La zorra madre que en invierno había cogido manzanas cerca del jeep y se las había comido agradecida ante nuestros ojos, se acercó entonces a mostrarnos sus pequeños. Nosotros los tres ocupantes del “cuadrúpedo” nos quedamos cerca del jeep, lo cual no le molestó. ¡Ella confiaba en nosotros los bípedos, los hombres! Los pequeños zorros retozaban y saltaban de un lado a otro. Jugando también saltaron sobre nosotros, cosa que la madre permitió. La zorra madre miró a su alrededor preguntando: “¿Tenéis una manzana?” Teníamos una, que hicimos rodar hacia ella. Ella la cogió, se giró hacia el bosque e hizo una leve señal. Los pequeños alzaron la mirada, oyeron a la madre y la siguieron.
Los erizos que en otoño habían cogido trocitos de manzanas nos mostraron asimismo sus pequeñuelos armados de púas. Las liebres salían saltando de los setos de Benjes y jugaban bajo el cálido sol. Sólo los jabalíes mantuvieron algo más de distancia. ¿Por qué? Nuestra ropa de verano distorsionó su imagen olfativa. Además notamos que acudían cada vez más a los campos para absorber y almacenar en su cuerpo los nutrientes que necesitan para soportar medianamente el invierno.
Desde hace algún tiempo vamos con dos jeeps. Uno es el “cuadrúpedo”, nuestro jeep expedicionario, mientras que el otro lleva agua fresca para todos los animales de los campos y bosques. En verano el agua fresca es especialmente solicitada –y es necesaria–. Los abrevaderos se han hecho de forma que también los animales pequeños, como por ejemplo pájaros, ardillas, ratones y otros muchos, e igualmente los animales más diminutos, puedan refrescarse en el agua fresca sin peligro de ahogarse.
La comunicación entre la naturaleza y los animales, contemplada desde el punto de vista humano, es algo especial, pues la naturaleza permite todo a los animales, incluso la destrucción de un árbol, cuando por ejemplo un animal grande lo rompe al doblarlo, desgaja ramas y ramillas, pisa plantas y hierbas o hace otras cosas. Los argumentos de los hombres serían los siguientes: “La naturaleza no se puede defender”, o “el animal no sabe que no debe hacer eso, pues sólo está dotado de instinto” o “la naturaleza no tiene alma, como tampoco los animales”. El hombre soberbio y egocéntrico es de la opinión de que “todo me sirve a mí solamente, al hombre, el rey de la Creación”.
El “rey de la Creación” no conoce al Creador de la Tierra y del infinito; el “rey de la Creación” tampoco reconoce a la Tierra como a un organismo vivo que mientras permanece en equilibrio está a favor del hombre y no en contra de él. Pero como el hombre, el “rey de la Creación”, menosprecia a la Madre Tierra y obra en contra de ella, andando el tiempo la Madre Tierra ya no permitirá todo lo que el hombre ha estado haciendo hasta ahora al gran hombre-Tierra. El “hombre-Tierra”, la Madre Tierra devolverá al hombre la parte que al hombre corresponde. El “rey de la Creación” perecerá con ello. La Madre Tierra será la vencedora.
La Madre Tierra es verdaderamente como una madre amorosa para con sus hijos. Si hay hijos que aquí o allá pisan hierbas y plantas, o derriban pequeños árboles o desgajan ramas y ramillas, no reaccionará como un hombre histérico; pues tan sólo son niños, que no lo hacen con maldad. Ellos, los niños animales, no destrozan intencionadamente grandes extensiones, como los hombres. No destruyen las selvas tropicales, talan enormes superficies de bosque o provocan incendios forestales para obtener beneficios personales. No envenenan los campos con abonos de excrementos sólidos y líquidos ni productos químicos perniciosos, como los hombres. Ellos no contaminan las aguas ni polucionan el aire.
Los animales de los bosques y de los campos apenas producen daños. El hombre es el parásito, un monstruo que destruye todo, absolutamente todo; y esto, como él cree, para su bien. Pero no es así en realidad, y se mostrará cada vez más como su dolor.
Cuando se es capaz de escuchar la orquesta de comunicación, el concierto de los elementos, de la naturaleza y de los animales con la Madre Tierra, también como ser humano se siente que los animales no ocasionan ningún daño en la naturaleza. La Madre Tierra es indulgente porque los hijos, los animales, no le causan dificultades. La Tierra aspira constantemente a mantener el equilibrio entre la naturaleza, los animales y los minerales. Lo que un animal dañe o destruya aquí o allá es para la Madre Tierra tan insignificante, que ella hace crecer de nuevo en otra parte lo que un animal empleó para sí.
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