrilegio, sobre todo si se piensa en quién ha sido ya declarado santo o, en cualquier caso, venerado como santo, por ejemplo, el emperador Constantino, que exterminó a toda su familia, o Bernardo de Clairvaux, que incitó al asesinato y al homicidio, y muchos otros que por medio de actos crueles estuvieron al servicio de su Iglesia para «honor de los altares».

Mientras usted acelera un proceso de canonización, intensifica al mismo tiempo los denominados exorcismos. Según una noticia de la Agencia Informativa Católica, la universidad eclesiástica Regina Apostolorum en Roma ofrece cursos adelantados en exorcismo. La «fascinación por el demonio» está en pleno auge, opinaba la escuela como justificación de su inusual oferta de enseñanza. Mientras ante algunos brotes de culto a los santos uno todavía podría sonreír, en el caso del exorcismo todo se vuelve trágicamente serio: Usted sabe seguramente que a consecuencia del mismo hasta hace poco han muerto personas o sufrieron en cualquier caso graves daños corporales y anímicos. Algo de esto recuerda a la magia vudú africana, en que de forma semejante se trata con fuerzas astrales, como los exorcistas católicos. Permítaseme así la pregunta de en qué mundo se vive realmente en el Vaticano. Sólo porque los seres humanos se han acostumbrado a la conducta medieval de la Iglesia o se muestran simplemente indiferentes ante la misma, nadie pone públicamente el grito en el cielo cuando un Papa del siglo XXI permite que se practiquen rituales mágicos de peligro mortal. ¿No podría ser que la magia aumenta en la medida en que la espiritualidad disminuye? Un sicólogo de lo profundo constataría que cuanto más reprime alguien sus propias sombras, tanto más le sale el diablo a su encuentro.

De los muchos comentarios que usted ha expresado en sus primeros 100 años de pontificado, uno llama especialmente la atención: junto a los «seudo-matrimonios entre personas del mismo sexo», también las «comunidades de vida no matrimoniales» y los «matrimonios de prueba» conducirían a convertir el cuerpo en algo totalmente «banal». Casi al mismo tiempo, el cardenal alemán Lehmann hizo un llamamiento en televisión para que se donaran órganos, en plena sintonía con la concepción eclesiástica dominante. ¿Dónde se encuentra en realidad una actitud más grande de hacer banal el cuerpo humano: cuando se utilizan a moribundos como almacén de piezas de recambio humano y se les roba su corazón todavía palpitante y sus riñones todavía en función, para alargar algunos años la vida de alguien también enfermo de muerte y mezclar con ello su cuerpo con el cuerpo de otra persona? ¿O cuando dos personas viven juntas sin la bendición eclesiástica?

No quiero ser descortés, pero lamentablemente no le puedo ahorrar la pregunta de si no debería andar con más cuidado con veredictos sobre el hacer banal el cuerpo humano, en tanto en su Iglesia aumenta todavía más el número de homosexuales que abusan de niños y el hacer banal la corporeidad conduce a orgías en los seminarios de sacerdotes, como en el de San Pölten, en Austria.

Si usted me respondiera, me replicaría probablemente que la Iglesia naturalmente desaprueba esto. Con palabras seguramente que lo hace. No obstante, usted, respetado Papa Benedicto, se encuentra bajo la terrible sospecha de sustraer sistemáticamente a los culpables del procesamiento judicial por parte del Estado. En abril de este año, bajo el título «Pope “obstructed” Sex abuse inquiry» (El Papa «obstruyó» investigación sobre abuso sexual) fue publicado en la prensa inglesa un informe según el cual usted, como presidente de la Congregación para la doctrina de la fe, habría pedido en una carta confidencial a cada obispo católico a mantener bajo llave las investigaciones contra los pedófilos, y esto hasta diez años después de que la víctima abusada hubiera alcanzado la mayoría de edad. Según el derecho penal alemán se trata aquí puramente de una instigación a obstruir la condena, de acuerdo con el § 258 del código penal. Si usted no fuera Papa, y con ello a la vez jefe de Estado, debería en futuras visitas a Alemania esperar un sumario instructivo por parte de la Fiscalía del Estado. Posiblemente los prelados de su Secretaría de Estado consideran también esta constatación como insolente y buscarán dónde está la próxima papelera. Pero la situación judicial es precisamente esa. ¿O es que los artículos publicados en The Observer o respectivamente en The Guardian son informaciones falsas? ¿Por qué no fueron desmentidos por el Vaticano?

