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de Gabriele Nr. 4

Un jabalí herido deja que se le cure.
¡Lágrimas de alegría!: La madre jabalí
me ha aceptado como hermana humana



Los animales de los bosques y campos viven en libertad. En su comportamiento están estrechamente unidos a la Madre Tierra. Si nosotros los hombres les dejamos la liber­tad y les queremos bien, se acercan a nosotros poco a poco, pero sólo cuando quieren y si se pueden marchar cuando lo deseen. Así lo demuestra, seguidamente, el profundo en­cuentro con un jabalí de unos nueve meses.

Vuelvo por tanto a entresacar una “anécdota” esencial de entre las muchas vivencias con los animales, un suceso que aconteció en un soleado día a comienzos de verano cuando me ponía ropa adecuada para dar un paseo por el bos­que. Antes de salir de la casa –seguro que por la con­ducción del Espíritu de la vida– miré al jardín de la granja. No podía creer lo que estaba viendo: en el jardín había un ja­balí de mediano tamaño, vacilante sobre tres patas, en­flaquecido y muy débil. Apenas podía con su cuerpo exte­nuado; su aspecto era digno de compasión. Inmediatamente avisé a todos los hermanos y hermanas que trabajaban en la granja y les pedí tener cuidado y no acercarse al debili­ta­do animal.

El joven jabalí se arrastró con sus últimas fuerzas hasta un gran abeto que se halla cerca de la casa. Torpemente se arrastró bajo las inclinadas ramas del árbol y se dejó caer. Desde la ventana de la cocina podíamos observar esa escena lamentable. El joven paciente puso la pata enferma sobre la tierra y orientó la cabeza hacia el tronco del árbol.

Por las muchas experiencias y vivencias con los que se denomina animales salvajes, nos habíamos vuelto cada vez más sensitivos en lo que se refiere a nuestra capacidad de percepción y a nuestro comportamiento con los animales. Además, sólo se ve, se oye, se siente y se capta bien con el corazón.

Mi corazón, el corazón de mi alma nos ayudó a que nos comportáramos correctamente con el animal, con el pa­cien­te. Se nos hizo tomar consciencia de que el joven jabalí pri­mero necesitaba tranquilidad y descanso, pues se encon­traba bajo una gran tensión. Además, tenía miedo de los hombres. La voz del corazón nos hizo saber que el animal en­fermo había sido conducido por los seres divinos hasta la cercanía de los hombres, a ese lugar, al abeto, el gran her­mano árbol, donde cobijado por el árbol podría recibir sa­nación de la Madre Tierra, de la tierra. Se nos aconsejó no acercarnos al animal por algunas horas, hasta que su mie­­do y los dolores más fuertes se hubieran aplacado. Sólo en­tonces habríamos de poner a poca distancia agua y algo de alimento.

El animal bajo el árbol no se movía. Transcurrieron horas hasta que uno de nosotros, hablando despacio y monó­to­na­mente –tal como lo hacíamos en los bosques y campos– fue al ár­­bol para llevar agua y alimento a esa criatura enfer­ma y su­­friente.

Días enteros pasó el debilitado paciente sin tomar nada; permanecía echado, silencioso e inmóvil.

Los habitantes de la granja le observaban para poder asistirle y un día notaron que al menos había adoptado ya una postura algo diferente. También se había bebido casi toda el agua. El peludo paciente, por el contrario, no quería comer todavía.

Otro día los habitantes de la granja vieron cómo el animal se arrastraba hasta el agua para beber. Así que por lo menos ya bebía cada día el agua fresca que se le traía. Le llamamos Wasre.

Después de unos diez días Wasre se echó de forma que nos podía observar desde el árbol que le cobijaba. Él miraba con atención cómo se le traía agua y alimento fresco.

Un día quedaron pocos restos de la comida de cereales y maíz que llenaba el cuenco,  por lo que nos preguntamos quién habría comido allí: ¿Wasre o tal vez los pavos reales que se sienten en casa por todo el terreno de la granja?

El enigma no tardó mucho en resolverse: uno de nosotros pasó como por casualidad por allí cuando Wasre se le­van­ta­ba bajo el abeto y se arrastraba sobre tres patas hacia el cuen­co de su comida. Comió, bebió y se retiró otra vez tra­ba­josamente bajo las amplias ramas del abeto. Por entonces se echaba cada vez con mayor frecuencia de forma que el cálido sol pudiera irradiar sobre su pata enferma.

