¿Cómo denomina la Iglesia a esta guerra? ¿Eventualmente guerra defensiva? ¿O es una guerra en la que se espera un beneficio, pues el animal muerto, su cadáver, trae ganancias a los que lo venden?
Dios, el Creador de la vida, es la unidad y la medida en todas las cosas. En el mundo de la naturaleza y en el mundo animal la unidad, el equilibrio, son el orden de Dios que lo abarca todo. Este orden regula la fertilidad en el mundo animal y los frutos en el mundo vegetal. Los elementos y las estaciones del año podrían informar al hombre sobre el orden del Eterno.
Las cuatro fuerzas de los elementos actúan para la Madre Tierra. Puesto que Dios es la vida en todo, también está con la Madre Tierra y con todas las formas de vida. El poderoso Espíritu, a través de las fuerzas de los elementos –sol, luz y calor; agua y lluvia; la tierra con la vida del suelo; el aire y el viento– hace que en primavera todo comience a florecer, que en verano maduren los frutos y a finales del verano haya cosecha. En otoño se apacigua paulatinamente la vida de la naturaleza para en primavera –cuando esa parte de la Tierra se vuelve a orientar al elemento sol, es decir, fuego– volver a florecer. El invierno es el tiempo de descanso y a la vez la preparación para la nueva vida en primavera. Esto es una secuencia armoniosa del acontecer en la naturaleza, un circuito de la vida en el que están dispuestos a la vez el crecimiento y la evolución.
En este marco –primavera, verano, otoño e invierno– el gran Espíritu cuida también del mundo animal. A finales del verano vemos ya que el vestido de los animales se hace más fuerte, el vestido de pelo crece y se hace más denso. Dios, la vida eterna, equipa a los animales también por otro lado para la estación del año más fría. Muchos animales reúnen los frutos del verano para sobrevivir al invierno. Sienten que para ellos está comenzando el tiempo de descanso. En diversas especies de animales en otoño la vida se activa. El acto de procreación en otoño trae la vida en primavera, animales jóvenes, es decir, hijos animales. Si el hombre no cosecha hasta el último grano en los campos y deja a los animales el suficiente espacio vital, ellos tienen correspondientemente alimento durante todo el año. De ello se ocupa Dios.
En primavera vuelve a actuar el orden de Dios; por ejemplo, el denso vestido de pelo se desprende paulatinamente, formándose un vestido de verano. Pensemos en los animales del aire, en los animales en las aguas, sobre la tierra y dentro de la tierra, en los bosques: en todas partes está el orden de Dios, partiendo de la base de que el hombre no intervenga.
Con frecuencia se dice que “¡la naturaleza ya lo regula!” Esto es correcto. Las fuerzas de la vida en la naturaleza de nuestra Tierra están conectadas al gran pulsar cósmico del Ser, que todo lo mantiene, vivifica y hace crecer y madurar conjuntamente en armonía. Son las fuerzas del Espíritu creador eterno, que hacen surgir todas las formas de vida y cumplen la gran unidad con la vida que corresponde a Su Orden, a Su Voluntad, a Su Sabiduría y a Su armonía. ¿Hay acaso una única cosa que el Espíritu universal omnipotente y omnipresente, Dios, no consigue o que Le resulta imposible: la regulación de la población de animales?
No olvidemos que Dios dio la Madre Tierra no solamente a los hombres, sino también a los animales y a las plantas; todo lo que la Tierra sustenta ha de vivir conjuntamente en unidad y en paz. Ésta es la ley de Dios. Pero el hombre no sólo acosa a los animales y los mata: él se pone incluso por encima de Dios al creer que tiene que ocuparse de establecer el equilibrio en la naturaleza, es decir de regular las cantidades de animales.
Presuntuoso y arrogante es el hombre, que no teme intervenir en la finamente equilibrada Creación de Dios y que incluso no vacila en presumir de creador. Esto es un juego sacrílego con la energía de la vida, que únicamente proviene de Dios, una intromisión en Su orden armonioso, que el hombre jamás podría idear o crear.
El hombre, la fiera humana en la Tierra de Dios, es responsable de la intolerable situación en nuestro planeta, que actualmente está escalando y que lleva al punto de desequilibrio catastrófico global.
La causa de esta evolución desastrosa se halla en la forma de pensar de la Caída, en el “yo quiero; ¡para mí!”, en el egoísmo, en el hecho de que el hombre se haya separado de la unidad, en la brutalidad de la que surge el “contra el prójimo” y el “contra el prójimo de los reinos de la naturaleza”.
La ley de Dios es amor donante, la fuerza absolutamente constructiva. O sea que vivir es dar. Dar libera. Dar lleva a la riqueza interna, a la plenitud, pues el que da de corazón también recibirá.