A propósito de jefe de Estado: ¿qué dice usted a la petición de 80 sacerdotes catalanes de que usted debería renunciar como «jefe de Estado»? La carta fue publicada en el periódico La Vanguardia de Barcelona, el 29.6.2005. Los remitentes, que están apoyados por más foros sacerdotales del norte y sur de Cataluña, le exigen al mismo tiempo que rehabilite a todos los teólogos que usted obligó a callar como presidente de la Congregación para la doctrina de la fe. Los que escribieron la carta apoyan su demanda en el deseo de que la Iglesia se acerque de nuevo al evangelio de Jesús. Por ello juzgan también que «el espectáculo en torno a la muerte de Juan Pablo II y de su elección como Papa» no ha sido «ni cristiano ni constructivo». «También la presencia de jefes de Estado y de gobierno, algunos de ellos promotores de guerras, dictaduras y hambre, no tiene nada que ver con Jesús de Nazaret, como tampoco la parafernalia de las autoridades eclesiásticas con su pompa y su lujo». Al final los redactores de la carta le piden que usted deje de llamarse «Santo Padre, Pontífice Máximo y Su Santidad».

Los sacerdotes que expresan esto no están en contra de la Iglesia, sino que se sienten comprometidos con el Nazareno. ¿Qué habría dicho Jesús de Nazaret a esta carta? ¿Y cómo ve esta situación el Cristo resucitado? Por ello resulta de especial interés lo que usted, que se considera representante de Cristo, responderá al respecto. En el fondo debería dar la razón a estos amigos de Cristo. Si no lo hace, o considera la petición de sus hermanos como una insubordinación, usted actúa como adversario de Dios, a pesar de que inmediatamente después de su elección anunció que quería obrar como «humilde servidor en la viña del Señor». Cuando un hombre en un abrir y cerrar de ojos permite que le llamen Pontífice Máximo y Santo Padre, probablemente le es difícil no perder la visión de la realidad. Y si además aún quiere hablar en nombre de Cristo, expone su alma a una francamente esquizofrénica prueba de desgarramiento.

Síntomas de una tal división de la consciencia fue reconocible en los primeros 100 días de su pontificado.

Especialmente en su apelación después de los atentados terroristas en Londres. Usted exhortó «en nombre de Dios» a los islamitas a la paz. Si a alguno no se le ha cortado aquí la respiración, es sólo porque tiene una enorme falta de conocimiento de la historia. ¿De veras que no le es consciente que uno de sus predecesores, el Papa Urbano II, incitó con las mismas palabras «en nombre de Dios» a la primera cruzada contra el mundo islámico y prometió a cada cruzado que sacrificara su vida «en la batalla contra los paganos» que le serían perdonados al momento todos los pecados?

