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de Gabriele Nr. 3

La libertad: independencia, seguridad interna,
rectitud, veracidad, consciencia de
la responsabilidad



Cada principio divino está también contenido en los otros principios. Sin el principio vivido de la igualdad no puede haber libertad.    

Muchos seres humanos sostienen la opinión de que son libres. El creerse libre, porque por ejemplo externamente no se está encarcelado, o porque se puede hacer en general lo que se quiere, o porque se piensa que se está libre de responsabilidad, no significa jamás libertad. La libertad es la orientación a la única fuerza, a la ley divina del amor y del amor al prójimo, que lo rige todo. Sólo el hombre profundamente creyente, que tiene experiencia en el cum­pli­miento de las leyes de Dios, sabe lo que significa libertad. Libertad, en el sentido del principio divino, es lo mismo que el acogimiento en el amor de Dios que todo lo rige, es seguridad y rectitud en todos los asuntos de la existencia terrenal.

 Libertad significa también independencia de personas, de dinero y de bienes, de la aspiración al reconocimiento, al prestigio y al poder. El que es libre en el espíritu de la libertad tiene consciencia de la responsabilidad. Lo que promete lo cumple. Se puede confiar en él, tanto en la familia y en la sociedad como en el puesto de trabajo. Él cumple su trabajo y con respecto a su actividad es trabajador, de confianza y competente.

“Reza y trabaja” es para él una vida equilibrada. Su remuneración es también el servicio a su prójimo. Los hom­bres de la libertad se ganan su sustento, pero nunca serán serviles, porque lo que hacen, lo hacen con la fuerza del Espíritu y de esta manera lo ponen en práctica y cumplen de acuerdo con la ley de la vida.

 Muchos piensan que si le dan una negativa a uno de sus semejantes, porque este, o el otro les parece desagradable, estarían libres; o cuando dos personas se pelean y el uno se separa del otro –no im­porta por qué motivos–, éste cree estar libre; o cuando el empleador no está contento con el trabajo del empleado, porque en el proceso de trabajo aparecen errores y el amo­nestado se despide del trabajo por ello, éste cree entonces estar libre. En nuestra existencia terrenal hay muchas cosas que para nosotros son desagradables. El que encontrándose en una situación conflictiva rechaza todo lo que le parece desagradable sin ver su parte, cree con ello ser libre. Sin embargo, el que se ha sentido molesto puede estar seguro de que aquello que lo ha hecho reaccionar con desagrado le quería decir algo.

Si evitamos la tarea de aprendizaje que el día nos presenta a través de inconvenientes y contrariedades, en vez de superarlas activamente, creemos que con esto estamos libres de ellas. Pero lo que hemos dejado atrás nos persigue con seguridad. En una alteración –tanto en el plano laboral como en el de las relaciones humanas– nunca es sólo uno de los participantes el culpable. Quien a pesar de todo piensa que es totalmente inocente, podría cuestionar sus pensamientos, palabras y modos de comportamiento. Dado que ninguna energía se pierde, aquello que sale de nosotros nos sigue. Dicho en general: nuestras obras nos siguen.

 Para alcanzar esa libertad que verdaderamente hace libre, deberíamos elevarnos a la veracidad en todas las cosas de nuestra vida terrenal. Deberíamos, por ejemplo, considerar la siguiente regla: no mientas, pues cada mentira, aunque parezca ser insignificante, ata y daña entre otras cosas a nuestro prójimo que nos cree. Respeta y valora la vida de los seres humanos, de la naturaleza y de los animales, pues lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas tú ni a los hombres, ni a los animales ni a la naturaleza.

No mates, ni a hombres ni conscientemente, es decir, intencionadamente a animales y plantas; así honrarás la vida en todo y te harás libre según la voluntad de Dios, según Su ley del amor a Dios y al prójimo, que significa libertad.

Sé sincero y honesto. No des nunca falso testimonio en contra de tu prójmo. De este modo alcanzarás la libertad que verdaderamente hace libre.

No robes. Robar significa tomar en posesión aquello que a uno no le pertenece. Considerar lo robado como su propiedad, no querer devolverlo, es robo permanente. El que se convierte en ladrón sigue estando atado, y el que permanece siendo un ladrón a la larga daña a los demás. Él no sólo evita ser libre, él atenta también contra la unidad. Esto es válido tanto para el individuo como para grupos y asociaciones de todo tipo.

Por ejemplo, las instituciones eclesiásticas nunca pueden ser la Iglesia de Dios si consideran como su propiedad los bienes robados que han quitado y al mismo tiempo robado a otros países y lo conservan para sí. Como se oponen a la Voluntad de Dios, se han apartado de la verdad, que hace libre. Ellos obran y reaccionan según las leyes de la Iglesia, pero no según los Mandamientos de Dios. Estos dejan la libertad a los hombres, cuando dicen: “debes” o “deberías” y no el “tienes que”*, como lo ordenan las leyes de la Iglesia.

El que incluye los Mandamientos de Dios en su modo de pensar y vivir, también en relación a la legitimidad “Reza y trabaja”, respetará a sus semejantes y no los perjudicará aprovechándose de ellos. El no deseará la mujer del prójimo, ni tampoco la fortuna de sus semejantes. El le dará al césar lo que es del césar y a Dios lo que es de Dios.

Dios, que es la ley del amor y la libertad, no tiene en su ley ninguna legitimidad de la violencia, tampoco cuando se trata del poder supremo del Estado terrenal. Dios, el Eterno, nunca habló de un “poder supremo del Estado”, –tampoco a los correspondientes gobernantes–. Una Iglesia autoritaria pone sin consideración ni dudas de sí misma en boca del Altísimo tales afirmaciones.

Pensemos con lógica: si Dios es el amor universal, la sabiduría y la grandeza, si su ley eterna es perfecta, si los extractos de la ley eterna, los Diez Mandamientos, no nos obligan, entonces Dios no nos impondrá ninguna determinación a los seres humanos. Dios es la única autoridad, porque Él mismo es la ley del infinito. Dios dice en sus Mandamientos “tú deberías”. Quien quiera hacer a los hombres dependientes y no libres, expresa la imperativa afirmación “tú tienes que”, que en nuestro mundo se impone muchas veces con brutalidad y violencia. Dios no tiene en su ley universal el principio de la violencia, porque El no es violento.

 

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