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de Gabriele Nr. 4

La forma de pensar de la Caída significa
separarse de la unidad: yo quiero, ¡para mí!
Cada uno es juez de sí mismo



En la forma de pensar de la Caída de separarse, viven mu­chos hombres. Hay hombres en contra de otros hombres; hombres en contra de los animales; hombres en contra de la naturaleza y del planeta habitable Tierra. Esto es lo con­trario de la unidad, es separarse, y de ahí resultan la codicia, el deseo de poseer, la brutalidad y el afán de poder. El hombre quiere ser Dios, dominador de la Creación, que él ve desde la perspectiva del separarse, desde su externa­li­za­ción.

Los hombres, en su mayoría, están centrados sólo en sí mis­mos, limitados por el horizonte de su pequeño mundo. Si lo que se denomina un  “ego prominente” llega a coger el timón del mundo, subyuga a todos y a todo cuanto sirva a sus fines, a su voluntad de la Caída. De ello han resultado en todos los tiempos y también actualmente las grandes guerras contra otros países, es decir, contra seres humanos. En pequeña escala también han surgido y surgen las guerras en la familia y en el puesto de trabajo, dicho de forma general, en la economía y en la sociedad. Lo que está en contra de otros, proviene siempre de la Caída.

Los hombres no sólo han deformado la ley divina, sino que le han dado la vuelta, es decir, la han girado en la direc­ción opuesta. Dios dice: “a favor o en contra de Mí”. El hom­bre que se halla en la forma de pensar de la Caída, uti­li­za para sí la ley divina y se sale con la suya: “El que no es­tá conmigo, está contra mí”. El YO SOY que todo lo abarca se ha convertido en “yo soy”, lo que significa que “yo mismo soy mi prójimo”. De este alejarse del YO SOY que todo lo abarca, llegando al degradado “yo mismo soy mi prójimo”, resultó el egoísmo.

Quien está centrado exclusivamente en sí, se vuelve egoís­­ta y agresivo cuando no alcanza las metas personales –“yo quiero para mí”– que se ha fijado. Las consecuencias de ello son nefastas. Cuando la tensión, la agresión, ha al­can­zado su punto álgido, tales personas echan siempre ma­no de los medios que en ese momento tienen a su dis­po­si­ción, ya sea para ir reduciendo su agresividad, ya sea pa­ra darle rienda suelta. El uno toma alcohol, el siguiente drogas; otros se pelean con sus semejantes, incluso ante los tri­bunales de este mundo. Otros se desahogan en el placer se­xual, otros a su vez se convierten en criminales sexuales, lle­gando hasta la pedofilia. Quien controla la palanca del po­der, maquina guerras y no retrocede espantado ante el fra­tricidio. Otros se vuelven por su parte cazadores, para des­­cargar sus agresiones, sus impulsos egoístas, en criaturas inocentes, los animales. Para muchos de ellos el arma es su se­guridad y un deporte de asesinatos, por ejemplo matando a tiros pérfidamente a animales. En todo caso, comoquiera que desee denominarse la descarga egoísta, ésta siempre es­tá en contra del prójimo y en contra de la vida.

Como ya se ha mencionado, las agresiones tienen mu­chas, muchísimas  ramificaciones; la raíz, sin embargo, siem­­pre es la forma de pensar de la Caída, siempre contra Dios, contra Su unidad, contra seres humanos, contra la na­­tu­raleza y los animales, aunque el hombre de la Caída siem­­pre busca criaturas más débiles para descargarse en ellas. Las descargas egoístas ocurren con frecuencia de forma cruel.

 

El egoísta, su “forma de pensar de la Caída” o su “volun­tad de la Caída”, es muy inventivo cuando se trata de mover su posición favoreciéndola. Si ocupa un puesto correspon­dien­­temente influyente, insistirá en que las personas res­pon­­sables en el Estado, que crean y promulgan las leyes del mundo, correspondan a sus modelos de pensamientos y deseos.

