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  Los supuestos «misterios de Dios» – hasta hoy día nefastas consecuencias de la ignorancia para muchos hombres

¿Por qué hablan las Iglesias católica y luterana una y otra vez sobre los “misterios de Dios”, o incluso se atienen al “Credo quia absurdum”, que significa: “creo porque es absurdo”?
La ley de Dios omniregente, eterna e inalterable, es todo menos absurda. Ella es Lógica, Sabiduría, Grandeza, insuperable en su sencillez y genial; es consciencia suprema, inteligencia divina, claridad, la verdad –es absoluta–. Y como una vez nos dijo el Espíritu eterno con la palabra profética, acerca de la Ley Absoluta: “lo absoluto es sencillamente absoluto. Más allá no hay nada más”.
La ley de Dios es todo en todo. En cada aspecto de la ley, la totalidad está manifestada, produce sus efectos y está viva, y la Ley Absoluta como totalidad está a su vez en concordancia con cada uno de sus aspectos. Como se ha dicho, todo es claro y absolutamente concordante, porque Dios es eterna e inalterablemente el mismo: el YO SOY.
Pero si los hombres mezclan lo falso, es decir la mentira, con la verdad, que es Dios, este conglomerado ya no puede ser en sí concluyente ni concordante. Con razón se le calificará de absurdo.
Si dos afirmaciones que se contradicen entre sí son mencionadas en un mismo contexto, sólo una de las dos puede ser cierta y correcta. Sin embargo, la enseñanza eclesiástica pseudocristiana habla entonces de los “misterios de Dios”.
Dios, el Eterno, no necesita misterios, sino aquellos que a pesar de adornarse con el haber estudiado a Dios, saben de Él menos y Le conocen menos que más de un hombre sencillo del pueblo que se esfuerza en llevar una vida con consciencia de Dios y en estar en paz con su prójimo. Los supuestos misterios de Dios son una consecuencia de desnaturalización humana, de la falta de conciencia de aquellos que sienten, piensan y traman de forma diferente a cómo hablan y predican, y cuyos actos corresponden a la forma de pensar de la Caída.
Los misterios de Dios son afirmaciones eclesiásticas porque estas instituciones han perdido la visión global de la vida.
En el concilio de Constantinopla en el año 553 se condenó por decisión mayoritaria lo que el maestro de los comienzos del cristianismo, Orígenes, enseñó: que las almas de los hombres existían como seres espirituales antes del nacimiento de su cuerpo y que los acontecimientos de la Caída les llevó a la corporeidad. A su vez se condenó la creencia de que algún día todas las almas y hombres regresarían a Dios. En su lugar el concilio estableció la enseñanza de la condenación eterna.
Hubo por tanto hombres que en aquel concilio condenaron la enseñanza de Jesús de Nazaret: el mensaje de un Dios Padre amoroso que no condena a nadie, mucho menos eternamente, sino que conduce de regreso a todas las almas y hombres, con la ayuda de la fuerza redentora del Cristo de Dios, que actúa con el seguimiento de Su enseñanza. Se condenó el conocimiento de la preexistencia del alma, una de las bases de la enseñanza de la reencarnación que también enseñó Jesús de Nazaret, como se deduce de varios escritos de los primeros tiempos del cristianismo. Es la enseñanza que está estrechamente vinculada a la ley de siembra y cosecha. La enseñanza de la reencarnación nos hace comprender a los seres humanos por qué las personas en Occidente se han vuelto como hoy día se muestran. Hombres que no podían comprender o que no querían comprender el mensaje de Dios –porque sus intereses no estaban orientados a cumplir la voluntad de Dios–, han deformado y cambiado las enseñanzas provenientes del Reino de Dios. Las grandes sabidurías de los transmisores del mensaje de los Cielos fueron constreñidas por ególatras en el estrecho tubo del misterio.
El mensaje de Dios fue representado de forma cada vez más humana en el transcurso de los siglos y finalmente adaptado a los deseos y ambiciones de los guías religiosos externalizados. Éstos han recortado y dispuesto la imagen de Dios y las leyes de Dios, también la ley de la reencarnación, “lo que hoy siembres lo cosecharás mañana o en una posterior encarnación”, tal como lo querían los susodichos guías religiosos. Dado que la enseñanza aguada de las Iglesias oficiales cada vez se volvió más discorde, más contradictoria en sí misma, los “dignatarios” eclesiásticos la cubrieron con el manto de los “misterios de Dios”.
Si en el año 553 en el concilio de Constantinopla unos pocos de los espiritualmente inconscientes se hubieran decidido de otra manera, el “misterio” se habría aireado y los hombres sabrían en Occidente acerca de la existencia del alma humana antes de su encarnación corporal y con ello acerca de las bases de la enseñanza de la reencarnación.
