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de Gabriele Nr. 4

Thyrinus y su “alumno”
el fruticultor de manzanos



Cuando, como frecuentemente, nos disponíamos a hacer otra salida de exploración para hacer experiencias con el mundo animal y aprender de los animales y de la natu­ra­le­za, un fruticultor de manzanos me hizo señas para que fuera hacia él. Él gesticulaba y me explicaba con las manos que yo debía ir despacio y hablar pausadamente. Así que de forma parecida a como lo hacía en el bosque caminé des­pacio y comencé a hablar pausada y monótonamente. Y ¿qué vi? Un jabalí –era Thyrinus– estaba junto al fruticul­tor de manzanos y le miraba interrogativamente. Cuando Thyrinus me vio se apartó un poco a un lado y se echó en si­lencio sobre la tierra, algunas hileras de frutales de parra más allá.

Muy excitado el fruticultor me contó que el jabalí se había dirigido hacia él y con el hocico le había señalado la hazada con la que estaba labrando la tierra entre las hileras de fru­tales. Después el jabalí se situó a algunos metros del fruti­cultor y le mostró cómo hay que labrar la tie­rra en el campo de frutales: con su nariz preparó la tie­rra e hizo comprender al fru­ti­cultor que no tenía que ahondar tan profunda­men­te en la tierra.

Durante toda una sema­na Thyrinus se dirigió dia­ria­­men­te al fruticultor para llamar su atención sobre el hecho de que sólo tenía que airear la tierra, es decir, tra­tarla con cui­dado. Pero Thyrinus también puso a prueba a su “alum­no”. De los frutales de parra aún colgaban man­za­nas de variedades muy tardías. Thyrinus cogió una man­zana de las inclinadas ramas y miró de reojo al fruticultor para ver cómo reaccionaba. El bípedo se “derretía”: su cora­zón se ha­bía ablandado completamente por la astucia de ese jabalí.

En esos aproximadamente ocho días en los que Thyrinus súbita e inesperadamente volvió una y otra vez, se echaba sobre la tierra junto a la siguiente fila de frutales de parra y observaba al “alumno”, al fruticultor, para examinar si ha­bía comprendido cómo hay que tratar a la Madre Tierra. El hermano que trabajaba en la huerta de frutales mostró ser un buen alumno. Cuando él, el fruticultor, supo finalmente qué era lo importante, es decir, cómo tenía que proceder, Thy­rinus desapareció.
 

En el bosque nos encontramos de vez en cuando con Thy­rinus, que fue creciendo hasta hacerse grande. Cuando venía un grupo de jabalíes y yo llamaba “¡Thyrinus!”, este jabalí se separaba del clan familiar y se dirigía hacia noso­tros. Los otros miembros de la familia observaban la comu­ni­ca­ción entre Thyrinus y el ser humano, el ser humano y Thy­rinus. Los jabalíes son animales muy listos y con mucha facilidad para aprender. Con el tiempo también los otros per­dieron su timidez. Desde entonces ya no huyen cuando oyen al jeep o nos ven, es decir nos huelen.

Se había planificado hacer una nueva huerta de frutales. Mientras se iba haciendo surgió el deseo común de deno­minar esa nueva plantación, que se halla en una pendiente, “huerta de frutales Thyrinus”. Y así se llama actualmente.

En nuestras numerosas salidas pudimos vivir una y otra vez que los animales están muy alerta y muy atentos. Ellos retienen en la memoria las escenas y los procesos impor­tantes del bosque y de los campos. Por ejemplo, zorros que hasta la fecha nos habían evitado y que en cuanto nos veían desaparecían en la maleza, parece que después de un cierto tiempo nos aceptaron, eventualmente que incluso nos aco­gieron. Su comportamiento tímido y huidizo del co­mien­zo se convirtió en curiosidad.

Los astutos zorros que antes nos habían observado desde lejos se nos acercaron hasta algunos metros de distancia y contemplaron con atención cómo se comportaban otros animales con nosotros. Cada animal es en su forma de per­cibir y reaccionar totalmente diferente de los otros. Si por ejemplo doy un pequeño impulso a una manzana de forma que ruede en la dirección de los zorros, uno emprende la huida mientras que otro se queda, coge la manzana y desa­­parece con ella en los matorrales cercanos.

 

En nuestra Tierra es sencillamente así: el tiempo pasa. La naturaleza mudó sus vestiduras, llevando entonces su ropaje otoñal. También los elementos mostraban el cambio de las estaciones. Por ejemplo, el viento se había vuelto más frío y áspero. Nosotros tres nos habíamos propuesto que en nuestras expediciones exploradoras no seguiríamos pisando los campos y bosques en la esfera de emanaciones de nuestra ropa sin lavar. Lavamos nuestro jeep y adecua­mos nuestra ropa a la respectiva situación del tiempo.

Nuestras expediciones por campos y bosques hasta los árboles y arbustos, hasta los animales en los bosques y campos, se han convertido en un deseo del corazón. Nuestro lema sigue siendo aún hoy: no querer nada, simplemente estar presentes; pues hay que aprender, y sólo se aprende bien con el corazón. ¿Por qué? Porque el corazón del alma es el amor de Dios, del Creador, que traspasa e ilumina a to­dos los seres vivos y a todas las formas de vida de la na­turaleza, a toda la Madre Tierra.

 

Los principios más importantes de nuestro programa de aprendizaje son:

No hagas sufrir a ningún ser vivo.

No mates intencionadamente a ningún ser vivo.

No comas el cadáver de tus hermanos animales: no seas un caníbal de animales.

No arranques ninguna flor que esté en plena vitalidad: ella es tu hermana menor del reino de la naturaleza.

No desgajes intencionadamente ramas grandes o peque­ñas de árboles o arbustos, pues ellos son tus hermanos de la naturaleza.

No separes intencionadamente o por afán de beneficios el tronco de un árbol de la Madre Tierra: te separas del Crea­dor, pues Él ha hecho crecer al árbol, Él le dio la vida.

Tú, el ser humano, no tienes el derecho de ultrajar a la na­tu­raleza y de matar a los animales: tú no has dado la vi­da ni a la naturaleza ni a los animales.

 

Para todos los hombres tiene validez la siguiente legi­timidad de la ley universal eterna de la Creación: Lo que haces a la más pequeña de estas criaturas, lo haces al Crea­dor y a ti mismo.

En ese otoño vivimos cosas parecidas al año anterior. El mundo animal se preparaba para el invierno. También no­so­tros llevábamos cada vez más ropa de abrigo, espe­cial­mente cuando abandonábamos el “cuadrúpedo”, el jeep y caminábamos como bípedos por los campos y bosques. Des­pués de muchas expediciones, los animales que una y otra vez nos veían ganaron confianza. Fuimos aceptados, da igual qué ropa lleváramos y con qué frecuencia la cam­biá­ramos.

También los hermanos y hermanas en el segundo jeep, los que llevaban el agua, que  hicieron sus experiencias de for­ma parecida a nosotros, se podían mover ahora libre­men­te. Sin embargo –y esto ha sido y sigue siendo de má­xima prioridad–, hemos tenido y tenemos que caminar des­pacio, es decir armoniosamente. Ni antes ni en la actualidad hemos podido tener conversaciones entre nosotros en voz demasiado alta, ni tampoco gesticular con brusquedad o inquietud. Los animales tienen en su comportamiento, en sus movimientos y reacciones un ritmo determinado que nosotros los hombres hemos de reconocer, es decir sentir y, tanto como sea posible, mantener. Tal como ello es, así está bien.

 

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