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de Gabriele Nr. 4

Vivenciar la unidad de la vida
en la naturaleza –
la experiencia: yo en “nosotros”.
El “lenguaje” de la naturaleza:
procesos de transmisión de imágenes



Donde estén mis amigos, los animales, que en lo pro­fun­do de su corazón no tienen malicia alguna; donde la na­turaleza me habla; donde los elementos hacen sonar sus melodías, allí estoy en casa.

El Espíritu infinito me ha mostrado y me muestra de una manera maravillosa que Él es el Espíritu universal, el Crea­dor de todo ser y la fuerza que actúa en la gran unidad, infi­nitamente multiforme, de la vida. También las fuerzas de los elementos contienen la energía vital del Uno universal. El aire canta su canción en el movimiento de las hojas, de las ramas y ramillas de los árboles; él canta su canción con el movimiento de los arbustos y de las hierbas. El sol ha­ce brillar las hojas y las flores, que hablan de los matices de la luz e irradian la canción del sol.

La gota de agua tiene su especial melodía, que empieza con “chopf, chopf”; luego hace resonar el brillo de su can­ción, claro como el cristal, que la naturaleza percibe agra­de­cida como totalidad. La tierra abre sus poros y muy poco a poco se hunde en ella el brillo cristalino. La canción del agua suena entonces en honor del Creador a través de la tie­rra y de la naturaleza; y hay florecimiento, crecimiento, ma­duración...

 

Los elementos y la naturaleza se entregan en el fruto, que canta la canción de todas las canciones de la naturaleza, al regalarse a los hombres y a los animales. Las canciones de los elementos, de los árboles, arbustos, flores y hierbas forman como unidad la grandiosa sinfonía de la unidad, que se manifiesta en los frutos y que sólo se puede oír bien con el corazón.

Como ser en Dios amo mi Hogar eterno. Como ser hu­mano en el espíritu de la unidad amo mi hogar terrenal, en el que me siento en casa. Él es los bosques y campos, la Ma­dre Tierra, que es la sustentadora de todas las formas de vida. El amor sin egoísmo es libertad. El verdadero amor une; el verdadero amor libera y deja también libre a toda forma de vida. Cada animal, cada flor y cada arbusto tiene el derecho a desarrollarse libremente, en el modo en que Dios lo ha dispuesto ordenadamente para Su Creación.

En mis experiencias personales con el mundo animal en bosques y campos, tuve desgraciadamente que comprobar que todavía hay un largo camino hasta que el hombre y el animal se hagan nuevamente amigos. En realidad nos ten­dría que entristecer a nosotros, los hombres, el hecho de que los animales se asusten en cuanto nos ven y huyan ate­morizados. Quien desee acercarse a los animales en el bosque y en los campos, tiene que dedicarse a ellos total­men­te. Hay que aprender a comprender sus miedos, sus sufrimientos y dolores, pero también su alegría y su ansia de libertad. Cada emoción de los animales –sea que tengan mie­do, sufrimiento o dolor, sea que indiquen alegría o liber­tad– se muestra en una forma correspondiente de expresión. Hay que abrirse para ellos, dedicarles toda la atención, sen­tir más en su interior; hay que aprender, aprender y una vez más aprender, para comprender sus formas de compor­tarse, que ellos reflejan en su comportamiento.

Los primeros pasos hacia mis amigos en el bosque esta­ban marcados por mis propósitos personales de mantener una disciplina interna y externa, no tener ninguna preten­sión ni ninguna actitud con expectativas. Me esforcé en com­portarme como me lo había propuesto: ir al bosque como ami­ga de la naturaleza y de los animales. Lo primero que me encontré fueron mis hermanos los árboles (mis her­ma­nos de la naturaleza, también los arbustos, hierbas y flores).

Empecé a observarlo todo con precisión, para aprender, pues para mí era importante entender primero el lenguaje, la canción de los elementos sobre la unidad, que fluye de la naturaleza. Vi y escuché con el corazón.

 

En muchos paseos, breves o largos, aprendí a no desear ni querer nada, a únicamente caminar con el corazón abierto por los bosques y campos. Una vez sucedió lo siguiente:

La rama de un arbusto se puso de pronto en mi camino. Como es normal, quería apartarla para poder seguir la mar­cha. Ella, la rama, quería sin embargo otra cosa. En el mo­men­to en que yo quería despejar el camino se enganchó en mi cabello y me agarró. En ese momento me hice consciente de que yo quería algo: ¡yo quería seguir la marcha!; pero la na­turaleza quería otra cosa, de modo que me dije: “¡Para, detente en el interior; no tengas ninguna pretensión ni nin­guna expectativa!”

Me detuve. De repente sentí fluir una corriente de calor en mi corazón. Yo lo consentí sin preguntar por qué ni qué po­dría ser eso. Mi respiración era tranquila, mis ojos se po­­saron en una hoja sobre la que brillaba el sol, movida por un hálito de aire. Para mí fue como si repentinamente toda una orquesta entonara la canción de la unidad. Fue el infi­nito, que me traspasó por breve tiempo y me hizo saber, reconocer y experimentar que todo vive, que el poderoso Espíritu eterno es una gran manifestación de la unidad.

Hace ya muchos años que percibo la palabra de Dios, lo que Dios, el Omnisapiente, regala a los hombres que lo quie­ren escuchar, a través de Su herramienta, el profeta. Su voz era ahora la naturaleza. En un único instante capté y com­pren­dí lo que me quería decir el poderoso espíritu de la na­­tu­raleza. Su corriente movió mi corazón y yo supe del len­guaje de la naturaleza.

