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de Gabriele Nr. 3

La unidad en el bien común –
el amplio “sentido familiar”



Sin igualdad ni libertad nunca puede surgir unidad. De la afirmación “estamos de acuerdo” no se puede deducir la unidad. ¿Estarán quizá sólo de acuerdo hasta que tengan a otro que les sirva de cabeza de turco?

Muchos, muchísimos seres humanos sólo miran a otros porque “el otro” no es como creen que tendría que ser. Ninguna persona es igual a otra, porque cada uno vive en el mundo de sus ideas, de las cuales está convencido de que son las correctas. Desgraciadamente es así: cada uno sólo ve a través de las gafas de su propio pequeño mundo, que está construido en base a sus ideas y opiniones.

No obstante, el constructor de su pequeño mundo aplica, la mayoría de las veces sin ser consciente de ello, el martillo y el cincel sobre sí mismo, pues lo que el hombre piensa, habla y su forma de actuar y de conformar su existencia, todo eso impregna su carácter y la manera cómo se muestra.

 Si dos personas son de la misma opinión, si las ideas construidas por ambas se igualan en determinados aspectos, entonces ambas están de acuerdo en ese punto, la mayoría de las veces sólo por un corto espacio de tiempo. Hay comunicación, fluye energía. En ese capullo de energía, que es considerado una armonía total, encuentran ambos por un tiempo una supuesta felicidad. Con esta base de la “unidad”, lo que para muchos significa seruno, se conciertan la mayoría de los matrimonios.

Si la energía de comunicación en estos puntos que concuerdan se ha gastado, entonces ya no existe la base anterior. Uno se ha alejado y se siente ajeno. Otros aspectos de la manera de pensar, sentir y querer pasan a primer plano. Ya no se entiende  al otro. La postura mutua ha sido de pronto alterada; se habla sin entenderse, lo que conduce a peleas e incluso al divorcio, es decir, a la separación.

Allí donde se mire, una y otra vez se juntan dos o como mucho tres personas, contra éste o aquél, aunque el tercero pronto es excluido. Rara vez se trata sólo de una cuestión. Siempre entran personas en juego que no corresponden a las ideas de aquellos que se unen. El estar contra “el otro” es al mismo tiempo el aglutinante que mantiene unido a ese grupo de compinches.

Así se puede decir, y también se ve, que todo el mundo está en disputa – aunque aquí, cuando nos referimos al “mundo”, no nos referimos a la Tierra. El mundo se com­pone de personas, de sus ideas y opiniones. De ello surge la conformación de nuestro mundo. El mundo no se puede igualar a la Tierra. Todo lo que está sobre la Tierra, lo que los hombres han creado en base a su parte demasiado humana, a lo “personal”, a lo egoísta, eso es el “mundo”.

La humanidad y su mundo no tienen nada en común con la unidad que proviene de Dios. La masa de los hombres es desgraciadamente un dividido clan social de personas ávidas de poder y obsesionadas por él, en el que cada grupo quiere imponer sus intereses. Así no sólo se pierde la visión de la unidad, sino que se lucha contra la formación de la verdadera unidad, pues cada uno quiere hacerse su especial agostillo con ello.

La Tierra, por el contrario, simboliza la unidad. Si el hom­bre permitiera reinar a las fuerzas de la Madre-Tierra, este planeta sería un paraíso. Pero no, cada uno está en contra del otro. Así como los seres humanos se comportan entre sí, así lo hacen también con el planeta que habitan, la Tierra. Las consecuencias son guerra contra el hermano, contra la her­mana, guerra contra los animales y la naturaleza, guerra contra los minerales, o sea, guerra contra todo el planeta.

Jesús dijo: Donde dos o tres estén reunidos en Mi nombre, ahí estoy en medio de ellos. El Occidente “cristiano” ha anulado la invitación a Jesús, el Cristo. El Príncipe de la Paz tuvo que retirarse porque el Occidente, bajo la conducción de las instituciones eclesiásticas, se convirtió en una sociedad guerrera que sigue la enseñanza de la Iglesia y no se orienta ni a los Mandamientos de Dios ni a las enseñanzas de Jesús, el Cristo.

