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de Gabriele Nr. 4

Los pasos desde el “cuadrúpedo”
hasta el “bípedo”.
“Ponerse la ropa de jabalíes,
¡por el bien de la unidad!”



Entonces llegó la siguiente prueba que teníamos que su­perar nosotros, los bípedos. Había llegado el momento de presentarnos como bípedos. Pero ¿cómo se comportarían los animales con nosotros los bípedos? Si queríamos seguir siendo fieles a nuestros propósitos teníamos que expo­ner­nos a ellos, no nos podíamos enfrentar a ellos. Enfrentarnos a ellos sería lo mismo que provocarles a medir las fuerzas, planteando la cuestión de quién es el más grande, es decir el más fuerte. En una competición tal siempre hay un vence­dor y un perdedor, y seguro que ahí habríamos sido los ven­cidos.

Competición es también una forma de lucha. Sin em­bar­go nosotros nos habíamos dirigido y seguimos diri­gién­donos como amigos a nuestros hermanos animales. Lo que hagan con nosotros, cómo reaccionen –sea que huyan o que los jabalíes nos ataquen o nos acepten–, depende única­men­te de nuestro comportamiento con ellos. Para nosotros es­taba claro que teníamos que entregarnos a ellos sin peros ni grandes medidas de seguridad.

Dicho y hecho.

De nuevo recé y pedí conducción a los ayudantes espi­ri­tuales invisibles de la naturaleza, pues no queríamos asustar a los animales con nuestra imagen. Como ya se ha dicho, ¡la oración desinteresada siempre ayuda! Y aquí no se trata­ba de nosotros los hombres, ¡se trataba del mundo animal!

 

En nuestro mundo domina el adversario de Dios con su principio: “separa, ata y domina”. El que viene de las tinie­blas separó a los hombres de los animales y de la naturaleza. Los hombres que le siguieron ciegamente –unos por afán de lucro, otros por indiferencia– han actuado y siguen ac­tuando de forma destructiva sobre la unidad. Con ello pro­vo­can golpes del destino y catástrofes, hasta catástrofes na­tu­rales mundiales, en espacios muy extensos.

El gran Espíritu del infinito es por siempre la unidad. A no­­sotros los hombres, que sólo somos huéspedes en esta Tierra, se nos ha encomendado aprender, para volver a des­pertar en nosotros nuestra herencia espiritual, la ley cósmica de la unidad, del amor y de la libertad, de forma que tras nues­tra muerte física podamos regresar como seres cós­mi­cos al Hogar del Padre.

La unidad une, la unidad libera. En los muchos años que llevo sirviendo de instrumento de Dios, la consciencia de la unidad ha sido para mí una fuente de fuerza infinita, en la cual me inspiro y de la cual comprendo la palabra y la imagen de la unidad. En mi interior, en mi alma, los ayu­­dantes espirituales reflejaron en palabras e imágenes lo siguiente: “pisa ahora como bípedo muy poco a poco, es de­cir, paso a paso el suelo sobre el que se halla el “cua­drú­pedo”, el jeep.

Los seres del infinito se comunican por medio del len­guaje de las imágenes. En mí, en la imagen, vi cómo me te­­nía que comportar: por ejemplo, se abría la puerta pos­te­rior del jeep y uno de nosotros se sentaba al borde de la abier­ta rampa de carga del “cuadrúpedo”, de forma que el cuer­­po se hacía visible desde fuera. Sin embargo, las piernas todavía no tocaban el suelo.

Había que ver entonces quién iba el primero.

Mis acompañantes arguyeron: “tú recibes las indica­cio­nes de los ayudantes invisibles; ¡muéstrate tú en primer lu­gar!”

Así que abrimos la puerta trasera del coche y me senté de forma que se me podía ver en el coche y mis piernas se balanceaban fuera del jeep. El jeep abierto fue aparcado de forma que los animales pudieran verme.

