
  Voces amonestadoras a lo largo de los milenios

Voces amonestadoras nunca han faltado. Por ello véase a continuación una recopilación de afirmaciones de hombres y mujeres importantes en su tiempo, comenzando con el gran profeta del Antiguo Testamento Isaías, a través del cual por ejemplo Dios dijo: “Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos. Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda.
Y: “El que sacrifique un buey, es como aquel que mata a un hombre; el que sacrifica un cordero es como aquel que rompiera el cuello a un perro ... tales cosas eligen en sus caminos y sus almas tienen gozo de sus crueldades”.
Del profeta Oseas se nos transmitieron las siguientes palabras: “En los sacrificios de mis ofrendas sacrificaron carne y comieron; no los quiso Jehová; ahora se acordará de su iniquidad y castigará su pecado”. Lo que aquí se describe como “castigo de Dios” no es otra cosa que la ley de siembra y cosecha, de causa y efecto.
Para el filósofo y matemático griego Pitágoras, que vivió en el siglo sexto antes de Cristo, la ley causal también era conocida. Él advirtió: “Todo lo que el hombre hace a los animales, regresa de nuevo a él. Quien corta con un cuchillo la garganta de un buey y permanece sordo ante los bramidos de temor, quien es capaz de matar impávido a un atemorizado cabrito y se come el pájaro al que él mismo ha alimentado, ¿cuán lejos está del crimen un hombre así?”
Lao-Tsê (aprox. 3°– 4° siglo a. de Cristo), filósofo chino, exhortó: “¡Sed buenos con los hombres, con las plantas y con los animales! No acoséis a hombres ni a animales, ni les hagáis sufrir”.
Con Jesús, el Cristo, vinieron el gran amor y la misericordia de Dios a esta Tierra. De Él se nos han transmitido muchas afirmaciones y sucesos que refieren Su amor hacia todas las criaturas. En la Biblia, por cierto, no se puede encontrar nada sobre ello. Por el contrario, muchos ejemplos del amor de Jesús a los animales se encuentran en el “Evangelio de la vida perfecta” y en el “Evangelio de Jesús”, que desde 1989 es parte integrante de la gran obra manifestada por Cristo “Ésta es Mi Palabra”:
Jesús sana a un caballo
Aconteció que el Señor salió de la ciudad, e iba por la montaña con Sus discípulos. Y llegaron a un monte de caminos muy escarpados. Allí encontraron a un hombre con un animal de carga.
El caballo se había desplomado a causa de la sobrecarga, y el hombre lo golpeaba hasta hacerle sangrar. Y Jesús se le acercó y dijo: “tú, hijo de la crueldad, ¿por qué golpeas a tu animal? ¿No ves acaso que es demasiado débil para su carga, y no sabes que sufre?”
Pero el hombre respondió: “¿qué tienes que ver Tú con esto? Puedo golpear a mi animal cuanto me plazca; pues me pertenece y lo compré por una buena suma de dinero. Pregunta a los que están contigo, pues son de mi vecindario y lo saben”.
Y algunos de los discípulos respondieron diciendo: “sí, Señor, es tal como dice; estábamos presentes mientras compraba el caballo”. Y el Señor respondió: “¿no veis acaso cómo sangra y no oís cómo gime y se lamenta?” Pero ellos respondieron diciendo: “¡no Señor, no oímos que gima y se lamente!”
Y el Señor se entristeció y dijo: “¡ay de vosotros, que por la insensibilidad de vuestro corazón no oís cómo se lamenta y clama piedad al Creador celestial, y tres veces ay de aquel contra el que clama y se lamenta en su tortura!”
Se acercó y tocó al caballo, y el animal se levantó, y sus heridas estaban curadas. Dijo al hombre: “prosigue ahora tu camino y en adelante no lo golpees más, si es que también esperas hallar piedad”.
¡Ay de los cazadores!
