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de Gabriele Nr. 4

Actuar con rapidez puede salvar vidas



En seguida vimos claramente que el dueño no sólo descuidaba su deber legal de asistencia, sino que dejar abandonado a sí mismo en ese estado al pequeño rebaño de ovejas con todos los animales jóvenes, era sencillamente un caso de maltrato de animales.

Sin pérdida de tiempo lla­mamos a la policía, la cual nos co­mu­nicó con la Admi­nis­­­tración veterinaria com­pe­tente, cuyo empleado ya conocía al dueño de las ove­jas, pues hace algún tiempo ya le ha­­­bía prohibido criar ani­males. Después de que el due­ño unas horas más tarde siguiera sin estar dispuesto a dar un techo a las ove­jas, ofrecimos a la Administración veterinaria acoger al peque­ño re­baño de ovejas. Así que inmediatamente se preparó el remol­que pa­ra transportarlas y nos pusimos en camino hacia el prado.

Cuando llegamos empezaba a oscurecer. El pequeño rebaño se movía intranquilo en la nieve de un lado para otro y nos observaba, pero las ovejas no tardaron mucho en meterse en el remolque.

Llegados a la granja trans­for­mamos sin demora una par­­te del es­pacioso establo de los caballos en un cómodo es­tablo para ovejas. Espar­ci­mos mucha paja, pusimos he­no fres­co, agua y colgamos lám­­­­pa­ras de infrarrojos para dar calor. El pequeño rebaño de ovejas ocupó de inmediato el establo y desde el primer minuto se sintió vi­siblemente bien en él.

También nuestra veterinaria vino en seguida para examinar a las ovejas: comprobó que todas las ovejas madres estaban suba­li­men­­tadas y tenían las pezuñas mal cuidadas. Una madre cojeaba y otra tenía una infección y pus en las ubres. Su cor­de­ri­llo recién na­cido se habría muer­to de hambre, así que le dimos un sustitutivo de leche con un biberón, lo cual aceptó con gusto. La Admi­nis­tra­ción veterinaria no  podía vol­ver a prohibir criar ani­ma­les al hasta entonces dueño de las ovejas, dado que para los animales en tales casos no existe una base jurídica y se siguen considerando co­mo“cosas”. No nos quedó otro remedio que comprarle las ovejas al dueño, porque si no habríamos tenido que devolverlas. Eso habría significado –por lo menos para los pequeños corderos– una muerte segura, pues pronto habrían ido al matadero.

 

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