Un médico al que habíamos llamado vino y le observó des­­de lejos cuando iba al lugar donde bebía y comía. El mé­dico entendió que “el animal tenía que haber caído en una de esas trampas que ponen los cazadores. Cuando los ani­males caen en esas trampas asesinas tienen una muerte lenta, cruel y bestial, como en una tortura”. Nos alegramos de que Wasre hubiera conseguido liberarse. Pronto se hizo evi­dente que por suerte su pata no estaba rota, pues una y otra vez intentaba ponerla con más firmeza sobre el suelo.

Después de algunas semanas en las que también Wasre nos había observado a nosotros los hombres intensamente desde la distancia, uno de nosotros se acercó a él y le habló con voz tranquila y monótona. Para alegría nuestra el her­ma­no animal no se asustó, sino que permaneció echado tran­­­quilamente. Durante los días en que se había formado y grabado una imagen de nosotros los hombres, obviamente Wasre había tenido la impresión de que esos bípedos habían tenido y seguían teniendo buenas intenciones para con él. Así se volvió visiblemente más confiado. A nosotros los hom­­bres nos miraba entornando sus despiertos ojos desde su lugar de descanso, el abeto, a una distancia segura. Guar­dan­­do respetuosos la distancia deseada por él, nos dirigía­mos a él con el nombre de Wasre.

Pasaron más semanas. Wasre podía mover cada vez me­jor la pata que aún era más delgada y débil que las otras tres. Se esforzaba en ponerla en el suelo para apoyarse sobre ella. En la medida en que el perseverante paciente se iba re­­cu­perando, empezó también a explorar su entorno. Pri­mero sólo abandonaba por breve tiempo su puesto bajo el abeto y, todavía lentamente y arras­trán­dose, paseaba hasta el gallinero, que se encontraba cerca de su lugar de resi­den­cia de ese tiempo. Wasre miraba a las gallinas como si fueran para él una experiencia totalmente nueva. Muy pron­to notó que también le gustaba la comida de las gallinas, que cuando éstas correteaban por ahí aquélla estaba fuera del galli­nero, y se regaló con ella.

Nuestro valeroso convaleciente estuvo varias semanas en la granja, y cada día le iba mejor. Wasre to­da­vía cojeaba, pero ca­da vez se podía apo­­yar más en su pierna heri­da. El joven jabalí ha­bía tomado en ese tiem­po mu­cha confianza con noso­tros los hom­bres, pues has­ta le po­día­mos tocar. Pron­to cojeó por todo el patio de la granja y se dio la bue­na vida.

Cuando Wasre pudo volver a andar relativamente bien, le visitó un amigo del ámbito de vida del que procede, un ja­balí de su edad, y después de algunos días Wasre regresó al bosque con ese compañero, aunque todavía cojeando.

En el tiempo que siguió quedó demostrado que la ima­gen que Wasre se había formado de nosotros los hombres durante su enfermedad y convalecencia no se desvaneció después. Todavía hoy, después de aproximadamente un año y medio Wasre vuelve de vez en cuando a la granja pa­­ra mantener la amistad con nosotros los hombres. En este tiempo se ha convertido en un jabalí grande y adulto con unos colmillos impresionantes. Quien no le conociera ten­dría miedo de ese animal tan grande y robusto. Pero Wasre nos conoce a nosotros sus amigos humanos, y nosotros co­no­cemos a Wasre. Él aguza los oídos cuando oye su nombre. Cuando le llamamos viene a nosotros, claro que ¡sólo si quie­re! Además, está bien así. Los animales de los bosques y campos necesitan libertad absoluta.

Si vamos a pasear al bosque –aunque hay que decir que el olor de la ropa hoy por hoy ya no juega ningún papel, por­que los animales tienen nuestra imagen del todo en su cons­ciencia–, puede ser que inesperadamente y sin miedo se nos acerque un jabalí. Puede ser Wasre, de vez en cuando Thyrinus, o el enorme mozo que hace algún tiempo me ti­ró al suelo para probarme; nosotros le llamamos Adonis.

Todos los animales son nobles y de carácter fino. Noso­tros los hombres hemos hecho de ellos seres miedosos y per­seguidos. Nosotros les hemos quitado el espacio vital. Dado que nosotros, los hombres, seguimos reduciéndolo y por ello muchos animales tienen que vivir juntos en un es­pacio mínimo, el Estado da la orden de matar a tiros a una gran parte de nuestros hermanos animales, de forma pare­cida a como les va a los animales de los establos, apiñados en un espacio mínimo y criados como animales de matanza, que llevan desde su nacimiento el sello de sermatado por los hombres, para el bien del caníbal de animales, el hombre.

 

Otro suceso que quiero exponer aquí, tomado del tesoro de las muchas vivencias y alegrías con los animales, es la comunicación con un jabalí hembra, una jabalina, una ma­dre con cinco hijos.

