Usted está aquí: Página inicial > Profecía > Publicaciones > Cartas de Gabriele > Cartas
de Gabriele Nr. 3

Queridos amigos



¿A quién no le mueven –precisamente en estos tiempos– muchos, muchísimos pensamientos? Y así a más de uno las circunstancias actuales le inducen a investigar, con más profundidad de lo que estaba acostumbrado, el cómo y por qué de las cosas.

Los que son amigos comparten. Los amigos también se comunican entre sí. Un amigo deja al prójimo la libertad de reaccionar como éste quiera ante lo que se le ha comunicado. Así tambié n se procede con esta Carta de Gabriele, la cual tiene un destinatario, es decir, el lector, que por de pronto esté dispuesto a aceptar las afirmaciones, para después reflexionar él mismo –es decir, libremente–, permitiendo que se le induzca a sacar de lo leído sus propios razonamientos, reconocimientos y conclusiones.

Esta carta no le dará muchos detalles, sino que más bien le aportará perspectivas de carácter breve y básico. En base a ello cada uno podrá formarse y se formará su propia opinión, de acuerdo con sus vivencias, sus experiencias y su mundo de pensamientos.

Una gran parte de la humanidad pasa una vida alejada de la fe en la ley de Dios,  que es el amor a Dios y al prójimo. Muchos están tan unidos a su egoísmo, que pareciera  que estuvieran casados con él. El egoísmo sólo conoce la dureza, la falta de amor y la desconsideración, aprovechándose de otros.

Los seres humanos que consideran su índole netamente humana, como un medio para tener bienestar, son, al fin y al cabo, débiles. Cuando oyen hablar del amor a Dios y al prójimo sonríen y a aquel que cree en ello y habla de ello  lo denominan una persona utópica. Las personas que se encuentran aprisionadas en la camisa de fuerza del egoísmo niegan todo lo que tenga que ver con Dios y con valores elevados. Poseen una buena dosis de sobrevaloración de sí mismas. Detrás de todo ello hay un  miedo escondido que disimulan con palabras aparentemente decididas.

Quien se distancia con una sonrisa significativa de la afirmación “Dios es amor y amor al prójimo“, debería hacerse la pregunta de: ¿A quién pertenece él?

El verdadero amor es el amor a Dios y al prójimo. Aunque haya seres humanos que rechacen, se rían o ignoren este hecho, es simplemente así. Yo creo en ello. Mi carta la quiero basar en la verdad, que es la ley de Dios, que es amor y amor al prójimo, pues sólo la verdad hace al hombre valioso y libre. El hombre, en el que hay amor a la verdad, se mantiene a distancia de los juegos de pingpong de las confrontaciones de tipo intelectual, en las que las personas egoístas aspiran a triunfar sobre sus iguales, considerando sus modelos de pensamiento como la medida de todas las cosas. El que busca la verdad investiga con el corazón y el razonamiento, tomando la ayuda de su conciencia. Consigue independencia interna y firmeza, porque lucha en sí mismo por los reconocimientos claros que le muestran los pasos que llevan a una vida consciente. El nunca se atará a posturas dogmáticas.

El amor a Dios es sagrado. Ningún hombre lo puede deformar o tergiversar. Todo intento en este sentido está condenado al fracaso.

A pesar de que la ley de Dios, el amor, es la fuerza todopoderosa que no puede ser superada por nada, la voluntad personal y el egoísmo de los hombres, como consecuencia de su libre albedrío, pueden impedir que tenga efecto. Tanto más lo impedirán aspiraciones masivas en contra de la ley divina, como el pronunciado y continuo ansia de poder de una institución que en su pensar y actuar no se orienta  a los principios contenidos en los Mandamientos de Dios. Allí donde los Mandamientos de Dios no se respeten ni se tengan en cuenta, no puede soplar el Espíritu de Dios.

El cristianismo eclesiástico impuso su sello al denominado Occidente cristiano, a su ética, a su moral, a su orden social, al fin y al cabo a toda su cultura. En todos los ámbitos de la vida pública, así como de la vida privada, han tenido y siguen teniendo lugar luchas y guerras. También la naturaleza y los animales sufren infinitamente bajo las ambiciones asesinas y bajo las maquinaciones bélicas y agresivas, sobre todo de los “cristianos”.

¿Quién ha puesto en manos de los hombres las armas pa­ra matar a otros hombres y a los animales? ¿Cristo o la institución llamada Iglesia? En esta, mi carta, quiero hacerlo destacar. La base para mi análisis son los Mandamientos de Dios y las enseñanzas de Jesús, el Cristo.

El que no se dé por aludido, puede confrontar como cristiano su forma de pensar y su comportamiento con los Diez Mandamientos y las enseñanzas de Jesús. Si al hacerlo queda claro que su forma de vida corresponde a ser cristiano, entonces no me he referido a él.

 

siguiente capítulo / índice de capítulos

 

 

© 2007 Universelles Leben e.V. • E-Mail: info@universelles-leben.orgImpressum