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de Gabriele Nr. 4

El orden armonioso del Eterno
en Su Creación –
en tanto en cuanto el hombre no interviene



Guerra contra los animales. ¿Esa guerra es una guerra de ataque o una guerra defensiva? ¿En qué categoría coloca la casta sacerdotal esa guerra? ¿O acaso es de la opinión de que a los animales, degradados por ella a criaturas sin alma, se les puede matar sin el menor reparo? También sirve al parecer de justificación para el asesinato de los animales el hecho de que éstos no llevan shorts –pantaloncitos–, pues en el catecismo evangélico (Catecismo Evangélico Para Adul­tos, 5ª. edición 1989) está escrito: ”En el animal se nos mues­tra precisamente lo profano, la desenvoltura libre de tabús res­pecto a la procreación, el nacimiento y la muerte, como lo más inhumano y más alejado de nuestra naturaleza. Con el sentimiento de vergüenza y con los ritos funerarios comienza la historia de los hom­bres. Ningún animal cubre sus genitales, ninguno venera ni entierra a sus muertos”.

A pesar de todo lo que la Iglesia achaca a los animales, éstos tienen una forma de vida más fina que más de un hom­bre. Sólo procrean dos o como mucho tres veces al año. Su vida sexual no contiene el instinto sexual que empuja a los hombres a extralimitaciones sexuales, que son excesos. Los animales tampoco forman parte del “género” de los pedófilos.

Hagámonos conscientes de que cada día los hombres qui­tan muchas tierras a los animales. Se les arrincona cada vez más, de forma que su espacio vital se vuelve cada vez más pequeño, su ghetto en la naturaleza es cada vez más li­mitado. Cada día el hombre lucha contra la Madre Tierra, que es el hogar de los animales y de las plantas, y no por úl­timo el hogar de los hombres.

¿Cómo se comporta el hombre en relación a la Madre Tie­rra? Él, el seguidor de la forma de pensar de la Caída, el compañero mortífero dentro de la Tierra, sobre ella  y por en­cima de ella, hace la guerra a las criaturas de Dios, que viven en unidad con la Madre Tierra. Con un ímpetu gue­rrero y egoísta, con el acoso de la caza y con armas empuja a los animales del bosque y de los campos fuera de sus es­pacios de vida hereditarios natales a un ghetto de la na­tu­raleza. Si tiene la opinión de que en ese ghetto de la natu­raleza viven demasiados animales, los mata a tiros para afron­tar la “superpoblación”.

El cazador se siente como el “Dios” del bosque. Él deter­mina el número de animales en el bosque y en el campo. Él, que hace estragos en el ghetto de los animales, fluyendo de su nariz el hedor de la muerte, se ha convertido en una pér­fida máquina de matar.

Los animales, que son mucho más inteligentes que más de un hombre, huelen esa respiración preñada de muerte y huyen. Del cañón de la escopeta sale la bala que convierte al animal en un cadáver del que el cazador come ciertos trozos, por lo cual es traspasado por el hedor de la muerte.

Guerra contra hombres, guerra contra el mundo animal, guerra contra el mundo vegetal, guerra contra toda la Ma­dre Tierra –ésta es la forma de pensar de la Caída, disolver todo lo que es vida que ha tomado forma–. Los hombres se defienden, los animales no se defienden; no tienen armas mortíferas, son siempre los vencidos. Con ello cuenta el cobarde cazador, que pérfidamente y a mansalva mata a tiros a las criaturas de Dios. Muchos animales ni siquiera atacan, emprenden la huida. Ni su miedo ni su necesidad se tienen en consi­dera­ción. Los cazadores los co­pan para ca­zarlos, y en el centro de la batida los ca­zan los héroes de la cace­ría. A continuación la Iglesia ce­le­bra una “misa de Hubertus” en honor de la cacería y ben­dice a estos hom­bres fie­les a la forma de pen­sar jerár­quica, cuya conscien­cia no es más gran­­de que el cañón de la escopeta con que oca­sio­nan atroces dolores, sufrimientos y la muerte a criaturas indefensas.

¿Cómo denomina la Iglesia a esta guerra? ¿Eventual­mente guerra defensiva? ¿O es una guerra en la que se espera un beneficio, pues el animal muerto, su cadáver, trae ganancias a los que lo venden?

Dios, el Creador de la vida, es la unidad y la medida en todas las cosas. En el mundo de la naturaleza y en el mundo animal la unidad, el equilibrio, son el orden de Dios que lo abarca todo. Este orden regula la fertilidad en el mundo ani­mal y los frutos en el mundo vegetal. Los elementos y las estaciones del año podrían informar al hombre sobre el orden del Eterno.

