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de Gabriele Nr. 4

El primer encuentro directo con los
“peligrosos jabalíes”.
“Los animales no tienen un hogar caliente”



En ese día de otoño iba conduciendo el “cuadrúpedo”, el jeep. Ya que no existen las casualidades, di repentina­men­­te con una senda recorrida por jabalíes, fácil de reco­no­cer porque los animales de cierto peso dejan huellas co­rres­­pondientemente claras en sus caminos. Me detuve; mi deseo era quedarme en las cercanías del sendero seguido por los jabalíes, aunque tuviera que pasar toda la noche, para ver a los “peligrosos” animales, los jabalíes; para vivir­los alguna vez, en tanto el Espíritu creador así lo quisiera.

Más o menos durante dos horas permanecimos en nues­tro “cuadrúpedo”. Muy paulatinamente se iba extendiendo el ocaso por los campos, por los prados y a través de los bos­­ques. De pronto algo se deslizó rápidamente por entre los desnudos matorrales. Nos quedamos como hechizados, sin atrevernos a movernos. Era como si los tres contu­viéra­mos la respiración obedeciendo a una orden.

De la maleza salió, según nos parecía, una gran familia de jabalíes, que los cazadores denominan en su jerga des­pre­ciativa “grupo de cerdas”. Cuando descubrieron nuestro “cuadrúpedo”, partiendo de uno de los miembros de la fa­milia resonó una llamada de advertencia, que desde hace algún tiempo califico de “¡wuff!”, a la que siguió un breve rui­do y, de repente, hubo absoluto silencio.

 

Ya hemos visto que todos los animales se comunican a tra­vés del lenguaje de sonidos, de olores y de imágenes. La imagen que los jabalíes tenían de su senda, no era hoy la misma que anteriormente.

Tranquilos y a la vez expectantes permanecimos senta­dos en nuestro “cuadrúpedo”. Sabíamos que si los animales per­cibían un sólo movimiento nuestro, eso les ahuyentaría inmediatamente. Con un ojo uno de nosotros miró a través de la ventana del coche en la dirección de la que habían ve­­nido el ruido y la señal “¡wuff!” Los otros nos mantu­vi­mos –tanto cuanto nos era posible– alejados de las venta­ni­llas del coche. Nos apretujamos contra los asientos del co­che. Pronto nos enfriamos y la postura plegada nos pro­ducía dificultades, pero estábamos de acuerdo en que “quien quiere experimentar en el bosque y en el campo el gran acontecer de la Creación, tiene que tener paciencia”.

 

Nuestra paciencia fue recompensada. Otra vez algo se des­lizó con rapidez en la maleza. Nuestro rastreador “de un sólo ojo” susurró: “¡cuidado!, sigamos silenciosos, ¡no nos movamos!”

Algunos jabalíes salieron de la maleza y se quedaron por un momento como petrificados; no podían situar la ima­gen cambiada. Otra vez llegó el “wuff”, la llamada de ad­vertencia, y todos desaparecieron. Ahora la oscuridad del bosque les ofrecía protección. Nosotros estábamos con nues­tro “cuadrúpedo” enfrente de la maleza, en la parte del bos­que que había frente a ella. Por medio había un pe­queño pra­do, por el cual discurría la senda de los peludos ca­maradas. Sobre ese prado recayó entonces la luz de la lu­na, de forma que aún se vería con claridad, caso de que los ja­ba­líes pasaran por su senda.

De repente volvieron a surgir ruidos. De las matas sa­lie­ron cuatro atrevidos jovenzuelos jabalíes envalentonados, que eriza­ron el “cepillo” cervical, el pelaje cervical. Por nuestra ex­pe­riencia actual con jabalíes sabemos que se trataba de ani­males de un año de edad. Algo indecisos, pero trotando rá­­­pido corrieron de una linde del bosque a la otra. Evidente­men­te los cuatro valientes de la avanzadilla eran observa­dos por los demás miembros de la familia, pues en inter­va­los cada vez más breves les siguieron otros. Sin embargo, también estos erizaron el pelaje cervical, y corrieron rápida­mente por su senda, atravesando el prado hasta llegar a la otra parte del bosque. Se veía que se encontraban bajo una ten­sión muy grande. Pero se habían atrevido. Inmedia­ta­mente desaparecieron en el bosque.

