
  Los fariseos y escribas, y sus vasallos: hipócritas cobardes y subordinados serviles

El que seriamente quiere mostrarse como verdadero cristiano se orienta a los mandamientos de Dios y a las enseñanzas de Jesús, el Cristo. No se orientará a las maquinaciones humanas de quienes esconden su avidez de prestigio y de poder bajo la máscara de la adulación y de las bellas palabras. Se trata de aquellos que favorecen a sus lacayos solapadamente y con tácticas, así como con preferencias aplicadas de forma consciente y concreta, mientras menosprecian, discriminan y calumnian a quienes no son serviles con ellos. El que sigue a Jesús, el Cristo, reconocerá a aquellos que visto globalmente mienten sin escrúpulos, y se mantendrá alejado de ellos.
Desgraciadamente muchos hombres son hipócritas cobardes que se subordinan a los puntos de vista de tiranos de la Iglesia y del mundo, aceptando sus maquinaciones en la esperanza de recibir un pedacito del pastel de la magia del poder. Son los que adulan de la forma más servil porque quieren jugar a cualquier precio al póquer del poder. Para ello traicionan al gran Espíritu de la unidad y también a sus semejantes.
Al que ha aportado algunos triunfos en el infierno del juego del poder sin hallar eco alguno, se le enciende en determinadas circunstancias la chispa del reconocimiento de que en Occidente muchos hombres se han convertido en jugadores de póquer paganos que se han puesto la capa de “cristianos”, y de que todo ese juego de pingpong no tiene nada que ver con Cristo. A pesar de este reconocimiento muchos de ellos siguen siendo secuaces de los fariseos y escribas, de aquellos jugadores de ping-pong que desde tiempos inmemoriales han seducido y seducen a los hombres.
Precisamente los hipócritas que han reconocido y reconocen muchas cosas pero que no se alzan a la rectitud y a la veracidad, dan el poder a los que atan a sus ovejas y las mantienen en el redil con su enseñanza falsa, inspirada en la forma de pensar de la Caída. Los hipócritas, los conformistas, los súbditos han permitido y permiten que los magos eclesiásticos, los fariseos y escribas saquen monstruosidades de su chistera llena de encantamientos y pongan a esas absurdidades la aureola de “los inescrutables misterios divinos”, para que nadie ose cuestionarlas. De Dios, el Uno universal, el Padre eterno, se ha hecho un Dios del castigo, de la venganza, un tirano al que se quiere poner en sintonía con conjuros para que Él eventualmente otorgue reconocimiento a los trucos de magia de los obsesos de poder y los bendiga.
Pero la vacuidad de las palabras llenas de unción es evidente. Por eso surge la cuestión de por qué aún hay contemporáneos que no notan –o no quieren percibir– que los que fueron nombrados magos no toman en serio sus propias prácticas mágicas, sino que únicamente las aplican para atemorizar a sus vasallos y lemingos evitando así que a éstos se les ocurra la “atrevida” idea de utilizar su entendimiento.
Queridos amigos, Dios no tiene nada que ver con todas esas necedades. Dios es por siempre el Dios del amor y de la bondad, el Dios de la unidad universal.
Los hipócritas y subordinados cobardes son mantenidos por los magos eclesiásticos en la psicosis del miedo mediante la enseñanza de la condenación eterna. Dado que en general se está acostumbrado a tomar esto como un hecho, hay que ver primero con toda claridad qué escandalosa traición a Dios y a Cristo hay implícita en ello y qué malvado engaño para con los demás semejantes, que al fin y al cabo son los hermanos y hermanas de esos ilustrísimos “pastores”.
Dios, que ama a todos Sus hijos –a todos los hombres, a todas las almas, a todos los seres sin excepción–no sólo es aquí masivamente calumniado y difamado por hombres que por añadidura se denominan “cristianos”, sino que también se abusa de Él de la forma más burda con fines que sirven para subyugar a muchas personas. ¡Los intrigantes de poder eclesiásticos lo emplean conscientemente a Él como látigo disciplinario, como medio de presión para quienes les han sido encomendados y osan dudar de la legitimidad de esa organización y de su enseñanza antidivina y anticristiana!
Como los lacayos permanecen sumisos, los ávidos de poder pudieron fundar un aparato de poder al cual le dieron el nombre de “cristiano”. Con la etiqueta “cristiano” proceden tanto abierta como veladamente contra todos aquellos que ven tras su “carné de apariencia” y no callan, que no participan en el juego de ping –pong bajo la tapadera de “cristiano”.
El que espiritualmente está ciego no ve al buitre que con las palabras “Dios tiene Sus misterios” hace invisible su verdadera naturaleza ante su presa. Los supuestos misterios de Dios sirven como manto de invisibilidad o, mejor dicho, como piel de cordero que se pone encima el lobo feroz.
El verdadero Dios no se esconde de los hombres. El hombre que no puede arriesgarse a presentarse ante la faz de Dios como hijo Suyo que cumple Su voluntad, inventó la palabra “misterio” con la que cree ocultar la voluntad de Dios. Por ello el que cree en los misterios de Dios permanece ciego respecto a la verdad.
El que durante mucho tiempo engaña a otros, es decir, oscurece la verdad, está cada vez más atado a esa configuración de sombras que él creó. A corto o largo plazo él mismo no sabrá ya lo que es verdad y lo que es mentira, y por ejemplo creerá él mismo en “los misterios de Dios”. Eso significa que el ciego sigue a los ciegos que creen las mismas cosas que él. A consecuencia de ello caen ambos en la fosa.
El mundo se ha convertido en un horno de fuego en el cual con el tiempo caen como víctimas todos los que no hacen inflamarse el fuego interno, el destello redentor, y se aferran a las sombras mantenidas por funcionarios eclesiásticos irresponsables.
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