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  Un jabalí herido deja que se le cure. ¡Lágrimas de alegría!: La madre jabalí me ha aceptado como hermana humana

Los animales de los bosques y campos viven en libertad. En su comportamiento están estrechamente unidos a la Madre Tierra. Si nosotros los hombres les dejamos la libertad y les queremos bien, se acercan a nosotros poco a poco, pero sólo cuando quieren y si se pueden marchar cuando lo deseen. Así lo demuestra, seguidamente, el profundo encuentro con un jabalí de unos nueve meses.
Vuelvo por tanto a entresacar una “anécdota” esencial de entre las muchas vivencias con los animales, un suceso que aconteció en un soleado día a comienzos de verano cuando me ponía ropa adecuada para dar un paseo por el bosque. Antes de salir de la casa –seguro que por la conducción del Espíritu de la vida– miré al jardín de la granja. No podía creer lo que estaba viendo: en el jardín había un jabalí de mediano tamaño, vacilante sobre tres patas, enflaquecido y muy débil. Apenas podía con su cuerpo extenuado; su aspecto era digno de compasión. Inmediatamente avisé a todos los hermanos y hermanas que trabajaban en la granja y les pedí tener cuidado y no acercarse al debilitado animal.
El joven jabalí se arrastró con sus últimas fuerzas hasta un gran abeto que se halla cerca de la casa. Torpemente se arrastró bajo las inclinadas ramas del árbol y se dejó caer. Desde la ventana de la cocina podíamos observar esa escena lamentable. El joven paciente puso la pata enferma sobre la tierra y orientó la cabeza hacia el tronco del árbol.
Por las muchas experiencias y vivencias con los que se denomina animales salvajes, nos habíamos vuelto cada vez más sensitivos en lo que se refiere a nuestra capacidad de percepción y a nuestro comportamiento con los animales. Además, sólo se ve, se oye, se siente y se capta bien con el corazón.
Mi corazón, el corazón de mi alma nos ayudó a que nos comportáramos correctamente con el animal, con el paciente. Se nos hizo tomar consciencia de que el joven jabalí primero necesitaba tranquilidad y descanso, pues se encontraba bajo una gran tensión. Además, tenía miedo de los hombres. La voz del corazón nos hizo saber que el animal enfermo había sido conducido por los seres divinos hasta la cercanía de los hombres, a ese lugar, al abeto, el gran hermano árbol, donde cobijado por el árbol podría recibir sanación de la Madre Tierra, de la tierra. Se nos aconsejó no acercarnos al animal por algunas horas, hasta que su miedo y los dolores más fuertes se hubieran aplacado. Sólo entonces habríamos de poner a poca distancia agua y algo de alimento.
El animal bajo el árbol no se movía. Transcurrieron horas hasta que uno de nosotros, hablando despacio y monótonamente –tal como lo hacíamos en los bosques y campos– fue al árbol para llevar agua y alimento a esa criatura enferma y sufriente.
Días enteros pasó el debilitado paciente sin tomar nada; permanecía echado, silencioso e inmóvil.
Los habitantes de la granja le observaban para poder asistirle y un día notaron que al menos había adoptado ya una postura algo diferente. También se había bebido casi toda el agua. El peludo paciente, por el contrario, no quería comer todavía.
Otro día los habitantes de la granja vieron cómo el animal se arrastraba hasta el agua para beber. Así que por lo menos ya bebía cada día el agua fresca que se le traía. Le llamamos Wasre.
Después de unos diez días Wasre se echó de forma que nos podía observar desde el árbol que le cobijaba. Él miraba con atención cómo se le traía agua y alimento fresco.
Un día quedaron pocos restos de la comida de cereales y maíz que llenaba el cuenco, por lo que nos preguntamos quién habría comido allí: ¿Wasre o tal vez los pavos reales que se sienten en casa por todo el terreno de la granja?
El enigma no tardó mucho en resolverse: uno de nosotros pasó como por casualidad por allí cuando Wasre se levantaba bajo el abeto y se arrastraba sobre tres patas hacia el cuenco de su comida. Comió, bebió y se retiró otra vez trabajosamente bajo las amplias ramas del abeto. Por entonces se echaba cada vez con mayor frecuencia de forma que el cálido sol pudiera irradiar sobre su pata enferma.