Las instituciones llamadas Iglesia han tomado Su nombre y hasta el día de hoy han abusado de él de la forma más vergonzosa.

El principio divino de la unidad sólo se puede desarrollar partiendo de los principios de la igualdad y la libertad. Si los dos principios no son vividos entonces tampoco hay unidad.

Los denominados funcionarios del Estado hablan con mucha frecuencia del bien común. Para el gobierno de un país el bien común es el bienestar de todos los miembros de una comunidad. ¿Quién pertenece a esa “comunidad”? ¿Son sólo aquellos que están fielmente subordinados al Estado y a las Iglesias estatales, diciendo que sí –en contra de toda sensatez y contra su conciencia– a aquello que de­ciden, aprueban y practican el Estado y la Iglesia? Así más de uno lo ha experimentado y lo sigue experimentando de forma amarga hoy día que a pesar de que le da al césar lo que es del césar, por ejemplo pagando de hecho y de derecho los impuestos correspondientes, el Estado le perjudica a pesar de todo porque, por ejemplo, no pertenece a la Iglesia estatal.

El que habla sobre el bien común y sobre el bienestar de todos los miembros de una comunidad, tiene que responder a la siguiente pregunta: ¿Por qué hay tantos seres humanos que viven bajo el límite de la pobreza, si el Estado propicia el bienestar de todos? Precisamente para las instituciones eclesiásticas que se denominan cristianas el bienestar de todos los seres humanos debería ser un anhelo cristiano. Sin embargo, su deseo codicioso es que el Estado por medio de subvenciones estatales siga alimentando a su becerro de oro, que pesa miles de millones, y que siga cobrando el impuesto a favor de la Iglesia, que exigen de sus creyentes, para que éstos puedan seguir siendo miembros de una Iglesia multimillonaria.

El principio divino de la unidad no tiene nada que ver con el “bien común” de un Estado y su Iglesia estatal. El bienestar comienza con el primer principio, la igualdad. Tanto los principios divinos como los Mandamientos de Dios y las enseñanzas de Jesús, el Cristo, fueron tergiversados y deformados por los hombres del Occidente “cristiano”. La masa de los hombres se convirtió en discípulos de las instituciones eclesiásticas que dan el mejor “ejemplo” de poder, prestigio, caza de dinero y bienes.

La desigualdad de los seguidores institucionales en relación a dinero y bienes provoca, especialmente en aquellos que ganan poco, el odio, la envidia y la avidez de poseer también aquello que para los ricos es algo natural: dinero, bienes y prestigio. Quien, por tanto, intente hacer a este nivel juegos de malabarismo con los conceptos “igualdad” igual a “bien común”, está intentando engañar a la masa de los hombres.

La unidad, igual a bien común en el Espíritu de Dios, hay que entenderla de modo muy diferente.

La unidad divina contiene el amplio “sentido familiar”: cada miembro de la gran familia es una persona plenamente responsable que emplea los talentos que ha recibido del Eterno para el bien de la gran totalidad, de toda la Creación.

Para nosotros seres humanos esto significa que toda forma parcelaria de pensar conduce a la disociación de la unidad cósmica y con ello excluye el bienestar de todos. La humanidad, especialmente la cristiandad, está muy lejos de tales grandes pensamientos. La masa de los “cristianos” no sólo tiene poca fe, sino que es incrédula. La raíz de todo mal, de todas las infracciones contra los principios divinos son las instituciones eclesiásticas, que por un lado viven como ejemplo, y de esta manera aparentan, lo que está en contra de todos los valores cristianos. Por otro lado los seguidores de las instituciones eclesiásticas se han apropiado de la desigualdad. Cada uno piensa sólo en sí mismo, sea  el “estrecho de miras” o el obsesionado por el poder –cada cual quiere y exige sólo para sí–.

