 |
|
 |

  El primer encuentro directo con los “peligrosos jabalíes”. “Los animales no tienen un hogar caliente”

En ese día de otoño iba conduciendo el “cuadrúpedo”, el jeep. Ya que no existen las casualidades, di repentinamente con una senda recorrida por jabalíes, fácil de reconocer porque los animales de cierto peso dejan huellas correspondientemente claras en sus caminos. Me detuve; mi deseo era quedarme en las cercanías del sendero seguido por los jabalíes, aunque tuviera que pasar toda la noche, para ver a los “peligrosos” animales, los jabalíes; para vivirlos alguna vez, en tanto el Espíritu creador así lo quisiera.
Más o menos durante dos horas permanecimos en nuestro “cuadrúpedo”. Muy paulatinamente se iba extendiendo el ocaso por los campos, por los prados y a través de los bosques. De pronto algo se deslizó rápidamente por entre los desnudos matorrales. Nos quedamos como hechizados, sin atrevernos a movernos. Era como si los tres contuviéramos la respiración obedeciendo a una orden.
De la maleza salió, según nos parecía, una gran familia de jabalíes, que los cazadores denominan en su jerga despreciativa “grupo de cerdas”. Cuando descubrieron nuestro “cuadrúpedo”, partiendo de uno de los miembros de la familia resonó una llamada de advertencia, que desde hace algún tiempo califico de “¡wuff!”, a la que siguió un breve ruido y, de repente, hubo absoluto silencio.

Ya hemos visto que todos los animales se comunican a través del lenguaje de sonidos, de olores y de imágenes. La imagen que los jabalíes tenían de su senda, no era hoy la misma que anteriormente.
Tranquilos y a la vez expectantes permanecimos sentados en nuestro “cuadrúpedo”. Sabíamos que si los animales percibían un sólo movimiento nuestro, eso les ahuyentaría inmediatamente. Con un ojo uno de nosotros miró a través de la ventana del coche en la dirección de la que habían venido el ruido y la señal “¡wuff!” Los otros nos mantuvimos –tanto cuanto nos era posible– alejados de las ventanillas del coche. Nos apretujamos contra los asientos del coche. Pronto nos enfriamos y la postura plegada nos producía dificultades, pero estábamos de acuerdo en que “quien quiere experimentar en el bosque y en el campo el gran acontecer de la Creación, tiene que tener paciencia”.
Nuestra paciencia fue recompensada. Otra vez algo se deslizó con rapidez en la maleza. Nuestro rastreador “de un sólo ojo” susurró: “¡cuidado!, sigamos silenciosos, ¡no nos movamos!”
Algunos jabalíes salieron de la maleza y se quedaron por un momento como petrificados; no podían situar la imagen cambiada. Otra vez llegó el “wuff”, la llamada de advertencia, y todos desaparecieron. Ahora la oscuridad del bosque les ofrecía protección. Nosotros estábamos con nuestro “cuadrúpedo” enfrente de la maleza, en la parte del bosque que había frente a ella. Por medio había un pequeño prado, por el cual discurría la senda de los peludos camaradas. Sobre ese prado recayó entonces la luz de la luna, de forma que aún se vería con claridad, caso de que los jabalíes pasaran por su senda.
De repente volvieron a surgir ruidos. De las matas salieron cuatro atrevidos jovenzuelos jabalíes envalentonados, que erizaron el “cepillo” cervical, el pelaje cervical. Por nuestra experiencia actual con jabalíes sabemos que se trataba de animales de un año de edad. Algo indecisos, pero trotando rápido corrieron de una linde del bosque a la otra. Evidentemente los cuatro valientes de la avanzadilla eran observados por los demás miembros de la familia, pues en intervalos cada vez más breves les siguieron otros. Sin embargo, también estos erizaron el pelaje cervical, y corrieron rápidamente por su senda, atravesando el prado hasta llegar a la otra parte del bosque. Se veía que se encontraban bajo una tensión muy grande. Pero se habían atrevido. Inmediatamente desaparecieron en el bosque.
Nuestro “cuadrúpedo”, el jeep, lo habíamos aparcado de forma que no tuvimos que ponerlo en marcha al irnos. Casi sin hacer ruido nuestro automóvil rodó un largo trecho, desde nuestro puesto de observación, por el terreno de ligera pendiente, siguiendo el camino que llevaba a casa.
Éste fue pues nuestro primer encuentro directo con los “peligrosos” jabalíes.

