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  La misión de ser la profetisa de Dios

Y ahora sobre mi persona. Hace aproximadamente 30 años me tomó Dios, el Todopoderoso, a Su servicio; después de intensas enseñanzas e instrucciones –era la preparación para ser un instrumento de Dios– me dio la Palabra de la vida, Su Palabra y me denominó Su profetisa. El Espíritu del Cristo de Dios y Su servidor encargado, un ser divino, me aclararon todo lo que me iba a ocurrir como ser humano en los años venideros, si aceptaba la misión de Dios de servirle a El y a Sus hijos, mis semejantes, como Su portavoz, Su profetisa.
Se me preguntó si con la ayuda y el apoyo del Cristo de Dios quería cargar como ser humano con algunas cosas que traería consigo la gran tarea.
A raíz del conocimiento interno, de la seguridad interna de que Dios, la vida, es amor, y de que yo soy sostenida por ese gran amor, dije que sí a esa misión, por amor a Dios, que es el Padre de todas los hombres y almas, y a Cristo, el Redentor de todos los hombres y almas. Con el sí al Cristo de Dios, experimenté a través de la palabra profética, que el hombre es totalmente libre, y que ninguna persona debe atar a otra ni a sí misma ni mucho menos a la palabra de Dios. Todo el que lo desee puede escuchar al Espíritu profético a través de Su instrumento, Su profetisa. Él es y seguirá siendo libre de creer, es decir, de aceptarlo o de dejarlo estar.
Continué siendo instruida por el mundo divino para no atar a ninguna persona ni a la palabra profética ni a la obra, para no fundar ninguna Iglesia, sino para acercar a los hombres la Iglesia del corazón, en la que cada hombre sigue siendo libre en su decisión sobre la fe. Con respecto a la relación con mis semejantes, fui instruida para darles el pan de la vida, el equipamiento espiritual, de palabra y por escrito, para que, si lo desean, puedan reconocer y seguir el camino a la vida, a Dios.
Después de un tiempo el Cristo de Dios me envió a los hombres como Su profetisa.
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