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de Gabriele Nr. 4

“Los animales tienen enfermedades
contagiosas - ¿quién les ha contagiado?”



Desgraciadamente el hombre se ha convertido en el ene­migo de los animales. Él los persigue y los caza, los cría en el ghetto de animales y les transmite agentes patógenos, con los cuales enferman.

 

En febrero de 1997 más de uno pensó que no había escu­cha­do bien cuando Dios, el Creador, como acusador a favor del mundo animal que sufre, dijo en Su manifestación: “Mu­chos de vosotros dicen que los animales tienen enfermedades conta­giosas. ¿Quién les ha contagiado: Dios o el hombre? Vosotros aco­géis esas informaciones y experimentáis las enfermedades con­tagiosas en vuestro cuerpo físico. ¿Quién tiene la culpa? ¿Dios? ¿O vosotros mismos? (El Espíritu Universal, Dios, habla directa­men­te a través de Su profeta en nuestro tiempo. Él no habla la pa­­labra de la Biblia, pág. 69)

En la actualidad, después de la catástrofe de la enfer­me­dad de las vacas locas, del SARS y recientemente de la pes­te de las aves domésticas, todo el mundo sabe a qué se h­a­cía referencia. Los comentaristas en los medios de comu­ni­ca­ción no se ven impulsados a relativizar los aconteci­mien­tos con informaciones que resten importancia al asun­to. Al contrario. Los presagios son demasiado obvios, como para que fuera tan sencillo barrerlos bajo la alfombra.

 

Si reflexionamos sobre lo que les exigimos a los animales desde hace milenios, siglos y especialmente en los últimos decenios, no es sorprendente que a nosotros los hombres nos venga de vuelta lo que les hemos hecho a los animales y lo que también actualmente les seguimos haciendo.

Cientos y miles de animales son criados en ghettos de ani­ma­les, en los que sólo son tratados como mercancías a gra­nel, utilizándose feromonas para su constante repro­ducción, para ofrecer la “mercancía“ producida al consumi­dor, que verdaderamente se ceba con la carne de los subyu­ga­dos y privados de derechos. Los excrementos resultantes de tales ghettos de animales son esparcidos sobre los cam­pos, junto con las sustancias químicas que contienen y otros venenos como los pesticidas, fungicidas y demás productos químicos nocivos para la salud, que no sólo son ingeridos por los hombres sino también por los animales de los bos­ques y campos. ¿Qué otra posibilidad les queda a los anima­les, aparte de tragar el veneno? Ellos viven sencillamente de lo que les ofrecen los campos y bosques, y por ello enfer­man cada vez más. Los virus y bacterias patógenos los trans­miten a los hombres, y con razón, pues el causante de todo lo que los animales tienen que pasar, soportar y sufrir es el hom­bre.

 

La bestia hombre se destruye con su propio compor­tamiento bestial. En la revista Das  Friedensreich (El Reino de la Paz), edición de mayo de 2003 leemos lo siguiente:

SARS (neumonía atípica)

–de los animales

traspasado a los hombres.

 

Otra vez ha vuelto a traspasar un agente patógeno la frontera entre las especies, pasando sin ningún problema de los animales al hombre –y con ello ha provocado una peligrosa epidemia–. De la perniciosa neumonía atípica SARS han muerto hasta el cierre de esta edición 120 personas en todo el mundo y más de 3000 es­ta­ban infectadas, incluyendo varias en Alemania –en el mo­men­to en el que usted lea esto probablemente serán más–. En la era de la globalización las epidemias se extienden mucho más rá­pi­damente que antes.

El agente patógeno hallado es el denominado virus-corona, que bajo el microscopio electrónico recuerda a la corona solar. Ta­les virus normalmente sólo provocan en el ser humano res­fria­dos sin importancia. Sin embargo gatos, el ganado vacuno, po­llos o cer­dos también pueden enfermar de muerte por ello. Parece ser que en la provincia china de Guangdong se traspasó nueva­men­te un virus tal a un hombre, habiéndose transformado antes de forma que podía “engañar” a las defensas inmunológicas hu­ma­nas. Se supone que un pollo fue el transmisor –los primeros in­fec­tados fueron comerciantes de aves y cocineros–. También es posible que el virus procediera de un animal salvaje, que fue cazado y con­su­mido como “exquisito manjar exótico”.

 

En la China rural las personas y los animales domésticos con­vi­ven estrechamente y apenas se tiene en cuenta la higiene: el agua está contaminada, los niños juegan al lado de los cerdos, po­­llos y patos; los pañuelos no se conocen. Pero también las densas grandes ciudades como Hongkong, donde las personas conviven en un estrechísimo espacio con animales criados para la matanza, se han convertido ya en varias ocasiones en lugares de incubación de nuevas enfermedades contagiosas. Una y otra vez tuvieron su co­mienzo en este medio peligrosas epidemias de gripe que luego fueron por todo el mundo.