Ya en casa los tres nos alegramos por nuestra perseverancia, que en adelante queríamos seguir poniendo a prueba. Con mi afán de aprender e investigar, que no me dejaba tranquila, había contagiado a mis dos acompañantes.
Desde que vi a los animales literalmente con el miedo en la cerviz, me distancié definitivamente de la idea de que los jabalíes son peligrosos. Hace años el gran Espíritu del infinito manifestó que los animales en principio no serían ningún peligro para los hombres en tanto éstos les trataran como corresponde a cada especie respectiva, sin perseguirles ni matarlos.
Hagámonos conscientes de que los animales, de forma parecida a los hombres, sienten alegría, sufrimiento y dolor. El hombre ha ocasionado a los animales y hasta hoy les sigue ocasionando un sufrimiento indecible: los azota, los tortura y los maltrata; los persigue y los mata. Los cría en ghettos como animales de matanza y en laboratorios científicos como objetos de experimentación. Y más de un hombre en su sensiblería egoísta degrada a las criaturas nobles, libres e independientes convirtiéndolas en “animales de peluche” sin voluntad ni dignidad.
Resumiendo: el hombre dominador pone a los animales el sello de los privados de derechos. El sufrimiento, la humillación, la esclavitud, los dolores y la tortura de las criaturas atormentadas y maltratadas claman al cielo.
Desde hace algún tiempo incluso científicos de este mundo han descubierto que los animales en cierta manera están unidos entre ellos colectivamente. Las experiencias que hace un individuo se transmiten a la consciencia de sus congéneres y precisamente con independencia de la distancia que les separa. ¡A quién puede extrañar entonces que en general los animales estén profundamente atemorizados! A causa de sus programas de miedo a los hombres, muchos animales atacan, como ya se ha dicho, especialmente cuando su ser sensible siente las agresiones que surgen del hombre, o cuando el aliento de éste huele a cadáver, es decir, a carne, a asesinato de hermano animal. El hombre brutal es al fin y al cabo el peligro para el mundo animal, que por miedo y pánico huye, grita o ataca.
He dicho que “los animales quieren ser amigos nuestros. Nosotros los hombres tenemos que mostrarles con mucha paciencia y mucho amor que también somos sus amigos. Hay que ganar su confianza”.
Estábamos de acuerdo en ir tan a menudo como fuera posible al lugar donde habíamos encontrado a los jabalíes, y así lo hicimos. Y siempre que nos situamos en nuestro lugar acostumbrado vivimos cosas diferentes y nuevas, pudimos aprender.
Los jabalíes que utilizaban su senda con regularidad, al principio permanecieron muy retraídos. Muy pronto comprendimos que el sendero era frecuentado por jabalíes de todas las edades y pudimos observar cómo paulatinamente integraban a nuestro jeep, el “cuadrúpedo”, en su imagen.
Una vez al atardecer no sólo salieron del sotobosque los hermanos animales peludos, sino que de la maleza salieron de repente tres corzos. Primero se asustaron, pero luego empezaron a pacer con precaución en el claro del bosque, mirando alerta una y otra vez hacia el jeep. Nosotros nos mantuvimos tanto como nos era posible en segundo plano, es decir, sin pegar nuestros rostros a las ventanillas del coche para observar con curiosidad a los animales de los bosques y de los campos.

El entusiasmo por la belleza de la naturaleza y del mundo animal creció, a pesar de que cuando hacía mucho frío nos helábamos bastante. Pero precisamente esto nos llevó a pensar: “¡muchos animales también pasan frío, no tienen un hogar caliente!” Y esa era la frase que me daba que pensar: ningún hogar caliente...
Otro frío día llovió a cántaros; un tiempo como para sentirse especialmente incómodo. De las desnudas ramas y ramillas de los árboles y arbustos, goteaba la lluvia sobre la tierra.
Para nosotros hombres del Sermón de la Montaña no hay casualidades. En último término, todo lo que vivimos nos quiere decir algo. En ese día de invierno gris y lluvioso, estábamos de nuevo con el jeep en nuestro lugar de costumbre. Otra vez salieron corzos de la maleza humedecida e inhóspita. Estaban, como a veces decimos con tanto descuido, “calados hasta los huesos”. A mí me dolió en el alma. Además tuvieron que recoger de todas partes las pocas hierbecitas que todavía quedaban en el claro del bosque, y naturalmente éstas estaban, como todo cuando llueve, mojadas. Los corzos atravesaron pastando el claro del bosque y desaparecieron en la húmeda maleza del lado opuesto.

