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de Gabriele Nr. 4

Arriesgado encuentro con un enorme jabalí.
Los animales quieren ser amigos
de nosotros los seres humanos,
pues ellos saben de la unidad



Si quisiéramos relatar detalladamente todos los encuen­tros con animales y las vivencias con los hermanos árboles, las hermanas flores y los cuatro elementos, esto produciría varios volúmenes.

A mí me interesaban especialmente las formas de com­por­tamiento de los jabalíes, porque se les atribuye ser ex­tremadamente peligrosos.

Al comienzo de ese invierno estaba sentada una vez más en mi silla plegable cerca de la senda de los jabalíes. Mis acom­pañantes se encontraban a algunos metros de distancia de mí para observar una ardilla que se estaba apro­visio­nando para invernar. De repente, de forma totalmente sor­pren­dente, algo se deslizó con rapidez en los matorrales, y sa­lió un enorme jabalí con cuatro grandes y fuertes col­millos, dos arriba y dos abajo. Cuando me vio sentada adop­tó la misma postura que un toro en el ruedo. Se inclinó hacia delante y escarbó el suelo con las pezuñas delanteras, de modo similar a como el toro en la plaza escarba con las pezuñas antes de atacar. Mis acompañantes se dieron cuenta demasiado tarde de lo que estaba ocurriendo, pues el jabalí ya estaba cerca de mí. Con la firme decisión de atacarme me circundó y, de pronto, me dio un fuerte empujón en la es­palda, de forma que no sólo me caí de la silla plegable sino que también sentí sus colmillos en mi piel.

Allí estaba yo acurrucada sobre la tierra fría y mojada, auténticamente en una postura de sumisión, como la que en el reino animal señala de muchas maneras al atacante la subordinación del vencido. Hablé al corazón de mi alma pidiendo ayuda para comportarme correctamente en esa situación. Eso fueron no más que instantes, y percibí la voz del corazón aconsejándome que primero no me levantara y que hablara pausada y monótonamente, tal como lo ha­cía­mos siempre que había animales cerca de nosotros. Con las palabras monótonas me dirigí a mis acompañantes di­cién­doles que permanecieran quietos allí donde estaban. Se quedaron como si del susto hubieran echado raíces. El ja­balí estaba detrás de mí como si me quisiera decir: “¡bien, ahora quiero probarte para ver si verdaderamente tienes buenas intenciones conmigo!”

La voz de mi corazón, que es la vida interna, dijo: sin po­­nerte derecha, saca una manzana del bolsillo de tu cha­queta. No te levantes, si no el jabalí creerá que le quieres ata­car. Del bolsillo de mi chaqueta pesqué como pude una man­zana que hice rodar más allá desde esa postura devota, con la cabeza agachada y sin levantarme. Logré hacerlo con mucha dificultad y esfuerzo. El jabalí miró brevemente a la manzana que rodaba, sin quitarme los ojos de encima. Seguí hablando monótonamente en la postura de sumisión hasta que el animal grande y voluminoso se dirigió hacia la man­zana y la cogió. Sus ojos relampagueaban fogosa­men­te una y otra vez al mirarme. Entonces caminó con la man­zana has­ta el bosque, sin prisa, por así decirlo ma­jes­tuo­samente, y desapareció.

Yo me levanté, y los tres respiramos profundamente. Mi sensación me decía que había aprobado el examen, y así fue también.

Algunos días más tarde, cuando íbamos a pie por el bos­que nos volvimos a encontrar con el jabalí. Él se dirigió ha­cia nosotros, y sus ojos relampagueaban como en el pri­mer encuentro como si quisiera decir: “¿quién quiere riva­lizar con­migo?” De pronto me avistó y corrió derecho hacia mí. Inmediatamente empecé a hablar con voz suave y mo­nó­to­na, le saludé y le pregunté: “¿puedo ofrecerte una man­za­na?” Probablemente nuestro amigo quiso decir: “¡No pre­gun­tes! ¡Sácala del bolsillo de tu chaqueta!”, pues sin res­pon­der a mi pregunta apretaba su nariz contra éste. Él había olfa­teado la manzana, que inmediatamente le puse con tiento sobre el suelo. Cogió el fruto y marchó seguro de sí mis­mo a la maleza del bosque.

 

La tensión desapareció de nosotros tres, que entonces reí­­mos con risa suelta y liberadora.

Muchos encuentros de este tipo nos han mostrado y nos siguen mostrando que los animales desean vernos a noso­tros los hombres. Ellos quieren ser nuestros amigos, dado que “instintivamente” saben acerca de la unidad universal, que es el gran Espíritu en todos los hombres, e igual­mente en todos los seres vivos y en todas las formas de vi­da de la naturaleza.

Hablando desde el origen primario del alma, puede de­cirse que no hay animales que por naturaleza sean peli­gro­sos. Con nuestro comportamiento contra la vida nosotros los hombres les hemos atemorizado hasta el punto de que algunos animales atacan y eventualmente dañan a los hom­bres. El animal no lo hace porque sea peligroso sino porque tiene miedo y porque de muchas maneras capta el miedo que le tenemos y nuestro comportamiento hacia él resul­tante del miedo. El susto, el miedo provocan fuertes emo­cio­nes: defenderse, o eventualmente también oponerse, por lo tanto incluso emociones agresivas. Esto irrita al animal, especialmente cuando nosotros los hombres tenemos el olor a cadáver, porque matamos o hacemos matar a sus con­gé­neres para comerlos.

 

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