Un médico al que habíamos llamado vino y le observó desde lejos cuando iba al lugar donde bebía y comía. El médico entendió que “el animal tenía que haber caído en una de esas trampas que ponen los cazadores. Cuando los animales caen en esas trampas asesinas tienen una muerte lenta, cruel y bestial, como en una tortura”. Nos alegramos de que Wasre hubiera conseguido liberarse. Pronto se hizo evidente que por suerte su pata no estaba rota, pues una y otra vez intentaba ponerla con más firmeza sobre el suelo.
Después de algunas semanas en las que también Wasre nos había observado a nosotros los hombres intensamente desde la distancia, uno de nosotros se acercó a él y le habló con voz tranquila y monótona. Para alegría nuestra el hermano animal no se asustó, sino que permaneció echado tranquilamente. Durante los días en que se había formado y grabado una imagen de nosotros los hombres, obviamente Wasre había tenido la impresión de que esos bípedos habían tenido y seguían teniendo buenas intenciones para con él. Así se volvió visiblemente más confiado. A nosotros los hombres nos miraba entornando sus despiertos ojos desde su lugar de descanso, el abeto, a una distancia segura. Guardando respetuosos la distancia deseada por él, nos dirigíamos a él con el nombre de Wasre.
Pasaron más semanas. Wasre podía mover cada vez mejor la pata que aún era más delgada y débil que las otras tres. Se esforzaba en ponerla en el suelo para apoyarse sobre ella. En la medida en que el perseverante paciente se iba recuperando, empezó también a explorar su entorno. Primero sólo abandonaba por breve tiempo su puesto bajo el abeto y, todavía lentamente y arrastrándose, paseaba hasta el gallinero, que se encontraba cerca de su lugar de residencia de ese tiempo. Wasre miraba a las gallinas como si fueran para él una experiencia totalmente nueva. Muy pronto notó que también le gustaba la comida de las gallinas, que cuando éstas correteaban por ahí aquélla estaba fuera del gallinero, y se regaló con ella.
Nuestro valeroso convaleciente estuvo varias semanas en la granja, y cada día le iba mejor. Wasre todavía cojeaba, pero cada vez se podía apoyar más en su pierna herida. El joven jabalí había tomado en ese tiempo mucha confianza con nosotros los hombres, pues hasta le podíamos tocar. Pronto cojeó por todo el patio de la granja y se dio la buena vida.

Cuando Wasre pudo volver a andar relativamente bien, le visitó un amigo del ámbito de vida del que procede, un jabalí de su edad, y después de algunos días Wasre regresó al bosque con ese compañero, aunque todavía cojeando.
En el tiempo que siguió quedó demostrado que la imagen que Wasre se había formado de nosotros los hombres durante su enfermedad y convalecencia no se desvaneció después. Todavía hoy, después de aproximadamente un año y medio Wasre vuelve de vez en cuando a la granja para mantener la amistad con nosotros los hombres. En este tiempo se ha convertido en un jabalí grande y adulto con unos colmillos impresionantes. Quien no le conociera tendría miedo de ese animal tan grande y robusto. Pero Wasre nos conoce a nosotros sus amigos humanos, y nosotros conocemos a Wasre. Él aguza los oídos cuando oye su nombre. Cuando le llamamos viene a nosotros, claro que ¡sólo si quiere! Además, está bien así. Los animales de los bosques y campos necesitan libertad absoluta.
Si vamos a pasear al bosque –aunque hay que decir que el olor de la ropa hoy por hoy ya no juega ningún papel, porque los animales tienen nuestra imagen del todo en su consciencia–, puede ser que inesperadamente y sin miedo se nos acerque un jabalí. Puede ser Wasre, de vez en cuando Thyrinus, o el enorme mozo que hace algún tiempo me tiró al suelo para probarme; nosotros le llamamos Adonis.
Todos los animales son nobles y de carácter fino. Nosotros los hombres hemos hecho de ellos seres miedosos y perseguidos. Nosotros les hemos quitado el espacio vital. Dado que nosotros, los hombres, seguimos reduciéndolo y por ello muchos animales tienen que vivir juntos en un espacio mínimo, el Estado da la orden de matar a tiros a una gran parte de nuestros hermanos animales, de forma parecida a como les va a los animales de los establos, apiñados en un espacio mínimo y criados como animales de matanza, que llevan desde su nacimiento el sello de sermatado por los hombres, para el bien del caníbal de animales, el hombre.
Otro suceso que quiero exponer aquí, tomado del tesoro de las muchas vivencias y alegrías con los animales, es la comunicación con un jabalí hembra, una jabalina, una madre con cinco hijos.