Ahí estábamos sentados en nuestro jeep y tiritábamos de frío. En ese jeep incómodo, frío y estrecho nos acordamos de la casa calentita. De pasada surgió la pregunta de si en ese día aún llegaríamos a ver algo más. Apenas acababa de expresarse este pensamiento, cuando nos dimos cuenta de que ya estábamos empezando a buscar justificaciones y pretextos. Sí, nos habíamos pescado haciéndolo: estábamos a punto de traicionar las normas de conducta positivas que nos habíamos dado. Como obedeciendo a una orden nos recordamos: ¡ninguna expectativa! ¡No querer nada, simplemente estar aquí!
Más de dos horas estuvimos en nuestro “cuadrúpedo”. De repente uno de nosotros dijo: “mirad con cuidado hacia la derecha en los matorrales”. Cuidadosamente, sin movernos mucho dirigimos nuestras miradas en la dirección indicada: sobre la tierra mojada y fría había jabalíes acurrucados. Era invierno y la maleza no tenía hojas, de forma que las gotas caían sobre los cuerpos acurrucados y desprotegidos: chopf, chopf, chopf...
En silencio comencé a rezar: “Gran Espíritu de la naturaleza, ¿cómo se puede ayudar a los privados de derechos, los animales, menospreciados por los hombres y expulsados a tiros de los campos, donde también madura para ellos el alimento que necesitan para prepararse para el invierno? Su tupido pelaje sólo crece si en verano pueden tomar suficientes sustancias nutritivas y si obtienen todo lo que necesitan de reservas para poder sobrevivir en los días fríos”.
Rezar siempre ayuda. La respuesta del gran Espíritu no se hace esperar.
En relación a la frase que me daba que pensar: “no tienen ningún hogar caliente”, el Eterno me mostró reflejos del verano, de cuando todavía era una niña y veía cómo se cosechaba el cereal. En la imagen veía los haces que estaban apilados en forma de pequeñas tiendas de campaña, para que se secaran. Sobre la imagen de los haces amontonados se superpuso otra imagen, de un iglú. Ese iglú no estaba construido con bloques de hielo ni tampoco con paja o tela de tienda de campaña; estaba erigido con muchas ramas y ramillas, tal como se encuentran por todas partes en el bosque. Apenas acababa de asimilar esa imagen, surgió la siguiente, que me mostró que cuando en los inviernos hiela mucho los hombres han de proporcionar a los animales el correspondiente alimento. Estas dos imágenes permanecieron en mí, estaban vivas en mí.
Cuando estuvimos en casa comencé a telefonear para ganar hermanos y hermanas, profesionales en la obra del Eterno, para lo que pensaba hacer. Les conté acerca de mis impresiones en el bosque y de lo que se me había dado en la oración y mostrado en imágenes.
Para mí fue una gran alegría ver que todos los hermanos y hermanas a los que me dirigí se entusiasmaron inmediatamente por esa acción de ayuda. En seguida se juntaron muchos Amigos de Cristo, recogieron ramas grandes y pequeñas en e l bosque y bajo la dirección de un profesional construyeron esos “iglús” en todas partes donde era posible. Carpinteros colaboraron construyendo comederos para corzos. Así que en pocos días, en los bosques que forman parte del pequeño reino para la naturaleza y los animales, había también comederos para corzos con el correspondiente alimento. A la vez se pusieron piedras cóncavas como bebederos de agua.

Nos informamos en las autoridades competentes de todo lo que está permitido dar a los animales en esa época del año, en invierno, de forma que les venga bien a los jabalíes, liebres, zorros, pájaros y a otros animales pequeños o diminutos. Siempre nos hemos atenido a las normas, y seguimos ateniéndonos. Por parte de los habitantes del bosque hay mucha demanda de nuestras manzanas; pero si hubiéramos venido sin el “cuadrúpedo”, aún nos habrían evitado por largo tiempo incluso con las manzanas.
Todavía en el “cuadrúpedo” continuamos nuestras expediciones al bosque y a los campos. La perseverancia ha valido la pena. Los animales acogieron cada vez un poco más al “cuadrúpedo” en su imagen y en consecuencia mostraron cada vez más valentía. Los corzos se acercaban más, las liebres saltaban sin temor junto al jeep; los pájaros se posaban en el techo, gorjeaban y cantaban con brío y a los jabalíes ya no se les erizaba el pelaje cervical cuando pasaban por su senda. También la llamada de advertencia “¡wuff!” que durante mucho tiempo había resonado una y otra vez, se oía con poca frecuencia, a no ser que se acercara un jabalí adulto de gran tamaño que con su llamada de aviso hacía dudar a la familia de jabalíes.
También nosotros con nuestro “cuadrúpedo” nos atrevimos más y depositamos en el suelo algunas manzanas que habíamos recibido como donativo de las empresas y de la granja de manzanos. Las manzanas depositadas distorsionaban ya la imagen de los animales. Esa vez los jabalíes no siguieron su camino como si no pasara nada. Las manzanas les desconcertaron.
El miedo a lo que hasta ahora no había estado en la imagen les hizo volverse inmediatamente más precavidos. Acogieron el viento para olfatear qué era de nuevo eso que se encontraba en las cercanías de su camino habitual. Pero esta vez no pasó mucho tiempo hasta que los astutos jabalíes se dieron cuenta de que lo que había allí era algo para comer. Al principio una manzana era algo desacostumbrado. Comían un trocito y el resto lo dejaban tirado. Pero pronto no sólo les gustó a ellos; también el zorro astuto acudió para obsequiarse con ello.
En las cercanías del claro del bosque en el que una y otra vez se presentaban los corzos, se colocó un pesebre de forraje. También estos habitantes del bosque se acercaron muy precavida y cuidadosamente a la imagen desacostumbrada del comedero para corzos y comenzaron a comer su forraje muy lenta y prudentemente.
¡Nosotros tres en el “cuadrúpedo” desbordábamos de felicidad! Nos sentíamos incluidos en la imagen de la naturaleza. Los animales habían mostrado valentía, habían aceptado al “cuadrúpedo”.
siguiente capítulo / índice de capítulos
|
 |