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  El desconocido que no se conoce a sí mismo. ¿Necesitamos a "santos" como intercesores?

El contemporáneo crítico:
De nuevo me dirijo a ti con preguntas. Mucho de lo que tú, Gabriele, me dices, sigue resonando en mí, y no me deja tranquilo. Hace algún tiempo conversamos sobre la fuerza de los pensamientos. Cuando primero explicaste cuán poderosamente pueden actuar los pensamientos negativos sobre nosotros -si una y otra vez pensamos lo mismo o algo parecido-, pensé para mi fuero interno: "En realidad no soy tan malo, pues por lo general mis pensamientos no están tan descaminados como para decir que pudiesen provocarme un golpe del destino". Sin embargo, cuando escuché de ti que son siempre los contenidos de nuestros pensamientos, palabras y actos, y también nuestros sentimientos y sensaciones los decisivos, comencé a cuestionar cada vez más todo mi comportamiento, es decir, a preguntarme cada vez más en cada situación, si mis pensamientos y palabras realmente correspondían a mis sentimientos y sensaciones. El resultado de mi autoinvestigación fue tan exitoso como desconsolador. Me asusté de ver qué escultura se había cristalizado con los aspectos surgidos del autorreconocimiento. Ni yo mismo podía apenas creer haber dibujado semejante imagen caracterológica. Se puso de relieve que muchas de mis formas de comportamiento son engañosas, es decir, que hasta ahora me había estado engañando a mí mismo a la hora de hacer mi propio balance, porque no me conocía. Cuando estoy en una conversación, me viene una y otra vez el pensamiento: "¿Qué deposito ahora dentro de mis palabras?". Este preguntar por el trasfondo es realmente interesante, pero más de una vez me sorprendí pensando: "Ah, en realidad no quiero saber quién soy yo verdaderamente". En definitiva, era la curiosidad la que me empujaba a seguir perguntándome a mí mismo, para saber qué es lo que había depositado en mis palabras y pensamientos. En mi autoanálisis surgieron más preguntas, de las cuales quiero exponerte algunas, si me lo permites.
El profeta:
El que no pregunta, nunca obtendrá una respuesta. El preguntar e investigar indican una consciencia despierta. El que se da por satisfecho nunca pregunta: vegeta, más o menos perezoso, apático y apagado. La combinación alternante de preguntar y responder es movimiento, dinamismo; de ello pueden resultar crecimiento y evolución espirituales. Por tanto: ¡Pregunta!
El contemporáneo crítico:
En una de nuestras numerosas conversaciones has comparado a las palabras y a los conceptos humanos con un recipiente, diciendo que cada persona pone en el recipiente, en la palabra, algo personal, sus sentimientos y sensaciones individuales, que surgen de su estado de consciencia del momento. Cada uno, dijiste en este sentido, habla solamente desde su estado de consciencia, que él deposita en el recipiente, en la palabra. Según lo que haya introducido personalmente en su palabra, en el recipiente, entiende también la palabra de su interlocutor. Me he investigado a mí mismo al respecto y he hecho un ejercicio con un buen amigo. Ambos observamos la imagen de una mujer, y ambos expresamos la convicción de que la imagen, esta mujer, es hermosa. Antes tenía la firme opinión de que ambos, mi amigo y yo, tenemos a menudo el mismo punto de vista y opinamos también lo mismo. Pero como yo había escuchado de ti que las palabras sólo son recipientes y que cada uno de nosotros deposita algo diferente en la palabra, pregunté a mi amigo qué quería expresar con su afirmación. Escuché con atención y tuve que constatar, que a pesar de que ambos habíamos pronunciado lo mismo -"una mujer hermosa"-, mi amigo había depositado en su afirmación algo totalmente diferente que yo. Cuando hablamos sobre ello, no sólo estábamos sorprendidos, sino que incluso estábamos en desacuerdo, pues empezamos a discutir sobre los detalles de esta imagen. De pronto cada uno de nosotros tenía una imagen diferente de esa mujer hermosa. Gabriele, me acordé de nuestra conversación en la que dijiste que no tiene ningún sentido discutir sobre los valores de nuestras afirmaciones. Por tanto, intenté ceder para poner fin a la conversación que se iba acalorando crecientemente, y di la razón a mi amigo. ¿Fue correcto?
