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  Los talentos les son dados al hombre para que los emplee para el bien de todos

Permanezcamos en el principio de la igualdad. Para hacer más comprensible la igualdad en la ley de Dios del amor y del amor al prójimo vuelvo otra vez a los talentos. Sobre los talentos está escrito lo siguiente:
“Es como un hombre que, partiendo a un país lejano, llamó a sus siervos y les confió sus bienes. Y a uno le dio cinco talentos, a otro dos y al tercero uno, a cada cual según su capacidad y seguidamente se fue.
Luego, el que había recibido cinco talentos fue y negoció con ellos y ganó otros cinco. Asimismo, el que había recibido dos talentos ganó otros dos. Pero el que había recibido uno fue, hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
Pasado mucho tiempo, volvió el señor de aquellos siervos y les pasó cuentas. Llegando el que había recibido cinco talentos, trajo además otros cinco, diciendo: señor, tú me has dado cinco talentos; mira, pues, con ellos otros cinco que he ganado. Y el señor le dijo: muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te pondré a cargo de mucho; participa del gozo de tu señor. Llegó el que había recibido dos talentos y dijo: señor, me has dado dos talentos; mira, con ellos otros dos he ganado. Su señor le dijo: muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco, te pondré a cargo de mucho; participa del gozo de tu señor.
Se acercó también el que había recibido un solo talento y dijo: señor, sabía que eres un hombre severo; tú cosechas donde no sembraste y recoges donde no esparciste; y temiendo, fui y escondí tu talento en la tierra; aquí tienes lo que es tuyo. Pero su señor le contestó diciendo; siervo malo y perezoso, sabías que yo cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido. Si por lo menos hubieras entregado mi dinero a los cambistas, a mi vuelta lo hubiese recibido de vuelta con intereses. Por eso, quitadle el talento y dádselo al que tiene dos; pues al que haya multiplicado se le dará y tendrá abundancia; pero a quien no haya multiplicado, también lo que tiene se le quitará. Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas exteriores; allí llorará y rechinará los dientes”.
El hombre en esa parábola, que parece ser un capataz, es el Dios Padre-Madre. En el camino que lo llevaría a convertirse en ser humano, Dios proveyó a cada ser de talentos para su camino terrenal. Estos corresponden a la debida mentalidad del ser espiritual, a la región celestial, a la fuerza básica que es propia del ser, por ejemplo talentos de las legitimidades del Orden divino, de la Voluntad, de la Sabiduría divina, de la Seriedad, de la Bondad, del Amor divino y de la Mansedumbre. Los talentos divinos son para nosotros hombres aptitudes, cualidades determinadas, también las podemos describir como energías divinas, que, por un lado, las debemos emplear para nuestro bien personal y, por otro lado, para el bien de nuestros semejantes y el bien de los reinos de la naturaleza, o sea, para nuestro planeta donde vivimos, la Tierra. Los talentos del Espíritu contienen la unidad, el obrar para todos y para todo.
¿Qué postura tienen los llamados cristianos ante los talentos dados por Dios? La mayoría de los hombres, sean católicos, luteranos, o librepensadores, apenas los desarrollan. La mayor parte sólo piensa en su propio bien y se contenta con ser un asalariado o empleado. Son personas que se han acostumbrado a recibir órdenes del patrono o del jefe, a recibir trabajos que tienen que realizar y que llevan a cabo más o menos bien. Quizá alguno ha desarrollado un talento, que además ha “enterrado”, pues sólo le sirve para su propio bien. Todas las otras cualidades, es decir, talentos que están latentes, no las activa. En realidad, ¿para qué? Sigue siendo mejor un asalariado, porque es más agradable no tener responsabilidad o sólo poca y recibir instrucciones que lleva a cabo entonces sin mucha responsabilidad.
