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de Gabriele Nr. 4

Todo huyó del “rey de la Creación”.
Expediciones a la naturaleza
en el “cuadrúpedo”.
¡La cosecha también es para los animales!



Volvamos de nuevo a mis paseos y mis vivencias en la na­turaleza. Iba yo alegre y agradecida por las experiencias que había podido hacer en el bosque y en los campos, cuan­do me metí por un matorral y de repente una liebre se le­van­tó de un salto delante de mí. Ella salió huyendo de mí, el “bípedo”. El pensamiento “huida” me sugestionó. Huida, pensé. ¿Por qué ha huido de mí? Ella huye de los seres hu­ma­­nos, que –como ellos mismos recalcan– deberían ser el rey de la Creación. Por lo visto bajo este rey la liebre no se sien­te bien.

Cuando me metí por otros matorrales un ciervo se le­van­­tó de un salto y emprendió la huida. Pensé: ¡otra vez hu­­yendo del “rey de la Creación”! En el mismo instante un mirlo huyó de los matorrales piando fuertemente: de modo que una vez más huyendo del rey de la Creación. Cuando salí de los matorrales vi a lo lejos un sendero frecuentado por jabalíes y pensé si acaso los jabalíes me olfatearían, si qui­zás atacarían al “rey de la Creación” o si huirían de él; pero no vi a ninguno. Entonces caminé por un campo: un águi­la ratonera emprendió la huida; unas cornejas volaron hacia lo alto y –justo me dio tiempo a verlo– un ratoncito bus­có rápidamente su morada para ponerse a salvo del “rey de la Creación”.

Mi alegría disminuyó. Entristecida di la vuelta y me dirigí hacia casa, yo, el “rey de la Creación”. Todo lo que podía huir, había huido del “rey de la Creación”. Y ¿por qué?

Los hombres se han apartado del poder universal y del amor de Dios, de la gran manifestación de la unidad con la naturaleza y con los animales. El hombre sigue los senderos de la codicia intelectual, que dice: “¡todo lo sé yo mejor!” El hombre se pone por encima de Dios. Ésta es la forma de pensar de la Caída.

Me dije a mí misma: yo no formo parte de la forma de pen­sar de la Caída, pero soy un ser humano y los animales hu­yen de los seres humanos. Yo amo a Dios, mi Padre, y a Su Creación. Yo soy un bípedo, un ser humano, pero para mí como ser humano los bosques y campos se han con­ver­tido en mi hogar. Yo amo a mis hermanos de la naturaleza y a los animales.

Queridos amigos, es una legitimidad espiritual que si un hombre va estableciendo la unidad interna con sus semejantes, también se va acercando a la comunicación con la fuerza de Dios. ¡Y lo mismo es válido para nuestra rela­ción viva con nuestros hermanos animales! En el camino del cuidar del prójimo animal, de los animales, del sentir e in­tuir cada vez más dentro de ellos, y al utilizar los Diez Man­damientos de Dios y el Sermón de la Montaña de Jesús tam­bién para con ellos, vamos adentrándonos en la co­rrien­te de la vida, que es Dios y que a su vez es nuestra existencia verdadera, eterna. Así llegamos a la unidad y al amor cós­mi­co.

 

Esta experiencia parece ser que también la hizo el escritor ruso Fiódor Dostoievski (1821–1881), el cual nos dice: “¡Ama a los animales, ama a toda criatura y todo objeto! ¡Si amas todo, se te desvelará el secreto de Dios en todas las cosas y al fin y al cabo abarcarás al mundo entero con amor!”

Volvamos ahora a mi situación en aquel paseo por el bosque.

Uno de los muchos sellos intelectuales del hombre, una opinión de más de uno es saber, en relación a los animales, cómo se han de comportar éstos: por ejemplo, sería muy nor­mal y correcto el hecho de que los animales de los bos­ques y de los campos huyan de los hombres. Esto no lo ad­mití para conmigo misma. Para mí es válida la experien­cia propia; ésta es decisiva, y no la opinión de aquellos a quie­nes se denomina expertos.

