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de Gabriele Nr. 3

Los Mandamientos de Dios en el espejo
de la enseñanza de la Iglesia



El hombre que quiera seguir el camino hacia Dios tiene que hacerse consciente de los Mandamientos y de las ense­ñanzas de Jesús, el Cristo. El primer Mandamiento dice; “Yo Soy el Señor, tu Dios. No tendrás otros dioses aparte de Mí”. La Iglesia que promete la salvación a los hombres ya peca contra el primer Mandamiento. Dioses son por ejemplo los “santos” de la Iglesia católica, las estatuas con sus cepillos, a los cuales el que es creyente, con adoración y sacrificios en forma de donativos, les suplica que intercedan ante Dios por él, el pecador, para que Él, Dios, tenga piedad con el “pobre pecador”. El Eterno, que es el Padre de todos los hombres, no ha preconectado ante Él a ningún santo. Qué Padre tan cruel sería aquel al cual sus hijos no se pueden dirigir personalmente, quien también ha encargado supuestamente al Papa, un ser humano, que haga santos a otros seres humanos y los ponga como mediadores.

Estas enseñanzas equivocadas sólo se pueden imponer porque la Iglesia, y con ello también sus creyentes, no saben quién es Dios y dónde se Le puede encontrar. La Iglesia se glorifica y se presenta a sí misma como semejante a Dios, afirmando haber sido impuesta y encargada por Dios. En realidad esconde a Dios con su falsa enseñanza, oscurece y deforma Su imagen hasta hacerla irreconocible, de forma que la persona creyente que busca a Dios tiene que asustarse ante esa imagen monstruosa. El hombre, en su necesidad y desengaño internos, acepta entonces tal vez voluntariamente la muleta que se le ofrece, –los santos, los intercesores– para, de alguna manera, poder seguir adelante.

Las instituciones denominadas Iglesia también se burlan del segundo Mandamiento, que dice: “No profanarás el nombre de Dios”. El Papa mismo y todos aquellos que respaldan al denominado “Santo padre”, al Papa, como al “santo infalible”, infringen el segundo Mandamiento. En el libro de Samuel se puede leer: “Nadie es santo, sólo el Señor, pues aparte de ti no existe ningún Dios, nadie es una roca como nuestro Dios”. La palabra divina de Jesús, el Cristo, dice: “Y no debéis haceros llamar rabí, pues Uno es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Y no debéis llamar a nadie entre vosotros padre en la Tierra; pues sólo Uno es vuestro Padre, el que está en los Cielos”.

El quinto Mandamiento tampoco lo resperan por las instituciones llamadas Iglesia y sus seguidores: “No matarás”. Jesús dijo: “... todos los que tomen la espada, morirán bajo la espada”.

Jesús no hizo diferencia entre matar y asesinar, pues muerto es muerto, sea matado o asesinado.

De igual manera la Iglesia católica infringe con muchos de sus seguidores el séptimo Mandamiento “No robarás”. El que no devuelve bienes robados, como aquellos que por ejemplo les quitó la Iglesia católica a otros pueblos, es decir, se los robó, y que están almacenados en el Vaticano, sigue siendo un deudor. Esto es válido para los hombres, no importa lo que el hombre se haya apropiado injustamente y a quién haya robado.

No menos infringen el octavo Mandamiento “No darás falso testimonio ni mentirás”. Las instituciones eclesiásticas, son en este sentido también un pésimo “ejemplo” para muchos. Sólo ya si pensamos en la exclusión de las personas que no quieren ser católicos o luteranos, que se han puesto como meta en la vida seguir a Jesús, el Cristo, con hechos. Estas personas son perseguidas directa e indirectamente por las institu­ciones llamadas Iglesia.

Con respecto al décimo Mandamiento, las Iglesias vuel­ven a dar el peor ejemplo.

Este dice: “No codiciarás los bienes ajenos”. Ya sólo a raíz de la mentira de ser los únicos que pueden ofrecer la entrada a la salvación y a la bienaventuranza celestial, la mentira de que sólo la absolución clerical puede disolver la culpa, de poder asignar en particular la condenación eterna, muchos se sienten empujados no sólo a pagar los impuestos de la Iglesia, sino más allá a donar y a “ofrendar algo en sa­crificio”. Así más de uno en la hora de su muerte –eventualmente pasando por encima de sus parientes, de su familia– traspasa todos sus bienes a esa Iglesia, que es la “única fuera de la cual no hay salvación”, con la esperanza de poder comprar su liberación de la amenaza del fuego eterno del infierno.

El que acumula bienes los reivindica para sí y roba por ejemplo a la Madre-Tierra, que ha sido creada por Dios de forma que pueda dar a todos los hombres, y no sólo a los llamados privilegiados. ¿Quién ha divido esta Tierra en parcelas en “lo tuyo” y “lo mío”? Las personas que se oponen a los principios igualdad, libertad, unidad, fraternidad y justicia, y los transforman.

Todos los valores cristianos fueron deformados, tergi­versados y transformados. Pero una vez más quiero señalar que los cristianos que aspiran a seguir a Jesús, el Cristo, no están en contra de las instituciones, por ejemplo católica o luterana, ellos están sólo en contra del abuso del nombre “Cristo” en la expresión “cristiano”. Eso es un fraude.

El principio divino de la fraternidad excluye toda violencia, no importa cómo sea descrita. Sobre eso dijo Jesús en Su Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la Tierra”.

 

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