Lo que se ha cristalizado en los 2000 años de “cristianismo” les mira a muchos, precisamente en este tiempo, directamente a la cara. Es la discrepancia entre la riqueza de los unos, y la extrema pobreza de los otros. Precisamente los habitantes del tercer mundo, donde innumerables hermanos y hermanas mueren de hambre, sufren miserias, y por el contrario las Iglesias que no sólo mantienen su fortuna multimillonaria, sino que la aumentan, y se gastan miles de millones para fines bélicos, con los cuales según sean las circunstancias, millones de seres humanos sufren necesidades, miseria, enfermedades, destierro y/o tienen que dejar sus vidas. Además se gastan miles de millones para las expediciones al espacio, para conquistar el universo y muchas cosas más.

 El que piensa seriamente en toda esta situación y se haga consciente de ella y a pesar de ello siga hablando del bien común, del bienestar de la humanidad, tiene motivos para dudar seriamente de su cordura. ¿Dónde ha quedado la igualdad divina, dónde ha quedado la libertad en Dios y la unidad de todos en Su Espíritu? La igualdad se ha quedado atrancada en el egoísmo, en la indiferencia, en lugar de desarrollar la igualdad que comparte fraternalmente, en la que el uno apoya, ayuda y favorece al otro desinteresadamente. La libertad se ha perdido en el egoísta “opinamos igual para estar contra los otros” y la unidad se ha perdido en el aspirar individual al bienestar personal.

Dado que las instituciones eclesiásticas y sus seguidores argumentan que no se puede vivir según el Sermón de la Montaña, que contiene los principios divinos, y que éste está pensado para otro mundo, hay que preguntar: ¿para cuál? ¿Y quién tiene que dar forma a ese otro mundo? ¿No ha tenido la cristiandad durante 2000 años tiempo suficiente para construir ese mundo bajo el símbolo de Jesús, el Cristo, el Redentor de todos los hombres? Si Jesús, el Cristo, trajo la Redención a los hombres –lo que también dicen las Iglesias, sin saber por cierto lo que eso significa–, entonces los cristianos también habrían tenido la fuerza de liberar con su Redentor a la Tierra de su yugo.

No obstante, ¿cómo ha actuado hasta ahora la cristiandad? Directa e indirectamente, tanto en lo grande como en lo pequeño ha hecho guerras y con ellas ha mantenido el fratricidio hasta en la actualidad. Hasta hoy se sigue profanando y abusando de la Madre-Tierra. El ser humano les ha quitado y les sigue quitando a los animales su libertad, los tortura de una forma bestial, los utiliza como presa en la caza, los mata y se come después las partes de sus cadáveres. Los animales son tratados como mercancía sin sentimientos para quitarles su dignidad, una dignidad que el hombre hace tiempo sacrificó en el altar de la indignidad. A pesar de las brutales y crueles aberraciones humanas, los animales han mantenido su dignidad, al contrario de los hombres, de los cuales muchos se han convertido en bárbaros inhumanos, en monstruos que aniquilan y destruyen todo lo que cae en sus manos.

La unidad también contiene la fraternidad y la justicia. El que no aporta al verdadero bien común, tampoco favorece la unidad, ni en consecuencia el bienestar de todos. Las palabras que en un sentido próximo al siguiente expresó Jesús: “Lo que quieras que te hagan los demás, házlo tú primero a ellos” contienen los cinco principios divinos. Estos principios básicos de la vida, los cinco principios, también son propios de la vida de la Tierra con sus minerales, plantas y animales.

La unidad divina nos enseña también que si a tu prójimo le va bien, entonces también te va bien a ti; si a tu prójimo le va mal, entonces en algún momento también te irá mal a ti. De ello se desprende la ley de siembra y cosecha: Lo que el hombre siembre, eso cosechará.

Precisamente en nuestro tiempo la ley de causa y efecto se hace cada vez más visible. Ésta alcanzará tanto a los ricos como a los pobres. Tomemos consciencia de que los molinos de Dios muelen despacio, pero seguros y con justicia.

 

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