Muchas leyes del mundo se basan en mayor o menor me­­dida en el pensamiento humano pecaminoso básico “se­para, ata y domina”. Quien se esfuerza en alcanzar una po­­si­ción de poder, tocará la corneta del “separa, ata y domi­na”. Dicho en el más amplio sentido, la corneta se convierte en cuerno de caza utilizado contra todos aquellos que no quie­ren que se les “administre el derecho”, sino justicia. El “cuerno de caza” no sólo se toca cuando se trata de guerras, de fratricidio, sino también para matar pérfidamente a cria­tu­ras inocentes, nuestros hermanos los animales.

 

La voluntad humana de la Caída alega muchas razones, que “vende” hábilmente empaquetadas, con cláusulas y abun­­dantes argumentos, para imponer aquello que requiere su pérfida pasión. De esta manera, en una sociedad marcada por la ley de la Caída, se ofrece a muchos agresores la posi­bi­lidad de desfogarse, sea a gran escala con las guerras, que equivalen a batallas de las Naciones, o en pequeña esca­la con matanzas de animales en los bosques, en los campos o en los mataderos a los que, procedentes de los ghettos de ani­­males, se suministran los candidatos a la muerte, los ani­­males, y con muchas otras cosas.

Cada escenario de guerra tiene sus campos de batalla, tan­­to en lo grande como en lo pequeño. Cada cual –espe­cial­mente la parte agresiva en el hombre– puede hacer deri­var sus “necesidades” a partir de las leyes de la Caída ex­pues­tas, de forma que de muchas maneras la ley de la Caída  reconoce sus derechos ante terceros, sobre todo cuando se­gún su punto de vista se trata de “inferiores” que no se apo­­yan en las Iglesias institucionales ni se sienten vin­cu­la­dos a una religión que esté colocada al mismo nivel que las Iglesias cristianas, como por ejemplo la religión vudú. De modo que el que no participa en la magia, es “embrujado”, lo que significa que en este mundo es menospreciado y perjudicado por la ley de la Caída. Esto vale para hombres, animales o la naturaleza, para toda la Madre Tierra.

Pero ya hemos hecho suficientes exposiciones y explica­cio­nes plausibles. No soy una persona que recurra a su­pues­tos reconocimientos y experiencias generales de años o decenios, sobre todo porque sé que estos hechos y fenó­me­nos temporales se desarrollaron por un lado a partir del pro­vecho personal, y por otro se basan en la ley del se­pa­rarse.

Si me sumerjo en la realidad espiritual en relación al mun­do animal, a los privados de derechos, que son tratados como cosas tanto por el Estado como por las Iglesias, los ca­za­dores, por ejemplo, no aceptarán mis argumentos, puesto que muchos cazadores, como hemos dicho, reducen sus agresiones cazando y matando animales. Para mí, matar deliberadamente animales significa divertirse matando. Como en la ley de la Caída está permitido matar pérfida­men­te a criaturas indefensas, todo escrúpulo queda elimi­na­do. Los instrumentos para matar, con los que se mata a ti­ros a los animales, están tan perfeccionados y desarro­lla­dos que ningún animal tiene la posibilidad de defenderse del peligro, por ejemplo con un contraataque, o de ponerse a salvo huyendo. Así, los animales pueden ser liquidados sin grandes riesgos para el cazador.

El cazador presume en el bosque de ser el dios. Sin em­bargo, él sólo puede “matar a tiros” a los animales, pero nun­ca quitarles la vida, pues ésta es dada por Dios, una rea­lidad espiritual que perdura eternamente. Por otro lado el cazador no puede dar vida a ningún animal. Sven Hedin, el famoso investigador de Asia sueco, lo había com­pren­dido. Él dijo: “Nunca he podido decidirme a apagar la luz de una vida, dado que no tengo el poder de encenderla de nuevo”.

El hombre, a los animales, verdaderamente sólo puede ma­tarlos, pero no puede por ejemplo hacer que llueva, para que la naturaleza y los animales tengan agua. Tampoco pue­de hacer que el sol brille, para que la naturaleza crezca y se desarrolle. Él no puede determinar la variedad de las es­pe­cies, a lo sumo exterminarlas. No puede hacer que crezca el alimento para los hombres y animales, sólo puede des­truir­lo. No puede influenciar el pelaje de los animales para el invierno o para el verano; él sólo puede arrancarles la piel por encima de las orejas.

Allá donde hay hombres que intervienen en la natu­ra­leza, hay destrucción, caos y muerte.