El profeta:
Mientras consideremos sólo la palabra, el recipiente, que está teñido de los contenidos de nuestra consciencia, rara vez nos entenderemos. No fue del todo correcto hablar al gusto de tu amigo, dándole la razón para poner fin a la conversación. Hubiese sido mejor decir, por ejemplo, "mira, esa es tu opinión; en mi caso, en cambio, surgen asociaciones completamente distintas, las que yo he depositado en las palabras una mujer hermosa. Por tanto, yo tengo un mundo de imágenes completamente diferente al tuyo. De esta forma, cada uno tiene su propia opinión. Pero dejemos esto ahora, hasta que podamos hablar sobre ello sin emociones". Al principio eras de la opinión de que lo que habías depositado en tus palabras se podía también escuchar en las palabras que sonaban parecidas a la afirmación de tu amigo. Puedes reconocer por tanto a qué engaño estamos sometidos, y cómo somos unos desconocidos para nosotros mismos, hasta que no nos hayamos investigado, cuestionando nuestro comportamiento. Pero la disposición de aprender a investigarte a ti mismo para poder autorreconocerte te ayuda también a entender poco poco a tu prójimo. Cuando nos hacemos conscientes de que las palabras de nuestro prójimo tienen contenidos completamente distintos a los nuestros, aprendemos a escuchar también más atentamente. Si nos hemos cuestionado con frecuencia a nosotros mismos, reconociendo todo lo que se esconde detrás de la fachada de nuestras palabras, ya no nos sorprenderemos cuando tengamos que comprobar que otra persona entiende nuestras palabras de un modo completamente distinto al nuestro, de acuerdo a los contenidos de sus palabras. En base a estas experiencias ya no valoraremos ni juzgaremos tan a menudo, sino que llegaremos a tener comprensión, que es lo que nos conduce al entender. Quien se observa a sí mismo, poniendo en cuestión su propio comportamiento y purificando lo contrario a la ley divina con la fuerza del Espíritu de Dios en sí, con el tiempo se volverá más sensitivo, y sentirá en su prójimo, tanto en la elección de sus palabras como en el sonido de éstas, lo que éste pone en sus palabras o en sus actos. La consecuencia es que él comprende mejor a sus semejantes, y que puede dirigirse a ellos correspondientemente. El que ya no se engañe a sí mismo pronto ya no podrá ser engañado por otros. Entonces habremos alcanzado una cierta fortaleza interna, de forma que ya no despreciaremos a nuestro prójimo por cómo habla y cómo se comporta. Al cuestionarnos a nosotros mismos y al purificar los errores reconocidos con ello, hemos experimentado lo difícil que es superarnos a nosotros mismos y conseguir con Cristo la maestría sobre nosotros mismos. Así no sólo nos formamos una idea de nuestro prójimo, sino también de problemas y situaciones. Es necesario que lleguemos a conocernos a nosotros mismos, para poder dar los pasos que conducen a la fortaleza y a la claridad internas, que nos capacitan para captar lo esencial en la situación, para hacer lo que es apropiado y para ser una ayuda real para otros.
El contemporáneo crítico:
Ahora he aprendido que hablamos y no nos entendemos.
El profeta:
Mientras no hayamos reconocido, purificado y con ello eliminado en sus diversos aspectos a nuestro subconsciente, que registra los contenidos de nuestros sentimientos, sensaciones, palabras y actos, estamos sometidos al engaño. Nos encontramos en la prisión de nuestras opiniones y puntos de vista y nos figuramos que el otro nos entiende, porque él emplea las mismas palabras que nosotros. Esto a menudo conduce a apoyarse en otros, y en consecuencia, a la atadura. El apoyo que creemos haber encontrado se acaba sin embargo tan pronto como se pone de manifiesto que las palabras de nuestro prójimo contenían programas, imágenes e ideas diferentes a los nuestros. El sentido de nuestra existencia terrenal consiste, sin embargo, en reconocernos a nosotros mismos y en purificar con la ayuda del Espíritu de Dios en nosotros nuestros errores, que son nuestros pecados, de modo que poco a poco nos volvemos sinceros. Entonces se disuelven también las ataduras y la necesidad de apoyarse en otros. Nuestra relación con nuestros semejantes se caracteriza más y más por la independencia y la libertad. De ello surgen la soberanía y la fortaleza internas. La mayoría de las personas se conforman con lo que dicen y creen incluso haber dicho lo que de hecho querían decir. Lo que dicen y ponen en sus palabras, lo escuchan de las palabras de su prójimo; su consciencia no llega más allá. A nuestra "prisión", al mundo pequeño y estrecho de nuestras opiniones e ideas, no tiene acceso nuestro prójimo, sino que sólo lo tiene el prisionero, es decir, nosotros mismos. Pocos saben que se encuentran encerrados en una prisión, que se hablan a sí mismos, se escuchan a sí mismos y que también se entienden sólo a sí mismos.
El contemporáneo crítico:
¿No será tal vez que nuestro intelecto es también nuestra prisión? Recuerdo que tú diferencias entre intelecto e inteligencia. Hasta ahora, el intelecto era en mi opinión lo aprendido. El concepto "inteligencia" lo relacionaba con la idea de un hombre listo, dueño de aptitudes fuera de lo corriente. ¿Es ésta la inteligencia de la que tú hablas?
