Usted está aquí: Página inicial > Profecía > Publicaciones > Cartas de Gabriele > Cartas
de Gabriele Nr. 3

El consorcio “Iglesia“,
la nada santa alianza con el Estado



Continuamos con el catecismo de la Iglesia católica. En el párrafo 2244 se puede leer lo siguiente: “Sólo la religión divinamente revelada ha reconocido claramente en Dios, Creador y Redentor, el origen y el destino del hombre”.

Eso es verdad. Pero no para la Iglesia católica. Jesús, el Cristo, trajo a través de manifestación divina y a través de Su vida la religión interna. ¿Dónde ha quedado ésta?

“La Iglesia invita a las autoridades civiles a juzgar y decidir a la luz de la Verdad sobre Dios y sobre el hombre“. Esa arbitraria disposición de la Iglesia, que sirve a su pretensión de omnipotencia, trae consigo consecuencias para la vida pública en nuestro Estado, en nuestra sociedad: por eso los jueces que pertenecen a la Iglesia sólo pueden tomar decisiones libres sólo hasta cierto punto.

Si los jueces son católicos creyentes, deberían seguir las enseñanzas e indicaciones del catecismo. Con ello se podría decir que también ellos han sido adoctrinados por la Iglesia.

 Dado que las Iglesias, el Estado y también los jueces, –que hacen valer y ejercen el derecho y no dejan que impere  la justicia–, son uno entre sí, también son de la misma opinión cuando se trata de los electores que tienen que votar para que un nuevo gobierno tome el timón. El pueblo mantenido conforme, que primero pertenece a la Iglesia y des­pués al Estado, es el denominado “ganado votante”. Los gobiernos, no importa como se denominen, están unidos a la Iglesia porque ésta espolea al “ganado votante”. O sea que los mandatarios del Estado se humillan ante los de arriba, siendo así súbditos tan diligentes de las autoridades de la Iglesia para, como ya hemos dicho, obtener suficiente ganado para votar. El hombre de Iglesia que está a favor de un partido determinado, predica en su Iglesia con insistencia a favor de aquellos que ofrecen más ventajas como partido de la Iglesia. También los jueces, que no sólo pertenecen al Estado sino también a la Iglesia, les adjudican el derecho en los juzgados a aquellos que, como ellos, son conformistas de la Iglesia.

Que esto es así lo demuestra el catecismo de la Iglesia católica. Allí se dice literalmente: “El ciudadano tiene obli­gación en conciencia de no seguir las prescripciones de las autoridades civiles cuando estos preceptos son contrarios a las exigencias del orden moral, a los derechos fundamentales de las personas o a las enseñanzas del Evangelio” (párrafo 2242). Al “Evangelio” en el sentido del catecismo pertenece según el párrafo 121 también el Antiguo Testamento. “El Antiguo Testamento es una parte de la Sagrada Escritura de la que no se puede prescindir. Sus libros son divinamente inspirados y conservan un valor permanente, porque la Antigua Alianza no ha sido revocada”. En el Deuteronomio se lee, entre otras cosas: “Si una causa te resultare difícil de resolver entre sangre y sangre, entre contestación y contestación, entre herida y herida, objeto de litigio en tus puertas, te levantarás y subirás al lugar que Yavé, tu Dios, haya elegido, y te irás a los sacerdotes hijos de Leví y al juez entonces en funciones, y le consultarás; él te dirá la sentencia que haya de darse conforme a derecho. Obrarás según la sentencia que te hayan dado en el lugar que Yavé ha elegido y pondrás cuidado en ajustarte a lo que ellos te hayan enseñado. Obrarás conforme a la ley que ellos te enseñen y a la sentencia que te hayan dado ... El que, dejándose llevar por la soberbia, no escuchare al sacerdote que está allí para servir a Yavé, tu Dios, o no escuchare al juez, será condenado a muerte”.

Esto lo ha practicado la Iglesia durante años, por ejemplo a través de su “Santa” inquisición. En aquel entonces el Estado también era el esbirro de la Iglesia; él llevaba a cabo voluntariamente las “ejecuciones” de muy diferentes modos. Por cierto, el que no haga la voluntad de la Iglesia hoy en día sigue siendo combatido –en la actualidad con difamaciones–, a fin de cuentas con la meta de siempre de eliminarlo. Aún hoy siguen siendo excluidas y perjudicadas las personas que no pertenecen a la Iglesia.

No sólo fueron órganos de las Iglesias los responsables de la cruel persecución, tortura y quema de cientos de miles de “brujas”, sino que también escenificaron las sangrientas cruzadas; por orden suya fueron asesinados innumerables “paganos”, judíos, indios y personas de otras creencias.

En el catecismo de la Iglesia católica se puede leer en el capítulo que se encuentra bajo el pretencioso título “La vida en Cristo” lo siguiente:

“En tiempos pasados, se recurrió de modo ordinario a prácticas crueles por parte de autoridades legítimas para mantener la ley y el orden, con frecuecia sin protesta de los pastores de la Iglesia, que incluso adoptaron, en sus propios tribunales las prescripciones del derecho romano sobre la tortura. Junto a estos hechos lamentables, la Iglesia ha enseñado siempre el deber de clemencia y misericordia; prohibió a los clérigos derramar sangre. En tiempos recientes se ha hecho evidente que estas prácticas crueles no eran ni necesarias para el orden público ni conformes a los derechos legítimos de la persona humana. Al contrario, estas prácticas conducen a las peores degradaciones. Es preciso esforzarse por su abolición, y orar por las víctimas y sus verdugos”.