El asalariado recibe su paga, que es bastante menor que la remuneración que recibe el patrono o el jefe. Si el salario no es suficiente, entonces se critica a los de “arriba”, diciendo por ejemplo: “el avaro“ o “el vástago ansioso por triunfar, que sube por la escalera del éxito pisando a los que están debajo de él”, o “el que emplea los codos para subir de puesto” o comentarios como: “.... qué gracia tiene lo que dice, si él ha heredado de los padres la empresa que preside” o “ ...él está bien relacionado porque viene de una familia bien mirada” o bien –y eso es lo que la mayoría de las veces sólo se considera al final– “porque es trabajador y honrado”.
Estimado lector, continuemos ahora juntos el análisis con relación a los verdaderos talentos, las cualidades que cada hombre ha traído consigo como corresponde a su origen espiritual-divino.
Según el principio de la igualdad no deberían existir ni patronos ni empleados. ¿por qué esa desigualdad? Porque unos pocos comprenden lo que es ser cristiano y muchos no lo quieren aceptar. Prefieren quedarse en los rangos inferiores y ser serviles. Cada uno puede comportarse como quiera, pero esto no tiene nada que ver con los Diez Mandamientos de Dios ni en absoluto con las enseñanzas de Jesús, el Cristo, en Su Sermón de la Montaña. Por eso digo una y otra vez: cada uno puede pensar y comportarse como le guste, pero no debería utilizar la denominación de “cristiano”, pues Cristo no tiene nada que ver con este mundo –con todo lo que está construido sobre el egoísmo humano– . Una persona puede ser católica o luterana; a esas dos afirmaciones institucionales sólo hay algo que se opone, precisamente la palabra “cristiano”, pues eso, las denominadas instituciones “cristianas”, no lo son.
El católico, el protestante o el denominado librepensador considera la desigualdad como un componente legítimo de la existencia terrenal. Opina que ésa es la calidad de vida de cada individuo. Quien en mala cama hace, en ella se yace. Como ya he dicho, cada uno lo puede hacer como quiera, incluidos los llamados partidos políticos cristianos. De buena fe y honrado sería, sin embargo, si los que administran el derecho no utilizaran la palabra “cristiano”.
El derecho es siempre unilateral. Por el contrario la justicia es un principio cristiano. El está en la igualdad, así como la igualdad está en la justicia.
A raíz de este “aire de la Caída”, la desigualdad, se desarrollaron también el pensamiento del poder y la aspiración al poder, la envidia y el odio contra los que tienen un puesto más importante y los que tienen una mejor remuneración. Del odio y la envidia creció la avidez por la riqueza, la posesión y el prestigio, y de la avidez la enemistad, de la enemistad la guerra y con ello el fratricidio.
¿Por qué existe la desigualdad? Porque los cristianos no son cristianos. La unidad se convirtió en individualidad, egoísmo, la igualdad se convirtió en desigualdad. Repito: ¡cada uno lo puede hacer como quiera, pero con el hecho de ser cristiano, o incluso con Cristo, eso no tiene nada que ver!
Si consideramos el “desnivel del mundo”, reconoceremos que muchos patronos instituyen e implantan su poder, no importa a qué situación o a qué tipo de rendimiento o mérito tengan que agradecérselo, sea a sus buenas relaciones, a una herencia o incluso a su proprio trabajo o empeño personal. Contra lo último no habría nada que objetar, siempre que el susodicho no sólo piense en su cuenta bancaria y en su bienestar, de forma parecida a aquellos que desempeñan un puesto tal gracias a tener buenas relaciones o por herencia.
Sin embargo, también tendríamos que aplicar la lupa a tantos empleados que no están dispuestos a desarrollar sus cualidades y talentos. A muchos les es suficiente con tener la responsabilidad sólo por un sector pequeño y seguir siendo personas que actúan sólo bajo órdenes. Para ellos el tiempo libre, deporte, vacaciones comer y beber es más importante que desarrollar sus talentos. Pero cuando se trata de decir alguna vez la opinión al patrono y al jefe, entonces son en otros lugares y ocasiones los chismosos cuyas palabras dejan en evidencia que envidian el buen sueldo, la cuenta bancaria y las posesiones del otro. En el restaurante o en la mesa de tertulia con los amigos se dicen más cosas en grupo, siempre en contra del otro, rara vez contra uno mismo, lo que significa que al prójimo se le mira bajo la lupa y de forma crítica, a veces incluso con cinismo, pero rara vez se observa uno a sí mismo de manera autocrítica.