Nuestro “cuadrúpedo”, el jeep, lo habíamos aparcado de forma que no tuvimos que ponerlo en marcha al irnos. Casi sin hacer ruido nuestro automóvil rodó un largo trecho, desde nuestro puesto de observación, por el terreno de li­gera pendiente, siguiendo el camino que llevaba a casa.

Éste fue pues nuestro primer encuentro directo con los “peligrosos” jabalíes.

Ya en casa los tres nos alegramos por nuestra perseve­ran­cia, que en adelante queríamos seguir poniendo a prue­ba. Con mi afán de aprender e investigar, que no me dejaba tranquila, había contagiado a mis dos acompañantes.

Desde que vi a los animales literalmente con el miedo en la cerviz, me distancié definitivamente de la idea de que los jabalíes son peligrosos. Hace años el gran Espíritu del infinito manifestó que los animales en principio no se­rían ningún peligro para los hombres en tanto éstos les tra­ta­ran como corresponde a cada especie respectiva, sin perse­guir­les ni matarlos.

 

Hagámonos conscientes de que los animales, de forma pa­recida a los hombres, sienten alegría, sufrimiento y dolor. El hombre ha ocasionado a los animales y hasta hoy les si­gue ocasionando un sufrimiento indecible: los azota, los tortura y los maltrata; los persigue y los mata. Los cría en ghe­ttos como animales de matanza y en laboratorios cientí­fi­cos como objetos de experimentación. Y más de un hombre en su sensiblería egoísta degrada a las criaturas nobles, li­bres e independientes convirtiéndolas en “animales de peluche” sin voluntad ni dignidad.

Resumiendo: el hombre dominador pone a los animales el sello de los privados de derechos. El sufrimiento, la hu­mi­llación, la esclavitud, los dolores y la tortura de las cria­tu­ras atormentadas y maltratadas claman al cielo.

Desde hace algún tiempo incluso científicos de este mun­do han descubierto que los animales en cierta manera están unidos entre ellos colectivamente. Las experiencias que hace un individuo se transmiten a la consciencia de sus congé­ne­res y precisamente con independencia de la distancia que les separa. ¡A quién puede extrañar entonces que en general los animales estén profundamente atemorizados! A causa de sus programas de miedo a los hombres, muchos anima­les atacan, como ya se ha dicho, especialmente cuando su ser sensible siente las agresiones que surgen del hombre, o cuando el aliento de éste huele a cadáver, es decir, a carne, a asesinato de hermano animal. El hombre brutal es al fin y al cabo el peligro para el mundo animal, que por miedo y pánico huye, grita o ataca.

He dicho que “los animales quieren ser amigos nuestros. Nosotros los hombres tenemos que mostrarles con mucha paciencia y mucho amor que también somos sus amigos. Hay que ganar su confianza”.

Estábamos de acuerdo en ir tan a menudo como fuera posible al lugar donde habíamos encontrado a los jabalíes, y así lo hicimos. Y siempre que nos situamos en nuestro lu­gar acostumbrado vivimos cosas diferentes y nuevas, pu­di­mos aprender.

Los jabalíes que utilizaban su senda con regularidad, al principio permanecieron muy retraídos. Muy pronto com­prendimos que el sendero era frecuentado por jabalíes de todas las edades y pudimos observar cómo paulatinamente integraban a nuestro jeep, el “cuadrúpedo”, en su imagen.

Una vez al atardecer no sólo salieron del sotobosque los hermanos animales peludos, sino que de la maleza salieron de repente tres corzos. Primero se asustaron, pero luego em­pezaron a pacer con precaución en el claro del bosque, mirando alerta una y otra vez hacia el jeep. Nosotros nos man­tuvimos tanto como nos era posible en segundo plano, es decir, sin pegar nuestros rostros a las ventanillas del coche para observar con curiosidad a los animales de los bos­ques y de los campos.

