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de Gabriele Nr. 4

Madres de corzos, zorros y erizos
nos muestran sus hijos



Nosotros tres hemos continuado y continuamos ha­cien­do nuestras experiencias en el “cuadrúpedo”, el jeep.

El tiempo apremia y las horas vuelan. La estación más cálida del año tiene el cetro en sus manos.

Algo que hemos aprendido y que aún hoy sigue siendo importante para nosotros es que no podemos movernos afuera, es decir fuera del jeep, sin hablar. Los animales gra­ban en su lenguaje de imágenes, que equivale a comu­nica­ción por imágenes, tanto el tono, es decir, el sonido de la voz, co­mo el olor, la forma y sus movimientos: todos los procesos de la vida de sus congéneres y de todos los demás seres vivos, incluidos los hombres.

En nuestras excursiones los tres seguimos llevando to­davía durante algunas semanas “la ropa de jabalíes”. Una y otra vez vimos madres –jabalinas– con sus jabatos, sus hi­jos. A cierta distancia, aún algo recelosas, pasaban por de­­lante de nosotros, también cuando yo, el bípedo, estaba fuera o sentada en mi sillita plegable.

En el bolsillo de mi chaqueta tenía una o dos manzanas que hacía rodar lentamente en la dirección en que había divisado a los animales. También de esta manera sienten que soy su amiga. En el transcurso de algunas semanas los animales madres, las jabalinas, se acercaron cada vez más con precaución y curiosidad, y los pequeños, los jabatos, sal­taban y retozaban por allí como si nos quisieran decir:  “¡Estamos bien!”

Vimos cómo crecían y có­mo poco a poco las rayas de su pelaje iban desapareciendo. En las rayas del pelaje se re­co­noce que son pequeñuelos que todavía maman de la madre.

La primavera se mostró en todo su esplendor. Aquí y allá se podía ver una ardilla y los muchos corzos que en­contrábamos en nuestras expediciones habían mudado pau­latinamente su piel de invierno. Los pájaros entonaban su canto cada vez más en consonancia con el despertar de la na­turaleza. Sus cantos anunciaban que se acercaba la época del apareamiento y estaban llenos de anticipada alegría por esos hijos de la naturaleza que vendrían al salir de los hue­vos incubados.

Nosotros tres también cambiamos nuestro “aromático” chandal de jabalíes por ropas limpias y más ligeras.

Ya fuera primavera, verano, otoño o invierno, no nos can­samos de continuar con nuestras expediciones.

Con la ayuda del gran Espíritu de la naturaleza aprendí cada vez más el lenguaje de comunicación por imágenes entre los animales, la naturaleza y los impulsos de los mi­nerales. El lenguaje de imágenes de los reinos de la natu­raleza es un grandioso tejer y entretejer, una orquesta equi­valente a una sinfonía en la que canta en armonía toda flo­recita, todo árbol poderoso, todas las formas de la natura­leza, de los animales, de las plantas y también de las pie­dras.

Además llegué a saber que todas las formas de vida de la naturaleza, incluyendo los mundos animal y mineral, no sólo se hallan en comunicación entre sí, sino que también están en unidad con las cuatro fuerzas de los elementos, fue­go, agua, tierra y aire.

Los reinos de la naturaleza y los elementos son fuerzas equilibradas. El hombre ha intervenido en la simbiosis de la vida, en el actuar conjunto de todas las fuerzas, habiendo perturbado y perturbando el orden. El hombre es el gran perturbador. Con su desorden y su comportamiento belico­so contra el planeta Tierra provoca catástrofes naturales, epi­demias y pestes, sufrimiento y necesidades en el mundo animal, y todo ello también en perjuicio de la humanidad.

En primavera el observador despierto ve en la naturaleza una pujanza sin par de las fuerzas. Todos los animales están alegres. Los bosques y campos son animados por los ani­ma­les jóvenes. También en los árboles aumentan los alegres trinos: son los pájaros jóvenes, que ahora dan vueltas si­guiendo sus pequeñas o grandes rutas de vuelo.

El tiempo pasa verdaderamente como volando. De nue­vo la primavera se transformó en verano. En ese período de transición también los corzos se acercaron más y nos mos­traron sus Bambis. Con la nariz la madre señaló a sus hijos; después levantó la cabeza y nos miró alegre y con­fiada. Con ese gesto nos estaba mostrando sus hijos.

Igualmente los pájaros se volvieron más confiados. Pu­dimos comprobar claramente que los animales más jóvenes –es decir, la siguiente generación– eran menos recelosos con nosotros que sus padres.