Hoy en día se va a la huelga para demostrarles así a “los de arriba” la propia opinión. La mayoría de las veces se trata de dinero; todos quieren más dinero. Rara vez se pregunta uno: ¿Aporto el rendimiento que corresponde a mis cualidades, que es lo mismo que las aptitudes?
La desigualdad se ha convertido en algo natural. El derecho es simplemente algo unilateral, y cada uno quiere tener el derecho de su parte, sea el patrono o el empleado, sea rico o pobre. En su derecho se siente más de uno cuando dice: “¿Tengo que repartir a otros el dinero que he ganado tan duramente? ¿Y a quién? ¿Quién me da a mí? A ese le doy también“ ¿Pero cuánto? O al revés: “Le doy al que también me dé a mí”. ¿Lo mismo? En ese asegurarse preventivo con respeto al “negocio de cambio” reconocemos la desconfianza, y eso no sin motivos. Si cada uno sólo piensa en su propio bienestar, en su cuenta bancaria, en sus propiedades que quiere multiplicar para su bienestar personal, en ese caso ninguno debería denominarse cristiano. Tampoco cuando en el restaurante, en la mesa de tertulia con sus amigos o durante la huelga sea sólo un chismoso, aunque por lo demás todo le dé igual, mientras haya suficiente para él.
Pasemos a la herencia. ¿Es correcto que los hijos hereden de sus padres? Más aún, ¿es acaso justo, según la norma de los valores cristianos, poseer tanto más que otros para que los padres puedan dejar a sus hijos una herencia considerable?
Con cuanta frecuencia se escucha: “Los padres han puesto toda su fuerza para construir una empresa familiar que funciona bien y con muchos empleados”. Para luego quedar ante los ojos de otros como los bienhechores, se dice entonces: “Hemos dado trabajo y pan a muchos empleados”. Pero el sueldo de los empleados no corresponde ni con mucho a la ganacia que ha tenido el patrono con su empresa familiar. En muchos años los empleadores no sólo han acumulado un capital considerable en sus cuentas bancarias, sino que también posesiones como inmuebles y tierras. También son parte de su riqueza casas, de las cuales reciben el alquiler, con el cual siguen llenando las cuentas de sus bancos. Eso es desigualdad, algo muy común en el mundo.
Para los propietarios actuales es natural que sus hijos sean los herederos que seguirán llevando la empresa familiar como ellos querían. Una y otra vez se lee que los herederos despilfarraron la herencia, porque cada heredero quería su parte de la herencia para sus asuntos personales. Por esto tuvo que cerrarse más de una empresa familiar. Los herederos que continúan llevando la empresa no tienen ninguna necesidad de desarrollar los talentos divinos; han heredado y fuera de esto no es necesario ningún otro “rendimiento”.
Todo lo que el hombre invierte, es decir, acumula para sí personalmente más allá de sus necesidades, está en contra de la legitimidad de la igualdad, en contra del Mandamiento de Dios del amor a Dios y al prójimo.
Con razón dice más de uno que “de muchas maneras se saca provecho del amor al prójimo. ¿Tengo que compartir mi riqueza con aquel que es un ladrón?” ¡Esto no tiene que hacerlo! Todo el que se denomina cristiano debería ayudar a que toda persona desarrollara sus talentos y no a que los entierre al ser dependiente del bolsillo de otros.
Tampoco se cumple con el amor al prójimo cuando sólo se dona dinero para los más pobres para tranquilizar la conciencia. El verdadero amor al prójimo significa dar la posibilidad a las personas de buena voluntad de fomentar y más tarde de multiplicar sus talentos para el bien de todos, precisamente para el bien de todos aquellos que fomentan el principio de la igualdad, pues para todos es válido por igual el reza y trabaja.
