
  Los pasos desde el “cuadrúpedo” hasta el “bípedo”. “Ponerse la ropa de jabalíes, ¡por el bien de la unidad!”

Entonces llegó la siguiente prueba que teníamos que superar nosotros, los bípedos. Había llegado el momento de presentarnos como bípedos. Pero ¿cómo se comportarían los animales con nosotros los bípedos? Si queríamos seguir siendo fieles a nuestros propósitos teníamos que exponernos a ellos, no nos podíamos enfrentar a ellos. Enfrentarnos a ellos sería lo mismo que provocarles a medir las fuerzas, planteando la cuestión de quién es el más grande, es decir el más fuerte. En una competición tal siempre hay un vencedor y un perdedor, y seguro que ahí habríamos sido los vencidos.
Competición es también una forma de lucha. Sin embargo nosotros nos habíamos dirigido y seguimos dirigiéndonos como amigos a nuestros hermanos animales. Lo que hagan con nosotros, cómo reaccionen –sea que huyan o que los jabalíes nos ataquen o nos acepten–, depende únicamente de nuestro comportamiento con ellos. Para nosotros estaba claro que teníamos que entregarnos a ellos sin peros ni grandes medidas de seguridad.
Dicho y hecho.
De nuevo recé y pedí conducción a los ayudantes espirituales invisibles de la naturaleza, pues no queríamos asustar a los animales con nuestra imagen. Como ya se ha dicho, ¡la oración desinteresada siempre ayuda! Y aquí no se trataba de nosotros los hombres, ¡se trataba del mundo animal!
En nuestro mundo domina el adversario de Dios con su principio: “separa, ata y domina”. El que viene de las tinieblas separó a los hombres de los animales y de la naturaleza. Los hombres que le siguieron ciegamente –unos por afán de lucro, otros por indiferencia– han actuado y siguen actuando de forma destructiva sobre la unidad. Con ello provocan golpes del destino y catástrofes, hasta catástrofes naturales mundiales, en espacios muy extensos.
El gran Espíritu del infinito es por siempre la unidad. A nosotros los hombres, que sólo somos huéspedes en esta Tierra, se nos ha encomendado aprender, para volver a despertar en nosotros nuestra herencia espiritual, la ley cósmica de la unidad, del amor y de la libertad, de forma que tras nuestra muerte física podamos regresar como seres cósmicos al Hogar del Padre.
La unidad une, la unidad libera. En los muchos años que llevo sirviendo de instrumento de Dios, la consciencia de la unidad ha sido para mí una fuente de fuerza infinita, en la cual me inspiro y de la cual comprendo la palabra y la imagen de la unidad. En mi interior, en mi alma, los ayudantes espirituales reflejaron en palabras e imágenes lo siguiente: “pisa ahora como bípedo muy poco a poco, es decir, paso a paso el suelo sobre el que se halla el “cuadrúpedo”, el jeep.
Los seres del infinito se comunican por medio del lenguaje de las imágenes. En mí, en la imagen, vi cómo me tenía que comportar: por ejemplo, se abría la puerta posterior del jeep y uno de nosotros se sentaba al borde de la abierta rampa de carga del “cuadrúpedo”, de forma que el cuerpo se hacía visible desde fuera. Sin embargo, las piernas todavía no tocaban el suelo.
Había que ver entonces quién iba el primero.
Mis acompañantes arguyeron: “tú recibes las indicaciones de los ayudantes invisibles; ¡muéstrate tú en primer lugar!”
Así que abrimos la puerta trasera del coche y me senté de forma que se me podía ver en el coche y mis piernas se balanceaban fuera del jeep. El jeep abierto fue aparcado de forma que los animales pudieran verme.
A algunos metros de distancia pasó una liebre dando brincos, se irguió brevemente para examinar al extraño ser del jeep y luego continuó brincando. Los pájaros, que hasta ahora se fiaban del “cuadrúpedo” –pues usaban el techo como pista de despegue–, estaban sobre las ramas y observaban la figura inmóvil y extraña que sacaba dos piernas de la “pista de despegue”. Sus trinos se podrían interpretar eventualmente de la siguiente manera: “¿es esto un espantapájaros?” Aunque no les faltaba razón, pues los espantapájaros colocados por los hombres en huertos y en algunos campos simbolizan hombres que han de ahuyentarles.