En un soleado día de primavera en que el sol del atardecer brillaba a través de los bosques y cubría los campos con su resplandor, estaba yo sentada otra vez en la linde del bosque, cerca de la senda de los jabalíes, dejando que el sol me alumbrara y me calentara. Un ruido me distrajo de mi orientación y entrega a los cálidos rayos del sol. ¿Qué era eso y de dónde venía el ruido? Escuché hacia el bosque y la maleza, y no podía creer lo que veía: una jabalina salía al descubierto con sus hijos, situándose más o menos a cinco metros de mí. Los hijos chillaban alegres y correteaban alrededor de la madre.
¡Era cierto! ¡Era verdad! Ahí me estaba mirando sin miedo una madre animal cariñosa, una jabalina, esperando a ver si yo hablaba con ella. Antes de que me pudiera “recuperar” de la alegría –pues lágrimas de alegría rodaban por mis mejillas– me señaló a sus hijos con su nariz. Entonces empecé a hablar y le dije: “¡Qué hermosos son tus hijos! Me alegro por tus pequeños, tan simpáticos y sanos”. Otra vez señaló la madre a sus hijos con la nariz. Sus movimientos y su comportamiento mostraban amor y desvelo por sus retoños.
Cuando notó que me había percatado de sus hijos y que me había alegrado lo indecible, volvió tranquilamente y sin prisas con sus hijos al bosque. De nuevo fluyeron lágrimas de alegría por mi rostro, pues yo sentí en mí que ella, la madre, me había aceptado como hermana humana. ¡La madre jabalí estaba feliz y alegre de poder enseñarme a sus retoños! Y pensé: ¡jamás olvidaré esta experiencia!
Pero no fue la única; otro acontecimiento inesperado le siguió unos cuantos días más tarde. La jabalina volvió a aparecer con sus hijos y vino hacia mí sin timidez. Sus hijos vinieron con ella. A unos dos metros de mí se echó sobre la tierra y dio de mamar a sus hijos. Éstos retozaban sobre su barriga, con su boca buscaban de forma poco suave coger el pecho, los pezones de la madre y bebían. Todas las travesuras poco agradables de los hijos eran toleradas por la jabalina, la madre. Así tendida miraba una y otra vez hacia mí como si quisiera decir: nosotros los animales también amamos a nuestros hijos. Nuestros pequeños tienen una madre comprensiva que permite muchas cosas por amor a ellos.
Lo que en esa ocasión pude ver y vivir, permanece en mi corazón: una madre jabalí, a la que llamé Ceele, me mostró a mí, el ser humano, que también los animales tienen sentimientos de amor, que también ella, la madre animal, ama a sus hijos, los atiende, los protege, los cuida con cariño y quiere ver cómo se hacen grandes.

Muchos cazadores han matado y siguen matando a tiros a las madres animales. Entonces los pequeños se mueren de hambre, a menos que otra madre animal los ampare. ¿Quién puede permitir algo así o incluso dar su aprobación a ello? Sólo el hombre sin conciencia y cruel, que únicamente mira por su propio bien.
Quizá nos estemos acordando de las palabras de Jesús de un evangelio no incluido en la Biblia, ya citadas en el capítulo “voces amonestadoras a lo largo de los milenios”: “¡Ay de los cazadores! Pues ellos serán cazados”. En 1989 Cristo explicó al respecto lo siguiente en su poderosa obra de manifestación Ésta es Mi Palabra:
“Hasta que el mundo pecaminoso se haya transformado en el mundo de Dios, muchos hombres, animales y plantas tendrán aún que sufrir bajo la inflexibilidad del hombre dominador que está contra la Creación de Dios.
Todo poder y gloria, sin embargo, han sido dados por el Padre al Cristo de Dios y en ningún caso al hombre que desprecia las leyes de Dios. ¡Ay de los cazadores y ay de aquellos que ansían la alimentación carnívora! Tanto los cazadores como aquellos que de modo semejante a caníbales devoran ávidamente la carne de los animales serán atormentados y cazados por la pena, el sufrimiento y el dolor de los animales. Lo mismo es válido para aquellos que ultrajan a los reinos vegetal y mineral. También ellos sufrirán a causa de sus transgresiones. Lo que el hombre siembre, cosechará, ya sea en la vida terrenal o como alma en los lugares de purificación. Por eso prestad atención a vuestros pensamientos, palabras y actos, pues pueden convertirse en vuestra perdición.
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