 

En un soleado día de primavera en que el sol del atar­decer brillaba a través de los bosques y cubría los campos con su resplandor, estaba yo sentada otra vez en la linde del bosque, cerca de la senda de los jabalíes, dejando que el sol me alumbrara y me calentara. Un ruido me distrajo de mi orientación y entrega a los cálidos rayos del sol. ¿Qué era eso y de dónde venía el ruido? Escuché hacia el bosque y la maleza, y no podía creer lo que veía: una jabalina salía al descubierto con sus hijos, situándose más o menos a cinco metros de mí. Los hijos chillaban alegres y correteaban al­rededor de la madre.

¡Era cierto! ¡Era ver­dad! Ahí me estaba mi­ran­do sin miedo una ma­dre ani­mal cariñosa, una jabali­na, es­­perando a ver si yo ha­blaba con ella. An­tes de que me pudiera “re­­cu­pe­rar” de la alegría –pues lágrimas de ale­gría ro­da­ban por mis me­ji­­llas– me señaló a sus hi­jos con su nariz. Enton­ces empecé a hablar y le dije: “¡Qué her­mosos son tus hijos! Me alegro por tus peque­ños, tan sim­pá­ticos y sanos”. Otra vez se­ñaló la madre a sus hi­jos con la nariz. Sus mo­vi­­mientos y su com­por­ta­miento mostra­ban amor y desvelo por sus retoños.

 Cuando notó que me había percatado de sus hijos y que me ha­bía alegrado lo inde­ci­ble, volvió tranquila­men­te y sin prisas con sus hijos al bosque. De nuevo fluyeron lá­grimas de alegría por mi rostro, pues yo sentí en mí que ella, la madre, me había aceptado como hermana humana. ¡La madre jabalí estaba feliz y alegre de poder enseñarme a sus retoños! Y pensé: ¡jamás olvidaré esta ex­periencia!

Pero no fue la única; otro acontecimiento ines­perado le siguió unos cuantos días más tarde. La jabalina vol­vió a aparecer con sus hi­jos y vino hacia mí sin timidez. Sus hijos vinieron con ella. A unos dos metros de mí se echó sobre la tierra y dio de mamar a sus hijos. Éstos retozaban sobre su barriga, con su boca buscaban de forma poco suave coger el pecho, los pezones de la madre y bebían. Todas las travesuras poco agradables de los hijos eran toleradas por la jabalina, la madre. Así tendida miraba una y otra vez hacia mí como si quisiera decir: nosotros los animales también amamos a nuestros hijos. Nuestros pe­queños tienen una madre comprensiva que permite muchas cosas por amor a ellos.

Lo que en esa ocasión pude ver y vivir, permanece en mi corazón: una madre jabalí, a la que llamé Ceele, me mos­tró a mí, el ser humano, que también los animales tienen sen­timientos de amor, que también ella, la madre animal, ama a sus hijos, los atiende, los protege, los cuida con cariño y quiere ver cómo se hacen grandes.

Muchos cazadores han matado y siguen matando a tiros a las madres animales. Entonces los pequeños se mueren de hambre, a menos que otra madre animal los ampare. ¿Quién puede permitir algo así o incluso dar su aprobación a ello? Sólo el hombre sin conciencia y cruel, que única­mente mira por su propio bien.

Quizá nos estemos acordando de las palabras de Jesús de un evangelio no incluido en la Biblia, ya citadas en el ca­pítulo “voces amonestadoras a lo largo de los milenios”: “¡Ay de los cazadores! Pues ellos serán cazados”. En 1989 Cristo explicó al respecto lo siguiente en su poderosa obra de ma­ni­festación Ésta es Mi Palabra:

“Hasta que el mundo pecaminoso se haya transformado en el mundo de Dios, muchos hombres, animales y plantas tendrán aún que sufrir bajo la inflexibilidad del hombre dominador que es­tá contra la Creación de Dios.

Todo poder y gloria, sin embargo, han sido dados por el Padre al Cristo de Dios y en ningún caso al hombre que desprecia las leyes de Dios. ¡Ay de los cazadores y ay de aquellos que ansían la alimentación carnívora! Tanto los cazadores como aquellos que de modo semejante a caníbales devoran ávidamente la carne de los animales serán atormentados y cazados por la pena, el su­fri­miento y el dolor de los animales. Lo mismo es válido para aquellos que ultrajan a los reinos vegetal y mineral. También ellos sufrirán a causa de sus transgresiones. Lo que el hombre siembre, cosechará, ya sea en la vida terrenal o como alma en los lugares de puri­fi­ca­ción. Por eso prestad atención a vuestros pensamientos, palabras y actos, pues pueden convertirse en vuestra perdición.

 

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