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de Gabriele Nr. 4

La naturaleza da a aquel que da
desinteresadamente a los animales



Me estoy acordando de las explicaciones de un agricultor que lo demuestran: dentro de los terrenos de su granja dejó campos de cereales a disposición de los animales, en lugar de segar la cosecha. No fue precisamente poco lo que los ani­males tomaron de estos campos para cubrir sus nece­si­da­des, especialmente cuando en ellos se movían jabalíes. Este agricultor pudo comprobar, sin embargo, que en los otros campos el rendimiento aumentó bastante, de forma que después de la cosecha tenía siempre un rendimiento ma­yor que el del año anterior. Esto muestra claramente que la Madre Tierra no sólo compensa los dones dados de­sin­teresadamente a los animales, sino que incluso recompensa al amigo de la naturaleza dándole aún más.

Precisamente en los meses de verano los animales nos mostraron que están muy estrechamente unidos a la Madre Tierra, y la Madre Tierra a ellos, sus hijos de la naturaleza. Ella, la Madre Tierra, es bondadosa; sus hijos pueden ir por los prados del bosque llenos de savia, a través de la espesura cargada de abundantes hojas, que ofrece a los ani­males sombra, protección y lugares para dormir. La Madre Tierra les permite todo a los hijos de la naturaleza; no les pro­híbe el paso a ningún lugar. Algo diferente, totalmente diferente sucede cuando los animales del bosque y de los campos se encuentran con personas que tienen la errónea opinión de que les pertenece una parcela de tierra, una parte de la Madre Tierra. Entonces en la mayoría de los casos no se llega a un arreglo amistoso, equivalente a bondadoso, sino que por parte de los hombres se reclaman terminan­te­men­te sus supuestos derechos, sus exigencias; y se toman me­didas de protección, todo lo cual conduce a la discordia, al caos y al griterío.

No todos los hombres se obstinan en la opinión de que las tierras que ellos trabajan se encuentran ahí única y ex­clusivamente para ellos, a menos que formen parte del ré­gi­men confesional. Junto con algunos fruticultores ob­ser­va­mos que los jabalíes se daban la buena vida en el huerto fru­tal cogiendo manzanas frescas y jugosas de los árboles fru­tales de parra, que crecen poco, y que en el campo de uva espina y grosellas revolvieron la tierra para recoger fru­tos caídos muy maduros. Los fruticultores sonrieron e in­cluso se alegraron. También permitieron a varias ardillas que recogieran una nuez tras otra del nogal, proveyéndose así para el invierno. ¿Por qué sonreían y se alegraban? ¿Por qué no obran como otros agricultores que son de la opinión de que si un animal está en su era tendría que ser matado a tiros por un cazador? No todos los agricultores tienen un co­razón de piedra. Más de uno sabe que sólo se ve, se oye y se experimenta bien con el corazón, pues el reino de la na­turaleza de Dios es unidad entre el hombre, el animal, la planta y la piedra.

Estos fruticultores y también agricultores que están a favor de la naturaleza y de los animales contaron que han he­cho muchas experiencias con los animales. Éstos les ayudan por ejemplo cuando labran la tierra. Para ellos los animales son mucho más provechosos que cualquier arado o cualquier azada. Su convicción interna de que Dios es el Creador de todos los seres vivos, hace que obren así porque todo ser vivo forma parte de la Creación de Dios. Dios sabe lo que cada cual piensa y por qué está a favor de la na­tu­ra­leza y de los animales, a favor del Creador y de Su Creación.

Para muchos agricultores sujetos a una confesión, las co­sas son diferentes. Ellos piensan, similarmente a las auto­ridades de su Iglesia, que Dios como Creador es responsable de todo, también del caos, y que ellos, los agricultores, se en­cuentran en buenas manos, pues los predicadores de su Iglesia predican indirectamente un Dios demoníaco cas­ti­ga­dor que condena a todos los que no siguen la enseñanza de la Iglesia, la cual aniquila todo lo que no sirve a su oscuro reino, como por ejemplo los hombres que se orientan al rei­no de Dios y rezan a un Creador del orden y de la eter­ni­­dad. En estos moldes de los predicadores, los animales, la naturaleza –toda la Madre Tierra– tienen sólo un lugar marcado por el menosprecio y la falta de respeto. En todo ca­so el explotador “hombre” los toma por productos lu­cra­tivos.

Quien no sabe que es un huésped en la Tierra, quien cree poder hacer también a Dios responsable del caos, está sirviendo a los predicadores de las confesiones, a los vasa­llos que son de la opinión de que ellos y sus iguales son los “reyes de la Creación”. Quien profesa esto lleva el mismo sello que los modelos a seguir confesionales de sotana ne­gra, blanca o roja.

Una vez más cambió la estación del año. El verano le dio paulatinamente la mano al otoño. Nosotros, los aficio­na­dos a las expediciones, continuamos con nuestras salidas como en todas las estaciones, pa­ra observar y aprender.