Desgraciadamente el hombre –fiel a la forma de pensar de la Caída– está orientado al tomar. Tomar, el “querer-tener” del hombre únicamente para sí mismo, es destructivo y al final tiene como consecuencia el empobrecimiento.
La agricultura “moderna” apenas deja un grano sobrante para el mundo animal. Las máquinas de los agricultores se pueden comparar con máquinas barredoras. Cuando es el tiempo de la cosecha, aspiran cada espiga y cada grano del campo. El agricultor apenas otorga nada a los animales, antes al contrario; pues si los animales toman del campo lo que también les corresponde –pues Dios provee para todos y para todo–, se llama al matador de animales, el cazador, que los tiene que matar a tiros. El cazador cumple el deseo del agricultor, por un lado por los “daños” que –como cree el agricultor– ocasiona un animal en su campo, porque se toma lo que necesita para sobrevivir de alguna manera al invierno; y por otro lado, porque muchos cazadores encuentran gozo en el matar. Además un animal muerto a tiros es una ganancia tanto para el cazador como para el carnicero que se lo compra. El dinero de Judas fluye en las “monedas para cazar” que el cazador ha de pagar al arrendador del coto como arriendo para poder cazar, y el carnicero tiene su ganancia en el animal descuartizado, cuyo cuerpo trocea y cuya carne vende al consumidor, que consume con comodidad la carne frita, cocida y condimentada. Para un animal inocente al que se ahuyenta, acosa y asesina, y cuyo cuerpo es desgarrado, desechándose las partes no comestibles, cortándose y sazonándose para el consumidor las comestibles, que luego ingiere el caníbal de animales, es esto un camino de indecible sufrimiento.
El hombre roba diariamente a los animales hectáreas de espacio vital en cantidades inimaginables. Dios ha provisto para toda la Tierra. Él es la balanza en todo. Porque el hombre quite el espacio vital a los animales, Dios no reducirá el número de animales. Ellos forman parte de la armonía de la unidad, que siempre está en equilibrio. Si el hombre disminuye el espacio vital, el mismo número de animales tiene que vivir ahí por fuerza en mayor densidad. ¡Entonces a esto se le llama superpoblación! De modo que el hombre interviene y mata.
Hace poco se escuchó lo siguiente en la emisora alemana de radio B5 actual: ”Los defensores de la naturaleza hablan de la desaparición de extensiones por la concesión de zonas industriales, por proyectos de tráfico y por una construcción de viviendas cada vez mayor”. Y: ”cada minuto son urbanizados en Baviera 200 metros cuadrados de suelo”.
Los defensores de los animales demuestran aquí la sustracción de tierras, por la cual los animales son arrinconados en ghettos de la naturaleza. La justificación de los cazadores es entonces: “tenemos demasiados animales; hay que contrarrestar la superpoblación. En determinadas épocas hay que proteger la caza” –lo que no significa otra cosa que quitar la vida a una parte de los animales.
El hombre es el que engendra animales artificialmente en establos para que el consumidor –que también es el hombre– tenga carne, carne y carne. El hombre es el que tala bosques y, envenenando los campos, mata a los pequeños o diminutos seres vivos del suelo. El hombre es el causante de todo mal, bajo el cual él mismo perecerá en algún momento. El belicoso acompañante de la Caída, el hombre, es el que altera y destruye todo, el que ocasiona sufrimientos indecibles a sí mismo, pero también a la criatura inocente, los animales.
El hombre calumnia y discrimina a sus semejantes. El hombre miente. El hombre subyuga a sus semejantes y se aprovecha de ellos. El hombre maltrata y asesina a los animales. El hombre, el caníbal de animales, se come a sus hermanos menores, los animales. El hombre interviene en los bosques y campos, tala los árboles en plena pujanza y fumiga su veneno sobre los campos, sobre las cabezas de los pequeños o diminutos seres vivos del suelo. En la guerra arremete contra sus hermanos y hermanas, comete fratricidio y afirma ser el rey de la Creación.
Muchos de estos malhechores que creen ser los reyes de la Creación, se denominan a sí mismos cristianos. Los denominados cristianos son en su mayoría cristianos de Iglesia. Con ello forman parte del clan de la Caída, que tiene el empeño de destruir todo lo que el orden de Dios contiene. El ayudante ejecutor egoísta de los impulsores de la Caída, el hombre, interviene en todo para ocasionar perdición y ruina. Sus modelos a seguir son las Iglesias institucionales, que desde hace aproximadamente 2000 años cometen sus abusos y que una y otra vez están empeñadas en difundir mentiras, discriminando, eliminando y destruyendo todo lo que no forma parte de su esfera de intereses.
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