El profeta:
Esta clase de "inteligencia" no es más que el brillo del intelecto humano que se luce en determinadas materias para debatir con otros en discusiones, con el mayor número posible de argumentos, es decir, para aventajarlos. Estas "aptitudes fuera de lo normal" a menudo se convierten en "anormales", si se las observa de cerca. El intelectual bien puede ser listo, pero no sabio. El siempre presenta una obra imperfecta. La inteligencia cósmica -es el Espíritu de Dios- no es una obra imperfecta, sino siempre la totalidad. El intelecto, que con tanto gusto se las da de imparcial, es en el fondo emocional, especialmente cuando cree ser inteligente, lo que siempre se remite al ego. El llamado "intelectual" habla solamente de sí mismo, y más de uno es un exaltado, aunque ésto lo rechazaría enérgicamente de sí mismo si alguien lo afirmara. El intelectual que con exaltación sí opina que él es el brillo personificado de todas las cosas, se regodea en argumentos y teorías muy elaborados, en ideas y opiniones que él propaga como realidad y en definitiva como verdad. La forma de pensar de este intelectual se remite exclusivamente a la superficie de las cosas, a lo material e intelectualmente comprensible. Tiene muy en cuenta su perspicacia y confunde la riqueza en reconocimientos, la visión profunda y la sabiduría, con la abundancia en conocimientos. En definitiva es un admirador de sí mismo, y se exhibe. La verdad es otra cosa. Aquel que adora al -desde el punto de vista humano- "listo", al intelectual, hablando así al gusto de éste y le considera como lo "supremo", no reconocerá que esta pasión pronto se convertirá en una nube que pronto se disolverá. La verdadera inteligencia por el contrario es soberana y tranquila, es de una visión profunda. El que se ha sumergido en la inteligencia divina se ha vuelto sensible. Es sensible a la irradiación de las personas y también a las diversas formas naturales, hasta el infinito, el Ser eterno. El hombre espiritual que se provee de la inteligencia divina reconoce lo que es cierto y lo que no es cierto, pues él no ve indirectamente, es decir, no sólo ve la superficie del objeto, sino que lo capta como una totalidad. Mira en el objeto, en la forma, para averiguar los contenidos. Esta sensibilidad -podemos denominarla también sensibilización- uno sólo la puede alcanzar con el autorreconocimiento y la purificación de su comportamiento erróneo, acercándose así a la inteligencia divina, que es el fondo del alma de cada hombre, y que llama incansablemente para poder manifestarse.
El contemporáneo crítico:
Por lo tanto, nuestro intelecto, nuestro saber racional y nuestra comprensión humana en sí, no conducen ni al autorreconocimiento ni a la profunda comprensión de la verdad.
¿Qué sucede cuando abandonamos el cuerpo humano? ¿Seguimos siendo los mismos después de la muerte?
El profeta:
Sí y no. Si uno no se conoce en esta Tierra, tampoco se conoce en el más allá, pues allí será el mismo que fue aquí y el mismo que aquí, en la dimensión temporal, siendo hombre, no se reconoció porque no se cuestionó a sí mismo para reconocer los aspectos demasiado humanos que había en su comportamiento.
La mayoría de las personas son de la opinión de que aquello que dicen, piensan y hacen, son ellos, la persona. Muchos se valoran de forma muy superior a lo que son en realidad, porque no han aprendido a tener control sobre sí mismos, a cuestionarse, poniendo en cuestión aquello que piensan, dicen y hacen -también por ejemplo su compasión-, para conocer qué es lo que depositan en sus palabras y no pronuncian sus pensamientos, que difieren de sus palabras. Esto sirve también para nuestros sentimientos, sensaciones y actos. Los motivos que están detrás de nuestro comportamiento, por ejemplo en nuestros sentimientos, sensaciones, pensamientos, palabras y actos, es lo que somos -y eso es lo que seremos también, después de que nuestro cuerpo terrenal haya fallecido. Por tanto depende de si en esta Tierra nos hemos examinado a nosotros mismos, es decir, nos hemos encontrado en nuestras formas de comportamiento. Los motivos en la cadena de nuestro sentir, pensar, hablar y actuar, en todas nuestras pasiones y deseos, marcan nuestro subconsciente. Lo que se ha acumulado y aumentado en nuestro subconsciente, pasa también a nuestra alma. Eso es entonces lo que somos después del fallecimiento del cuerpo. Muchos hombres tienen miedo de la muerte, porque temen que la vida no continúa. ¡Pero sí que continúa! El cómo lo determina cada uno por sí mismo. Su más allá corresponde a su carácter. Nuestro carácter, nuestra verdadera identidad, contiene entre otras cosas, todo aquello que hemos ocultado detrás de la fachada de palabras no veraces y lo que de motivos innobles se esconde detrás de actos aparentemente altruistas. Estos contenidos, nuestros verdaderos rasgos de carácter, corresponderán al lugar donde continúe para nosotros la vida "al otro lado", y también al cómo nos encontraremos en el más allá. Nuestro estado en el más allá lo viviremos - según el carácter que hayamos tenido y cómo fue nuestro paso por la Tierra - bien como alegría y alivio, o bien como un espanto. Una canción alemana tradicional dice: "...Muerte: ¿Dónde están tus horrores?". Yo creo que más de un alma se horrorizará cuando haya abandonado definitivamente su cuerpo, su hombre. Más de un alma no podrá creer que ella es su propio comportamiento en el más allá, o el lugar del más allá donde se encuentra, porque en lo temporal se comportó de otra forma -que sin embargo no era sincera.