Reflexioné y llegué a la conclusión de que los animales de la naturaleza, los animales del bosque, de los campos, los animales del aire y de las aguas huyen de los hombres, de los bípedos. Pensé y pensé y de repente apareció una ima­gen en mi consciencia: ¡me tengo que convertir en un “cuadrúpedo”! En mi imagen vi un viejo jeep, que tiene sen­cillamente cuatro ruedas. De inmediato se me hizo claro que tomaría prestado un antiguo jeep, es decir un “cuadrú­pe­do”.

Cuando en un reducido grupo de hermanos relaté mis ex­periencias con la naturaleza y las vivencias con los ani­males y a la vez lo que quería hacer, ir con “cuatro patas”, con un jeep hasta los animales del bosque, se alzaron las viejas objeciones: “Si sólo quieres observar los animales ino­fensivos de los bosques y de los campos vale, pero” –y en­ton­ces surgió– “si ya has descubierto un sendero por el que pasan jabalíes, esa pequeña expedición no carece de ries­go, pues los jabalíes son peligrosos”.

Rápidamente respondí lo siguiente: “¡Pamplinas! ¡Mu­chos hombres son mucho más peligrosos que los animales, también más peligrosos que los jabalíes! Además muchos hombres son de reacciones impredecibles y traicioneros. Nun­ca se sabe lo que piensan o lo que pretenden. Los ani­ma­les, por el contrario, son sencillamente como son. Y si al­gunos animales son peligrosos, si atacan a los hombres, seguro que no injustamente, si se tiene en cuenta lo que los hombres han hecho a los animales durante siglos y mi­le­nios”. Y no tuve que pensármelo mucho para continuar: “¡Yo no tengo miedo! Por un lado tengo práctica en corregir mi comportamiento para adaptarme totalmente a la na­tu­raleza. Por otro lado ya he podido aprender mucho de la na­turaleza; por ejemplo, su lenguaje de comunicación por imágenes. Además amo a Dios, mi Padre, que es el Crea­dor del infinito y es la vida en todo y en todos, también en los denominados peligrosos jabalíes”.

Dos de mis hermanos insistieron en acompañarme en mi “cuadrúpedo”, en jeep. Ellos lo hacían con buena inten­ción, y como dice una expresión alemana: “bien... para que estas pobres almas se queden tranquilas”.

 

Llegó el otoño. Dos hermanos y yo, nosotros tres, con­du­ji­mos por los campos y atravesando los bosques. Muy pronto nos dimos cuenta de que teníamos que conducir des­pacio, muy despacio, para no asustar a los animales. Re­­petidamente nos llamábamos la atención unos a otros de que teníamos que conducir despacio, sin ninguna expec­tativa, ¡sin pretender nada!

La percepción de nuestros sentidos se sensibilizó de vez en vez. En cada expedición a la naturaleza nos deteníamos ca­da vez con más frecuencia para experimentar las diversas formas de comportamiento de las diferentes clases de pája­ros y las de los otros animales en los campos y bosques. Es­tu­vimos observando por ejemplo largamente cómo una ar­dilla reunía sus reservas para el invierno. Recogía las nueces del nogal y las abría con habilidad y ligereza. El “cua­­drúpedo” no molestaba a ese habitante del bosque, a no ser que nosotros hombres pusiéramos en marcha el jeep, lo cual evitábamos en lo posible para no molestar al ani­ma­lito, que iba y venía,  proveyéndose para el invierno. ¡Cuán ágil saltaba de un tronco y de una rama a los otros, y con qué habilidad recogía las nueces del árbol y las ave­llanas del arbusto! Era una imagen inolvidable. Durante mucho­ tiempo, con tranquilidad, permanecimos sentados en nuestro “cuadrúpedo”.