El entusiasmo por la belleza de la naturaleza y del mundo animal creció, a pesar de que cuando hacía mucho frío nos helábamos bastante. Pero precisamente esto nos lle­vó a pensar: “¡muchos animales también pasan frío, no tie­nen un hogar caliente!” Y esa era la frase que me daba que pen­sar: ningún hogar caliente...

Otro frío día llovió a cántaros; un tiempo como para sen­tir­se especialmente incómodo. De las desnudas ramas y ra­millas de los árboles y arbustos, goteaba la lluvia sobre la tierra.

Para nosotros hombres del Sermón de la Montaña no hay casualidades. En último término, todo lo que vivimos nos quiere decir algo. En ese día de invierno gris y lluvioso, estábamos de nuevo con el jeep en nuestro lugar de cos­tum­­bre. Otra vez salieron corzos de la maleza humedecida e inhóspita. Estaban, como a veces decimos con tanto des­cuido, “calados hasta los huesos”. A mí me dolió en el alma. Ade­­más tuvieron que recoger de todas partes las pocas hier­becitas que todavía quedaban en el claro del bosque, y natu­ral­mente éstas estaban, como todo cuando llueve, moja­das. Los corzos atravesaron pastando el claro del bosque y desa­parecieron en la húmeda maleza del lado opuesto.

 

Ahí estábamos sentados en nuestro jeep y tiritábamos de frío. En ese jeep incómodo, frío y estrecho nos acordamos de la casa calentita. De pasada surgió la pregunta de si en ese día aún llegaríamos a ver algo más. Apenas acababa de expresarse este pensamiento, cuando nos dimos cuenta de que ya estábamos empezando a buscar justificaciones y pre­textos. Sí, nos habíamos pescado haciéndolo: estábamos a punto de traicionar las normas de conducta positivas que nos habíamos dado. Como obedeciendo a una orden nos re­­cor­­damos: ¡ninguna expectativa! ¡No querer nada, simple­men­te estar aquí!

Más de dos horas estuvimos en nuestro “cuadrúpedo”. De repente uno de nosotros dijo: “mirad con cuidado hacia la derecha en los matorrales”. Cuidadosamente, sin mover­nos mucho dirigimos nuestras miradas en la dirección in­dicada: sobre la tierra mojada y fría había jabalíes acurru­cados. Era invierno y la maleza no tenía hojas, de forma que las gotas caían sobre los cuerpos acurrucados y despro­te­gi­dos: chopf, chopf, chopf...

En silencio comencé a rezar: “Gran Espíritu de la natura­leza, ¿cómo se  puede ayudar a los privados de derechos, los animales, menospreciados por los hombres y expulsados a tiros de los campos, donde también madura para ellos el ali­mento que necesitan para prepararse para el invierno? Su tupido pelaje sólo crece si en verano pueden tomar sufi­cien­tes sustancias nutritivas y si obtienen todo lo que ne­ce­sitan de reservas para poder sobrevivir en los días fríos”.

Rezar siempre ayuda. La respuesta del gran Espíritu no se hace esperar.

En relación a la frase que me daba que pensar: “no tienen ningún hogar caliente”, el Eterno me mostró reflejos del ve­rano, de cuando todavía era una niña y veía cómo se co­sechaba el cereal. En la imagen veía los haces que estaban apilados en forma de pequeñas tiendas de campaña, para que se secaran. Sobre la imagen de los haces amontonados se superpuso otra imagen, de un iglú. Ese iglú no estaba cons­truido con bloques de hielo ni tampoco con paja o tela de tienda de campaña; estaba erigido con muchas ramas y ramillas, tal como se encuentran por todas partes en el bos­que. Apenas acababa de asimilar esa imagen, surgió la si­guiente, que me mostró que cuando en los inviernos hiela mu­cho los hombres han de proporcionar a los animales el correspondiente alimento. Estas dos imágenes permane­cie­ron en mí, estaban vivas en mí.