He aprendido, y continúo aprendiendo. Con el corazón veo y contemplo en profundidad a mis hermanos árboles, los experimento y los capto en mi interior. Con el corazón sien­to lo que ellos y todos los demás hermanos de la natu­ra­leza –los arbustos, hierbas y flores– me quieren transmitir; y escucho la canción de la naturaleza cuando los elementos utilizan como instrumentos a las hojas, a las ramas, a las hier­bas y flores, que entonces como unidad hacen resonar la canción de la unidad en honor y alabanza del poderoso Es­píritu creador.

En ese sentir elevado y alegre continué caminando por el bosque, y por los campos y praderas. Una y otra vez sen­tí en lo profundo de mí estar rodeada de una fuerza que me traspasa a mí y a todo, y que me hace feliz. Una y otra vez me detuve, para sentir más lo vivido. Siempre que me sumergía en la naturaleza sin esperar nada ni tener pre­tensiones, como por ejemplo el deseo de percibir algo más, volvía a vibrar en mí.

 

En mis siguientes paseos aprendí poco a poco a sentirme como una parte de la naturaleza, a ser uno con mis her­ma­nos árboles, con los hermanos de la naturaleza: los arbustos, las hierbas y las flores. Yo ya no era yo –yo era en el “noso­tros”, en el Ser uno con la vida.

Cuando las ondas de la percepción del corazón palpi­ta­ban con más fuerza, tropecé repentinamente con una piedra. En virtud de mis experiencias con la naturaleza, inme­dia­ta­mente sentí con claridad que debía detenerme en el in­terior para recibir el mensaje que ese día había dispuesto pa­ra mí. Una vez más me di a mí misma la orden de no te­ner ninguna pretensión, ninguna expectativa respecto a la consciencia de los minerales, por ejemplo respecto a la piedra con la que había tropezado. Afirmé que todo es una parte de mí. Cada piedra contiene la grandeza del Creador y forma parte de la Madre Tierra, tal como la tierra y cada ha­bitante del bosque, de los campos, cada hierba y también yo, el ser humano, somos una parte de la gran totalidad.

Una vez más sentí en mí el movimiento de la vida, que con palabras sólo puede describirse dificultosa e insufi­cien­te­mente, porque los procesos internos se manifiestan en imagen y saber. En un instante vi en mí la unidad entre la naturaleza y los minerales. Las formas sólidas –la materia de la naturaleza, de los animales grandes y pequeños, de las plantas y minerales– eran ciertamente visibles. Sin em­bargo de ellas surgía un fluido que confluía, que se juntaba como unidad y que también como unidad comenzó a brillar. La luz no se detuvo ante mí, el ser humano. Me asimiló y tam­bién me traspasó, de forma que yo era uno con el fluido de la naturaleza y de los minerales.

En esta consciencia de la unidad percibí en lo profundo del corazón de mi alma el diálogo de las formas de vida, que se expresaba en imágenes. En su lenguaje de imágenes vi y supe a la vez cómo la tierra transmitía señales a las for­mas de la naturaleza, a las plantas y a los minerales, in­for­maciones sobre lo que estaba ocurriendo en la tierra, como por ejemplo que el mundo vegetal tenía que ad­mi­nis­trar cuidadosamente el elemento agua. El lenguaje de los elementos, incluido el lenguaje de la Madre Tierra, es un proceso de transmisión de imágenes a las plantas y a los animales, que por ejemplo perciben en su consciencia que del agua almacenada en la tierra en ese momento no hay mucha para extraer. Así, según las circunstancias, im­pul­sos de la Madre Tierra se dirigen como señales a las hier­bas, para que conserven el rocío de la mañana tanto tiem­po como sea posible, de forma que los animales pe­que­ños o diminutos tengan para beber. Además la Madre Tie­rra intenta suministrar la correspondiente sustancia ali­men­ticia, incluida el agua, a plantas débiles: tanto como le es posible, pues sabemos que donde el hombre ha inter­ve­ni­do, la Madre Tierra apenas puede ayudar ya.

 

¡Es una vivencia maravillosa, cómo la Madre Tierra cuida de los animales, de las plantas y de los minerales! En mí se formaban sucesivamente más imágenes, que me hacían saber a mí, el ser humano, cómo lucha la Madre Tierra por llegar a sus protegidos, los hijos vegetales y también los ani­males. De la Madre Tierra fluyen impulsos inconcebibles que, como más tarde pude saber, contienen señales aromá­ticas para los animales, de las que éstos deducen dónde se encuentran por ejemplo fuentes de agua o charcos. A través de la Madre Tierra el Espíritu universal cuida de todas las formas de vida, para que tengan alimento y agua. Lamentablemente siempre tengo que hacer la restricción de que esto sólo es posible si el hombre no interviene, dis­tor­­sionando el poderoso puente entre el Espíritu universal y todas las formas de vida que se encuentran sobre la Tierra y dentro de la Tierra.

 

Cuando yo, el ser humano, comencé a pensar por ejemplo “¿qué he vivido aquí?”, dejé súbitamente de hallarme en la corriente universal de la naturaleza. Me sentí de nuevo co­mo ser humano que sólo veía y oía lo que estaba a su al­rededor.

Siempre que nosotros los hombres estamos averiguando algo o lo queremos investigar con la cabeza, nos salimos de la unidad y nosotros mismos nos determinamos. Oír con el corazón significa percibir en silencio con el corazón del alma lo que la cabeza, el entendimiento, no puede cap­tar.

 

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