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de Gabriele Nr. 4

Cómo Thyrinus y yo hicimos amistad



La cosecha de cereales estaba en su mayor parte con­clui­da. En los campos sólo se hallaban los frutos que se co­sechan en los días en que el verano traspasa el cetro al otoño. Esto vale también para las clases más tardías de manzana en las plantaciones de frutales que forman parte de la granja. La laboriosidad de muchos animales nos hacía reconocer que el año se estaba acercando ya a su fin. Con nuestra mirada observadora, que habíamos aguzado en las numerosas expediciones, en una de nuestras rutas vimos a lo lejos jabalíes que se dirigían hacia el bosque. Nos lo indicamos mutuamente y deliberamos sobre cómo queríamos comportarnos. Rápidamente nos pusimos de acuerdo. Nos situamos en la misma posición que en el in­vierno anterior. Mis dos acompañantes se quedaron en el jeep y yo me senté fuera en una silla plegable en el claro del bosque, cerca de la senda de los jabalíes. Pasaron días hasta que los jabalíes retomaron esa ruta. El clan familiar, el grupo que quería utilizar la senda era muy tímido. En cuanto nos avistaban volvían rápidamente al bosque. Estábamos muy sorprendidos por su actual as­pecto, pues los pequeños de la primavera ya no tenían rayas. Se habían desarrollado hasta convertirse en animales jó­ve­nes; se les podría calificar como “jovenzuelos envalento­na­dos”, pues como tales se comportaban también. Nosotros nos mantuvimos en nuestro acuerdo de aguan­tar, de no abandonar nuestra posición. Probablemente se avivó en ellos la imagen del invierno y de la primavera an­te­riores, pues de pronto pasaron por allí, cogieron los tro­zos de manzana que les habíamos dejado y continuaron su camino, sin apartar la vista de nosotros. Repentinamente un jabalí joven se separó del grupo, di­ri­giéndose sin timidez hacia mí, que estaba sentada en la silla plegable. Le hablé con palabras reposadas en la to­na­lidad correspondiente. Él se movió a mi alrededor, acercán­dose cada vez más y deteniéndose frente a mi espalda, como si quisiera probar mi reacción. Yo no me moví. Él me olfateó, poniendo al hacerlo su nariz, que con frecuencia bromeando califico de “enchufe”, sobre mi espalda. Yo me di ánimos di­cién­dome: ¡quédate quieta sentada, no te muevas! El joven jabalí me dio un pequeño empujón, se paseó a mi alrededor y se colocó ante mí consciente de su valía y obviamente sin ningún miedo. Me inspeccionó mientras sus astutos ojos chispeaban. Yo hablaba y hablaba y él me miraba. Con la misma cadencia monótona le hice una pre­gun­ta: “¿Cómo te llaman tus amigos y ayudantes invi­sibles?” Como ya he dicho, sólo se ve y se oye bien con el corazón. En mí percibí la palabra con la que se dirigían a él los amigos invisibles, “Thyrinus”, y la pronuncié en voz al­ta: Thyrinus. El joven jabalí comprendió esa palabra, que para los ani­males sólo es vibración. Hizo un movimiento singular con la cabeza y avanzó algunos pasos hacia mí. Yo tenía en una ma­no un trozo de manzana, así que abrí cuidadosamente mi mano izquierda y puse con mucha precaución el pedazo de manzana en el suelo. Inmediatamente retrocedió algunos pasos, me inspeccionó y observó tanteador su entorno, co­mo reflexionando, como sopesando. De nuevo se acercó a mí y tomó el pedazo de manzana con cuidado y maestría. ¡Ha­bíamos roto el hielo! Thyrinus y yo nos hicimos amigos. Mis acompañantes estaban observando la escena y di­jeron: “estábamos a punto de salir para intervenir, si él hu­biera atacado”. Pero los animales son más astutos que los hombres. Muchos animales sopesan antes de atacar. Thy­rinus sondeó primero todas las posibilidades y después actuó. Lenta y pausadamente se retiró de mí, volvió a unir­se a sus jóvenes con­gé­neres y en seguida desa­pareció con ellos sin hacer ruido. Nosotros tres éramos ca­da vez más valientes. En las siguientes expedi­cio­nes cambiamos nueva­men­te la imagen. Mis dos acom­­pañantes se pusie­ron al lado del jeep y yo me senté de nuevo en mi silla plegable en medio de la senda de los jabalíes. Ese día los jabalíes no se dejaron ver, pero a cambio apa­reció una ardilla que se posó en mi hombro derecho para observar la extraña figura muy de cerca, pues precisamente esta ardilla ya me había observado con frecuencia cuando yo depositaba nueces cerca de la rama desde donde ella miraba hacia abajo. En mi bolsillo tenía por si acaso, como siempre, al­gu­nos “manjares” como rodajas de man­zana, nueces y semillas de gi­rasol. La vivaracha ardilla se desliza­ba ágilmente de un hombro al otro y miraba hacia abajo a mis manos como si quisiera pregun­tar: “¿Tienes una nuez para mí?” Naturalmente tenía una. El pro­ble­ma era sólo que estaba dentro del bolsillo de mi chaqueta, y que cualquier movimiento podría asus­tar al animalito. Cuando con logrados movimientos volvió a pasar al otro hombro por mi es­pal­da –si bien sus afilados “de­dos” se podían sentir a través de la ropa–, saqué con cuidado una nuez del bolsillo y la hice rodar so­bre la palma de mi mano. Cuan­do el pequeño y vivaz animal vio la nuez, bajó hasta mi mano, cogió rápida y hábilmente el regalo y saltó del suelo al siguiente árbol, trepando por él para abrir la nuez obtenida. Muchas, muchas cosas habría que contar aún. Se nos otorgó una gran abundancia de experiencias, de las que só­lo quiero entresacar algunas para permitirles, queridos ami­gos, participar de ellas. Por ejemplo, diferentes especies de pájaros pasaron volando en clanes familiares, y la mayoría se posaron en los arbustos y árboles. Sin embargo algunos de ellos se po­saron en mi mano abierta para coger las pipas de girasol que había en ella. Esto es una imagen maravillosa, un estar en silencio, un aprender, un estar agradecido por aquello que podemos experimentar una y otra vez. En nuestras expediciones nos hemos encontrado y se­gui­mos encontrando diversas especies de animales como liebres, corzos, zorros, perdices y otros. Una y otra vez he­mos podido y podemos vivir con profunda alegría y agra­decimiento que en el tiempo transcurrido los animales cono­cen el jeep, el “cuadrúpedo”, y que igualmente van toman­do poco a poco más confianza con nosotros los bípedos. También en la senda de los jabalíes éramos esperados. El joven jabalí Thyrinus pasaba de vez en cuando por allí, me circundaba y me miraba profundamente a los ojos como si me quisiera decir: “nos conocemos de la eternidad”. Un día sin embargo me olfateó, retrocedió algunos pasos y tomando carrerilla me dio un empujón tan fuerte que me caí de mi silla plegable. Después se retiró al bosque. ¿Qué es lo que no le había parecido bien? ¿Qué era lo que no estaba en orden en mí, que molestó a su sentido del olfato? Los tres reflexionamos, y al hacerlo fue como si se nos quitara una venda de los ojos: yo había lavado mi ropa de jabalíes, y ésta ¡olía tan diferente! De esa situación y de otras pudimos deducir que aunque el mundo animal cier­tamente nos había aceptado, ni con mucho nos había aco­gido. De modo que hicimos como el año anterior: no lavá­ba­mos nuestra ropa para el bosque mientras lo soportá­ba­mos.

 

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