El sufrimiento de los animales

regresa a los hombres

 

¿Se trata sólo de mejorar la higiene? ¿O la enfermedad nos quie­re decir otra cosa? También el sida o la enfermedad de las “vacas locas” fueron probablemente traspasadas de animales a hom­­bres. Donde el hombre caza y consume animales hasta en lo más profundo de la selva y donde cría animales bajo condiciones atroces para sacrificarlos y consumirlos, crea siempre un medio apro­piado para los agentes patógenos. Lo que el hombre hace a los animales, le vuelve tarde o temprano en forma de enfermedades.

En Holanda desde hace un tiempo también la peste ha pasado de las aves a los hombres: cinco trabajadores del ministerio de la sa­lud holandés sufrieron infecciones en los ojos. Antes se había matado en Holanda a miles de pollos por la epidemia. Tal traspase de un agente patógeno de los animales al hombre en forma de una epidemia mortal es, desde el punto de vista de un agente patógeno, más bien un “error” o un callejón sin salida, pues no puede ser la me­­ta de un agente patógeno el matar tan rápido como sea posible a su “animal hospedero”, ya que entonces él también muere.

Quizá nosotros los hombres estamos mirando al respecto en un espejo: ¿acaso no nos hemos convertido nosotros mismos en “agentes patógenos” mortales para la Madre Tierra, en mutacio­nes horrorosas que amenazan a los animales y a las plantas en su de­­recho a vivir?¿Y no estamos con ello en peligro de destruirnos tam­bién a nosotros mismos? El hombre, que presume de ser el “rey de la Creación”, es en realidad un “virus-corona”.

Que la desgracia avanza se puede ver en el siguiente ar­tículo de la revista Das Friedensreich (El Reino de la Paz) (edi­ción de junio de 2003):

 

Peste de las aves. El hombre hace enfermar a los animales y con ello a sí mismo

La epidemia de la neumonía atípica SARS comenzó aún en Chi­na –eso está lejos...– Pero en las cercanías se encuentra un segundo foco epidémico, que sólo a primera vista, en comparación, carece de peligro para el hombre. La peste de las aves comenzó en marzo en Holanda, y desde allí llegó a Bélgica y al oeste de Ale­mania. Como medida “meramente preventiva” se han matado en el tiempo transcurrido casi 30 millones (¡) de pollos y gallinas.

Pero también hay ya víctimas entre los hombres. En Holanda murió un veterinario de 57 años que había visitado los establos infectados. Numerosos trabajadores que habían participado en las acciones de matanza, enfermaron de conjuntivitis. Aunque por lo general el hombre no puede enfermar gravemente de la pes­te de las aves, los expertos se preocupan, pues si en un ser hu­mano un agente patógeno de la peste de las aves diera con un virus “normal” de la gripe, pordría formarse un nuevo “super-virus” que podría ser tanto muy contagioso como mortal para los hom­bres. “Ninguno de los seis mil millones de hombres tendría de­­fensas in­munológicas contra ese nuevo tipo de agentes pató­genos”, ha dicho Klaus Stöhr de la Organización Mundial de la Salud.

Algo así hubo ya una vez: en 1918 se extendió con la rapidez del viento la “gripe española” –entre 20 y 40 millones de personas mu­rieron a causa de ella–. También es posible que un “super-virus” de ese tipo se forme en un cerdo doméstico, pues tanto los vi­rus de las aves como los de los hombres pueden moverse en él –y posiblemente mezclarse–. En algunos establos infectados por la peste de las aves ya se encontraron en cerdos anticuerpos contra la enfermedad de las aves...

¿Y cómo surgió la peste de las aves en Holanda? Se supone que el agente patógeno traspasó de una colonia de patos salvajes a una empresa en la que miles de gallinas tenían que vegetar en un establo en el que –aunque se hallaba al aire libre– sufrían una insoportable estrechez.

¿De modo que tienen la culpa los animales salvajes? Esa sería una típica conclusión errónea humana.  Por cierto, ocurre lo mis­mo que con la peste de los cerdos: los animales que viven en libertad só­lo son los transmisores. Los agentes patógenos se “crían” y se mul­­tiplican en los establos de crianza de animales en masa, en los que los animales tienen que vivir de forma antinatural y sin el alimento propio de su especie. Eso eleva la propensión a en­fermar. El hombre hace enfermar a los animales y luego se sor­pren­de cuan­do la enfermedad recae sobre él.

Un lector lo formuló de la siguiente manera en su carta pu­bli­cada por la revista alemana “Spiegel”: “Temo que a medio pla­zo la alternativa será, o llevar una vida vegana y también pres­cin­dir del canario, o estar constantemente temblando ante una nue­va pandemia”.

 

Un pensamiento más sobre las relaciones causales de siembra y cosecha, causa y efecto:

En nuestro Estado –según puedo recordar– es válido el principio de que el desconocimiento de las leyes del Estado no exime de la pena. Por lo tanto, quien infringe la le­gis­la­ción terrenal vigente tiene que cargar con las conse­cuen­cias. Es su culpa, aun cuando desconozca lo que se deno­mi­na las leyes penales.

