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  La fraternidad

Como ya hemos expuesto, cada uno de los cinco principios está contenido en el otro. De la misma manera que los tres primeros principios de vida divinos nombrados, los principios de la igualdad, libertad y unidad no fueron aceptados por los hombres, o sea que fueron desechados, y en cierto modo transformados en desigualdad, falta de libertad y egoísmo, sacrificaron también en el altar del egoísmo al cuarto principio, la fraternidad. El cuarto principio transformado dice: Señores y vasallos, aunque en la actualidad los vasallos también se pueden calificar a sí mismos de señores. Pero en realidad quedan bajo el señorío de las excelencias, eminencias, de los profesores, de los doctores, princesas y príncipes herederos, condes, altezas; ellos están colocados por debajo de todos los otros que tienen “títulos dignatarios”, que se ponen sobre “los y las representantes del pueblo” en general.
Una sentencia alemana muy primitiva, conforme a la cual se actúa en nuestro tiempo, muestra de forma crasa y clara como la cristiandad procede conscientemente en contra del amor a Dios y al prójimo y contra la fraternidad. Esta sentencia dice: “Si ser mi hermano no es tu deseo, entonces el cráneo te rompo y te lo golpeo”.
Al que esta expresión le parezca muy dura como lo contrario a fraternidad, seguro que no sigue las noticias en los medios de comunicación, donde, a pesar de muchas apelaciones hipócritas y declaraciones que no son de fiar, hablan en favor del fratricidio, sobre todo cuando se trata de una guerra preventiva que las Iglesias rechazan, respaldando a la vez en casos especiales la guerra defensiva. Con todas las habladurías sobre la guerra nos deberíamos hacer conscientes de que no es Jesús, el Cristo, el que respalda una guerra así, sino exclusivamente las Iglesias. Jesús nos enseñó el pacifismo y el amor al enemigo. En el Sermón de la Montaña leemos:
“Del amor a los enemigos:
Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿Qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como perfecto es vuestro Padre celestial”.
“Del matar y de la reconciliación:
Habéis oido que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el tribunal. Pues yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el tribunal; pero el que llame a su hermano “imbécil”, será reo ante el Sanedrín; y el que le llame “renegado”, será reo de la gehenna de fuego. Si, pues, al presentar tu ofrenda en el altar te acuerdas entonces de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí, delante del altar, y vete primero a reconciliarte con tu hermano; luego vuelves y presentas tu ofrenda. Ponte en seguida a buenas con tu adversario mientras vas con él por el camino; no sea que tu adversario te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. Yo te aseguro: no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo”.
Las palabras de Jesús, el Cristo, se refieren a la ley causal, también denominada ley de siembra y cosecha o ley de causa y efecto. La ley causal es el registro de pecados de la humanidad que sopesa y mide con exactitud conforme al principio de la justicia, de forma que a cada alma y a cada hombre sólo le ocurre aquello que ha sembrado, es decir, la causa que él ha creado.
El alma del que no purifica sus causas en lo temporal, es decir, que no se reconcilia a tiempo con su hermano o con su hermana, se lleva consigo la carga de sus causas al Más allá. Según sean las circunstancias, el alma vuelve a traer sus cargas a una siguiente encarnación. La rueda de la reconciliación y reparación de lo hecho gira sin parar hasta que se haya “pagado el último céntimo”.
Más de uno puede que argumente ahora con la misericordia de Dios. La misericordia del Todopoderoso está siempre presente en nosotros. Pero si no pedimos por ella y no nos confiamos al Cristo de Dios, nuestro Redentor, si no nos arrepentimos de nuestras formas de comportamiento contrarias a la ley divina, que están en contra del amor a Dios y al prójimo, y si no pedimos perdón ni queremos perdonar, la ayuda que se encuentra en la misericordia, que es la caridad, no puede hacerse efectiva, porque no nos dirigimos a nuestro prójimo y de esta manera tampoco nos dirigimos a Cristo.
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