Sea cual fuere la imagen que los pájaros tenían de mí, el “espantapájaros” permaneció tranquilamente sentado. Empezó a oscurecer; los pájaros se fueron a sus nidos y el bosque se tornó silencioso. Como si los jabalíes supieran que yo tenía frío, ese día vinieron más pronto que de costumbre. Se pararon, levantaron sus narices y olfatearon. “¿Qué es esto que está medio colgando en el cuadrúpedo? ¡Una imagen desacostumbrada!” Se detuvieron indecisos.
Desde el alma me hice de repente consciente de que tenía que hablar, pues su lenguaje de imágenes también contiene sonidos. Así que comencé a hablar lenta y pausadamente, transmitiendo lo que decía a la vez como imagen. Hablaba y hablaba, con una voz baja, casi monótona. Hablé del Espíritu de la naturaleza, de la unidad de la vida; dije que veníamos como amigos, que no les íbamos a ocasionar daño alguno y otras cosas parecidas.
Los hermanos animales miraban recelosamente como si estuvieran inseguros de cómo se lo tenían que tomar. En las cercanías de esa imagen para ellos extraña había algunas manzanas, que desde hacía algún tiempo valoraban mucho. Pareció como si acogieran las nuevas impresiones en su imagen, pues se acercaron con mucha precaución, aunque ese día nuevamente con el pelaje cervical erizado. En el ocaso vi como sus ojos chispeaban. Cogieron las manzanas y ¡zas, zas!, desaparecieron en el bosque.
Al menos los bípedos se habían mostrado ya una vez someramente como tales.
En las siguientes expediciones volvimos a seguir detalladamente las indicaciones de los ayudantes espirituales, que nos aconsejaron que pusiera mi cuerpo cada vez más hacia fuera, hasta llegar a estar fuera, aunque aún cerca del jeep.
Otro mensaje decía más o menos: “si queréis ganar la confianza de los jabalíes, por el momento no podéis lavar vuestra ropa exterior”.
Los tres nos miramos y no pudimos contener una sonrisa: “¡esto cada vez se vuelve más estupendo!” Pero la indicación es comprensible, pues el lenguaje de los animales es olor, sonido e imagen.
Nuestra ropa exterior dejó entonces de lavarse. Cuando íbamos a marchar de excursión decíamos bromeando: “a ponerse la ropa de jabalíes, ¡por el bien de la unidad!”
La primavera anunciaba su llegada y yo, el bípedo, estaba entonces fuera, a algunos pasos de distancia del jeep. “¡Aquí estoy ahora, yo pobre necia, y no más lista hoy que otrora!”
Hace tiempo que los tres hemos dejado de querer ser más listos que la naturaleza y que el mundo animal. En cada expedición pudimos vivir y experimentar que los animales son mucho más listos que el hombre, quien es de la opinión de que él es el as de la Creación.
Sabido es que la arrogancia precedió a la Caída. Así comenzó en el Reino eterno cuando un ser creyó que tenía que ser Dios. Los “dioses” de entonces cayeron en su propio mundo de ideas y los “dioses” de hoy están presos de sus propias ideas, de cómo debería ser pero no es; pues si nosotros los hombres observamos el caos que hay en este mundo y somos honestos, tenemos que golpearnos el pecho y decir: “¡mea culpa!” Nadie debería verse como una excepción. Cada uno de nosotros es más o menos partícipe de la Caída que condujo a la degeneración de todas las buenas costumbres y valores.