Esa trágica decisión sustrajo a muchos hombres el conocimiento sobre el sentido y la finalidad de su vida en la Tierra. Ya no conocían las interrelaciones de su destino: no sabían que las condiciones para el nacimiento del alma en otros mundos, es decir, en el Más Allá, dependen del comportamiento del hombre en su vida terrenal, según lo que el hombre haya pensado, hablado y hecho; y no sabían que el retorno del alma como ser humano debería ser utilizado para reparar lo que el hombre ha causado en encarnaciones anteriores.
Tomemos consciencia de que el hombre entonces –en el año 553– se arrogó determinar lo que es verdad y correcto, y así lo sigue haciendo hoy. Si un feligrés pregunta por el “de dónde” y “a dónde”, el deformador de la verdad, el sacerdote, lo cubre todo con el misterio de Dios argumentando que “Dios no permite ver en Sus misterios”.
Apenas pueden distinguirse ya las dimensiones de las consecuencias nefastas de aquella decisión errónea.
Hagámonos conscientes de que la consecuencia fatal de esa ignorancia es que muchas personas creen que su forma egoísta de pensar y de vivir, el menospreciar y dominar a sus semejantes, el torturar, explotar y asesinar a seres humanos y a otras criaturas, la lucha desconsiderada contra la vida de otros, el querer ser y poseer en sus diversas variantes etc., etc., etc., les traerá impunemente sólo ventajas y provecho.
Dios nunca castiga. El hombre se castiga a sí mismo, pues los efectos que tiene que experimentar en sí mismo –en esta vida terrenal o en los ámbitos de las almas o en las futuras encarnaciones– los ha creado él mismo: quien hace una y otra vez lo mismo o algo parecido en contra de la ley de la libertad, contra el amor eterno, quien por tanto actúa contra la ley de Dios con los mismos pensamientos y palabras, se acerca a un punto en el que empieza para él la catástrofe: sufrimiento, enfermedad o necesidades.
Pero eso todavía no lo es todo; la desgracia que surge de la ignorancia espiritual llega mucho más lejos: dado que el hombre no conoce las interrelaciones causales de siembra y cosecha, de causa y efecto, su experiencia llena de dolor y sufrimiento no le puede servir de enseñanza, o apenas, pues le falta el conocimiento espiritual fundamental, la base para el autorreconocimiento. En lugar de investigar sus propios errores, su culpa o su parte de culpa, la mayoría de las veces echa la culpa exclusivamente al prójimo, le acusa, le condena y le juzga, aumentando así la medida de su propia carga en lugar de liquidar parte de ésta.
Nosotros conocemos el camino del plazo de prueba para reparar lo causado, que es el camino del autorreconocimiento, de la purificación y del “no hacerlo más“. También existe el camino de la expiación: saldar culpas sufriendo aquello que el hombre ha hecho previamente a otros. Pero sin el reconocimiento del propio comportamiento erróneo, de la propia culpa, no es posible la disolución de este potencial negativo de energía. ¿Cómo se ha de reconocer el hombre en las adversidades experimentadas si no sabe que según la ley de siembra y cosecha él mismo es el causante?
Por consiguiente todos los dolores y sufrimientos se han sufrido en definitiva para nada; toda necesidad, toda miseria se han sufrido para nada si no conducen al reconocimiento y al cambio: ¡y en este mundo y en los ámbitos de las almas se ha sufrido y se sufre mucho!
¡Vemos qué funestas y profundas consecuencias ha tenido hasta hoy la decisión del año 553 en Constantinopla para muchos, muchos hombres, también para la moral y la ética en la vida privada y pública! La fuerza redentora del Cristo de Dios sólo puede actuar en una medida relativamente pequeña porque, por ejemplo, “la sola fe basta”; con ello además todo conocimiento espiritual, toda experiencia de Dios, toda vida interna, religiosa, se declara superflua, nula y nimia. Desde Constantinopla lo “cristiano” al fin y al cabo ya no es cristiano, sino que el “cristianismo” es una herramienta, un instrumento en las manos del contrincante de Dios, del adversario, de las tinieblas.
Como esto es así, Dios, el Eterno envió –después del paso por la Tierra de Jesús de Nazaret– a muchos mensajeros como anunciadores de la verdad. Y actualmente, dado que el desmoronamiento del mundo sin Dios y alejado de Dios ya no puede detenerse, Él vuelve a dar con poder Su palabra de la verdad a esta humanidad que ha sido mantenida ciega, y en este tiempo revuelto y engañoso, para encender con la luz de la verdad la luz del reconocimiento en muchos hombres ignorantes.
Volvamos a la pregunta: ¿por qué hablan las Iglesias católica y luterana una y otra vez sobre los “misterios de Dios”? La respuesta es: porque no quieren ser reconocidas como quienes son en realidad: vasallos de las fuerzas antidivinas, de la perdición para la humanidad, así como para la naturaleza y los animales; el anticristo.
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