Las apelaciones del Papa hace 900 años coinciden en parte literalmente con las apelaciones de los fundamentalistas islámicos de hoy. Lo que los cristianos hicieron al mundo islámico en aquel tiempo, y en los siglos posteriores, no ha caído en el olvido hasta hoy en día. Los guías de Al-Qaeda se refieren expresamente a la crueldad de los cristianos que en Jerusalén asesinaron y saquearon, para a continuación «venerar la tumba del Redentor». Los terribles crímenes de su Iglesia envenenaron ya entonces la historia del mundo. Su predecesor, Juan Pablo II, no se disculpó en serio por ello, sino que echó la culpa a algunos cristianos descarriados. La energía satánica que fue liberada por parte de la Iglesia contra el mundo islámico, golpea hoy de regreso en todo el Occidente. No por ello están justificadas en modo alguno las atrocidades de Nueva York, Madrid o Londres. Pero cuando precisamente el representante de aquella organización que lleva la mayor parte de complicidad en las sangrientas implicaciones de la historia, apela autoritariamente a la paz en dirección a Oriente, en la parte del Islam, que reacciona a las humillaciones por parte de occidente con atentados suicidas, esto tiene el efecto de como si se echara aceite al fuego.

¿No hubiera sido hace tiempo ya políticamente más inteligente y ético que el nuevo Papa aprovechara la oportunidad para disculparse por las muchas heridas que el denominado Occidente cristiano ha ocasionado al mundo islámico; que invitara además a mitigar las necesidades materiales de éste mediante ayudas prácticas, y que pusiera a disposición una parte de la riqueza de su Iglesia (mucha de la cual fue obtenida mediante saqueos en todo el mundo); que exhortara insistentemente al presidente norteamericano y al primer ministro británico a investigar en serio las torturas y la discriminación religiosa de los prisioneros islámicos, a castigarlas y a suprimirlas de inmediato...? Sólo entonces las apelaciones del Papa a la paz en el Oriente próximo y medio no serían tomadas más como provocación de cruzados incorregibles. Si el Papa se pone en el centro de la escena, como usted lo ha hecho –y acaricia quizás en secreto la ilusión de ser todavía el «conductor del orbe terráqueo»– esto atañe a cada ciudadano contemporáneo, pues todos nosotros estamos amenazados por la ira y el odio de los terroristas, quienes se sienten todavía aún más provocados a causa de las exhortaciones carentes de tacto procedentes de Roma, aún cuando nuevas atrocidades no justifiquen los crímenes y humillaciones del pasado.

Muchas cosas que se oyen y se ve ven de usted puede que conciernan sólo a los católicos e interesen sólo a los miembros de la Iglesia. Sin embargo, en tanto el Papa de esta Iglesia hable siempre de nuevo en nombre «del cristianismo», afecta esto a todo el que se siente próximo a Jesús, el Cristo, y experimenta cuán poco tienen que ver con Él las declaraciones y comportamientos eclesiásticos. Este es el motivo por el que me dirijo públicamente a usted. Lo seguiré haciendo también en el futuro, aún cuando mis cartas no le deban llegar o incluso sean ignoradas bajo conocimiento suyo.

Usted mismo debe decidir si en su mundo de santidad e infalibilidad papales elude las críticas preguntas y quiere limitar la comunicación con el mundo externo a diálogos poco peligrosos, de tipo diplomático. Cuando el ministro alemán de finanzas busca su bendición para imprimir un sello, seguramente no le dice que a la larga no va a poder pagar más a su Iglesia las subvenciones de miles de  millones procedentes de la caja fiscal. Pero un contribuyente normal como yo le haría notar que ya no es aceptable que el contribuyente alemán subvencione anualmente con 14 mil millones de euros la burocracia de la Iglesia, de la que los creyentes se escapan en masa. Y cuando a usted en agosto le vitoreen los jóvenes en Colonia, no corre el riesgo de que un boy-scout alemán le pregunte por qué la Iglesia protege tan incondicionalmente la vida en un estado prenatal y permite que se la destruya tan generosamente después del nacimiento, por ejemplo, en «guerras justas» o también con la prohibición de preservativos, que trae consigo hambre y miseria, sida y muerte.

Por ello, un contemporáneo normal como yo, que se siente unido a Jesús de Nazaret, debe confrontarle a usted con esta clase de preguntas.

Hasta una próxima ocasión, le saludo en Cristo

Christian Sailer

 

 

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