 |
|
 |

  El campo de energía de la indoctrinación, contrario a la ley divina, el “cristianismo de las Iglesias”. La “guerra justa” y el matar “legítimo”.

Ha llegado el tiempo de que muchos reconozcan lo que les ata para luego poner orden en su vida y liberarse verdaderamente.
Como seres puros tenemos la libertad absoluta porque hacemos la voluntad de Dios; es la libre voluntad en Su ley, que abarca todo lo bueno, bello y noble. La ley de la libertad está en nosotros y nosotros como seres en Dios somos por siempre libres. Sin embargo, si el hombre infringe la ley del amor a Dios y al prójimo, de la unidad y de la libertad que es su herencia divina, ley de la que por tanto él forma parte eternamente, él mismo carga con las consecuencias y se ata a sus causas, que se convierten en efectos conforme a leyes causales insobornables.
Lo que el hombre ha cambiado en el gran Orden, en la Creación de Dios –cuyas legitimidades también rigen en la manifestación terrenal, material– tiene además su repercusión en el otro mundo, donde el alma se encuentra después de la muerte del cuerpo. La ley de siembra y cosecha, que es indicación de la reencarnación, es la justicia de Dios y no menos Su gran amor, que da al hombre y al alma la oportunidad de perdonar y de reparar actos contrarios a la ley divina para liberarse de la carga y del peso que hemos impuesto a nuestra alma. Si nuestros aspectos pecaminosos están purificados, si nuestra culpa ha sido saldada, la consecuencia de ello es que el alma y el hombre tienen una vibración más elevada –pues todo es irradiación, es vibración– para que entonces, cuando haya llegado el tiempo de desencarnar, regresemos con ligereza y rapidez al reino de sustancia sutil, eterno, que es nuestro Hogar eterno.
La reencarnación, el volver a tomar un cuerpo, da pues al nuevo hombre la posibilidad de reparar, es decir, compensar errores que ha hecho en existencias anteriores.
La verdadera libertad es ilimitada, lo abarca todo y está presente en todo, en cada ser humano y en las leyes de la naturaleza. Sólo el hombre que vive en la ley de Dios es verdaderamente libre.
Algunos hipócritas cobardes son conscientes de que el Antiguo Testamento no sólo fue deformado por la casta sacerdotal, sino que le arrancaron sus raíces. A pesar de ello se apoyan en el Antiguo Testamento cuando ya no pueden refrenar sus agresiones. Quien se ve a sí mismo en peligro de no poder contener ya sus agresiones, se convierte en un predestinado portador de armas que con gusto apunta su escopeta a animales que el aparato de poder del mundo descalificó al convertirlos en una diana autorizada, con el “derecho” y la suerte de ser descuartizados y matados a tiros, sea en el bosque y en los campos o en los mataderos.
Los audaces acróbatas de las agresiones necesitan una justificación para matar a los animales. El apoyo viene de simpatizantes y de fariseos de la carne que aúllan con los lobos para el bien del paladar en contra de la Madre Tierra, a favor del poder y de quienes están poseídos por él.
El verdadero realista, el que piensa con claridad, ve que en gran parte el Antiguo Testamento es una obra de arte pagana, provista de agujeros para plantar en los que, en nombre de la teología, se plantaron argucias teológicas que se rodearon con las ramificaciones de la palabra “cristiano”. En el transcurso de dos mil años este plantío, equivalente a una enredadera, fue afianzado con su “diplomacia” para mantener entontecidos a los hipócritas y a los seguidores ciegos, lo cual también han logrado.
Con la hábil influencia sobre sus vasallos, la enredadera se convirtió en “planta parásita”* que se denomina católica o luterana. Dado que la masa de la humanidad ha permanecido ciega, las palabras del cantante Reinhard Mey siguen aún resonando en el tiempo y en el espacio: “...al obispo del brazo tomando, le decía el ministro susurrando: ¡mantenlos tú entontecidos, yo les mantengo empobrecidos!...” Puesto que los ciegos siguen a los ciegos, los poderosos eclesiásticos ciegos no se ven en el apuro de tener que dar aclaraciones, ya que el hechizo “misterios de Dios” hace callar pronto a un eventual prosélito crítico.