 Recordemos la sintetizada declaración del famoso historiador y crítico de la Iglesia Karl-Heinz Deschner:

“Después de ocuparme intensamente de la historia del cristianismo, no conozco en la Antigüedad, la Edad Media ni en la actualidad, incluido y especialmente el siglo XX, ninguna organización del mundo que a su vez se haya cargado durante tanto tiempo, tan continuamente y de forma tan atroz de crímenes como la Iglesia cristiana, especialmente la Iglesia católica-apostólica-romana”.

En el catecismo de la Iglesia católica se puede seguir leyendo: “Los ministerios deben ejercerse en un espíritu de servicio fraternal y de entrega a la Iglesia en nombre del Señor. Al mismo tiempo, la conciencia de cada cual en su juicio moral sobre sus actos personales, debe evitar encerrarse en una consideración individual. Con mayor empeño debe abrirse a la consideración del bien de todos según se expresa en la ley moral, natural y revelada, y consiguientemente en la ley de la Iglesia y en la enseñanza autorizada del Magisterio sobre las cuestiones morales. No se ha de oponer la conciencia personal y la razón a la ley moral o al Magisterio de la Iglesia”.

¡Eso significa pura dependencia! O sea que la Iglesia y su enseñanza, su ley, tienen que ser la medida de todas las cosas. Esto es una clara negación del uso de la conciencia y del uso de la razón. O sea,  prohibición de pensar. Se exige entonces una total subordinación, más aún, la renuncia a sí mismo.

La Iglesia en sus aclaraciones de enseñanza se refiere, como ya sabemos, con frecuencia a (san) Pablo, que entre otras cosas dice en sus cartas a los romanos: “Él (el poder estatal) está al servicio de Dios y exige que hagas lo bueno. Si haces lo malo, ¡teme! Pues no sin motivo lleva ella la espada. Está al servicio de Dios y ejecuta la sentencia sobre aquel que haga algo malo”.

Como escucharemos después, la relación entre el Estado y la Iglesia está anclada en la enseñanza eclesiástica. La Iglesia, desde su plenipotencia –presumidamente otorgada por Dios– dictamina la sentencia, y el Estado la ejecuta. ¡Una alianza nada santa!

Quien se libera de la coacción eclesiástica porque ha reconocido que las Iglesias son Iglesias del Estado y no del pueblo, el que sólo se remite a los Mandamientos de Dios y a las enseñanzas de Jesús, el Cristo, y paso a paso vive según ellas, apenas si tiene una oportunidad ante ese im­perio pagano de poder. Con un conglomerado Estado-Iglesia así, donde el lema es “como me des, así te doy, y entonces estamos de acuerdo”, Jesús, el Cristo no tiene nada en común. Esto tampoco es posible porque el Estado y la Iglesia se preocupan poco por el pueblo. El pueblo es el “ganado votante”.

Quien no nada con esa masa turbia y alejada de la voluntad de Dios queda y permanece afuera, teniendo que sufrir muchos daños porque no es uno de ellos, porque se ha unido a ÉL, a Jesús, el Cristo, que verdaderamente hace libre. Los verdaderos seguidores de Jesús, el Cristo, son hombres honestos que ven todo con claridad, que siguen a su conciencia viva, la instancia ética y moral interna de control, despiertos, responsables, pensando y actuando de forma independiente.

 La libertad, un principio de los cinco principios divinos, se desarrolla desde el principio de la igualdad. Donde hay desigualdad, como es normal en el mundo, donde hay potentados y subordinados –lo cual se acepta y se acoge como algo natural–, el verdadero cristianismo no puede arraigar. Las Iglesias prescinden de la base para un mundo mejor, el Sermón de la Montaña de Jesús. Afirman que es una utopía y que está hecho para un mundo mejor. Aquí hay que preguntarse: ¿A través de qué o de quién  tiene que surgir un mundo mejor? ¿Tiene que caer del Cielo, sin que la humanidad haga nada para ello? ¿O tenemos que enmendarnos los seres humanos, cada uno en particular? Para eso, indudablemente, no se necesita el aparato de poder de la Iglesia.

Jesús era un hombre del pueblo. Él ni siquiera dejó que le llamaran rabí, al contrario de las autoridades eclesiásticas.

El cristianismo fue totalmente deformado por las Iglesias y por los que dependen de ellas. El paganismo se ha arrai­gado. Los dioses humanos tienen que ser idolatrados, se han unido constituyendo un conglomerado, y proceden en contra de aquellos que no adoran ni cargos, ni títulos ni bienes.

 

siguiente capítulo / índice de capítulos

 

 

© 2007 Universelles Leben e.V. • E-Mail: info@universelles-leben.orgImpressum