
  La mayoría de los hombres son conformistas. Crear dependencia es una parte fundamental del “Sistema Iglesia”

Otra vez la pregunta: ¿Por qué guerra?
¿Por qué fue rechazada la enseñanza pacífica de Jesús, el Cristo, que hubiera conducido a la seguridad, unidad y al bienestar?
Una respuesta de muchas posibles es: La mayoría de los hombres son conformistas. Un conformista es una persona que no es libre, que iguala su postura a la opinión dominante, como por ejemplo un seguidor de la Iglesia estatal que hizo y sigue haciendo dependientes a sus creyentes por medio de amenazas. Los mandatarios de un gobierno y la oposición, por el contrario, son oportunistas que se declaran conformes sopesando las ventajas para obtener sus beneficios del Estado y para mantener su puestecillo. Muchos conformistas que siguen involuntariamente al Estado y a la Iglesia estatal, se han convertido en conformistas que a todo dicen sí por miedo a eventuales consecuencias. Por otro lado otros, sobre todo aquellos que ya han subido por la escalera del Estado más peldaños al éxito, son partidarios de las Iglesias estatales por motivos prácticos, porque las autoridades eclesiásticas parecen “prometer tener más”.
En Occidente se sigue principalmente a las Iglesias estatales católica y luterana. La mayorías de los reclutados por la Iglesia no están convencidos de ello, no son verdaderos cristianos, pues de otro modo el Occidente no se hubiera convertido en un paganismo belicoso que hace la guerra a aquellos que no están conformes con la masa de los dependientes.
El crear dependencia es una parte fundamental y esencial del “Sistema Iglesia”. Eso en el catecismo de la Iglesia católica está expresado muy claramente, –por no decir sin disimulo–, que el rito sacramental del bautismo mistifica, que es lo mismo que estar incluido en “los secretos de Dios“, lo muestra ya el título del capítulo: “La celebración del misterio cristiano” en el que se puede leer lo siguiente:
“Hecho miembro de la Iglesia, el bautizado ya no se pertenece a sí mismo, sino al que murió y resucitó por nosotros. Por tanto, está llamado a someterse a los demás, a servirles en la comunión de la Iglesia, y a ser “obediente y dócil” a los pastores de la Iglesia y a considerarlos con respeto y afecto”.
O sea que el bebé bautizado está ya condenado a la dependencia y no puede ni siquiera protestar.
El atrevimiento más grande en relación a esto es poner aún en juego a Jesús, el Cristo, nuestro Redentor. Jesús era un hombre de la libertad que no ataba a nadie a sí ni tampoco obligaba a nadie a atarse, a dejarse dominar, acaparar, subordinar y adoctrinar.
Cristo vino como Jesús para liberarnos a nosotros, a todos los hombres y almas. El dio su vida terrenal para que cada uno tenga cada día la oportunidad de acercarse un poco más a la libertad en la ley de Dios.
De subordinación habló (san) Pablo, no Jesús. Jesús no se subordinó a los “superiores” de la “Iglesia” de entonces. El tampoco enseñó a los hombres a hacerlo, ¡Por el contrario!
El catecismo habla de “la comunidad de la Iglesia”, con lo cual al fin y al cabo sólo se refiere a aquellos que se subordinan a ella.
La verdadera comunidad es el amor que une a todos los hombres y seres, a los animales y la naturaleza, orientada al único Espíritu que es la verdadera comunidad, Cristo. Comunidad significa obrar los unos con los otros sobre la base de la igualdad, libertad, unidad y fraternidad, para ser activos con justicia para el bien de todos los hombres y formas de vida. Esto presupone naturalmente el pacifismo en y con Cristo. En los pasados siglos el Estado se ha convertido en un envase conformista que las instituciones eclesiásticas rellenan, porque el Estado se dejó infiltrar por los potentados de la Iglesia. Una y otra vez nos deberíamos plantear la pregunta de por qué ha ocurrido así. El que sea capaz de hacer un análisis sano, lo que significa estar libre de pertenecer a una Iglesia de poder y de su influencia directa, tiene que llegar al reconocimiento de que la masa de los hombres es conformista, que las Iglesias, primero con el bautismo de los bebés, después por medio de adoctrinar, infundiendo miedo ante la condenación eterna y con la celebración de sus rituales, los ha convertido en personas parecidas a los animalitos llamados lemings, dependientes de la Iglesia.