El contemporáneo crítico:
Nosotros los hombres nos desilusionamos a menudo de nuestros semejantes, por un lado, porque éstos no se comportan como a nosotros nos gustaría, por otro lado porque queremos verlos de forma distinta a como son. Tampoco su forma de vida ni su estilo de vida nos gustan en muchos casos. Hablamos y pensamos de forma negativa sobre ello. Nos ocupamos con nuestros semejantes de diferentes maneras: cómo son, qué hacen o qué, a nuestro parecer, deberían dejar de hacer. Por el contrario, raras veces pensamos sobre nosotros mismos, sobre cómo somos en realidad. El desengaño de nosotros mismos por lo tanto será en el más allá mucho más grande que el que tenemos ahora respecto a nuestros semejantes aquí y ahora.
El profeta:
Como almas no se nos abrirán los ojos de una vez a la totalidad de nuestros estados de consciencia pecaminosos. De hoy a mañana no alcanzaremos la consciencia de quiénes somos aún. También en el más allá nos será manifestado paulatinamente cómo fueron realmente nuestras formas de comportamiento siendo hombres. Después de la muerte terrenal, nuestra alma está cubierta con todo lo que hemos grabado en ella, que puede proceder de diferentes épocas históricas en las que vivió el alma como hombre. Estas diferentes grabaciones son vibraciones, frecuencias, que tienen sus colores, formas y tonos. Estas diferentes envolturas las describen también los místicos como trajes del alma, que tienen que ser abandonados sucesivamente, para que el cuerpo espiritual, el ser puro, que pertenece al Cielo, vuelva a ser visible. La envoltura, es decir, el traje que se active en el más allá, hace al alma consciente de que ese es su estado actual de consciencia, que corresponde a las grabaciones que ella hizo siendo hombre, y que estas grabaciones ahora conscientes y activas, eran los contenidos del comportamiento que tuvo estando encarnada en una determinada época histórica. Si se transforma en el reino de las almas esta envoltura, este traje del alma lo abandona ella en el reino de las almas por la expiación, que contiene el reconocimiento del comportamiento erróneo. Entonces se activa otra envoltura del alma, que tal vez muestra otra época histórica de sus días terrenales, en la que el alma acogió del hombre de aquel entonces lo que éste puso en aquella oportunidad en su forma de comportarse. Si un alma va de nuevo a la encarnación, tienen lugar procesos parecidos a los del más allá. Una envoltura del alma, que tal vez trae frecuencias iguales o parecidas a otras envolturas del alma, dibuja al hombre también en su forma de sentir, pensar, hablar y actuar, en sus deseos, pasiones y anhelos. Tanto lo positivo como lo contrario a la ley divina que está grabado en la envoltura del alma, se declara en el transcurso de la vida terrenal y se expresa en la forma de comportamiento del hombre.
Ahora se plantea la pregunta: ¿Qué hace uno con su vida terrenal? ¿Construye e intensifica la ley divina, o cuestiona sus formas de comportamiento, para, con la ayuda del Espíritu en él, arrepentirse de sus aspectos pecaminosos, purificarlos y no volverlos a hacerlos más? En este caso, fomenta lo positivo, lo divino, que se hace notar en el alma y así también en todas las envolturas del alma. De esta forma, el alma de este hombre se vuelve más luminosa, el hombre se vuelve más fino, los rasgos esenciales de su vida se elevan más y más a lo espiritualmente ético y moral. El encuentra acceso a su prójimo y mantiene desde el corazón la conexión con sus semejantes. Juzga y condena cada vez menos y se esfuerza en vivir en paz con su prójimo. Tras la muerte terrenal el alma va con sus vestidos más luminosos a regiones más elevadas de la vida. Se distancia cada vez más de este mundo, pues en este mundo tiene sólo un pequeño magnetismo, es decir, genes, que ya no tienen la polarización para poder atraer a esta alma que se ha vuelto más luminosa.
El contemporáneo crítico:
Esto es muy interesante, pero para mí es nuevo. No puedo simplemente afirmarlo, tengo que reflexionar sobre ello. Pero una pregunta me interesa: ¿Son estas almas entonces seres santos, es decir, aquellos que, por ejemplo, en el catolicismo se declaran "beatos" o "santos"? Si son seres beatos o santos, ¿por qué no existen en todas las religiones los llamados "santos"? Yo he estudiado diversas religiones, me he informado sobre sus formas externas de presentación y sobre sus contenidos, y he encontrado tanto coincidencias como divergencias. Una religión tiene diferentes seres en el más allá a los que uno se puede dirigir, sus "santos", la otra religión no habla de tales. La religión católica tiene a la "Madre de Dios", la virgen "María" y todo un repertorio de "santos", mientras que otras religiones no hablan ni de María ni de ningún otro "santo". Una religión tiene una creencia y la otra, otra. ¿Qué conclusión se puede sacar de cada una? ¿Qué decisión puedo tomar ahí? ¿Dónde encuentro la verdad?