En esos tranquilos minutos de observación pensé: ¿cómo sabe por ejemplo una ardilla que viene el inverno y que tie­­ne que recoger y guardar reservas? Sí, ¿cómo sabe el pe­que­ño habitante del bosque que ahí hay un nogal y allí un avellano? El hombre intelectual despacharía esa pregunta con la palabra “instinto”. En realidad los animales tienen una comunicación natural con la naturaleza y la consciencia de la unidad con la naturaleza, que está unida al gran Espí­ri­tu del infinito, el cual sabe acerca de todas las cosas. ¡Cuán pobre es por el contrario el hombre con su canal del ego, su en­tendimiento, que sólo es autoprogramación! Con razón se puede decir que el hombre se ha convertido en lo que es: demasiado humano.

 

De camino con nuestro “cuadrúpedo”, el jeep, vivimos al­gunas sorpresas e hicimos algunas experiencias que nos ayudaron a sentir cada vez mejor dentro de los hermanos animales. Como ya se ha mencionado, el otoño había co­men­zado. Las hojas comenzaron a cambiar de color y un vien­­to frío soplaba por los campos y a través de los bosques. En cada expedición notábamos cómo el otoño pasaba a pri­mer plano, desplazando las postrimerías del verano. Los ár­boles estaban cada vez más pelados; el viento soplaba ca­da vez con más fuerza por entre los troncos y ramas. Apren­­dimos a sentir y percibir en nuestro propio cuerpo que el bosque de hoja perenne resistía hasta cierto punto al viento frío e inexorable. Por el contrario el viento helado so­plaba sin trabas a través del bosque de hoja caduca y de la maleza deshojada. La maleza, que anteriormente había ofrecido cobijo a los animales, estaba ahora sin hojas, de for­ma que ningún animalito podía esperar ya encontrar en ella protección o un escondrijo.

En mí surgió dolor cuando pensé en el mundo animal, que sin protección se hallaba expuesto al invierno, a la llu­via, al frío y a la nieve. Ante un comentario en ese sentido, mis acompañantes –seguro que con intención de disipar mi preocupación y también de tranquilizarse a sí mismos– dijeron: “la naturaleza hace que a los animales del bosque les crezca un espeso pelaje; los pájaros y las ardillas tienen sus nidos. Los animales pequeños y diminutos se adentran más en la tierra, según cómo se presente el invierno”.

Pero yo les corté la palabra: “¿Y todos los demás ani­ma­les? ¿No estáis hablando de forma muy parecida a la de los muchos “defensores de los animales” y agricultores?; por no nombrar a los cazadores, que en parte son salvajes cama­ra­das de caza, que cazan animales por placer y por frustra­ción, quizás porque en su casa no tienen voz ni voto y co­locan sus agresiones bajo los “disparos del Estado”, lo que sig­nifica que son tiradores reconocidos oficialmente. Sí, ¿aca­so pensáis que a nuestros hermanos animales –las lie­bres, los zorros, corzos y jabalíes– les va bien a la vista del tiem­po de invierno que se avecina, que les obsequia con llu­via, nieve, según las circunstancias con una endurecida capa de nieve, hielo, heladas, viento frío, tormentas y algu­nas otras cosas? Nosotros los hombres podemos sentarnos en una estancia caliente, ante una mesa bien servida, tene­mos para comer y beber... ¿Y los animales? Ni siquiera tie­nen la cálida piel de invierno, que la naturaleza ha previsto para ellos”.

En los rostros de mis acompañantes se reflejaban cons­ter­nación y desconcierto. Yo continué diciendo: “La ma­yoría de los hombres son letárgicos y de corazón apático; aceptan sencillamente los hechos sin reflexionar, tal como son, sin examinar las cosas a fondo. Utilicemos por una vez nuestro en­tendimiento –en lugar de emplearlo para hacer acro­­ba­cias intelectuales– de una forma razonable, cuestio­nán­dolo todo y sintiendo dentro de nuestro prójimo y del prójimo ani­mal. Tan sólo entonces se hace visible lo que es necesario; sólo entonces se pueden encontrar solu­ciones, y sólo en­tonces es posible un verdadero progreso, el desa­rro­llo hacia un mundo mejor.

