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  Arriesgado encuentro con un enorme jabalí. Los animales quieren ser amigos de nosotros los seres humanos, pues ellos saben de la unidad

Si quisiéramos relatar detalladamente todos los encuentros con animales y las vivencias con los hermanos árboles, las hermanas flores y los cuatro elementos, esto produciría varios volúmenes.
A mí me interesaban especialmente las formas de comportamiento de los jabalíes, porque se les atribuye ser extremadamente peligrosos.
Al comienzo de ese invierno estaba sentada una vez más en mi silla plegable cerca de la senda de los jabalíes. Mis acompañantes se encontraban a algunos metros de distancia de mí para observar una ardilla que se estaba aprovisionando para invernar. De repente, de forma totalmente sorprendente, algo se deslizó con rapidez en los matorrales, y salió un enorme jabalí con cuatro grandes y fuertes colmillos, dos arriba y dos abajo. Cuando me vio sentada adoptó la misma postura que un toro en el ruedo. Se inclinó hacia delante y escarbó el suelo con las pezuñas delanteras, de modo similar a como el toro en la plaza escarba con las pezuñas antes de atacar. Mis acompañantes se dieron cuenta demasiado tarde de lo que estaba ocurriendo, pues el jabalí ya estaba cerca de mí. Con la firme decisión de atacarme me circundó y, de pronto, me dio un fuerte empujón en la espalda, de forma que no sólo me caí de la silla plegable sino que también sentí sus colmillos en mi piel.
Allí estaba yo acurrucada sobre la tierra fría y mojada, auténticamente en una postura de sumisión, como la que en el reino animal señala de muchas maneras al atacante la subordinación del vencido. Hablé al corazón de mi alma pidiendo ayuda para comportarme correctamente en esa situación. Eso fueron no más que instantes, y percibí la voz del corazón aconsejándome que primero no me levantara y que hablara pausada y monótonamente, tal como lo hacíamos siempre que había animales cerca de nosotros. Con las palabras monótonas me dirigí a mis acompañantes diciéndoles que permanecieran quietos allí donde estaban. Se quedaron como si del susto hubieran echado raíces. El jabalí estaba detrás de mí como si me quisiera decir: “¡bien, ahora quiero probarte para ver si verdaderamente tienes buenas intenciones conmigo!”
La voz de mi corazón, que es la vida interna, dijo: sin ponerte derecha, saca una manzana del bolsillo de tu chaqueta. No te levantes, si no el jabalí creerá que le quieres atacar. Del bolsillo de mi chaqueta pesqué como pude una manzana que hice rodar más allá desde esa postura devota, con la cabeza agachada y sin levantarme. Logré hacerlo con mucha dificultad y esfuerzo. El jabalí miró brevemente a la manzana que rodaba, sin quitarme los ojos de encima. Seguí hablando monótonamente en la postura de sumisión hasta que el animal grande y voluminoso se dirigió hacia la manzana y la cogió. Sus ojos relampagueaban fogosamente una y otra vez al mirarme. Entonces caminó con la manzana hasta el bosque, sin prisa, por así decirlo majestuosamente, y desapareció.
Yo me levanté, y los tres respiramos profundamente. Mi sensación me decía que había aprobado el examen, y así fue también.
Algunos días más tarde, cuando íbamos a pie por el bosque nos volvimos a encontrar con el jabalí. Él se dirigió hacia nosotros, y sus ojos relampagueaban como en el primer encuentro como si quisiera decir: “¿quién quiere rivalizar conmigo?” De pronto me avistó y corrió derecho hacia mí. Inmediatamente empecé a hablar con voz suave y monótona, le saludé y le pregunté: “¿puedo ofrecerte una manzana?” Probablemente nuestro amigo quiso decir: “¡No preguntes! ¡Sácala del bolsillo de tu chaqueta!”, pues sin responder a mi pregunta apretaba su nariz contra éste. Él había olfateado la manzana, que inmediatamente le puse con tiento sobre el suelo. Cogió el fruto y marchó seguro de sí mismo a la maleza del bosque.

La tensión desapareció de nosotros tres, que entonces reímos con risa suelta y liberadora.
Muchos encuentros de este tipo nos han mostrado y nos siguen mostrando que los animales desean vernos a nosotros los hombres. Ellos quieren ser nuestros amigos, dado que “instintivamente” saben acerca de la unidad universal, que es el gran Espíritu en todos los hombres, e igualmente en todos los seres vivos y en todas las formas de vida de la naturaleza.
Hablando desde el origen primario del alma, puede decirse que no hay animales que por naturaleza sean peligrosos. Con nuestro comportamiento contra la vida nosotros los hombres les hemos atemorizado hasta el punto de que algunos animales atacan y eventualmente dañan a los hombres. El animal no lo hace porque sea peligroso sino porque tiene miedo y porque de muchas maneras capta el miedo que le tenemos y nuestro comportamiento hacia él resultante del miedo. El susto, el miedo provocan fuertes emociones: defenderse, o eventualmente también oponerse, por lo tanto incluso emociones agresivas. Esto irrita al animal, especialmente cuando nosotros los hombres tenemos el olor a cadáver, porque matamos o hacemos matar a sus congéneres para comerlos.
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