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de Gabriele Nr. 3

¿“Fuera de la Iglesia no hay salvación”?



Un título en el catecismo de la Iglesia católica dice: “Fuera de la Iglesia no hay salvación”.

Esta afirmación, así se dice allí, la han repetido con frecuencia los “Padres de la Iglesia”, de los cuales proviene una gran parte de la con frecuencia evocada “tradición” eclesiástica.

En el capítulo que se encuentra bajo ese título, se puede leer que Cristo “se nos hace presente en su cuerpo, que es la Iglesia”. “Por eso no podrían salvarse los que, Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella”.

“La Iglesia no conoce otro medio que el bautismo para asegurar la entrada en la bienaventuranza eterna”.

Con gran naturalidad se afirma que Dios mismo ha “vinculado la salvación al sacramento del bautismo...”

¡Vaya! Aquí sobra cualquier comentario, pues al fin y al cabo cada uno puede pensar por sí mismo, al menos así se podría pensar.

Lo que le amenaza al creyente que se comporta como uno de esos animalitos llamados leming, que un día de repente despierta y como consecuencia de pensar por sí mismo ve claro y, según las palabras del Apocalipsis de Juan 18,4 “Salid de ella, pueblo mío...” toma la decisión que hace tiempo tenía que haber tomado, lo leemos en el libro “La fe de la Iglesia en los certificados de la proclamación de la enseñanza” del autor Neuner-Roos 915, pág. 546:

 “El que quiera ser bienaventurado tiene sobre todo que aferrarse firmemente a la fe católica; el que no la mantenga en su totalidad y de forma intacta se perderá sin duda eternamente”.

Un refrán alemán dice: “Bienaventurado el que se lo crea”.

Supuestamente sólo será bienaventurado el que se aferre a la fe católica. Lógicamente el hombre que sea protestante o que pertenezca a otra Iglesia está perdido por toda la eternidad. ¡Cuán grande atrevimiento y engaño! Jesús, el Cristo, vino para todos los hombres y trajo a todos la Redención, abriendo con ello a cada alma el camino de regreso al hogar del Padre. Cada vez se puede comprender mejor la declaración de Juan de Patmos, cuyo texto completo dice: “Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis en sus pecados y no recibáis ninguna de sus plagas”.

 Jesús, el Cristo, quiere que el adulto se decida libremente en la fe. Por eso toda persona debería ser primero instruida en las legitimidades de Dios, en los Diez Mandamientos y en las enseñanzas de Jesús, el Cristo. Si él las acepta y vive conforme a ellas, entonces viene sobre él el Espíritu Santo, que le bautiza con sabiduría y grandeza. La Iglesia bautiza al bebé con agua, Dios bautiza al adulto con sabiduría y grandeza cuando éste cumple las legitimidades de la vida.

Un bebé que no se puede decidir es sumergido, como ya hemos mencionado, involuntariamente en una institución que le adoctrina literalmente desde la cuna hasta el sepulcro. De esta manera muchos se convierten en lemings que son movidos por la psicosis del miedo a la condenación eterna, de forma que aguantan hasta el sepulcro. El que se libera de ello no sólo es para la Iglesia uno que ha de ser tratado como un “leproso”, sino que “sin duda se perderá”.

Y si el que “se ha perdido por toda la eternidad” se une a una comunidad cristiana que no pertenece al “conglomerado” católico o evangélico-protestante, es entonces literalmente “excluido”. La Iglesia estatal hace que a continuación sea perseguido por el Estado, por los jueces adoctrinados y sus  siervos periodistas, estigmatizándolo con malvadas difamaciones. La consecuencia de ello es que el que reniega de la Iglesia tiene que sufrir muchos perjuicios. La campaña de persecución, que después los jueces adoctrinados declaran ser una “expresión de la opinión”, se toma tanto como sea posible como motivo para castigar indirectamente al “leproso”, al “perdido por toda la eternidad”, con el sello condenatorio de la expresión de la opinión. ¿Y por qué? Só­lo porque ya no pertenece a los lemings que hacen ciegamente lo que exige una Iglesia anquilosada.

Todo esto transcurre bajo el concepto de la “libertad de religión”. Ésta por cierto que está anclada en la Constitución, pero el que posee poder y dinero excluye sin reparos a aquellos que no colaboran actuando en el escenario “cristiano”. Ese es el amor al prójimo de las columnas que sos­tienen al Estado, de las Iglesias, incluyendo el minipilar de sostén de los mandatarios estatales.

 

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