El gran Espíritu eterno provee para Sus hijos. Él, el Es­pí­ritu de la vida en la naturaleza, hace que crezca, florezca y madure. Entonces es tiempo de cosecha; tiempo de cose­cha que el hombre egocéntrico relaciona sólo consigo mis­mo: yo cosecho, yo obtengo el provecho. Pero también los animales son hijos de Dios, los hijos de la Creación. La co­se­cha también es para ellos. ¿Por qué? Ella es necesaria para nuestros hermanos animales, que apenas tienen un ni­do caliente, porque en el verano, en la época de la cosecha, los animales necesitan por ejemplo los cereales frescos para al­macenar en su cuerpo enzimas, minerales, oligoelementos y otras sustancias que les hacen falta para acumular las de­fensas correspondientes, de forma que crezca su espeso pe­laje y sobre las costillas se forme grasa que puedan per­der en la época fría del año. ¿Y qué ocurre? Precisamente aque­llos animales que necesitan urgentemente esas sus­tan­cias para poder pasar el invierno, no sólo son expulsados de los campos del agricultor sino que éste llama al cazador y le encarga matar a tiros a los animales que toman en sus cam­pos lo que también les corresponde, pues ellos son cria­turas de la naturaleza, hijos de la Madre Tierra, hijos de la Creación del Espíritu universal.

En mi juventud los agricultores aún cosechaban el cereal a mano con la guadaña y luego lo ataban en haces. Los haces se colocaban en el campo de forma que las espigas pudieran secarse. Después de un cierto tiempo para el secado, se car­gaban con una horca en el carro y se llevaban al granero. Con este trabajo, que seguro costaría  mucho esfuerzo, que­daba cereal en el campo, de forma que los ani­males aún po­­dían encontrar durante algún tiempo ali­mento, según las temperaturas incluso entrando en el in­vierno.

 

Hoy en día el campo entero es rasurado a conciencia y bus­cando el beneficio, con la cosechadora-trilladora, y en ver­dad de tal forma que el cereal es por así decirlo aspirado, quedando sobre la tierra apenas unos granitos. Ésta es la situación actual. Los que se denominan expertos y también los agricultores están atrasados cuando dicen que los ani­ma­les tienen una piel de invierno y que en el bosque y en los campos encuentran suficiente alimento. Y atrasados es­tán todos aquellos que piensan así o que repiten sin pensar esas “verdades”. Vosotros –así me dirigí directamente a mis acompañantes– habláis como los que están atrasados, para los que sólo es importante exponer actualmente como auto­ri­za­das, en una época totalmente diferente, sus experiencias “atrasadas”. A los agricultores, a los granjeros, sólo les im­por­­ta llenar sus graneros, sus monederos y sus platos. Voso­tros –con ello me refería a mis acompañantes– lleváis un jersey caliente, un anorak o un abrigo gruesos y eventual­men­te ropa interior de invierno, y en vuestra casa la cale­fac­ción central llega a todas las habitaciones, para el pe­queño hombre-ego sin sentimientos, para que no pase frío.

Los animales, a los que se ahuyentó de los campos y que eventualmente este año encontraron pocos alimentos en el bosque para preparar el cuerpo para el invierno, ¿han reci­bido un pelaje interior denso, tal como vosotros lleváis una ropa interior gruesa? ¿Y tienen suficientes reservas, tienen suficientes alimentos? Casi nadie plantea estas preguntas. Cada cual es su propio prójimo; y, sobre todo, los animales son para los “expertos” sólo una cosa: seres sin derechos, sin ningún sentimiento, dotados de un “instinto” única­men­te”.

Yo estaba muy enojada, pues se trataba de mis amigos, los animales, a los cuales iba comprendiendo cada vez me­jor, ya que aprendía el lenguaje de su comunicación.

La frialdad de sentimientos de muchos hombres casi me parte el corazón. Entre los granjeros, de quienes se supone que están a favor de la naturaleza y de los animales, muchos son los peores en despreciar la naturaleza y el mundo ani­mal.

 

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