Usted está aquí: Página inicial > Profecía > Publicaciones > Cartas de Gabriele > La Gran Carta
de Gabriele Nr. 4

La forma de pensar de la Caída
–gigantesca en sus consecuencias.
Cristo trajo el cambio



En la presente carta de Gabriele ya se ha hablado mucho de la Caída, especialmente de la forma de pensar de la Caí­da. Con ello guarda relación la siguiente pregunta: ¿cómo pu­dieron llegar a producirse los acontecimientos de la Caída?

La forma de pensar de la Caída, que desgraciadamente ha sido y aún es gigantesca en sus consecuencias, sólo puede ser explicada ahora con pocas palabras y de forma general, en virtud de sus muchas facetas y niveles. La Caída en contra de Dios partió del centro del Reino de Dios, del San­tua­rio. A resultas de ello una parte de la Creación se separó de Dios, de la unidad divina y de Su orden. Esa separación no durará eternamente –Cristo puso fin a esa evolución de­sastrosa mediante Su acto redentor–. Así pues el cambio, la conducción de regreso de todo lo caído, ha comenzado. El cam­bio de era en el que se encuentran la Tierra y la huma­nidad, hace que se vuelva cada vez más claro hacia dónde se dirige: al tiempo de la luz, el tiempo del Espíritu –al tiem­po del Cristo.

En nuestro tiempo ya ha venido a la Tierra la luz de los Cielos en la palabra de la verdad, la palabra profética. Así Dios, el Espíritu eterno, tiende la mano a todos los hombres. El que verdaderamente la toma, desarrolla el Reino de Dios en su interior. La Tierra está en vías de purificarse de todo lo que está en contra de Dios. Después de estos procesos el Rei­no de Paz de Jesucristo se extenderá por toda la Tierra. Cris­to, el Príncipe de la paz, será el soberano.

 

La Caída no se puede captar con el entendimiento, ni siquiera con el intelecto.

Al fin y al cabo lo acontecido y las repercusiones que es­tas causas han tenido y tienen, sólo se sienten con el co­razón. El pensador analítico dotado con sensatez y corazón, reconocerá pronto qué decisiva importancia corresponde al libre albedrío absoluto que Dios dio a los seres de los Cie­los que habían madurado por completo, los seres es­pirituales, del cual también disponen ahora los seres ensom­brecidos, los hombres. Este hecho es el fundamento para po­der comprender un poco las dimensiones de la Caída.

 

La Caída comenzó por un ser divino que quería ser como Dios: luz que todo lo irradia, creadora. El deseo, la exigencia de querer ser como Dios, continúa hasta el tiempo actual: “¡yo quiero como yo lo quiero, no como Dios lo quiere!”

Un impulso descaminado de la voluntad, querer ser como Dios, un “pensamiento” como nosotros decimos, que se dirigió contra Dios, el Creador de todos los seres y formas de vida divinos puros, provocó por tanto una evolución de al­cance gigantesco y cósmico –la Caída, que se convirtió en la fuente de sufrimiento de muchas almas y hombres.

Dios es por siempre luz eterna que lo irradia todo, ley eterna del amor, de la unidad y de la libertad. El pen­sa­miento egoísta, el pensamiento de la Caída –“¡yo quiero co­mo yo lo quiero!”– es la sombra. Como es sabido, en la som­bra sólo puede desarrollarse poco o nada; necesitamos la luz. Sin luz no hay ni crecimiento ni madurez, y lo mismo ocurre con nosotros los hombres: el que permanece en la sombra, el que se pone en contra de la voluntad de Dios, el que no respeta Sus mandamientos, crea su propia fuente de sufrimientos: enfermedad, dolor, necesidad y padeci­mien­tos. El que va más allá en su desarrollo, experimenta la luz, el calor, la felicidad de crecer, desarrollarse y madurar en el Espíritu de Dios.

 

Una vez más: Dios es la ley omnifluente, luz absoluta y om­nifluente del amor y del amor al prójimo, de la unidad, de la libertad y de la sabiduría. Los seres divinos que sur­gie­ron de la ley universal de Dios y que viven en ella, son se­res del amor universal, del amor universal al prójimo, de la unidad, de la sabiduría y de la libertad. Son seres di­vinos, pero no son Dios mismo.

Dios, el Uno universal eterno, es el Creador de los seres divinos, que también se califican de seres espirituales. Dios es el Creador de los planetas y mundos puros. Él es el Crea­dor de todos los animales, plantas y minerales en la exis­tencia pura. Dios es por tanto Creador de todas las formas puras y Creador del Universo perfecto.

Un ser divino que se convirtió en el ser de la Caída por su forma de pensar contraventora de querer ser como Dios, no pudo seguir permaneciendo en lo absoluto, en la exis­ten­cia pura, en la Creación pura, con su forma de pensar de la Caída, equivalente a su voluntad de la Caída. A causa de lo contrario a la ley divina que ese ser formó contra la obra de Dios, Su Creación, se alejó cada vez más de la eter­ni­dad y cayó. En el transcurso de su caída (la historia ecle­siástica de la Creación relata acerca de la expulsión del pa­raí­so), el ser de la Caída que podemos denominar Satana contagió con su idea de querer ser como Dios a algunos se­res divinos más, que entonces se rebelaron, como Satana, contra Dios y Su Creación. Ella y los afines a ella, fueron luego conducidos por el portador de la voluntad divina, al cual nosotros los hombres denominamos Miguel, fuera de la eternidad, del “paraíso”.