El profeta:
Ciertamente es aconsejable no aceptar todo lo que se dice. Pero tampoco es bueno rechazar y negar todo lo que para nosotros es nuevo. Nosotros los hombres tenemos diferentes formas de interpretar las cosas según nuestra consciencia. Uno puede aceptar con facilidad una cosa, el otro no. Por lo tanto, no deberíamos negar las cosas categóricamente, si no llegamos a entender o a aceptar algo enseguida. Has dicho que tienes que reflexionar sobre lo que es nuevo para ti. Eso me parece correcto. Tú lo aceptas primero simplemente como información, es decir, tomas nota de ello, sin embargo, no haces aún de ello causa propia. Sólo cuando ya has reflexionado sobre ello, sopesarás lo que puedes aceptar, es decir creer, y lo que aún no está claro para ti, es decir, lo que aún no puedes comprender.
Preguntas dónde puedes encontrar la verdad. Yo sólo te puedo decir que en todas las religiones hay destellos de la verdad eterna. Para encontrarlos debes encontrarte paulatinamente a ti mismo, es decir, como hombre cristiano en Cristo. Para encontrarse a sí mismo como hombre cristiano en Cristo no se necesitan religiones externas, pues la búsqueda del destello o de la chispa de la verdad es demasiado costosa. Hazte consciente de que eres un hijo de Dios, y de que tu herencia divina es el reino celestial, que está en tu interior. El reino divino, que es nuestro hogar eterno, tiene sus leyes celestiales y eternas del amor y de la sabiduría, del orden, de la voluntad, de la seriedad, de la bondad y de la mansedumbre. Hemos recibido extractos de esta ley originaria eterna. Dios nos dio a través de Moisés los Diez Mandamientos, y Jesús, el Cristo, se basó en los Diez Mandamientos. Sus enseñanzas se basan por lo tanto en los Diez Mandamientos, que El también amplió en Su Sermón de la Montaña. Si mides diariamente los contenidos de tu comportamiento con los Diez Mandamientos y con las enseñanzas de Jesús de Nazaret, si te arrepientes de los pecados -tus pecados- que reconoces, los purificas y no los vuelves a cometer y si sigues paso a paso las enseñanzas de Jesús, el Cristo, desarrollas el reino del interior, tu herencia divina, y encuentras así el camino hacia la verdad eterna. Para eso no se necesita ninguna religión externa, sino solamente la fe activa, que conlleva en sí la práctica, la aplicación de la enseñanza de Jesús, el Cristo. Entonces también sabrás que en la existencia eterna no hay "santos", sino sólo seres puros, que viven en el Uno Santo, que es Dios, nuestro Padre eterno.
El contemporáneo crítico:
Para mí esto significa cuestionarme ahora a mí mismo con la mayor consecuencia posible y poner en cuestión todo lo que oigo o leo. Hace poco me encontré con una cosa que me dio que pensar: como se sabe, los católicos cantan la canción de la Misa de Schubert "Santo, santo, santo es el Señor, santo, santo, santo, santo sólo es El". A mí también me gusta esa canción; la he escuchado a menudo e incluso la he cantado en un coro. Ahora bien, entretanto me había hecho consciente de que deberíamos cuestionarnos todo. Recordé esto al ver hace poco que se cantó este coral de nuevo en una misa. De pronto me quedé perplejo y reflexioné. Fue como si se me cayera una venda de los ojos. Se me hizo consciente que los católicos escarnecen al Santo, a Dios, el eterno, pues el creyente católico ciertamente canta "santo sólo es El", pero a continuación vuelve a rezar a los "santos". Los católicos llaman a los "santos" para fines de todo tipo. Hablé de esto con una conocida, que quiero describir como "católica de toda la vida", y escuché de ella que los "santos" tienen incluso ámbitos de competencia específicos. Por ejemplo, hay uno que es competente para los mendigos, soldados y los que montan a caballo. Es "San Martín". "Santa Verónica" es la patrona particular de las asistentas de las casas parroquiales. "San Pancracio" se llama el que asiste en perjurios y falsos testimonios, "Santa Susana" la ayudante en necesidades por causa de la lluvia, calumnias y desgracias. A mi conocida, la "católica de toda la vida", apenas la podía parar; conocía de pe a pa las "secciones" de los auxiliadores y sus ámbitos de competencia. Sus palabras seguían brotando a borbotones: "San Antonio" está destinado para ayudar a encontrar objetos perdidos. "San Cristóbal", conocido como gigante que vadea el río con el niño a las espaldas, es por lo visto el "santo" de los viajeros y conductores. De pronto se detuvo y dijo: Bueno, lo de este "San Cristóbal" es una cuestión aparte. Un día se dio a conocer que no se sabía nada sobre su vida, y que el tal "San Cristóbal" es sólo una leyenda. Entonces empecé yo a analizar