Mientras Jesús caminaba con algunos discípulos, se encontró con un hombre que adiestraba perros para la caza de otros animales. Y dijo al hombre: “¿por qué haces esto?” Y el hombre contestó: “porque vivo de ello; pues, ¿qué utilidad tienen estos animales? Estos animales son débiles, en cambio los perros son fuertes”. Y Jesús le dijo: “te falta sabiduría y amor. He aquí que cada criatura que Dios ha creado tiene su sentido y finalidad. Y ¿quién puede decir qué hay de bueno en ellas y qué utilidad tienen para ti o para la humanidad?
Y para tu sustento: ¡contempla los campos, cómo crecen y son fértiles, y los árboles que dan fruto y las hierbas! ¿Qué más quieres que lo que te da el honesto trabajo de tus manos? ¡Ay de los fuertes que hagan mal uso de su fuerza! ¡Ay del astuto que dañe a las criaturas de Dios! ¡Ay de los cazadores!, pues ellos mismos serán cazados”.
Y el hombre quedó muy admirado y abandonó el adiestramiento de los perros para la caza y les enseñó a salvar la vida, mas no a destruirla. Y aceptó las enseñanzas de Jesús y se convirtió en discípulo Suyo.
Jesús también habló en contra del comer carne:
“Pero Yo os digo: no derraméis sangre inocente ni comáis carne. Sed rectos, amad la misericordia y haced justicia, y vuestros días perdurarán largamente en la tierra que habitéis”.
Y Él también dijo:
“He venido para terminar con los sacrificios y las fiestas de sangre. Si no cesáis de sacrificar y comer carne y sangre de animales, la ira de Dios no cesará de venir sobre vosotros, tal como en el desierto vino sobre vuestros padres, los cuales, ávidos del disfrute de la carne, se llenaron de podredumbre y fueron destrozados por plagas”.
Uno de los padres de la Iglesia, Jerónimo (331–420 d. de Cristo), todavía supo referir:
“Comer carne de animal fue algo desconocido hasta el diluvio. Pero desde el diluvio nos ha sido llenada la boca con las fibras y los jugos apestosos de la carne de animal ... Jesucristo, el cual apareció cuando el tiempo estaba cumplido, ha vuelto a unir el final con el principio, de forma que ahora ya no nos está permitido comer la carne de animales”.
Pablo fue el que en su carta a los romanos escribió: “Porque sabemos que toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. Porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios”.
Juan Crisóstomo (354–407 d. de Cristo) describe cómo vivía un grupo de los cristianos de aquel entonces:
“Entre ellos no hay ningún derramamiento de sangre; ningún animal es matado ni troceado...; entre ellos no se huele el espantoso olor de la comida de carne..., no se oye ningún alboroto ni ruido tumultuoso. Comen sólo pan, que se ganan con su trabajo, y agua, que les ofrece una fuente pura. Si desean una comida más abundante, se complacen con frutos, y en ellos encuentran un placer más grande que ante la mesa de un rey”.
En su mayoría, los hombres viven al día. Van a una iglesia y según las circunstancias escuchan un sermón, pero con ello no obtienen claridad sobre sí mismos. Por eso raramente plantean la pregunta de qué es el hombre.
En Vida Universal aprendemos a ver la verdad como totalidad, es decir: ¿de dónde vengo y a dónde voy? Precisamente en Vida Universal aprendemos también a comprender las leyes inalterables de Dios y la Creación, que se fundamenta en ellas. En la Creación de Dios reconocemos la voluntad de Dios, que es inmutable e ineludible.
Cuando hablamos de la materia, de la condensación, muchas personas se sienten como parte de ella, en cierto modo como hijos de la materia. Por la física sabemos que todas las cosas en último término no son más que vibraciones e impulsos de un campo energético invisible y que cada hombre es vibración, de forma que la aparente consistencia que denominamos materia no se basa en otra cosa que en vibración.