Otra vez se acortaron los días, de modo que también nosotros los bí­pe­dos tuvimos que adaptar nues­tras costumbres, pues si a úl­tima hora de la tarde, cuando el ocaso se va extendiendo por los campos y bosques, estába­mos todavía en la naturaleza, escuchábamos la llamada del corzo. Desde el reino de la sabiduría universal tuvimos noticia de que muchos pájaros, y entre otros animales tam­bién el corzo, nos exhortan a nosotros los hombres a aban­donar el bosque para que sus habitantes y los de los campos hallen reposo cuando la oscuridad avanza y puedan ir a dor­mir sin ser molestados.

En base al conocimiento espiritual y a nuestra expe­rien­cia, adelantamos nuestras expediciones a la segunda mitad de la tarde. De forma parecida al año anterior pudimos vol­ver a ver cómo los animales se proveían para el invierno, es decir, cómo preparaban sus reservas. Algunas horas antes de como lo hacíamos en verano íbamos con nuestro “cua­drúpedo”, el jeep, por los campos y bosques.

Animados por dos años de muy variadas experiencias, fui­mos cada vez más a pie, de forma que los animales se acostumbraron a los bípedos, a nosotros los hombres. Co­men­zaron a incluirnos en la imagen de sus experiencias. Nos dimos cuenta de ello porque las liebres y los corzos ya no emprendían la huida, como anteriormente, aunque man­tenían y mantienen aún una –pequeña– distancia de se­guridad frente a nosotros los hombres. Tampoco los pájaros marchaban ni marchan ya volando asustados al ver­nos a nosotros los bípedos.

Desde hace cierto tiempo conocemos en los bosques los lu­gares donde se reúnen determinadas especies de pájaros o donde se hallan los corzos. Nosotros respetamos sus ho­ga­res y los sitios en los que se juntan, pues hemos aprendido a comprender los comportamientos de estas especies, de for­ma que permanecemos a la debida distancia para no dis­torsionar la vida ni la conducta que corresponden a su na­turaleza.

A muchas, muchísimas especies de animales que había­mos echado de menos en verano, de repente se las podía ver otra vez en los setos de Benjes, en los campos y en los bos­ques.

A quien no descubrimos fue a los jabalíes. Preguntamos y se nos dijo que los jabalíes se encontraban aún en los cam­pos por segar. Más tarde, cuando los campos han sido se­gados, vuelven otra vez a los bosques para comer bellotas, avellanas, fabucos y todo lo que ofrece el bosque, es decir pa­ra enriquecer su cuerpo con las sustancias necesarias para resistir medianamente el invierno. A esta explicación no­sotros tres añadimos lo siguiente: ...pues de los hombres, que deberían ser sus amigos y sus hermanos mayores no pueden esperar, hablando en general, nada bueno ni pro­ve­choso; y cuando reciben algo son restos, o maíz de los ca­zadores, que con ello conscientemente atraen a los jaba­líes, por ejemplo, para matarlos a tiros alevosamente. La imagen que la mayoría de los animales tiene de los hom­bres está marcada por su comportamiento imprevisible, maligno y brutal, por el matar y el consumir como caníbales los cuerpos de sus hermanos de especie, cazados y descuar­tizados sin compasión, que luego pueden volver a encon­trarse en porciones en las estanterías de carne y embutidos.

Para hacer amistad con los animales de los bosques y campos se necesita un alto grado de paciencia y constancia. Esta tarea es una entrega, y sólo puede llevarse a cabo si se hace a conciencia, con seriedad y sin reservas. Cada reacción agitada que viniera de nuestra parte les hacía asustarse y huir. Si caminábamos demasiado deprisa, si nos dábamos la vuelta bruscamente o si movíamos nuestros brazos de una forma desacostumbrada para ellos, los animales huían corriendo o volando. Tuvimos que aprender a disciplinar­nos por completo: también en relación a nuestros pensa­mien­tos, por un lado porque los pensamientos dirigen las reacciones del cuerpo y por otro porque los animales captan los contenidos de los pensamientos en sus “imágenes olfa­tivas”.

Como ya hemos relatado, los animales se entienden entre sí por medio del lenguaje de las imágenes. Los animales se hacen una imagen de los lugares y parajes, de las diferentes es­pecies de animales y también de nosotros los hombres. Las reacciones específicas y los movimientos del cuerpo son grabados. Si por ejemplo un movimiento –precisamente de nosotros los hombres– no corresponde a la secuencia de su imagen, huyen de nosotros, o atacan cuando se sienten su­periores al perturbador.

En nuestros recorridos con vehículo o a pie, hemos vivido y seguimos viviendo el permanente miedo de los animales. Cada reacción nuestra que ellos no podían identificar, les pro­ducía pánico. Para nosotros esto era un incentivo para llamarnos mutuamente la atención en cuanto nos desviába­mos de la consciencia de la unidad.

 

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