y a cuestionar y pregunté a la "católica de toda la vida" lo siguiente: ¿Por qué hay en la iglesia católica "santos" y en cambio en la luterana no? Para mi asombro comprobé que ella se comportaba como yo me había comportado durante decenios. Simplemente se encogió de hombros diciendo: "Estas cosas son como son". Me quedó claro que esto no se podía quedar así. Con ello se escarnece a Dios, al Uno Santo: ¿No habría que decidirse en definitiva o bien por los llamados "santos" católicos o por el Uno Santo? La iglesia católica habla en la canción de un único Santo, del que se dice: "Santo, santo, santo, santo es sólo El" -y así me parece correcto. Pero si El es el único Santo, ¿por qué tiene que haber entonces tantos "santos", intercesores, que median entre Dios y los hombres? Por tanto me cuestioné a mí mismo de nuevo en la consciencia de ¿por qué no puedo pedir yo mismo a mi Padre de los Cielos? ¿Por qué necesito "santos", es decir, intercesores? Algo en mí se incomodó. Innumerables veces había cantado esta canción, sin que me remordiese la conciencia, puesto que en aquel entonces no cuestionaba todavía nada. Simplemente me gustaba la canción. La escuchaba y cantaba con devoción, disfrutaba del cambio positivo que producía en mi ánimo y no pensaba mucho más allá. Tampoco he pensado mucho más durante muchos años cuando veía al llamado "Santo Padre" en la televisión, cuando se hacía y hace un inimaginable alarde de preparativos en torno a su persona, un verdadero tinglado. Lo acepté del mismo modo que la "católica de toda la vida", a pesar de que había estudiado diversas religiones y mi horizonte se había ampliado ya considerablemente. Evidentemente nosotros los hombres somos muy superficiales. Comprendo cada vez mejor que mientras no nos cuestionemos a nosotros mismos, tampoco cuestionaremos todo lo demás. Las numerosas conversaciones que he mantenido contigo me han abierto los ojos en muchos sentidos. Así, he reflexionado a menudo sobre la vida de Jesús y la he comparado con las enseñanzas de diferentes religiones, y también con el lujo y despliegue de medios de la iglesia católica, con la vida de los sacerdotes, obispos, cardenales y papas. Llegué a la convicción de que ahí hay algo que falla: ¡Esto no puede ser la verdad!
El profeta:
El ocuparse una y otra vez con la vida de Jesús de Nazaret y también con su enseñanza trae provecho para la propia vida. Jesús enseñó la modestia y la humildad. Era carpintero y su túnica era de lino. Su enseñanza era sencilla y su vida una incomparable entrega a Dios, Su, nuestro Padre eterno. Deberíamos recordar más a menudo sus palabras "¡Seguidme!", preguntándonos, entre otras cosas, si lo que vemos y escuchamos en las religiones llamadas cristianas es el seguir a Jesús. Deberíamos preguntarnos más a menudo: ¿A quien sigo?
El contemporáneo crítico:
Con tus palabras advierto cuán "irreflexivamente" he vivido y aún vivo -precisamente en el ámbito de la religión, lo que también muestra cómo me comporto en otros ámbitos de la vida-. Y si miro a mi alrededor veo que no soy el único que lo hace. Lo que ya he reconocido agudiza -aunque aún no haya cambiado en absoluto tanto- mi visión de mi comportamiento y el de mis semejantes.
Veo más claro que nunca antes: nosotros, los hombres, a menudo no nos conocemos a nosotros mismos. Simplemente actuamos sin cuestionarnos. Somos como "creyentes de toda la vida", que simplemente creen y no se preguntan a sí mismos qué es lo que creen en definitiva. Al fin y al cabo yo era espiritualmente perezoso. Aunque quería seguir a Jesús no era consecuente en ello, porque no conducía mi vida orientándola a lo que enseñó Jesús. Sí que de vez en cuando oía que el Espíritu de Dios está en mí, pero seguí ciego, sin medida propia. Animado por algunas experiencias propias iniciales, hoy día soy del parecer de que si nos encontrásemos a nosotros mismos en base a nuestra propia autointrospección, nos liberaríamos de las muchas ideas de las religiones externas.
Ya antes me parecía extraña toda la retahila de intercesores. Pero en aquel entonces no reflexionaba sobre lo relacionado con la fe. Seguro que igual que a mí le pasa a muchos de nuestros semejantes. Uno se interesa más por una buena colocación, por el tiempo libre, el deporte, por los viajes, las vacaciones y muchas cosas más. Así se entiende que los intercesores tienen que abogar por nosotros los hombres ante Dios. Habría que plantearse la pregunta: ¿Es Dios tan cruel que necesitamos intercesores? ¿Por qué no puede el hombre, que supuestamente es Su hijo, ir directamente a Dios en la oración, dado que el Espíritu de Dios está en nosotros y muy cerca de cada uno?