Los seres divinos son de sustancia sutil, el hombre es de sustancia densa. Mientras no nos orientamos al Espíritu en nosotros, ni reconocemos ni cumplimos la ley absoluta inalterable, el hombre y el mundo existen en un proceso de condensación continuo.
La Creación eterna contiene también las leyes de la naturaleza. En la poderosa ley de la naturaleza cada hierbecilla, cada flor, cada arbusto, cada animal y asimismo cada mineral, es una parte integrante de la vida. La Madre Tierra con todas sus formas de vida está en el Creador, en la ley de la naturaleza. La Creación, incluida la ley de la naturaleza, es la perfección de Dios, que es inalterable.
El hombre cree tener que intervenir en las leyes de la naturaleza. Si observamos el mundo que el hombre ha hecho tal como es actualmente, tenemos que comprender y al fin y al cabo admitir que el hombre mismo se daña cada vez más. Él sufre bajo su propio egoísmo destructivo. El hombre no puede cambiar las leyes de la naturaleza, son fijas. Su contravención es su golpe del destino.
Muchas de las faltas del hombre contra la ley de la naturaleza se basan en el menosprecio de las criaturas de Dios, los animales, de los cuales Charles Darwin (1809–1882) dijo:
“Los animales sienten como los hombres alegría y dolor, felicidad e infelicidad”.
Cazar y matar animales es un comportamiento erróneo especialmente desechable de los hombres para con la Creación de Dios y para con las leyes de la naturaleza. Un obrar tal está en contradicción con las fuerzas luminosas que se encuentran en lo más interno del alma del hombre, que quieren llegar a desarrollarse en la vida terrenal. El hombre que mata animales intencionadamente, actúa contra su Ser verdadero y se rebaja, es decir que renuncia a su dignidad de hombre.
Erasmo de Rotterdam (1465–1536), humanista y escritor, caracterizó con severas palabras a“los furiosos de la caza, a los cuales no les importa nada más que la persecución de animales, y que creen sentir un placer increíble siempre que escuchan el eco repugnante de los cuernos de caza y el alarido de la presa. ¡Casi que supongo que en sus sentimientos los excrementos de los perros les parece que huelen a canela! Y cuando prueban un pedazo de la carne del animal, se sienten como si prácticamente se hubieran vuelto de la nobleza. Mientras estas personas al cazar y devorar animales sólo logran su propia degeneración, creen sin embargo tener una vida principesca”.
Hubo más personas con inteligencia y corazón que no sólo se expresaron igualmente en contra de la caza, sino que también comentaron sobre aquellos que perpetran su maldad contra criaturas indefensas.
Teodoro Heuss (1884–1963), primer presidente de la República Federal de Alemania:
“Caza es un eufemismo cobarde que se asigna al asesinato especialmente cobarde de criaturas indefensas. La caza es una especie de enfermedad mental humana”.
De George Bernard Shaw (1856–1950), dramaturgo irlandés, que recibió el premio Nobel en 1950, proviene la afirmación: “Si el hombre quiere matar al tigre, se denomina a esto deporte. Si el tigre quiere matar al hombre, se denomina a esto bestialidad”. B. Shaw constató llanamente: “Los animales son mis amigos, y yo no me como a mis amigos”.
Alexander von Humboldt (1769–1859), renombrado naturalista, dijo lo siguiente: “Donde vive un cazador pueden vivir diez pastores, cien agricultores y mil horticultores. La crueldad con los animales no puede sostenerse cuando hay una educación y una cultura verdaderas. Es una de las perversidades más significativas de un pueblo envilecido e innoble”.