 

El Eterno, cuya ley es el amor, el amor al prójimo, la uni­dad y la libertad, dio a los seres de la Caída, a Sus hijos, par­tes de soles y planetas espirituales para su camino.  Esos planetas parciales, como todos los planetas espirituales, portaban minerales, plantas y animales, porque éstos for­man parte de la unidad, de la vida. Fuera de la existencia pu­ra, del Reino de Dios, allí donde el poderoso Espíritu aún no ha llevado  a la perfección Sus pensamientos crea­do­res, encontraron su lugar los planetas parciales, convir­tién­dose en los hogares de los seres de la Caída.

Con una tendencia de los seres de la Caída, que cons­ciente y constantemente estaba dirigida contra la ley de Dios, contra el amor y la unidad, la forma de pensar de la Caí­da se siguió formando y extendiendo en esos ámbitos. El alejamiento respecto al Reino de Dios, la espiral de la vo­luntad de querer ser como Dios, condujo a una conden­sación progresiva de los soles y planetas. A cada fase de con­densación le precedió respectivamente una erupción in­con­cebible. La ciencia habla de la “gran explosión”, que al fin y al cabo no es otra cosa que una nueva formación para la Caída. En el transcurso de esa evolución los seres de la Caí­da también se condensaron y ensombrecieron, es decir, os­curecieron cada vez más, tanto en el carácter como en la forma.

En procesos de transformación inconcebibles, gigan­tescos (el hombre habla de “eras”) se cristalizó la materia y con ello el planeta habitable Tierra, sobre el cual corres­pon­dientemente a la condensación se cristalizaron los seres humanos, los cuales no son otra cosa que envolturas que han tomado forma en las que actúa el ser de la Caída más o me­nos cargado que se denomina “alma” a consecuencia del ensombrecimiento y de la condensación periférica. El al­ma encarnada, como quien dice “envuelta por el cuerpo”, es entonces como totalidad “el hombre”.

Dado que Dios es la unidad, también en el des­mem­bra­mien­to, en la materia, existe la unidad de hombre, alma, mi­nerales, naturaleza y animales.

Los seres de la Caída aspiraban y en parte aún hoy as­pi­ran a disolver la Creación divina. Las guerras, que no son otra cosa que fratricidio, las guerras contra los animales –mal­tratar, matar y asesinar a animales– y el compor­ta­mien­to contra la naturaleza, contra toda la Madre Tierra, contra el pla­neta, son un engendro de la Caída: la forma de pensar de la Caída de disolver todas las formas y retrotraer su sustancia espiritual como energía fluente a la corriente del éter, que en su totalidad es Dios, la ley fluente.

Jesús, el Cristo, eliminó toda posibilidad de disolución con Su “está consumado” en el Gólgota. Debido a la energía del “está consumado”, Jesús, el Cristo, se convirtió en Re­dentor de todos los hombres y almas y libertador del mundo animal de su yugo, de sus maltratos y de su asesinato. Ninguna forma de vida puede ser disuelta, gracias a la fuer­za de la Redención, que hace que todas las energías de­gra­dadas hasta lo negativo sean reconducidas, es decir trans­for­madas en energía divina pura, de elevada vibración. Je­sús, el Cristo, es con ello el camino al Hogar del Padre.

Por la ley de siembra y cosecha, que contiene el libre al­bedrío pero también la responsabilidad para con los actos viles, el hombre puede ciertamente actuar en contra de hom­bres, animales, plantas y del planeta habitable Tierra. Lo divino, el Espíritu en todo, sin embargo, no puede ser di­suelto; está protegido por la fuerza de la Redención. Según la ley férrea de la unidad, todo volverá a la unidad. Esto no tiene lugar en la lucha contra Dios, no tiene lugar con gue­rras y destrucción, sino con el reconocimiento de que Dios es el amor, el amor al prójimo, la sabiduría, la unidad y la libertad.

Cada hombre porta en sí, en su alma lo absoluto, la ley eter­na. La ley eterna es unidad. Por eso no hay libertad sin amor, ni amor sin libertad. En consecuencia la ley eterna con­tiene la libertad, lo que significa que todos los seres espirituales son absolutamente libres y con ello también todos los hombres. Todo hombre puede decidirse libre­men­te: a favor de la ley de Dios, que es la herencia divina, el ser divino en cada hombre y en cada alma, o en contra de Dios, cuando el hombre aplica la brutal ley humana pecaminosa acumulada, es decir creada por él, la ley de causa y efecto. Ésta es la ley de la Caída, que es la consecuencia de la se­pa­ración de la unidad y que –pasando por la experiencia de los efectos y del autorreconocimiento resultante– se es­fuer­za por reconducir a cada cual paso a paso a la unidad, con la ayuda de la fuerza del Redentor, Cristo.

Repito: la libertad traspasa al hombre la responsabilidad de sus actos, e igualmente de la omisión de lo bueno.

 

siguiente capítulo / índice de capítulos

 

 

© 2007 Universelles Leben e.V. • E-Mail: info@universelles-leben.orgImpressum