Este es Chasry, un pequeño ternero que ya no viviría si algunos amigos de los animales no hubieran actuado con rapidez. Otra vez fue Gabriele la que reconoció el peligro para el pequeño ternero y también para sus padres y dio el impulso para salvar a la familia vacuna; y como siempre fue ella la primera en conversar frente a frente con el toro Maese y hacerle comprender que ni a él ni a los suyos les volvería a sobrevenir sufrimiento alguno.
Actualmente la familia Maese vive en un bello prado en las tierras pacíficas. Chasry retoza sobre la hierba y explora el bosquecillo que linda con el prado...
Imaginémonos que hace frío, llueve, hiela y nieva. Junto a una carretera regional hay un prado. Constantemente pasan vehículos de todos los tamaños, y eso día y noche.
En ese prado hay –con las orejas gachas– un toro y dos vacas, de aproximadamente 10 años de edad. Por un lado están tristes a causa de unos 15 congéneres que han sido recogidos por un gran camión de transporte de ganado, que se marchó en dirección al matadero, y por otro sufren visiblemente bajo el tiempo inestable. El heno está en un pesebre en el que llueve dentro, y la pequeña cabaña de madera de un segundo prado es incómoda y en realidad tiene demasiado poco espacio para alojar los grandes cuerpos con su cornamenta.
Nosotros (nuestra hermana Gabriele y algunos hermanos), cuando vamos de camino hacia el bosque de las tierras pacíficas pasamos una y otra vez por allí, y constantemente viene la pregunta de Gabriele de si es que nadie se ocupa de esos animales. Una llamada telefónica al dueño es despachada con la lapidaria respuesta: éstos son animales ancestrales, que están acostumbrados a eso. Sin embargo, nadie piensa que desgraciadamente en nuestra Tierra ya no se puede encontrar el correspondiente estado de los orígenes, deseado por Dios, ni nadie piensa que con la devastadora contaminación del medio ambiente la naturaleza no ofrece ya los oligoelementos, minerales y enzimas que los animales en libertad necesitan para desarrollarse. El pelaje se estropea con la “lluvia ácida”, las pezuñas se reblandecen a causa de la falta de minerales. Así pues el frío y la humedad penetran en el cuerpo: los animales sufren, como también los hombres...
Como el mal tiempo se alarga mucho, osamos un nuevo intento: pedimos al dueño que se nos permita poner paja en la cabaña. Él lo permite y ya el primer día los tres grandes animales se constriñen en la cabaña...
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