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de Gabriele Nr. 4

El animal: una criatura maravillosa
que proviene de la mano de Dios...
Aprender a comprender a los animales



Cada animal es en sí una criatura maravillosa prove­niente de la mano de Dios –dado por Dios para que nosotros los hombres volvamos a encontrar la unidad, que es la ley de la vida.

El comportamiento de los animales corresponde a aque­llo que los cazadores presentan como sus conocimientos especializados, o incluso a sus fanfarronadas de cazadores, sólo mientras los animales son cazados, acosados, cebados, matados a tiros, descuartizados de forma brutal como ani­ma­les de matanza y puestos ante usted, estimado consu­midor, como “forraje” bonitamente empaquetado.

 

Hay que aprender a comprender a los animales. Sólo en­tonces se llega a conocer uno a sí mismo como criatura de Dios. Cada especie animal tiene un estado de desarrollo que quiero denominar estado de consciencia.  Cada estado de desarrollo, equivalente a estado de consciencia, tiene el idioma de la naturaleza correspondiente.

Hay muchísimos grados de consciencia diversos de los animales. Por ejemplo los animales del aire tienen un estado de consciencia totalmente diferente del de los animales de las aguas. Los animales en las aguas tienen a su vez un es­tado de consciencia totalmente diferente del de los ani­males en los bosques, sobre los campos y en los campos, y del de los animales en el desierto o en la jungla. Y sin em­bar­go se comprenden entre sí, porque su sonidos y tonos son reflejos de imágenes que se forman en la consciencia de los otros animales. Éstos ven y huelen las imágenes den­tro de sí. La transmisión de contenidos de consciencia en imá­­genes es un proceso espiritual y por ello independiente de distancias espaciales.

El hombre sólo puede percibir el lenguaje de los animales con el corazón –no con el corazón físico, sino con el corazón del alma, con el origen de todo ser, con la fuerza creadora, que también denominamos el núcleo del ser–. El lenguaje del corazón del alma es el lenguaje de la unidad.

Los animales no son seres de la Caída como los hombres. Reaccionan según su estado de consciencia, a no ser que el hombre intervenga en su vida, lo cual ocurre con frecuencia. Por ello los animales no tienen con los hombres una relación precisamente armoniosa. Por ejemplo, los animales del bos­que emprenden la huida cuando ven personas. El miedo a los hombres les hace en parte agresivos. Los animales ven en el hombre al enemigo, al cazador, que no les pro­por­ciona otra cosa que la muerte.

 

Queridos amigos, en esta carta quiero referir experiencias propias que hacen latir mi corazón cada vez con más fuerza, pues las criaturas de la vida son seres maravillosos. Los ani­males tienen para consigo y sus congéneres una ética y moral especiales. ¡Todo hombre podría aprender de los ani­males, si quisiera!

Desde hace casi tres años voy al bosque varias veces a la semana; pero no para pasear únicamente, sino para expe­ri­mentar e investigar a los animales, que tienen su propio lenguaje. En este tiempo he vivido en los animales una gran­deza y una gracia internas, que de diversa manera faltan al hombre. Los animales tienen un carácter noble y fino, que se corresponde con su respectivo estado de consciencia. Hay que aprender a comprenderles y a conocerles; no se les pue­de coaccionar en modo alguno; hay que alcanzar confianza y, sobre todo, hay que dejarlos libres.

El hogar de los animales del bosque son los bosques y campos. Esto es lo primero que tiene que ser respetado y, lo segundo, su libertad, pues no sólo se sienten como criatu­ras libres: lo son también en todo su comportamiento. El hom­bre debería ser el amigo de los animales, el hermano y la hermana mayores. Sin embargo él, el hombre, se ha con­vertido en el enemigo de los animales. Los animales han per­dido la confianza en el hombre; están llenos de miedo cuando ven a un bípedo y emprenden la huida.

La amistad entre hombres y animales tiene que ser con­quistada con mucha perseverancia, con mucho amor y com­prensión, sí, con el corazón. ¿Cómo dice el “Principito”? “Só­lo se ve bien con el corazón”. En el bosque, con los animales, entre otras cosas he aprendido que sólo se oye y se siente bien con el corazón.

Cuando voy al bosque, es como si me encontrara a viejos amigos que conozco desde los orígenes de la Creación. El bos­que con sus árboles y arbustos, los campos con sus hier­bas, flores y con todo el mundo animal, se han convertido en mi hogar.

 

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