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de Gabriele Nr. 4

La casta sacerdotal, el Estado
y los agricultores se atienen a la forma de
pensar de la Caída de matar y hacer matar
todo lo que no encaja en sus esquemas



En verdad se puede llegar a reconocer que toda desgracia proviene de la casta sacerdotal. En sus manos está reducir el poder estatal o darle curso libre –según sirva ello para el bien de la Iglesia institucional o no–. Y esto hasta el punto de poder influenciar al Estado a su gusto. De esta manera la casta sacerdotal lleva al Estado a remolque y actúa corres­pondientemente sobre los subordinados, sobre los creyentes de la Iglesia.

La “desgracia“ eclesiástica manda por ejemplo consi­de­rar a los animales como criaturas sin alma, sin derechos, sometidos a la brutal fe de la Iglesia, que indica matarles o mantenerles durante mucho tiempo en el ghetto de animales hasta que estén maduros para la matanza, para ser entonces comidos por los que obedecen a cadáveres, los creyentes de la Iglesia.

La forma de pensar jerárquica que proviene de la casta sa­cerdotal contiene a la postre siempre la muerte como estación última, como punto final. De ahí es claramente de­ducible lo que hay detrás de ello: la forma de pensar de la Caída, cuya meta es disolver todas las formas de vida y convertir la energía transformada –pues ninguna energía se pierde– en una nueva energía anterior a la Creación. El modelo de disolver todo lo que ha creado el Eterno está sub­dividido en eslabones jerárquicos y lleva siempre a matar.

La forma de pensar de la Caída, la voluntad demoníaca de la Caída es el anti-Espíritu que sopló en todos los tiempos en los ámbitos de influencia, poder y dominio de los res­pec­tivos fariseos y escribas. Jesús de Nazaret dirigió palabras más que claras e inequívocas a los sacerdotes de Su tiem­po, lo que verdaderamente aún parece que se puede leer como texto auténtico en las Biblias actuales en Mateo, capítulo 23. Entre otras cosas Jesús dijo:

“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque sois se­mejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, mas por dentro están llenos de huesos de muer­tos y de toda inmundicia.

Así también vosotros por fuera, a la verdad, os mos­­­tráis justos a los hom­bres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e ini­qui­dad.

¡Ay de vosotros, escri­bas y fariseos, hipócritas! Porque edificáis los sepul­cros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en los días de nuestros padres, no hu­bié­ramos sido sus cómpli­ces en la sangre de los profetas.

Así que dais testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. ¡Vosotros tam­bién llenad la medida de vuestros padres!¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo escaparéis de la condenación del infierno?”

 

De esta manera, las propias Iglesias institucionales nos entregan a través de sus Sagradas Escrituras, la Biblia–“la palabra verdadera de Dios”, el libro “que enseña la verdad con seguridad, fielmente y sin error” y que “tiene a Dios como autor”, según está escrito en todo caso en su catecismo–, la prueba de que las Iglesias y sus funcionarios matan o hacen matar todo lo que no encaja en sus esquemas.

Por cierto, hoy en día ya no matan a los profetas. Una breve visión de lo que le ocurre a un profeta en nuestro tiempo y en nuestro mundo, la pueden por ejemplo obtener, queridos amigos, en las últimas 20 páginas de la Carta de Gabriele n° 3. De forma más detallada, si lo desean, se pueden informar en el libro El águila real, publicado por la edi­torial El caballo blanco (traducción al español en preparación).

En Sus enseñanzas el Señor demuestra una y otra vez que la Iglesia es la forma de pensar de la Caída cuando afirma que la sola fe basta. Él dijo ya, siendo Jesús de Na­za­ret: Cualquiera, pues que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente...

Y en Mateo también se ha transmitido que Él dijo:

“No to­do el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”.

 

Como ya se ha indicado, la instancia suprema del tribunal de la Caída es la casta sacerdotal, que ha absorbido al Estado. La segunda instancia de la Caída es el lobby –grupo de intereses– de los agricultores, que lleva a remolque a las empresas agrícolas pe­­queñas y grandes. Muchos agricultores son fieles seguidores de la Iglesia, que según la costumbre eclesiástica son avariciosos expertos en absorber, campanas de succión que sólo piensan en sus ventajas y absorben sólo para sí todo lo que sea para su bien. Ellos son los principales cabecillas cuando se trata de matar a tiros en el bosque y en los campos a animales que podrían dañar su avidez de absorción: “todo sólo para mí, y para mí lo mejor y la mayor parte”.

Muchos hombres, en parte consumidores sin malicia, son de la opinión de que los agricultores son activos defensores de la naturaleza que luchan por la flora y la fauna, por los bos­­ques, campos y animales. Viendo las cosas más de cerca, uno se desengaña de esto. Ellos son de muchas maneras los asesinos de la naturaleza y de los animales. Sin los mí­ni­mos remordimientos de conciencia el agricultor, al ex­ten­der abonos de excrementos, orines y productos químicos des­tructivos, mata anualmente millones de seres vivos pe­que­ños o diminutos. Sobre sus cuerpecillos cae el veneno, la desgracia asesina tradicional. A estos hombres sin con­cien­cia y codiciosos les da igual qué suplicios tienen que sufrir innumerables animales hasta morir. Se mata por un pre­cio “bueno y satisfactorio”.