 

Vemos, oímos y experimentamos las obras crueles de la bestia hombre, que no sólo cría a los animales en establos de engorde, en “ghettos de animales”, sino que fuera de su ci­clo reproductor los incita una y otra vez a la fecundación mediante sustancias artificiales, para disponer de la máxima cantidad de animales jóvenes destinados a la producción de carne y leche.

También esta crueldad, como muchas otras cosas, supera toda sensatez. El hombre se ha convertido en enemigo de su propia naturaleza, pues la fuerza de vida, la vida de los ani­males es –como esencia y fuerza– una parte de su propia sustancia espiritual.

El hombre es el enemigo de todo lo que forma parte de la unidad divina. Nada está seguro ante el siervo del ma­lig­no, tampoco los animales en los bosques y campos. Re­pi­tamos una vez más: no sólo les ha quitado el hogar, la tierra –los campos y bosques–, sino que en el pedacito de tierra, equivalente a un ghetto, que ha dejado a los animales de los bosques y campos, la fiera hombre destruye y mata todo lo que se le pone por delante del hacha o de la escopeta. El placer de matar y reventar a los animales se tapa con la supuesta necesidad de refrenar la superpoblación. También para la tala de los árboles, da igual que estén o no en plena pujanza, el hombre tiene una justificación válida para el mun­do. Y todo lo que hace en los campos y bosques la bru­talidad en persona, está bendecido por la ley del derecho “separa, ata y domina”.

Lo que los cazadores alegan para justificar y legitimar su oficio sangriento y asesino, es de diverso modo un po­ten­cial subliminal de agresiones adornado con el Derecho y la ley, que se satisface por breve tiempo con la caza y el dis­paro certero a un animal indefenso. Al cazador, la ley te­rrenal desacertadamente implantada no le pide cuentas, como tampoco a quien cría animales de engorde, pues ma­tar­ a un animal es enjuiciado como algo necesario y lícito por los tribunales terrenales, conforme al Derecho y a la ley.

Para determinadas especies de animales las autoridades determinan las cantidades a cazar. Es decir que el hombre debe ser obligado a matar. Sin embargo Dios dijo: no ma­ta­rás.

El Estado no pierde de vista a quienes se niegan a cumplir los planes de caza estatales, es decir, a quienes no quieren incumplir los Mandamientos de Dios.  Es decir, ¡otra vez exac­tamente la forma de pensar de la Caída!

¡Pero no nos engañemos! Este comportamiento cana­lles­co y sin conciencia será evaluado por la ley de la unidad, de la justicia, que para nosotros los hombres es la ley de siem­bra y cosecha. Ésta no ataca, sino que viene con suelas silenciosas como el ladrón en la noche y entrega a cada hom­bre  y a cada alma lo que el hombre ha causado.

Ya hemos visto que Pitágoras habló de la ley de causa y efecto, que la humanidad está sufriendo hoy más que nun­ca. Él dijo entre otras cosas: “Lo que fuere que el hombre haga a los animales, le será pagado con la misma moneda”.

Esto no acontece por el Derecho y la ley terrenales, sino que cada cual es su propio juez. Él mismo se juzga según sus obras, en tanto éstas hayan estado en contra de las cria­turas de Dios y de Su Creación –si en el tiempo transcurrido no han sido reparadas, es decir, saldadas.

Hoy día el hombre aún está protegido por la ley terrenal en la medida en que se atiene a estas disposiciones jurídicas con su deplorable “orden”. Eventualmente el día de ma­ña­na, cuando el alma abandone el cuerpo moribundo en el lecho de muerte del hombre y con ello la existencia terrenal, todo tendrá un aspecto diferente al otro lado del muro de niebla que separa este mundo del Más Allá.

Hoy día el animal muerto no sólo trae al cazador la buena caza, los honores de los que son afines a él; y no sólo la ga­nancia económica, sino también la bendición de la Iglesia, que se adorna con todo lo que ya no respira.

Comoquiera que se denominen los “héroes” de la Caída, ya se dirija su potencial de agresiones contra los hombres, los animales o la naturaleza: todos ellos están en contra de la unidad de Dios, es decir, en contra de la ley eterna del amor y del amor al prójimo, del “Une y Sé”.

 

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