Apenas si un dócil creyente de la Iglesia conoce la doctrina de la Iglesia, a la que está obligado, así como el derecho canónico, al cual está subordinado. De ello se oye poco en los sermones de los domingos. Pero el catecismo, por ejemplo de la Iglesia católica, lo puede leer cualquiera –está en venta en las librerías–, y tampoco está prohibido leerlo. Esclarezcamos a continuación los dogmas que se encuentran en él, con la visión clara del hombre despierto e independiente.
El pensador independiente, cuya instancia interna ética y moral, la conciencia, todavía está intacta, no se cree ni acepta todo sin el menor reparo. Él cuestiona el contenido de verdad de las afirmaciones, pues sólo la verdad hace –y mantiene– libre.
Las siguientes citas del catecismo de la Iglesia católica están en el artículo 3, capítulo tercero (párrafo 2037) “La Iglesia, madre y educadora“.
“La ley de Dios confiada a la Iglesia es enseñada a los fieles como camino de vida y de verdad“. ¿Conocen las Iglesias la ley de Dios? La ley de Dios es el amor a Dios y al prójimo.
El que quiera enseñar un camino, tiene que haberlo andado él mismo. ¿Dónde está el camino que es enseñado en el sentido de la ley de Dios? ¿Dónde están aquellos que han seguido y siguen ese camino?
La siguiente frase dice: “Los fieles, por tanto, tienen el derecho ... de ser instruidos en los preceptos divinos salvíficos que purifican el juicio y, con la gracia, sanan la razón humana herida”. Por una parte los Mandamientos de Dios son mencionados por la Iglesia, pero ¿qué pasa con su cumplimiento? ¿Cómo quiere la Iglesia instruir a los hombres en ello, si ella sólo predica sobre los Mandamientos? Por otra parte, ¿Por qué tiene que ser curado el juicio humano? ¿Con qué se ha herido? Innumerables personas han sufrido daños en el corazón y en su capacidad de discernimiento a causa de una enseñanza de la Iglesia que es en sí contradictoria, que por ejemplo les impuso tener que amar a un Dios de la venganza lejano y cruel, cuyos terribles e incomprensibles secretos significan una constante amenaza, y esto además más allá de la muerte, “eternamente”. Tanta incoherencia absurda, con una simultánea y masiva pretensión de validez, no sólo ha desconectado la sensatez humana, sino que ha conducido a la capitulación de la sana capacidad de juicio. En el camino hacia el adoctrinar impositivamente, los efectos surgidos de ello fueron al mismo tiempo “purificados” y “sanados”.
Precisamente el juicio correcto puede enseñarle mucho al pensador claro, al hombre libre. En todo caso liberarse o seguir siendo libre.
Los creyentes tienen “el deber de observar las constituciones y los decretos promulgados por la autoridad legítima de la Iglesia. Aunque sean disciplinares, estas determinaciones requieren la docilidad en la caridad”.
Reflexionemos sobre las dos frases. Son una obra maestra del arte de manipulación de la Iglesia. ¿Reconocemos el acceso de la Iglesia al hombre y a su alma? ¿Captamos cuán astutamente desde el principio se le quita la base a la resistencia al acaparamiento, la infiltración y al dejarse influenciar? ¿Reconocemos la increible presunción en las palabras “la autoridad legítima de la Iglesia”?
¡Jesús, el Cristo, es la autoridad y no la Iglesia! Y Jesús, el Cristo, no vive en Iglesias de piedra que las autoridades eclesiásticas y sus creyentes denominan iglesias, o casas de Dios. Cristo vive en cada hombre, pues el hombre es el templo de Dios.
¡Bienaventurado aquel que está con el verdadero Cristo! Su palabra está llena de verdad divina, es clara y sin rodeos, sin cepos ni engaño malicioso. Su enseñanza no conduce a la dependencia, sino a la libertad.
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