A algunos metros de distancia pasó una liebre dando brin­cos, se irguió brevemente para examinar al extraño ser del jeep y luego continuó brincando. Los pájaros, que hasta ahora se fiaban del “cuadrúpedo” –pues usaban el techo co­mo pista de despegue–, estaban sobre las ramas y ob­ser­vaban la figura inmóvil y ex­tra­ña que sacaba dos piernas de la “pista de despegue”. Sus trinos se podrían interpretar even­tual­mente de la siguiente manera: “¿es esto un espan­tapájaros?” Aun­que no les faltaba razón, pues los espanta­pá­jaros coloca­dos por los hombres en huertos y en algunos campos simbo­li­zan hombres que han de ahu­yen­­tarles.

 

Sea cual fuere la imagen que los pájaros tenían de mí, el “espantapájaros” permaneció tranquilamente sentado. Empezó a oscurecer; los pájaros se fueron a sus nidos y el bosque se tornó silencioso. Como si los jabalíes supieran que yo tenía frío, ese día vinieron más pronto que de cos­tum­bre. Se pararon, levantaron sus narices y olfatearon. “¿Qué es esto que está medio colgando en el cuadrúpedo? ¡Una imagen desacostumbrada!” Se detuvieron indecisos.

Desde el alma me hice de repente consciente de que tenía que hablar, pues su lenguaje de imágenes también contiene sonidos. Así que comencé a hablar lenta y pausadamente, trans­mitiendo lo que decía a la vez como imagen. Hablaba y hablaba, con una voz baja, casi monótona. Hablé del Es­píritu de la naturaleza, de la unidad de la vida; dije que ve­­nía­mos como amigos, que no les íbamos a ocasionar daño alguno y otras cosas parecidas. 

Los hermanos animales miraban recelosamente como si estuvieran inseguros de cómo se lo tenían que tomar. En las cercanías de esa imagen para ellos extraña había algunas manzanas, que desde hacía algún tiempo valoraban mucho. Pareció como si acogieran las nuevas impresiones en su imagen, pues se acercaron con mucha precaución, aunque ese día nuevamente con el pelaje cervical erizado. En el oca­so vi como sus ojos chispeaban. Cogieron las manzanas y ¡zas, zas!, desaparecieron en el bosque.

Al menos los bípedos se habían mostrado ya una vez so­meramente como tales.

 

En las siguientes expediciones volvimos a seguir deta­lla­damente las indicaciones de los ayudantes espirituales, que nos aconsejaron que pusiera mi cuerpo cada vez más hacia fuera, hasta llegar a estar fuera, aunque aún cerca del jeep.

Otro mensaje decía más o menos: “si queréis ganar la con­fianza de los jabalíes, por el momento no podéis lavar vuestra ropa exterior”.

Los tres nos miramos y no pudimos contener una sonrisa: “¡esto cada vez se vuelve más estupendo!” Pero la indi­ca­ción es comprensible, pues el lenguaje de los animales es olor, sonido e imagen.

Nuestra ropa exterior dejó entonces de lavarse. Cuando íba­mos a marchar de excursión decíamos bromeando: “a ponerse la ropa de jabalíes, ¡por el bien de la unidad!”

La primavera anunciaba su llegada y yo, el bípedo, es­taba entonces fuera, a algunos pasos de distancia del jeep. “¡Aquí estoy ahora, yo pobre necia, y no más lista hoy que otrora!”

Hace tiempo que los tres hemos dejado de que­rer ser más listos que la naturaleza y que el mundo animal. En ca­da expedición pudimos vi­vir y experimentar que los ani­males son mucho más listos que el hom­bre, quien es de la opi­nión de que él es el as de la Creación.

Sabido es que la arrogancia precedió a la Caída. Así co­men­zó en el Reino eterno cuando un ser creyó que tenía que ser Dios. Los “dioses” de entonces cayeron en su propio mundo de ideas y los “dioses” de hoy están presos de sus propias ideas, de cómo debería ser pero no es; pues si no­sotros los hombres observamos el caos que hay en este mun­do y somos honestos, tenemos que golpearnos el pecho y decir: “¡mea culpa!” Nadie debería verse como una excep­ción. Cada uno de nosotros es más o menos partícipe de la Caí­da que condujo a la degeneración de todas las buenas cos­tumbres y valores.

