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de Gabriele Nr. 4

Del entendimiento a la comprensión
y al entender



A propósito del entendimiento: muchas personas están muy orgullosas de su pensamiento intelectual. Con el or­gullo estrecho de miras y arrogante de que el hombre posee un entendimiento y los animales por el contrario sólo un “ins­tinto”, el intelectual arrogante no toma ninguna clase de consideraciones respecto a todo lo que no puede captar in­telectualmente. Que el mero intelecto no construye puen­tes, sino que sólo tiene una pierna de apoyo, que además sólo se apoya sobre el lodo de la egolatría, es incuestionable cuando se observa la situación mundial actual y la ciencia, que tampoco sabe ya por dónde tirar. Hoy la ciencia sus­ten­ta una tesis y la ensalza como verdad; mañana tiene que revisar su “sagacidad” y urdir nuevas artimañas que pasa­do mañana vuelven a mostrarse sin valor.

 

El hombre intelectual se asigna desde su entendimiento ca­pacidades que con frecuencia conducen a unos recono­ci­mien­tos tan poco calificados, que él los rodea en parte con palabras como “opino”, “pienso”, “creo” o “confío”, es de­cir, que por precaución tiene que relativizarlos. Él hace alar­de de sus sabios conceptos, a partir de afirmaciones saca otras conclusiones, juzga a terceros y, a pesar de todo, desde su cárcel egoísta de intolerancia de creencias e ideas, con toda su conducta cree y manifiesta tener “un intelecto des­pierto y agudo”. En esta “consciencia encarcelada” él se sien­te, visto globalmente, por encima de toda vida, preci­samente porque cree que el intelecto es el alfa y el omega en su existencia. En realidad la forma de pensar intelectual no es otra cosa que una pasarela en la que los intelectuales se exponen. Al hacerlo siempre tienen que estar procurando no caer ni resbalar hasta la masa, que intelectualmente no es tan “brillante” como ellos mismos.

Rara vez alguien cree que el entendimiento, por sí mis­mo, sólo posee un horizonte limitado y una escasa capa­ci­dad perceptiva, pues el entendimiento es considerado en el hombre como un bien elevado que supuestamente le alza por encima de todas las demás formas de vida. Y sin embar­go el entendimiento podría serle útil a él mismo, a su tarea y a la gran totalidad, al bien común.

En la cabeza humana se ubica el cerebro. Lo que nosotros los hombres necesitamos es una cabeza con un cerebro que funcione bien, cuyas células graben los procesos de la vida, de forma que el hombre pueda existir en la Tierra y disponer sus días. Por eso necesitamos nuestro cerebro, para apren­der una profesión y para poder medir y sopesar en la vida dia­ria. Lo necesitamos para formar los programas básicos para el transcurso de nuestra existencia terrenal. Además necesitamos un entendimiento educado, para reunir hechos que luego analizamos con el Espíritu de la verdad, a fin de encontrar soluciones justas para nosotros mismos y para el mundo.

Si todos estos atributos positivos del entendimiento los ponemos entonces a disposición del poderoso Espíritu crea­dor, notaremos que nuestro entendimiento se convierte en comprensión, y que de la comprensión crece el entender las cosas de la vida: todo lo que está a nuestro alrededor y lo que no podemos ver ni oír. De modo que en la compren­sión está contenido el entender, también a nuestro prójimo.

 

Para poder entender a otros se necesita entrega: entrega a una cosa, a un asunto, a una tarea que exija el máximo de no­sotros, procurando con todas nuestras fuerzas, con nues­tro corazón y con nuestro entendimiento estar a la altura; pero también entrega a hombres a los cuales queremos ayu­dar en sus preocupaciones y necesidades, o para apoyarles en la profesión, o por ejemplo para como médicos poder ser una ayuda para el paciente, o para muchas otras cosas.

Entender significa sentir dentro de las situaciones o de las personas. En su más amplio sentido entender, equi­va­lente a sentir dentro de, significa también hacerse cons­cien­te de que todo lo que vive no es sólo la forma misma, el as­pec­to, lo físico como tal, sino que todo está en comu­ni­cación con la vida, que es Dios, pues Dios es la vida en to­do y en cada forma de vida. El hombre es portador de la vi­da, que es Dios.

Lo divino en el hombre no es el entendimiento. El enten­di­miento se basa en conocimientos aprendidos. El Espíritu en el hombre es ley primaria eterna, omnipresente, que es absoluta, es decir perfecta, y que no puede ser transfor­ma­da.

 

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