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de Gabriele Nr. 3

¿Toda autoridad estatal impuesta por Dios?



Como ya hemos dicho, la ley de Dios se compone de las siete fuerzas básicas, cuya primera fuerza es el Orden. El Orden de Dios es perfecto, como todos Sus principios. Para que nosotros los hombres desarrollemos nuestra herencia divina, las siete fuerzas básicas que son la verdadera vida, Él nos dio los primeros pasos hacia allí, los Diez Mandamientos, y Jesús, el Cristo, las enseñanzas del Sermón de la Montaña. Dios no exige. Por el contrario, la Iglesia enseña y exige, pues en su catecismo leemos en el párrafo 1899 las palabras de san Pablo: “Sométanse todos a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas, de modo que, quien se opone a la autoridad, se rebela contra el orden divino, y los rebeldes se atraerán sobre sí mismos la condenación“. (Rom 13, 1-2)

Pablo, que era un fiel seguidor del cruel derecho romano, es para su tiempo, en lo que se refiere a sus artes literarias, insuperable. Las invenciones más atrevidas las concibió sobre las enseñanzas de Jesús, el Cristo, y sobre las leyes de Dios, que mezcló con el cruel derecho público romano. Para el que sepa pensar está más claro que nunca por qué  las instituciones eclesiásticas, tanto la católica como la luterana, se han sometido a Pablo.

En el catecismo de la Iglesia católica se puede leer: “No hay autoridad que no provenga de Dios”. La autoridad del Estado está personificada por los representantes del Estado y su respectivo gobierno. Así se podría decir que todo representante del Estado y sus copartícipes, los corregentes subordinados, la totalidad del gobierno, han sido instituidos por Dios. El que se oponga a esa autoridad estatal impuesta por Dios se pone, así se dice, en contra del orden de Dios, y el que se oponga a Él, a Dios, acabará ante los tribunales de justicia.

Sobre esta declaración hay que reflexionar profundamente, además de que es preciso “saborearla hasta que se derrita en la boca”. Según esta declaración de la Iglesia Dios habría instituido a Hitler y a sus compañeros de lucha, es decir, a un violento asesino de masas, a un tirano asesino, que subyugó a todos los que no se subordinaron y no le rindieron homenaje con el saludo “Heil Hitler”.

 Si Dios hubiera impuesto e instaurado por anticipado el “poder del Estado” a cada pueblo de esta Tierrra, entonces según mi opinión ningún país debería estar en guerra contra el otro; sólo entraría dentro de la competencia de Dios el dejar sin efecto ese “poder del Estado”, ya que El mismo lo había impuesto. A no ser que Dios, que supuestamente habría instaurado a un criminal estatal como fue Hitler, se pusiera en guerra a través de otro u otros países –por ejem­plo Rusia, Inglaterra, EE.UU.– en contra de ese gobernante, contra su país, contra su gobierno, al cual Dios, igual que a los otros Estados, le había dado el poder del Estado. En este caso Dios estaría en guerra contra Sí mismo para derrocar al representante que Él mismo había impuesto, y a su vez mataría a millones de seres humanos, arrojando a otros al sufrimiento y a la miseria. Con ello no sólo se pondría en contra de Su propio orden, sino que se opondría a Sí mismo y acabaría ante los tribunales. Él también sería un asesino de masas como aquel que Él combatió a través de los otros Estados. El infringiría Su propio Mandamiento: No matarás.

¿Qué ocurre visto desde esa perspectiva con el Estado irakí, que por el momento es acechado por los americanos a causa de una guerra? Partamos de la premisa de que “toda autoridad proviene de Dios”, de esta manera el presidente Hussein también habría sido impuesto por Dios como “autoridad estatal“. Si el presidente Bush y su gobierno, que también han tenido que ser instaurados por Dios, tiene que ir a la guerra contra Hussein, ¿Quién lucha entonces contra Hussein, Dios o los EE.UU.? Y si el presidente Hussein y el pueblo irakí se defienden, ¿Se defiende Dios contra el ejército de los EE.UU.? ¿Quién se pone aquí en contra del orden de Dios y quién acabará ante los tri­bunales?

En la historia de la humanidad ha habido innumerables guerras. ¿Quién provocó esas guerras, que siempre tuvieron como consecuencia crímenes? ¿Dios o el gobernante correspondiente, o el pueblo desobediente?

Una vez más: ¿El que se opone entonces a la autoridad se pone por tanto en contra del orden de Dios? ¿Y el que se Le oponga acabará ante los tribunales? ¿Acabará según la sentencia de la Iglesia en la condenación eterna –o dónde?

La verdad es lógica pues Dios es el Logos. El que permita que una premisa de la Iglesia, como la que hemos tenido en cuenta aquí, se convierta en la base de sus reflexiones lógicas, corre peligro de volverse loco. Si ya ha llegado a este estado, podría ir entonces por camino equivocado y al final incluso convertirse en un miembro de una Iglesia así de extraviada.

Repito para una mejor comprensión: La Iglesia sin duda habla de los Mandamientos de Dios, pero ella no los cumple y el Sermón de la Montaña de Jesús es para ella una utopía. La Iglesia le otorga validez a este último eventualmente para otro mundo, o uno mejor. ¿Por qué? Si la Iglesia reconociera el Sermón de la Montaña de Jesús tendría entonces que enmendarse, es decir, cumplir la voluntad de Dios. Sin embargo, está claro que ya no existiría el poder ni el capital de miles de millones que la mantiene y que es apoyado y favorecido por aquellos que no han aprendido a pensar.

 

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