Las cuatro fuerzas de los elementos actúan para la Madre Tierra. Puesto que Dios es la vida en todo, también está con la Madre Tierra y con todas las formas de vida. El po­deroso Espíritu, a través de las fuerzas de los elementos –sol, luz y calor; agua y lluvia; la tierra con la vida del suelo; el aire y el viento– hace que en primavera todo comience a florecer, que en verano maduren los frutos y a finales del verano haya cosecha. En otoño se apacigua paulatinamente la vida de la naturaleza para en primavera –cuando esa parte de la Tierra se vuelve a orientar al elemento sol, es de­cir, fuego– volver a florecer. El invierno es el tiempo de des­canso y a la vez la preparación para la nueva vida en pri­mavera. Esto es una secuencia armoniosa del acontecer en la naturaleza, un circuito de la vida en el que están dis­puestos a la vez el crecimiento y la evolución.

 

En este marco –primavera, verano, otoño e invierno– el gran Espíritu cuida también del mundo animal. A finales del verano vemos ya que el vestido de los animales se hace más fuerte, el vestido de pelo crece y se hace más denso. Dios, la vida eterna, equipa a los animales también por otro lado para la estación del año más fría. Muchos animales reúnen los frutos del verano para sobrevivir al invierno. Sien­ten que para ellos está comenzando el tiempo de des­canso. En diversas especies de animales en otoño la vida se activa. El acto de procreación en otoño trae la vida en primavera, animales jóvenes, es decir, hijos animales. Si el hom­bre no cosecha hasta el último grano en los campos y deja a los animales el suficiente espacio vital, ellos tienen correspondientemente alimento durante todo el año. De ello se ocupa Dios.

En primavera vuelve a actuar el orden de Dios; por ejem­plo, el denso vestido de pelo se desprende paulatinamente, formándose un vestido de verano. Pensemos en los ani­males del aire, en los animales en las aguas, sobre la tierra y dentro de la tierra, en los bosques: en todas partes está el orden de Dios, partiendo de la base de que el hombre no intervenga.

 

Con frecuencia se dice que “¡la naturaleza ya lo regula!” Esto es correcto. Las fuerzas de la vida en la naturaleza de nuestra Tierra están conectadas al gran pulsar cósmico del Ser, que todo lo mantiene, vivifica y hace crecer y madurar con­juntamente en armonía. Son las fuerzas del Espíritu crea­dor eterno, que hacen surgir todas las formas de vida y cum­plen la gran unidad con la vida que corresponde a Su Orden, a Su Voluntad, a Su Sabiduría y a Su armonía. ¿Hay aca­so una única cosa que el Espíritu universal omnipotente y omnipresente, Dios, no consigue o que Le resulta impo­sible: la regulación de la población de animales?

No olvidemos que Dios dio la Madre Tierra no solamente a los hombres, sino también a los animales y a las plantas; todo lo que la Tierra sustenta ha de vivir conjuntamente en uni­dad y en paz. Ésta es la ley de Dios. Pero el hombre no sólo acosa a los animales y los mata: él se pone incluso por encima de Dios al creer que tiene que ocuparse de establecer el equilibrio en la naturaleza, es decir de regular las canti­da­des de animales.

Presuntuoso y arrogante es el hombre, que no teme inter­venir en la finamente equilibrada Creación de Dios y que in­cluso no vacila en presumir de creador. Esto es un juego sacrílego con la energía de la vida, que únicamente proviene de Dios, una intromisión en Su orden armonioso, que el hombre jamás podría idear o crear.

El hombre, la fiera humana en la Tierra de Dios, es responsable de la intolerable situación en nuestro planeta, que actualmente está escalando y que lleva al punto de desequilibrio catastrófico global.

La causa de esta evolución desastrosa se halla en la forma de pensar de la Caída, en el “yo quiero; ¡para mí!”, en el egoísmo, en el hecho de que el hombre se haya separado de la unidad, en la brutalidad de la que surge el “contra el prójimo” y el “contra el prójimo de los reinos de la naturaleza”.

La ley de Dios es amor donante, la fuerza absolutamente constructiva. O sea que vivir es dar. Dar libera. Dar lleva a la riqueza interna, a la plenitud, pues el que da de corazón también recibirá.

Desgraciadamente el hombre –fiel a la forma de pensar de la Caída– está orientado al tomar. Tomar, el “querer-tener” del hombre únicamente para sí mismo, es destructivo y al final tiene como consecuencia el empobrecimiento.