Richard Wagner (1813–1883), compositor alemán, se expresó de la siguiente manera:
“Si la visión de un toro sacrificado a los dioses se convirtió en un horror, ahora, en mataderos limpios y saneados con agua, el baño sangriento diario escapa a la atención de todos aquellos que en la comida del mediodía han de deleitarse con las partes cocinadas, desfiguradas e irreconocibles de cadáveres de animales domésticos asesinados. A partir de ahora deberíamos dar importancia, a pesar de los que están a favor del dogma de la utilidad, a hacer que en nosotros gane terreno un suelo firme para cultivar nuevamente la religión de la piedad. ¿Qué se puede esperar de una religión que excluye la piedad por los animales?”
Bertha von Suttner, (1843–1914), pacifista y premio nobel de la paz de 1905:
“Según mi convencimiento, llegará el tiempo en que nadie se querrá alimentar de cadáveres, en que nadie estará dispuesto a ejercer el oficio de matarife. ¡Cuántos de nosotros hay ya que nunca comerían carne si tuvieran que clavar el cuchillo en el pescuezo de los animales afectados!”
“En la actualidad, de cien personas educadas y sensibles, probablemente noventa no comerían carne nunca más, si tuvieran que matar o acuchillar ellas mismas al animal que se comen”.
“Quien no pueda escuchar a las víctimas gritar, no las pueda ver estremecerse, pero le dé igual que griten y se estremezcan en el momento en que estén fuera de su radio de visión y de audición, tiene buenos nervios, pero corazón no tiene”.
Obviamente a los cazadores no les molestan los sufrimientos de las criaturas a las que han disparado o que están reventando. Esto permite sacar conclusiones sobre el estado de sus nervios, así como sobre el de su corazón...
A ello se adecúan las palabras de François Voltaire (1694 – 1778), escritor y filósofo francés:
“La caza es uno de los medios más seguros para matar los sentimientos de los hombres para con sus semejantes”.
Luise Rinser (*1911), conocida escritora alemana, analiza lo siguiente:
“La anonimidad de nuestras víctimas del reino animal es lo que nos hace sordos a sus gritos”.
“Hoy en día ya no vemos nada más sobre la vida y la muerte angustiosas del animal de matadero. Eso ocurre de forma automática. Hace un momento un animal, en el siguiente instante carne ya troceada: nuestra comida. Nuestro modo de canibalismo”.
“Pasará mucho tiempo hasta que la humanidad comprenda que no sólo los pueblos de la tierra son un pueblo, sino que hombres, plantas y animales son en conjunto “reino de Dios” y que el destino de un ámbito también es el destino del otro”.
Todo esto pone en claro en qué nivel se coloca el hombre que daña a los animales, los mata o apoya esa perversidad a través del comer carne o de su silencio.
Así Joseph von Görres (1776–1848), escritor alemán del romanticismo, dijo de forma sumamente acertada:
“Quien quiere salir de la vida común evita una alimentación sangrienta y no elige a la muerte como maestro de manjares”.
Al médico griego Empédocles, que vivió en el siglo 5° a. de C. se le atribuyen las siguientes palabras:
“La mancilla más grande que existe es quitar la vida y tragarse nobles miembros”.
Carl Anders Skriver (1903–1983), filósofo y autor alemán, habla de la ética de la alimentación. Ésta “conduce a la limpieza de las manos de actos sangrientos, a la limpieza bajo la piel y a la limpieza del corazón. Pero no se puede hablar de limpieza de corazón cuando se trata de un “devorador de todo” impuro, que no reflexiona ni tiene remordimientos de conciencia por los crueles crímenes al mundo animal que tienen lugar diariamente en el mundo cristiano sólo con fines de alimentación humana”.
Cuán importante es la relación para con el mundo animal para la formación del carácter, para la visión clara y el juicio crítico se puede ver en las siguientes palabras de Theodor Heuss:
“Cuanto más pronto aprendan nuestros jóvenes por ellos mismos a considerar reprobable cualquier brutalidad con los animales y cuiden de que el trato y el juego con ellos no derive en tortura, tanto más clara será después su capacidad para discernir en el mundo de los adultos lo que es correcto o incorrecto”.
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