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  El hombre, imagen y semejanza de Dios

¿Cómo debería ser la imagen y semejanza de Dios, el hombre?
Comencemos por la contemplación más detallada de la ley de Dios, que es amor. La ley de Dios se compone de las siete fuerzas básicas Orden, Voluntad, Sabiduría, Seriedad, Bondad, Amor y Mansedumbre. Las cuatro primeras fuerzas básicas, Orden, Voluntad, Sabiduría y Seriedad, son las fuerzas creadoras y productivas de Dios. Las otras tres fuerzas del Eterno son las fuerzas de filiación de Dios; son las cualidades de los hijos de Dios. En las siete fuerzas básicas están contenidos los principios divinos: igualdad, libertad, unidad, fraternidad y justicia.
Los seres divinos surgieron de las cuatro fuerzas creadoras, de las entidades de Dios. El Eterno les inhaló las fuerzas de filiación que forman el principio Padre-Madre: Bondad, Amor y Mansedumbre. En consecuencia, cada cuerpo divino espiritual está compuesto de la esencia del infinito, porque cada ser divino personifica las siete fuerzas básicas del SER, la ley universal.
La ley eterna del amor es la vida. Ninguna de las siete fuerzas básicas puede ser disuelta. Vida es vida, indisoluble, eternamente existente.
Cada hombre es portador de la vida eterna, porque en el hombre se encuentra el cuerpo espiritual que, ensombrecido, denominamos alma. Durante el nacimiento de un niño el alma se ha encarnado. El núcleo del ser incargable del alma, la ley del amor, es el fundamento del alma. La ley de Dios, el núcleo del ser del alma, es substancia de vida divina y por ello no se puede cargar; no puede ser ni disuelto ni transformado. El hombre que actúa en contra de su existencia divina eterna, contra la ley del amor y del amor al prójimo, o sea, contra las siete fuerzas básicas y contra los principios soberanos de la igualdad, libertad, unidad, fraternidad y justicia, se transforma. El cubre su ser eterno con energías de baja vibración, que son ajenas a la imagen y semejanza de Dios; de esta manera carga su alma, pero no la ley de Dios.
Dios, la ley del amor, está en todos y en todo lo que describimos como materia o condensación. Dios, la ley del amor, está en todos los astros condensados, en el alma, en cada célula del hombre, en todos los aspectos de los reinos de la naturaleza, en cada planta, en cada piedra, en cada animal. En la existencia eterna pura Dios no está en el puro SER, Dios es el eterno SER puro. Dios es la ley de los mundos eternos, de los soles y planetas divinos. Dios es el ser puro, el ser espiritual. Los seres espirituales son divinos, pero no son dioses.
Los seres divinos son los hijos e hijas del Dios-Padre-Madre. Dios no es entonces la materia o la condensación. Repito: Dios está en la materia, en la condensación. En consecuencia Dios no nos abandonará nunca, tampoco a la Madre-Tierra con sus reinos de la naturaleza ni a ningún planeta.
Dios, el Creador, lo absoluto, lo puro, es en consecuencia la vida en el alma del hombre, en la naturaleza, en cada animal, en los astros materiales y condensados. Si Dios nos abandonara, destruiría su Creación, lo puro en todos y en todo. También destruiría una parte de nuestra alma. En consecuencia el alma quedaría siendo imperfecta. Con el acto de redención de Jesús, el Cristo, todo lo imperfecto, el pecado en contra de la vida, se transforma en perfección, en la ley del amor a Dios y al prójimo. El Cristo de Dios conduce de vuelta a Dios, al Padre eterno, a todas las almas puras que se convirtieron otra vez en seres divinos.
Si Dios se retirase hacia sí mismo, lo absoluto sería destructible y el alma cargada ya no se podría regenerar, es decir, purificar.
Nuestro cuerpo espiritual –que cuando está cargado se denomina alma– está compuesto de partículas espirituales, de forma parecida a como el cuerpo está formado por células. Los hombres pueden cargar las partículas espirituales, pero como ya hemos dicho, no al núcleo del ser, a la pulsante energía de la ley divina del alma. Las cargas de los seres humanos son registradas de forma energética en la estructura de partículas del alma. Esa irradiación de las partículas del alma cargadas contraria a la ley divina, rodea al alma como un efluvio. Ese es el cuerpo sutil del alma.
Para diferenciarlo del cuerpo etéreo del ser espiritual puro, denominamos a esta envoltura del alma el cuerpo astral. Éste está compuesto de diferentes vestidos astrales, también denominados túnicas astrales. Las túnicas astrales tienen diferentes colores. Según cual sea la infracción contra la ley divina, contra las siete fuerzas básicas, incluidos los cinco principios de igualdad, libertad, unidad, fraternidad y justicia, así será la forma de las túnicas astrales. La irradiación del alma es nuestra irradiación. Ella dibuja nuestro cuerpo físico y configura nuestro carácter. La irradiación de nuestra alma –las envolturas astrales– , que nos rodea invisiblemente, es nuestro efluvio, que en general se designa como aura.