Las Iglesias institucionales, que dominan con su influencia la vida pública y al fin y al cabo todos los órganos estatales, se crearon un aparato de medios de comunicación pagano con el que hábilmente rigen y dirigen en todos los ámbitos de la vida –en la política, la economía, la ciencia, la cultura...–. Así se propaga la infiltración y se refortalece el campo de energía contrario a la ley divina, la indoctrinación, que puede denominarse “cristianismo de Iglesia”. Es un gran campo de fuerzas negativas, un volumen de contenidos de consciencia paganos a los que el recién nacido ya es incorporado con el bautismo. Al niño desde pequeño le es infundido sucesivamente aquello en lo que hace mucho tiempo se convirtieron los padres.
Si Dios es la unidad universal y el bautismo de los recién nacidos forma parte de la unidad universal, ¿por qué los animales no necesitan ningún bautismo? ¿Por qué los animales no construyen templos para adorar a Dios dentro de los mismos? La sencilla respuesta es: porque ellos viven en su Creador. Por ello son perseguidos por aquellos que desde la cuna hasta el sepulcro nadan en el baño de los recién nacidos paganamente contaminado, el agua bautismal.
El Eterno y Su hijo Jesús, el Cristo, son muy pacientes. Antes y después de Jesús, el Cristo, vinieron una y otra vez hombres y mujeres iluminados, amonestadores que exhortaron a este aparato de poder, la Iglesia, que en los últimos dos mil años ha actuado y actúa en nombre de Jesús, el Cristo, a cambiar, y que apelaron a que se orientase a la enseñanza de Jesús, el Cristo, y dejara de apartar del camino al pueblo.
Lo que los funcionarios eclesiásticos hicieron a los muchos hombres y mujeres iluminados, está en parte documentado por escrito. El aparato de poder eclesiástico no siguió ninguna indicación del Todopoderoso dada a través de hombres y mujeres iluminados y de profetas. Ha continuado actuando destructivamente hasta la actualidad. Su lema es: hay que eliminar todo lo que no marche en su línea, sea hombre, animal o la naturaleza.
Víctimas humanas y animales son bienvenidas para el adversario. Por eso en la enseñanza de la Iglesia la aprobada guerra defensiva es algo natural. Sí, incluso habla de una “guerra justa”. Eso significa que todos los hombres y animales que mueren en una guerra defensiva mueren con razón, porque esa guerra, según la opinión de la Iglesia, es justa.
Queridos amigos, para captar el sentido de esa afirmación hay que hacerse claramente presente que si la Iglesia –que presuntamente es la instancia ética y moral establecida por Dios– encuentra “justo” algo, esto quiere decir que es ¡justo ante Dios!
¡Una monstruosidad! Sin embargo hay muchos contemporáneos de corazón perezoso que, así como se han vuelto vagos para pensar, letárgicos y sin conciencia en el transcurso de la milenaria indoctrinación, se “tragan” tales afirmaciones de la Iglesia y están dispuestos a confirmar eso con una servil inclinación de cabeza.
“Justa” es en consecuencia también la destrucción de la naturaleza.
Jesús, el Cristo, no habló de una “guerra justa”. Él nos enseñó a amar a nuestros enemigos y a hacer el bien a los que nos odian. Él nos enseñó la gran construcción de puentes del amor a Dios y al prójimo y nunca habló de una guerra. Toda guerra –sea contra hombres, animales o la naturaleza– lleva el hedor de la muerte. En los Mandamientos está escrito: ¡No matarás! Este Mandamiento lo abarca todo. Está pronunciado desde la unidad, para la unidad en lo temporal. Tiene validez para hombres y animales, para toda la Madre Tierra.
El que respalda una “guerra justa”, como por ejemplo las autoridades eclesiásticas, debería ir por delante dando buen ejemplo –como los jefes del ejército que luchan en primera fila para enseñar a los soldados el matar “justo”–. ¿Cómo se comportaría un “jefe del ejército” católico si de repente el enemigo estuviera ante él y le quitase el arma a él, al jefe del ejército, apuntándola hacia él con la siguiente pregunta?: “¿He de matarte o asesinarte ahora con tu propia arma? ¿Qué prefieres? ¡Tu religión permite matar, así que te mataré!” ¿Cómo se comporta el jefe eclesiástico del ejército, que en su enseñanza está a favor del matar? ¿Dice heroicamente: “¡mátame; te lo permito!” o emprende la huida porque no quiere que se le mate ni que se le asesine?
siguiente capítulo / índice de capítulos
|
 |