El profeta:
¿Cómo es posible que hombres que han fallecido, es decir almas -sean bienaventuradas o no- se conviertan de pronto en "santos", cuando sólo hay un santo, que es Dios, nuestro Padre eterno? No necesitamos intercesores que amansen a Dios, pues El no es ningún Dios que castiga ni un Dios vengador. El, la gran ley del amor, ama a sus hijos, sean bienaventurados o pecadores. ¿Para qué entonces los "santos" intercesores e intercesoras? Jesús nos dio la gran oración del hijo a su Padre, el Padre Nuestro, que contiene en su esencia el camino hacia Dios, sin embargo, El no impuso ningún "mediador" ni nos dio ninguna "letanía de los santos". Si se consideran todas las formas de oración del catolicismo, lamentablemente hay que reconocer que se sugiere a los católicos a que recen más a los "santos" que a Dios, nuestro Padre eterno. A menudo se da preferencia a los "santos". ¿Por qué? El Padre Nuestro es a menudo sólo una cantinela mecánicamente repetida: el sentimiento, el corazón no participa. Y más de un denominado intercesor está para los hombres más cerca que Dios. ¿Por qué? Porque el católico no sabe o tampoco capta el elemento básico de la verdad: que Dios, el gran amor, vive en el centro del alma, es decir, en el centro del hombre. Jesús, el Cristo, no nos enseñó que los intercesores debían pedir por nosotros para hacer que Dios nos fuera favorable. Dios, nuestro Padre, siempre está a nuestro favor, pues El nos ama. Es una imagen triste la de los hijos de Dios, que se han hecho con intercesores e intercesoras, siendo que el Espíritu del amor eterno, el Espíritu de nuestro Padre, habita en cada uno de nosotros. El está más cerca de nosotros que nuestros brazos y piernas, más cerca que cualquiera de nuestros semejantes de confianza, más cerca que los llamados intercesores. ¿Preguntó acaso alguna vez alguna autoridad eclesiástica o algún católico a los llamados "santos" si ellos querían ser llamados "santos"? ¿Preguntó alguien acaso si están de acuerdo con que se les rece o si tal vez quieren ser intercesores ante Dios? ¿O con que una parte de los restos mortales de su cuerpo terrenal -de sus miembros- tenga que ser paseada por las calles como reliquia? ¿O si sus nombres, que la iglesia ha hecho "santos", sean utilizados en celebraciones tumultuosas? ¿Querríamos nosotros que se decidiera por nosotros de la misma forma o de forma parecida? Más de uno que después fuera denominado "santo", pasó por el infierno de la calumnia, de la discriminación y de la vejación por parte de la iglesia católica. Más tarde, una vez muerto, su llamada "madre", la "santa iglesia católica", le declaró "santo". Deberíamos ser más a menudo conscientes de que lo que nosotros mismos no queremos, tampoco deberíamos causárselo a ningún otro. Muchos de los que después de su muerte fueron llamados "santos", fueron ciertamente hombres creyentes que se esforzaron en cumplir los mandamientos de Dios. Muchos de ellos son seguramente almas bienaventuradas, que aspiran a la perfección en los mundos del más allá. Posiblemente algunas de estas almas estén ya en la existencia eterna como seres divinos, como imagen y semejanza de nuestro Padre celestial, según el mandamiento de Jesús de volvernos perfectos, es decir, la imagen y semejanza del Padre. Pero "santos" no son.
Jesús no habló de "santos". El Cristo de Dios habla de "bienaventurados", puesto que deberíamos convertirnos en la imagen y semejanza de nuestro Padre eterno. La palabra "santo" la utilizó Jesús para Su Padre celestial, para el Uno Santo. Jesús no quería ni iglesias de piedra ni pomposidad ni ornamentos eclesiásticos ni tampoco suntuosidad ni lujo eclesiásticos. Jesús enseñó la modestia y la humildad y la riqueza del corazón. Una y otra vez habló El del reino de Dios en nosotros, es decir, de la riqueza que está en nosotros; de la vida interna, la vida en Dios. Jesús tampoco habló de que debamos rezar a "santos". Jesús, el Cristo, el Redentor de todos los hombres y almas, nos acercó una y otra vez a Su Padre eterno, que es también nuestro Padre, el Uno Santo. A El deberíamos rezar, a El solamente deberíamos adorar y alabar, a El debemos dirigirnos en nuestro corazón, ir conscientemente con El en nuestros días terrenales y llamarle a El en todas las situaciones de la vida. Jesús no rezó a ningún "santo" sino exclusivamente a Su Padre en el Cielo, del que sabía que Su espíritu vive en El. Jesús nos enseñó solamente el Padre Nuestro, y éste está única y exclusivamente dirigido a nuestro Padre celestial, y no a algún "santo". Jesús nos enseñó que le siguiéramos a El, lo que significa que aceptamos y acogemos Su enseñanza y que la debemos realizar en la vida diaria. ¿Por lo tanto, de dónde sacó la iglesia católica la usanza de los santos?