Lo mismo vale para los habitantes de los países subdesarrollados. No sirve de mucho donar sólo dinero para ellos. A estos hombres les ayuda por un lado el saciar el hambre; ellos necesitan entonces alimentos, pero también medicamentos. Pan y medicamentos se consumen rápidamente. ¿Qué pasa entonces? Por una parte a ellos, como a muchos hombres, se les quitó la tierra. Fueron expropiados. Los ricos se aprovechan y se siguen aprovechando.
Visto a la larga sirve de poco dar a los más pobres de los pobres pan y medicamentos. Ellos necesitan tierras y personas que les enseñen lo que significa desarrollar sus aptitudes, o sea sus talentos, y emplearlos en la comunidad para el bien de todos los que quieran orar y trabajar. El que no quiera lo último tampoco tiene derecho a pedir igualdad. Indirectamente da a entender que no quiere trabajar ni desarrollar sus talentos. Entonces tiene que contentarse con no tener nada o poco que comer.
Miremos en nuestro mundo y preguntémonos a quién se llama una y otra vez a que dé donativos para el tercer mundo. A la clase media y a los pobres; o sea, es el pueblo el que tiene que dar donativos. ¿Y cómo es con los ricos, y en primera instancia con la Iglesia que posee miles de millones? ¿Y cómo se comporta el Estado? La Iglesia multimillonaria da donativos en su mayor parte tomándolos de las subvenciones e impuestos que recibe tanto de sus creyentes como de todos los contribuyentes en general a través del Estado. Su riqueza no permite ni siquiera que se la mordisquee, ni mucho menos la reduce.
Los altos cargos del Estado se han convertido en seguidores y vasallos de las instituciones llamadas Iglesia. El Estado emplea billones para la producción de armas, que no sirven para otra cosa que para posibles guerras y para “la conquista del universo”. Esto y muchas otras cosas más es el “amor al prójimo” practicado por los cristianos en Occidente.
Quien cree en Dios tiene que darse cuenta poco a poco de que las oraciones de la Iglesia multimillonaria no producen absolutamente nada, tampoco a aquellos que en lo pequeño hacen lo mismo que las instituciones eclesiásticas y los mandatarios del Estado. En la Biblia de los creyentes católicos y protestantes está escrito lo siguiente: “Una vez más os digo: antes pasa un camello por el ojo de una aguja, que un rico alcance el reino de los cielos”.
El que no fomente los talentos que le ha dado Dios para emplearlos en beneficio de todos, tampoco aporta nada al bienestar de todos. Todo el cristianismo es una cuestión tergiversada y deformada. El que crea en Dios debería salirse de las instituciones llamadas Iglesia y pedir a los órganos del Estado que le devuelvan todas las sumas de sus impuestos que el Estado traspasa a la Iglesia, pues las instituciones denominadas Iglesia están básicamente en contra de los Mandamientos de Dios y en contra de las enseñanzas de Jesús, el Cristo.
Preguntemos cuál es la voluntad de Dios: una Iglesia que posee miles de millones, las denominadas casas de Dios adornadas y cubiertas de oro, autoridades eclesiásticas que hacen alarde de sus títulos en costosas túnicas, o personas que tienen techo, ropa y alimento, que desarrollan sus talentos y que los emplean para el bien de todos según el principio “reza y trabaja”; que por otro lado se convierten en personas como Dios quiere, y lo son; personas que representan la imagen y semejanza de Dios.
Y ¿cómo es con los mandatarios del Estado, que son los seguidores de los altos cargos eclesiásticos?¿Qué ocurre con los impuestos y contribuciones que exigen del pueblo?¿Cómo se administra el dinero?¿Cómo y dónde se emplea? ¿Acaso no son muchos dineros de los impuestos, dineros que se despilfarran? ¿Adónde se llevan y para qué fines son despilfarrados? En parte se gastan para armamento, en parte se introducen en las cajas fuertes de las Iglesias. Anualmente se informa que cientos de millones del presupuesto del Estado se desperdician en la burocracia y se despilfarran en proyectos sin sentido.
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