La zorra madre que en invierno había cogido manzanas cerca del jeep y se las había comido agradecida ante nues­tros ojos, se acercó entonces a mostrarnos sus pequeños. No­­sotros los tres ocupantes del “cuadrúpedo” nos que­da­mos cerca del jeep, lo cual no le molestó. ¡Ella confiaba en no­sotros los bípedos, los hombres! Los pequeños zorros re­tozaban y saltaban de un lado a otro. Jugando también sal­taron sobre nosotros, cosa que la madre permitió. La zorra madre miró a su alrededor preguntando: “¿Tenéis una man­zana?” Teníamos una, que hicimos rodar hacia ella. Ella la cogió, se giró hacia el bosque e hizo una leve señal. Los pe­queños alzaron la mirada, oyeron a la madre y la si­guie­ron.

Los erizos que en otoño ha­­bían cogido trocitos de man­­­zanas nos mostraron asi­­mismo sus pequeñuelos armados de púas. Las liebres salían saltando de los se­tos de Benjes y jugaban bajo el cálido sol. Sólo los jabalíes mantuvieron algo más de distancia. ¿Por qué? Nuestra ropa de verano distorsionó su imagen olfativa. Además notamos que acudían cada vez más a los campos para absorber y al­macenar en su cuerpo los nutrientes que necesitan para soportar medianamente el invierno.

Desde hace algún tiempo vamos con dos jeeps. Uno es el “cuadrúpedo”, nuestro jeep expedicionario, mientras que el otro lleva agua fresca para todos los animales de los cam­pos y bosques. En verano el agua fresca es espe­cial­men­te solicitada –y es necesaria–. Los abrevaderos se han hecho de forma que también los animales pequeños, como por ejemplo pájaros, ardillas, ratones y otros muchos, e igual­men­te los animales más diminutos, puedan refrescarse en el agua fresca sin peligro de ahogarse.

La comunicación entre la naturaleza y los animales, con­tem­plada desde el punto de vista humano, es algo especial, pues la naturaleza permite todo a los animales, incluso la destrucción de un árbol, cuando por ejemplo un animal gran­de lo rompe al doblarlo, desgaja ramas y ramillas, pisa plantas y hierbas o hace otras cosas. Los argumentos de los hom­bres serían los si­guien­tes: “La naturaleza no se pue­de defender”, o “el animal no sabe que no debe hacer eso, pues sólo está dotado de instinto” o “la naturaleza no tiene alma, como tampoco los animales”. El hombre soberbio y egocéntrico es de la opinión de que “todo me sirve a mí solamente, al hombre, el rey de la Creación”.

El “rey de la Creación” no conoce al Creador de la Tierra y del infinito; el “rey de la Creación” tampoco reconoce a la Tierra como a un organismo vivo que mientras per­ma­ne­ce en equilibrio está a favor del hombre y no en contra de él. Pero como el hombre, el “rey de la Creación”, me­nos­precia a la Madre Tierra y obra en contra de ella, an­dan­do el tiempo la Madre Tierra ya no permitirá todo lo que el hombre ha estado haciendo hasta ahora al gran hombre-Tierra. El “hombre-Tierra”, la Madre Tierra devolverá al hombre la parte que al hombre corresponde. El “rey de la Creación” perecerá con ello. La Madre Tierra será la vencedora.

 

La Madre Tierra es verdaderamente como una madre amo­rosa para con sus hijos. Si hay hijos que aquí o allá pisan hierbas y plantas, o derriban pequeños árboles o des­gajan ramas y ramillas, no reaccionará como un hombre his­térico; pues tan sólo son niños, que no lo hacen con mal­dad. Ellos, los niños animales, no destrozan intencio­nada­men­te gran­des extensiones, como los hombres. No destruyen las selvas tropicales, talan enormes superficies de bosque o provocan incendios forestales para obtener be­neficios personales. No envenenan los campos con abonos de excrementos sólidos y líquidos ni productos químicos perniciosos, como los hom­bres. Ellos no contaminan las aguas ni polucionan el aire.

Los animales de los bosques y de los campos apenas pro­ducen daños. El hombre es el parásito, un monstruo que destruye todo, absolutamente todo; y esto, como él cree, para su bien. Pero no es así en realidad, y se mostrará cada vez más como su dolor.

Cuando se es capaz de escuchar la orquesta de comu­ni­ca­ción, el concierto de los elementos, de la naturaleza y de los animales con la Madre Tierra, también como ser humano se siente que los animales no ocasionan ningún daño en la naturaleza. La Madre Tierra es indulgente porque los hijos, los animales, no le causan dificultades. La Tierra aspira cons­­tantemente a mantener el equilibrio entre la naturaleza, los animales y los minerales. Lo que un animal dañe o des­tru­ya aquí o allá es para la Madre Tierra tan insignificante, que ella hace crecer de nuevo en otra parte lo que un animal empleó para sí.

 

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