 

Los que sufren a causa de esta consciencia estrecha y egoís­­ta de la Caída son únicamente los inocentes animales y la naturaleza. Los animales y la naturaleza, en efecto, la Ma­­dre Tierra en su totalidad, no han colaborado en la dege­neración de las buenas costumbres y de los valores de los hom­bres ni en sus ideas de cómo debería ser y no es. Pre­cisamente por eso para más de un seguidor de Jesús es muy importante –aunque sólo fuera en una pequeña zona de la Tierra–  reparar en relación a la naturaleza y a los ani­males lo que el cruel camarada hombre ha cometido con ellos.

En el pequeño reino para la naturaleza y los animales, los animales han de encontrar de nuevo un hogar, y los hombres, que son los hermanos mayores de los animales, han de encontrar de nuevo la unidad con el mundo animal y vegetal, con la Madre Tierra. Dios, el Espíritu eterno, es la unidad y no es la obra de la oscuridad. Nuestra meta es dirigirnos a nuestros hermanos animales como amigos, como hermanos, exponiéndonos a ellos sin reservas como hermanos humanos, para volvernos de nuevo uno con ellos.

A algunos pasos de distancia del “cuadrúpedo” me ha­llaba yo entonces, el bípedo, hablando siempre con la misma cadencia, viera un animal o no. Los mirlos, que muy pau­latinamente empezaban a acoger en sus sones el anuncio de la primavera, comenzaron de pronto a piar ruidosa­men­te. Volaban intranquilos de un lado a otro. ¿Qué estaba suce­diendo? En seguida se mostraron los jabalíes. Qué raro, no se oyó ningún “¡wuff’!”: simplemente dieron un rodeo en torno al lugar en que me hallaba y continuaron.

Del jeep se escuchó decir a media voz a uno de mis acom­pañantes: “quédate quieta; gira sólo tus ojos hacia la iz­quierda”.

Y ¿qué vi? Una madre jabalí con 6 hijos. En la jerga de los cazadores las denominan “jabalinas” y “jabatos”. La ma­dre estaba muy atemorizada y preocupada por sus pe­queños. Cuando me vio, dio la vuelta con sus hijos y desa­pa­reció por ese día.

Los días y las semanas pasaron. El mundo animal se acos­tumbró cada vez un poquito más a nuestra presencia. El “cuadrúpedo”, el jeep, y su ruido pronto fueron conoci­dos en el bosque. Liebres, corzos, ardillas y también los “te­mi­bles” jabalíes ya no huían de él. Los pájaros seguían po­sa­dos en las inclinadas ramas de los árboles y arbustos y tam­poco se incomodaban cuando estaban comiendo en el “bal­cón” de la casita comedero. Só­lo los bí­pedos les resultaban aún sos­pe­cho­sos. Pro­bablemente los ani­ma­les del bosque y de los campos no po­dían su­poner sin más ni más que pre­cisa­men­te un pequeño grupo de per­sonas quería ser amigo suyo.

Habría todavía tanto que contar, pues cada expedición nos aportaba nuevas experiencias con la naturaleza y los animales. A pesar de ello me quiero limi­tar a las situaciones esenciales que quizá ayuden a más de un amigo de la naturaleza y de los animales a comprender por qué los animales se han vuelto tal como ahora son, pero que apren­den y comprenden relativamente deprisa y que cambian su comportamiento cuando se les trata sin reservas y se gana su confianza con mucha, mucha perseverancia, pa­­cien­cia y bondad.

No sólo hemos aprendido que los animales se comportan de forma diferente en primavera y en verano que en otoño y en invierno; el Espíritu de la naturaleza también nos ayu­dó con impulsos e indicaciones. Por ejemplo nos enteramos de que los animales necesitan mucha protección y de que setos espesos y bosquecillos son lugares seguros para ellos.

En otoño muchos hermanos y hermanas comenzaron a cons­truir los denominados “setos de Benjes”, también islas de árboles, biotopos de piedras y biotopos húmedos. Pronto acudió el correspondiente mundo animal. Cada vez vienen más diminutos o pequeños animales a las tierras pacíficas y encuentran protección y hogar en los muchos setos de Ben­­jes, que de un tiempo a esta parte suman unos doce ki­lómetros de longitud, flanqueando los campos.

En el bosque y al borde de los setos de Benjes se colocaron recipientes de agua, llenados a diario por diferentes amigos de los animales, pues el agua fresca siempre es bienvenida por los animales, grandes o pequeños, y también por los in­sectos.

 

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