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  Frente a frente con el toro Maese

Nada más recibir la confirmación vamos a ver a los animales. Gabriele los llama por sus nombres, y he aquí que el espléndido toro Maese deja momentáneamente de pastar, levanta la mirada y camina derecho hacia Gabriele, que inmediatamente tiene algunas cosas que decirle: que vallaremos un prado grande para él y sus vacas y construiremos un gran establo; que él y los suyos recibirán alimento suficiente y variado; que se podrán proteger del sol en un bosquecillo, a la sombra de altos árboles; que para refrescarse las patas tendrán también un estanque, y –lo que es muy importante– que mientras vivan nunca tendrán que ir al matadero. Maese lo comprende, se da por satisfecho y sigue pastando.
Cuando un domingo por la tarde volvemos a pasar por allí con el coche, descubrimos algo que nos da alegría: un ternerito ha nacido y busca las ubres de su madre. Éstas son muy grandes pero el ternerito no accede a ellas, pues las ubres cuelgan hasta demasiado cerca del suelo...
Llamamos a un hermano entendido en vacas que ya cuida ganado vacuno en el “Hogar para los animales”, y en seguida nota que algo no está en orden: él pregunta a un veterinario y a un criador de ganado vacuno y llega a la conclusión de que la madre y el hijo han de ser llevados rápidamente a la granja “Johannishof”, porque de otro modo el recién nacido morirá. Dicho y hecho. Con mucha paciencia –y hay que confesar que también con un poco de miedo y preocupación–, se consigue meter a la madre y al ternerito en un camión que les lleva a la granja.
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