Estos señores tampoco se detienen ante los árboles y ar­bustos en la margen de sus campos y que eventualmente arrojan a éstos una pequeña sombra. Tanto si los árboles o ar­bustos están en plena vitalidad como si no, son víctimas de la codicia de los agricultores: las pequeñas sombras podrían disminuir el rendimiento de un campo.

El agricultor es casi siempre un feligrés de la Iglesia. Las autoridades eclesiásticas, que en los días festivos eclesiásticos se hacen venerar por el pueblo con ornamentos y ador­nos en la cabeza –jugando Dios aquí sólo un papel secundario–, son el peor ejemplo para sus veneradores. Para los días festivos del culto hacen cortar también árboles, ar­bustos y flores.

Otro tipo de agricultores son los guardianes de los ghettos de animales. Los animales se crían en ghettos de animales, con piensos de engorde que no se ajustan a su naturaleza, inventados conscientemente para producir bene­fi­cios y siempre con el pensamiento de que el animal es una mercancía que ha de venderse bien, en beneficio del canibalismo con animales. A los consumidores de carne se les ofrecen luego los trozos del cadáver animal de una criatura que tuvo que pasar una horrible existencia bajo el látigo del guardián de animales, y que desde el nacimiento llevaba ya la muerte en la cerviz para el caníbal de animales, que entonces consume la carne del animal subyugado y cebado.

Las crueldades parecen no tener fin, pues a las madres animales que viven en el ghetto de animales, igualmente condenadas a muerte, los guardianes les quitan sus hijos animales para ofrecer a los consumidores la leche y todos los productos derivados de ella. El hijo animal lleva el mis­mo sello de muerte que la madre, en favor del consumidor, que come con deleite los trozos de cadáver y  los productos lácteos, enriquecidos con sufrimientos indecibles.

 

Otra instancia en la jerarquía mortífera es el lobby –grupo de intereses– de los cazadores, con sus tiradores  formados para matar, los ca­zadores, que se denominan a sí mismos defensores de la naturaleza.

Todos los partidarios de la guerra, también de las guerras en los bosques y campos, son partidarios de la muerte y tienen la bendición de las Iglesias institucionales. Todo y todos los que están a favor de matar han sido y son bendecidos por las Iglesias, así también los cazadores por su sangrienta “¡buena caza!” Ellos están incorporados a la bobina eclesiástica de la muerte. Cuando resuena el grito de guerra de los cazadores, la trompa de caza, los cazadores empiezan la guerra contra los animales en los bosques y en los campos.

Todo cazador al que se denominase máquina de matar, estaría indignado por una designación tal. Sus argumentos de que hay que matar a los animales para contrarrestar la superpoblación, proceden del alambique destilador gue­rrero del que todos los seguidores de la Iglesia sacan sus correspondientes respuestas y preceptos.

Es una argumentación muy sorprendente cuando se dice que se trata de que los “defensores de la naturaleza” han de poner límites al mundo animal en relación al número de animales que, según la humana prevención, pueden vivir en un espacio vital determinado por el hombre. ¿Quién de­termina el espacio vital de los animales y el número de ani­males que han de vivir en ese espacio dado? Natural­men­te los cazadores, para los cuales la casta sacerdotal es se­guramente un ejemplo, ya no sólo porque hasta pastores, curas y altos dignatarios eclesiásticos se entregan al placer de la caza, sino por lo que se refiere a cómo funcionarios de la Iglesia trataron en la Edad Media a aquellos hombres que no encajaban en sus esquemas.

Además, desde la Edad Media la casta sacerdotal ha im­plantado en la consciencia de los hombres influenciados por ella que los animales no tienen un alma inmortal, sino só­lo un instinto –aunque rara vez sabe alguien qué es exac­ta­men­te un instinto–. En el diccionario se puede leer la de­finición científica de la palabra “instinto”. Que ésta co­rres­ponda o no a la verdad es difícil de demostrar, siendo así que la ciencia se ha equivocado más que con frecuencia. Eso les da igual a los prosélitos de la Iglesia, es senci­lla­men­­te como lo proclama y pretende la casta sacerdotal. Con ello se despacha toda cuestión de conciencia.

 

A pesar de esta forma de comportamiento jerárquica de la Caída en muchas personas, tengo la esperanza de que no todas estén de acuerdo con el toque de trompa de caza guerrera, en la creencia de que una guerra defensiva contra hombres y la guerra contra animales, contra la naturaleza, sí, contra toda la Madre Tierra están permitidas. Se­guro que sí lo están por la instancia eclesiástica de la Caída pero no por Jesús, el Cristo, el príncipe de la paz, que en­­se­ñó el amor, el amor al prójimo y también el amor a los ani­males, pues los animales son los hermanos menores de los hombres.

 

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