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  La igualdad

El primer principio es la igualdad. ¿Qué entendemos nosotros los seres humanos bajo el concepto de igualdad? Algunos piensan que cada uno tiene que ser tratado por igual y tener la misma remuneración y las mismas posesiones. Otros están a favor de que todos tengan derecho a hablar en todos los órganos políticos importantes, en los gremios y en las empresas. A otros por su parte les da igual lo que significa la igualdad; para ellos es importante tener suficiente para comer y beber y un techo donde cobijarse. Otros mueven la cabeza y opinan que “igualdad significa tener los mismos derechos, la misma posición, el mismo trato, el mismo modo de pensar y muchas cosas más”. Esto suena a revolución francesa, que, sin embargo, no se pudo imponer. Los hombres –opina algún otro– no están dispuestos ni en condiciones de cumplir los principios restantes, la libertad, unidad, fraternidad y la justicia.
El punto de vista de este último es, visto en general, correcto. Si la mayoría de las personas piensa así, lo cual no se puede negar, ¿por qué se denominan entonces a sí mismos cristianos la mayoría de los seres humanos en Occidente? ¿Por qué dio Dios a los hombres los Diez Mandamientos y Jesús las enseñanzas del amor a Dios y al prójimo si no pueden ser vividas?
Dios es real y un realista, lo que no se puede decir de la mayor parte de los seres humanos. El que afirma ser un realista, la mayoría de las veces quiere destacar que para él sólo vale aquello que se puede captar y experimentar materialmente: toda verdad superior, el Espíritu eterno que todo lo une, no son ni reales ni existentes y la enseñanza del amor a Dios y al prójimo es en consecuencia una cuestión para ingenuos, utópicos y “chiflados”, y por ello no se puede tomar en serio. Ese “realista” expresa evidentemente con ello que en él no existen las fuerzas positivas. Eso significaría que el hombre sólo es una masa de huesos y carne, sobre la cual se sobrepone la piel, nada más.
Si Dios fuera –como lo son muchos hombres– una banderilla al viento que se deja llevar por los que manipulan difundiendo sus propias opiniones, entonces no tendríamos ningún futuro espiritual, porque no poseeríamos alma alguna. Al que opina de que esto y lo otro no puede resultar, que, tampoco el cumplimiento de los Mandamientos de Dios y las enseñanzas de Jesús es posible, como lo afirman las Iglesias, se le plantea la pregunta: ¿Por qué paga entonces impuestos a favor de la Iglesia? No es una actitud consecuente el no hacer lo que Dios nos ha mandado, o incluso negarlo, y al mismo tiempo denominarse cristiano.
No hay nada que objetar en contra de que un creyente de la Iglesia navegue bajo la denominación “católico” o “luterano”; él es justamente católico o protestante, pero nunca cristiano, pues las dos instituciones eclesiásticas actúan básicamente en contra de los Mandamientos de Dios y en contra de las enseñanzas de Jesús. El indolente adepto de la Iglesia, que no se toma tan a conciencia lo de los ritos y dogmas, pero que a pesar de eso se queda atado a la Iglesia porque sus padres pertenecían precisamente a esa “congregación” o porque en el pueblo habría un escándalo si él, el indolente, no actúa con la masa, al final de su existencia terrenal llama incluso a uno que es denominado cura para hablar con él y recibir de él la extremaunción. Hasta en el lecho de muerte se agarra a las costumbres confesionales –pues, ¿qué dirían sus “coactores”, la gente del pueblo, si no dejara que se llevase a cabo el rito? Probablemente dirían, “¡está condenado para toda la eternidad!” O sea que la única alternativa es que venga el cura.
Muchos curas o pastores –como en general se denominan también los sacerdotes–, a causa de su comportamiento con respecto a los Mandamientos de Dios y a la enseñanza de Jesús, con frecuencia tienen tan pocos conocimientos como el pecador en el lecho de muerte. Pero en una situación así no sirve de nada una conversación, no sirve de nada una extremaunción, sino únicamente el hablar con Dios, pues El está también presente en el moribundo. El que se arrepiente entonces de corazón, y en tanto le sea posible pida perdón en pensamientos, tiene verdaderamente a Cristo a su lado. Cristo no le da al moribundo ningún buen consejo ni tampoco la “extremaunción”. Lo que Cristo pueda perdonar al pecador, en la hora de su muerte se lo perdonará. Lo que el moribundo ha provocado en pensamientos, palabras y actos a otras personas que aún no le quieren perdonar, tampoco lo puede perdonar Cristo, es decir, Cristo no puede extinguir, esto es, disolver esa culpa en el alma del hombre.
En ello reconocemos la igualdad. Cristo no aplica el derecho de los jueces del mundo, sino que la justicia en la igualdad, pues cuando dos se pelean o están en desacuerdo por una causa, entonces los dos son culpables. Los dos tienen que perdonarse mutuamente, y entonces el pecado estará pagado. El Padrenuestro nos lo explica. En él se dice: “Perdona nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”.
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