En el proceso de la muerte del cuerpo físico el alma atrae paulatinamente la respiración hacia sí, que era la vida del hombre. Es entonces el hálito del alma. También toma para sí el aura, las túnicas astrales que entonces siguen rodeando al alma en su peregrinaje. A todo el proceso nosotros los hombres lo denominamos la separación del alma del cuerpo. El efluvio que rodea al alma peregrina constituye primero su cuerpo astral.
El efluvio del alma –sus túnicas astrales– está compuesto por un lado, por las cargas del que fue antes hombre y por otro lado, por la forma de vida del hombre actual en las tres dimensiones. La irradiación del alma –sus túnicas– también está grabada en las constelaciones planetarias correspondientes del cosmos material y en los planetas de los ámbitos de purificación. La imagen general –alma y túnicas astrales– está como una imagen matriz en el cosmos material. A través de esa matriz vuelve, dado el caso, el alma a un nuevo cuerpo humano, si tiene que purificar como ser humano con otras personas o con los reinos de la naturaleza, aquello que le atrajo a una nueva encarnación humana.
Muchas personas preguntan: “¿Por qué soy hombre si en el fondo de mi alma soy existencia eterna?” La mayoría de los seres humanos se encuentran en la escuela terrenal para purificar su alma, o sea, para vestirla con el vestido de la virtud, del amor a Dios y al prójimo. Para que el hombre en la escuela terrenal tenga un concepto para poder seguir el camino de purificación de su alma, Dios dio a los hombres, a través de Moisés y como modelo de conducta, los Diez Mandamientos, y Jesús, el Cristo, las enseñanzas del amor a Dios y al prójimo en el Sermón de la Montaña. En la actualidad el Cristo de Dios nos enseña a través de la palabra profética una vez más el camino hacia el interior, al reino de Dios que está dentro de cada hombre.
Así, pues, el hombre en el camino hacia la vida debería limpiar su alma de las infracciones contra la vida, contra la ley del amor y del amor al prójimo, de los pecados contra las siete fuerzas básicas y los principios de la libertad. El que confronta su vida terrenal, su sentir, pensar, hablar y obrar con los Diez Mandamientos de Dios y las enseñanzas de Jesús, el Cristo, para reconocerse a sí mismo, y se arrepiente de lo que está en contra de las legitimidades de la vida, lo purifica y no lo hace más, concluirá con éxito la escuela terrenal. Ya como hombre va dejando un vestido astral tras otro, o al menos lo ilumina. Lo que paso a paso se cristaliza es el hombre en la imagen de Dios, la imagen y semejanza, sobre la cual Jesús dijo:“Debéis ser perfectos, como lo es también vuestro Padre celestial”.
Lo demasiado humano, o bien lo “humano”, de lo que muchos hombres están tan orgullosos, con el cumplimiento de las legitimidades de la vida, de los Mandamientos de Dios y de las enseñanzas de Jesús, el Cristo, se transforma en energías positivas. Así el hombre se vuelve sabio porque respeta la vida. Los hombres sabios no dependen ya de la aprobación y de las opiniones de otros. Los hombres que están en la vida que es Dios, ya no quieren ser puestos en un pedestal ni ser glorificados. Ya no son puramente “humanos”. El hombre bajo el signo de la verdadera vida entabla comunicación con el poder sapientísimo del amor desinteresado impersonal. Esto lo desea Dios de sus hijos humanos, que en Su Espíritu son hijos e hijas de la ley del amor.
¿En qué se han convertido muchos hombres desde el punto de vista actual? La masa se convirtió en seres con características demasiado humanas que a todo dicen sí, en conformistas, en adoctrinados impositivamente, en personas sin escrúpulos, de corazón duro, en perseguidores, difamadores, en delincuentes, en criminales, violentos, en instigadores de la guerra, asesinos de hermanos y en “santos” glorificados, que con frecuencia expresan su apariencia con títulos y medios, y muchas veces con violencia y brutalidad. Todo esto son engendros de lo que es extremadamente “humano”, de lo “personal”, del egoísmo y de la vanidad –y de esto desgraciadamente hay mucho más–. Esos rasgos de carácter negativos, indignos, al fin y al cabo malignos, de muchos hombres, se desarrollaron en base a la profanación de la ley universal del amor y del amor al prójimo.
En Occidente la mayoría de los hombres se denominan cristianos. Sin embargo, sólo una minoría sabe lo que quería Jesús, el Cristo. Cuando se trata de lo personal del hombre, el uno o el otro clama a Dios y dice “¡Dios conmigo!” El presidente Bush dice “¡Dios con América!” y Saddam Hussein dice “¡Alá con nosotros!” Todos quieren utilizar a Dios para sus propósitos. Pero como Dios no se orienta a patrones que el hombre le quiere imponer, como Él permanece sin que pueda ser influenciado, más de alguno cree que Dios no existe.
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