Los que sufren a causa de esta consciencia estrecha y egoísta de la Caída son únicamente los inocentes animales y la naturaleza. Los animales y la naturaleza, en efecto, la Madre Tierra en su totalidad, no han colaborado en la degeneración de las buenas costumbres y de los valores de los hombres ni en sus ideas de cómo debería ser y no es. Precisamente por eso para más de un seguidor de Jesús es muy importante –aunque sólo fuera en una pequeña zona de la Tierra– reparar en relación a la naturaleza y a los animales lo que el cruel camarada hombre ha cometido con ellos.
En el pequeño reino para la naturaleza y los animales, los animales han de encontrar de nuevo un hogar, y los hombres, que son los hermanos mayores de los animales, han de encontrar de nuevo la unidad con el mundo animal y vegetal, con la Madre Tierra. Dios, el Espíritu eterno, es la unidad y no es la obra de la oscuridad. Nuestra meta es dirigirnos a nuestros hermanos animales como amigos, como hermanos, exponiéndonos a ellos sin reservas como hermanos humanos, para volvernos de nuevo uno con ellos.
A algunos pasos de distancia del “cuadrúpedo” me hallaba yo entonces, el bípedo, hablando siempre con la misma cadencia, viera un animal o no. Los mirlos, que muy paulatinamente empezaban a acoger en sus sones el anuncio de la primavera, comenzaron de pronto a piar ruidosamente. Volaban intranquilos de un lado a otro. ¿Qué estaba sucediendo? En seguida se mostraron los jabalíes. Qué raro, no se oyó ningún “¡wuff’!”: simplemente dieron un rodeo en torno al lugar en que me hallaba y continuaron.
Del jeep se escuchó decir a media voz a uno de mis acompañantes: “quédate quieta; gira sólo tus ojos hacia la izquierda”.
Y ¿qué vi? Una madre jabalí con 6 hijos. En la jerga de los cazadores las denominan “jabalinas” y “jabatos”. La madre estaba muy atemorizada y preocupada por sus pequeños. Cuando me vio, dio la vuelta con sus hijos y desapareció por ese día.
Los días y las semanas pasaron. El mundo animal se acostumbró cada vez un poquito más a nuestra presencia. El “cuadrúpedo”, el jeep, y su ruido pronto fueron conocidos en el bosque. Liebres, corzos, ardillas y también los “temibles” jabalíes ya no huían de él. Los pájaros seguían posados en las inclinadas ramas de los árboles y arbustos y tampoco se incomodaban cuando estaban comiendo en el “balcón” de la casita comedero. Sólo los bípedos les resultaban aún sospechosos. Probablemente los animales del bosque y de los campos no podían suponer sin más ni más que precisamente un pequeño grupo de personas quería ser amigo suyo.
Habría todavía tanto que contar, pues cada expedición nos aportaba nuevas experiencias con la naturaleza y los animales. A pesar de ello me quiero limitar a las situaciones esenciales que quizá ayuden a más de un amigo de la naturaleza y de los animales a comprender por qué los animales se han vuelto tal como ahora son, pero que aprenden y comprenden relativamente deprisa y que cambian su comportamiento cuando se les trata sin reservas y se gana su confianza con mucha, mucha perseverancia, paciencia y bondad.
No sólo hemos aprendido que los animales se comportan de forma diferente en primavera y en verano que en otoño y en invierno; el Espíritu de la naturaleza también nos ayudó con impulsos e indicaciones. Por ejemplo nos enteramos de que los animales necesitan mucha protección y de que setos espesos y bosquecillos son lugares seguros para ellos.
En otoño muchos hermanos y hermanas comenzaron a construir los denominados “setos de Benjes”, también islas de árboles, biotopos de piedras y biotopos húmedos. Pronto acudió el correspondiente mundo animal. Cada vez vienen más diminutos o pequeños animales a las tierras pacíficas y encuentran protección y hogar en los muchos setos de Benjes, que de un tiempo a esta parte suman unos doce kilómetros de longitud, flanqueando los campos.
En el bosque y al borde de los setos de Benjes se colocaron recipientes de agua, llenados a diario por diferentes amigos de los animales, pues el agua fresca siempre es bienvenida por los animales, grandes o pequeños, y también por los insectos.
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