La agricultura “moderna” apenas deja un grano sobrante para el mundo animal. Las máquinas de los agricultores se pueden comparar con máquinas barredoras. Cuando es el tiempo de la cosecha, aspiran cada espiga y cada grano del campo. El agricultor apenas otorga nada a los animales, an­tes al contrario; pues si los animales toman del campo lo que también les corresponde –pues Dios provee para todos y para todo–, se llama al matador de animales, el cazador, que los tiene que matar a tiros. El cazador cumple el deseo del agricultor, por un lado por los “daños” que –como cree el agricultor– ocasiona un animal en su campo, porque se to­ma lo que necesita para sobrevivir de alguna manera al invierno; y por otro lado, porque muchos cazadores en­cuen­­tran gozo en el matar. Además un animal muerto a ti­ros es una ganancia tanto para el cazador como para el carnicero que se lo compra. El dinero de Judas fluye en las “monedas para cazar” que el cazador ha de pagar al arrendador del coto como arriendo para poder cazar, y el carnicero tiene su ganancia en el animal descuartizado, cuyo cuerpo trocea y cuya carne vende al consumidor, que con­su­me con comodidad la carne frita, cocida y condimentada. Para un animal inocente al que se ahuyenta, acosa y asesina, y cuyo cuerpo es desgarrado, desechándose las partes no comestibles, cortándose y sazonándose para el consumidor las comestibles, que luego ingiere el caníbal de animales, es esto un camino de indecible sufrimiento.

El hombre roba diariamente a los animales hectáreas de espacio vital en cantidades inimaginables. Dios ha provisto para toda la Tierra. Él es la balanza en todo. Porque el hom­bre quite el espacio vital a los animales, Dios no reducirá el nú­mero de animales. Ellos forman parte de la armonía de la unidad, que siempre está en equilibrio. Si el hombre dis­mi­nuye el espacio vital, el mismo número de animales tiene que vivir ahí por fuerza en mayor densidad. ¡Entonces a es­to se le llama superpoblación! De modo que el hombre in­terviene y mata.

Hace poco se escuchó lo siguiente en la emisora alemana de radio B5 actual: ”Los defensores de la naturaleza hablan de la desaparición de extensiones por la concesión de zonas industriales, por proyectos de tráfico y por una construcción de viviendas cada vez mayor”. Y: ”cada minuto son urbanizados en Baviera 200 me­tros cuadrados de suelo”.

Los defensores de los animales demuestran aquí la sus­trac­ción de tierras, por la cual los animales son arrinconados en ghettos de la naturaleza. La justificación de los cazadores es entonces: “tenemos demasiados animales; hay que con­tra­rrestar la superpoblación. En determinadas épocas hay que proteger la caza” –lo que no significa otra cosa que qui­tar la vida a una parte de los animales.

El hombre es el que engendra animales artificialmente en establos para que el consumidor –que también es el hombre– tenga carne, carne y carne. El hombre es el que tala bosques y, envenenando los campos, mata a los pequeños o diminutos seres vivos del suelo. El hombre es el causante de todo mal, bajo el cual él mismo perecerá en algún momento. El belicoso acompañante de la Caída, el hombre, es el que altera y destruye todo, el que ocasiona sufrimientos indecibles a sí mismo, pero también a la criatura inocente, los animales.

El hombre calumnia y discrimina a sus semejantes. El hombre miente. El hombre subyuga a sus semejantes y se apro­vecha de ellos. El hombre maltrata y asesina a los ani­males. El hombre, el caníbal de animales, se come a sus her­­manos menores, los animales. El hombre interviene en los bosques y campos, tala los árboles en plena pujanza y fu­miga su veneno sobre los campos, sobre las cabezas de los pequeños o diminutos seres vivos del suelo. En la guerra arremete contra sus hermanos y hermanas, comete fra­tri­ci­dio y afirma ser el rey de la Creación.

Muchos de estos malhechores que creen ser los reyes de la Creación, se denominan a sí mismos cristianos. Los denominados cristianos son en su mayoría cristianos de Iglesia. Con ello forman parte del clan de la Caída, que tiene el empeño de destruir todo lo que el orden de Dios contiene. El ayudante ejecutor egoísta de los impulsores de la Caída, el hombre, interviene en todo para ocasionar perdición y ruina. Sus modelos a seguir son las Iglesias institucionales, que desde hace aproximadamente 2000 años co­me­ten sus abusos y que una y otra vez están empeñadas en difundir mentiras, discriminando, eliminando y destruyendo todo lo que no forma parte de su esfera de inte­re­ses.

 

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