 

Cuando estuvimos en casa comencé a telefonear para ga­nar hermanos y hermanas, profesionales en la obra del Eterno, para lo que pen­saba hacer. Les conté acer­ca de mis im­pre­sio­nes en el bosque y de lo que se me había dado en la oración y mostrado en imágenes.

Para mí fue una gran alegría ver que todos los hermanos y hermanas a los que me dirigí se entusiasmaron inmedia­ta­mente por esa acción de ayuda. En seguida se juntaron mu­chos Ami­gos de Cristo, recogieron ramas grandes y pe­queñas en e l bos­que y bajo la dirección de un profesional cons­truyeron esos “iglús” en todas partes donde era posible. Carpinteros co­la­bo­raron construyendo comederos para cor­zos. Así que en pocos días, en los bosques que forman parte del pequeño reino para la naturaleza y los animales, había tam­bién come­deros para corzos con el correspondiente ali­mento. A la vez se pusieron piedras cóncavas como bebe­de­­ros de agua.

Nos informamos en las au­toridades competentes de todo lo que está permitido dar a los animales en esa épo­­ca del año, en invierno, de for­ma que les venga bien a los jabalíes, liebres, zorros, pájaros y a otros animales pe­queños o di­mi­nutos. Siem­pre nos hemos atenido a las normas, y se­guimos ateniéndonos. Por parte de los ha­bi­tantes del bos­que hay mucha demanda de nuestras man­zanas; pero si hubiéra­mos venido sin el “cua­­drú­pedo”, aún nos habrían evi­ta­do por largo tiem­po incluso con las man­zanas.

Todavía en el “cua­drú­pe­do” continuamos nuestras ex­pe­diciones al bosque y a los campos. La perseverancia ha valido la pena. Los ani­males acogieron cada vez un poco más al “cuadrúpedo” en su imagen y en consecuencia mos­traron cada vez más va­­lentía. Los corzos se acercaban más, las liebres saltaban sin temor junto al jeep; los pá­jaros se posaban en el techo, gorjeaban y can­ta­ban con brío y a los ja­ba­líes ya no se les eriza­ba el pelaje cervical cuan­do pa­sa­ban por su sen­da. Tam­­bién la llamada de adver­tencia “¡wuff!” que durante mucho tiempo había resonado una y otra vez, se oía con po­ca frecuencia, a no ser que se acercara un jabalí adulto de gran tamaño que con su llamada de avi­so hacía du­dar a la familia de jabalíes.

También nosotros con nuestro “cuadrúpedo” nos atre­vi­­mos más y depositamos en el suelo algunas manzanas que habíamos recibido como donativo de las empresas y de la granja de manzanos. Las manzanas depositadas dis­tor­sionaban ya la imagen de los animales. Esa vez los ja­ba­líes no siguieron su camino como si no pasara nada. Las man­­zanas les desconcertaron.

El miedo a lo que hasta ahora no había estado en la imagen les hizo volverse inme­dia­ta­men­­te más precavidos. Acogieron el viento para olfatear qué era de nuevo eso que se encontraba en las cercanías de su camino habitual. Pero esta vez no pasó mucho tiempo hasta que los as­tutos ja­ba­líes se dieron cuen­ta de que lo que ha­bía allí era algo para co­mer. Al prin­cipio una man­­­za­na era al­go desaco­s­tum­­bra­do. Co­mían un tro­cito y el res­­to lo dejaban tira­do. Pero pron­­to no só­lo les gustó a ellos; tam­bién el zorro astuto acudió para obse­quiar­se con ello.

En las cercanías del claro del bosque en el que una y otra vez se presentaban los corzos, se colocó un pesebre de forraje. También es­tos ha­bitantes del bos­que se acercaron muy precavi­da y cuidadosa­mente a la imagen desa­cos­tum­brada del come­dero pa­ra corzos y co­men­­zaron a comer su fo­rraje muy lenta y pru­den­temente.

¡Nosotros tres en el “cuadrúpedo” desbordábamos de felicidad! Nos sentíamos incluidos en la imagen de la na­tu­raleza. Los animales habían mostrado valentía, habían acep­tado al “cuadrúpedo”.

 

 

 

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