Llegados a la granja transformamos sin demora una parte del espacioso establo de los caballos en un cómodo establo para ovejas. Esparcimos mucha paja, pusimos heno fresco, agua y colgamos lámparas de infrarrojos para dar calor. El pequeño rebaño de ovejas ocupó de inmediato el establo y desde el primer minuto se sintió visiblemente bien en él.
También nuestra veterinaria vino en seguida para examinar a las ovejas: comprobó que todas las ovejas madres estaban subalimentadas y tenían las pezuñas mal cuidadas. Una madre cojeaba y otra tenía una infección y pus en las ubres. Su corderillo recién nacido se habría muerto de hambre, así que le dimos un sustitutivo de leche con un biberón, lo cual aceptó con gusto. La Administración veterinaria no podía volver a prohibir criar animales al hasta entonces dueño de las ovejas, dado que para los animales en tales casos no existe una base jurídica y se siguen considerando como“cosas”. No nos quedó otro remedio que comprarle las ovejas al dueño, porque si no habríamos tenido que devolverlas. Eso habría significado –por lo menos para los pequeños corderos– una muerte segura, pues pronto habrían ido al matadero.
siguiente capítulo / índice de capítulos