¿Cómo es con las leyes de Dios? Dios tiene Su ley eterna, que es el amor, la paz, la unidad y la libertad; es la ley per­fecta eterna que pulsa en lo profundo del alma de cada hom­bre. Todo hombre es por ello portador de la vida eterna, por­tador de la ley eterna, inalterable. Si el hombre actúa en contra de su herencia divina, la vida, la ley del amor, de la unidad y de la libertad, se castiga con ello a sí mismo.

 

Dios, nuestro Padre eterno, y Cristo, nuestro Redentor, no nos han dejado a nosotros los seres humanos sin que po­damos ver claro acerca de nuestro ser verdadero. Dios nos dio a través de Moisés extractos de la ley eterna, Sus Diez Mandamientos. De Jesús, el Cristo, recibimos ense­ñan­­zas concretas sobre cómo se pueden aplicar los Diez Mandamientos de Dios en la vida terrenal, y el camino que lleva al hogar del Padre, que está condensado en el Sermón de la Montaña. Es decir que se han puesto en nuestras ma­nos las herramientas para vivir, a fin de que encontremos el camino para volver a la vida verdadera, a nuestro ser verdadero. Si rechazamos las herramientas, si actuamos en contra de nuestra vida verdadera, eterna, en contra de la ley inalterable del amor, de la paz, de la unidad y de la li­bertad, también tendremos que cargar con lo hecho.

Nosotros los hombres tenemos ciertos refranes que po­drían llamar nuestra atención sobre la ley de siembra y co­secha, como por ejemplo: “tal como se dan voces en el bos­que, así vuelve el eco” [refrán alemán]. O: “quien no quiere hacer caso, tiene que sufrir” [refrán alemán]. Esto no es otra cosa, dicho de forma lapidaria, que la indicación sobre la consecuencia de la ley de siembra y cosecha, causa y efecto: tal como te comportes respecto a tu verdadero ser, así te irá, ya sea en este mundo, como alma en los mundos del Más Allá, o al volverte otra vez hombre.

 

Los signos de los tiempos hablan un idioma claro. Suma­mente claro habla también el Espíritu de Dios a través de la profeta Suya en nuestro tiempo. Dios, el Todopoderoso, di­ri­gió a la humanidad el 27 de febrero de 2001 entre otras las si­guientes palabras:

 

“....¡Dejad de consumir a las criaturas que viven con vosotros, que son vuestros hermanos animales!

¡Dejad de torturarlos por medio de experimentos con animales, y quitándoles la libertad, criándolos en establos que no son dignos de ellos! Los animales aman la libertad, de igual modo que voso­tros, los hombres.

¡Dejad de matar a los animales más pequeños, la vida en la tie­rra, por medio de abonos químicos artificiales, también por me­dio de excrementos y cosas similares!

Dejad de talar y quemar los bosques, y de quitar a los animales en los bosques y campos el espacio vital. Devolvedles su espacio vital: bosques, campos y praderas; de otra manera vuestro destino, que vosotros mismos os habéis impuesto, os quitará vuestro hogar, vues­tros bienes y vuestras fuentes de alimentación, a través de catástrofes en todo el mundo, que vosotros mismos habéis creado a raíz de vuestro comportamiento contra la vida, contra los rei­nos de la naturaleza, incluidos los animales.

Si los hombres dejan una vez más que Mis palabras se las lle­ve el viento, vendrá la tempestad, el destino mundial, arreba­tan­do a cientos de miles de seres humanos –por una parte a través de catástrofes en todo el mundo, y por otra por medio de enferme­da­des que caerán sobre ellos de modo semejante a plagas, y que, por haberse apartado de toda ética y moral espirituales, han im­pues­to a los animales...

Mi palabra ha sido expresada. El apocalipsis mundial se ha pues­to en movimiento. Aquel que no quiera escuchar, sentirá en in­tervalos cada vez más breves las causas que ha creado, en forma de efectos.  Yo he elevado hacia Mí a la Tierra con sus plantas, ani­males y minerales. Quien siga alzando su mano contra la Ma­dre Tierra con todas sus formas de vida, sentirá los efectos. ¡Dejad de torturar, de matar y de asesinar!

¡Dejad, oh hombres, vuestro comportamiento brutal, que recae úni­ca­mente sobre vosotros y sobre ningún otro ser; pues lo que ha­céis a la más ínfima de las criaturas que viven con vosotros, eso Me lo hacéis a Mí, y también a vosotros!

¡Basta ya! Dad la vuelta, pues de otro modo continuará la co­secha, que es vuestra siembra...”

 

Hace ya aproximadamente 20 años Hubert Weinzirl, an­ti­guo presidente del “Bund Naturschutz” (Asociación Ale­ma­na de Protección de la Naturaleza), reconoció que lo de la caza está llegando a su fin, pues él dijo: “Cada cosa tiene su tiempo. El tiempo para la caza ha pasado”.

¡Cuánta razón tenía él ya entonces! Y ahora no sólo ha pa­sado el tiempo para la caza, sino también el tiempo para el hombre que no cambia su modo de pensar ni su com­portamiento hacia los animales y los reinos de la naturaleza y, por ejemplo, continúa consumiendo la carne de otras cria­turas.

 

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