El contemporáneo crítico:
De mi comparación de las religiones sé que de las antiguas culturas del paganismo y del "firmamento de los dioses" griegos y romanos se conocen seres que, por decirlo así, están por encima de las situaciones de la vida y de los hombres aquejados por el dolor; "radiantes" e impunes a los destinos. ¿Hicieron tal vez estas figuras místicas de padrinos en la posterior "creación" de los "santos"?
Ahora me viene a la mente una cosa que mencionó en la conversación la "católica de toda la vida" con la que conversé: María, la madre de Jesús. Habló de que esta mujer fue la madre de Dios y que ascendió con su cuerpo físico a los Cielos. De nuevo empecé a cuestionarme todo esto y me dije a mí mismo: ¿Qué hacen la carne y los huesos en el reino de los Cielos, si el Espíritu de Dios, la vida fluente, es la ley de los Cielos que dice: YO SOY el que SOY? Y seguí pensando: en aquel entonces, en los tiempos de Jesús, muchas cosas eran misteriosas. Hoy día ya no se ven cosas así. ¿Se ha alejado en este caso el hombre tanto de Dios, o Dios de los hombres? Simplemente no me puedo imaginar que un cuerpo físico pueda entrar en el Cielo, donde todo es de sustancia sutil, es decir, espiritual. ¿Cómo puede existir allí entonces un cuerpo material? Según lo que sé, éste sería el único.
El Profeta:
Quien utilice su entendimiento, debería ciertamente preguntarse: ¿Cómo puede un cuerpo natural terrenal, que pertenece a la materia, ser acogido en la existencia eterna? Eso es completamente ilógico y según las leyes de Dios, imposible. Si un cuerpo material pudiese ingresar en la existencia pura, el Eterno habría invalidado Su ley natural, que es un don de creación del Creador para la vida en la Tierra. Si la iglesia católica quiere hacernos creer que también el cuerpo físico de Jesús ascendió a los Cielos, esto es entonces así mismo católico, pero no la enseñanza del Creador, que a nosotros los hombres, nos dio la ley natural, también en lo referente a nuestro cuerpo físico. Este pertenece a la Tierra, a la naturaleza, de la cual surgió. El alma, si se ha convertido de nuevo en un cuerpo puramente espiritual, pertenece a la existencia eterna, al Cielo, del que proviene el cuerpo puramente espiritual. Ni tan siquiera la resurrección y la ascensión a los Cielos de Jesús tuvieron lugar en su cuerpo material. Su cuerpo físico fue transformado de forma más rápida según las leyes naturales, es decir, convertido de nuevo en sustancia natural espiritual originaria, elevado al correspondiente estado físico, porque Su cuerpo terrenal estaba completamente traspasado por la luz eterna, Dios, que es también Creador. Lo que sucedió con el cuerpo físico de Jesús, sucederá alguna vez en la totalidad del acontecimiento de la caída: lo que es de sustancia material burda será conducido paulatinamente a la asimilación e incorporado de nuevo en la existencia eterna.
Todos los procesos, tanto en el Cielo como en la materia, obedecen a legitimidades divinas concretas. Lo antinatural, dicho de otra forma, lo absurdo, sería contrario a la ley divina, y eso no existe en la creación de Dios. Para muchos hombres más de una cosa parece un milagro, o también como una casualidad, porque frecuentemente no saben nada acerca de las leyes de Dios, ni tampoco de las realidades espirituales fundamentales. Esto es ceguera espiritual. Pero Jesús de Nazaret vino para hacer que los ciegos viesen. El ha venido también en nuestro tiempo -en Su palabra viva. Jesús no habló de muchas cosas de las que habla la iglesia, tampoco de que El no fuese engendrado por José, ni tampoco de que María hubiese concebido por obra del Espíritu Santo, y así tampoco dijo que su madre carnal fuese la "madre de Dios". El habló simple y llanamente de su madre. Jesús nos hizo ver de nuevo que nosotros -cada hombre- somos el templo de Dios, y que el espíritu de Dios vive en el interior de cada uno de nosotros. Jesús, el Cristo, no impuso sacerdote alguno, ni tampoco jerarquía eclesiástica ninguna. Precisamente indicó a los rabinos que no deberían hacerse honrar de forma especial, es decir, que no se hiciesen llamar rabinos: "No os debéis hacer llamar rabinos, pues Uno es vuestro maestro, pero entre vosotros sois todos hermanos".
Jesús tampoco nos enseñó que fundásemos lo que llamamos una iglesia "cristiana" católica o una iglesia "cristiana" luterana. Jesús habló una y otra vez del templo que está en el interior del hombre, en el cual vive Dios, y de la camarilla silenciosa, en la que deberíamos entrar, para mantener un diálogo con Dios, nuestro Padre eterno -o sea, con nuestro Padre eterno, y no con un "santo"-. La iglesia no sólo no ha despertado esta unión directa con Dios, no sólo no la ha mantenido viva y la ha fomentado, sino que -al parecer sistemáticamente- la ha impedido. Entre cada hombre y Dios, su Padre, su fuente de vida -y en definitiva entre el hombre y su propia vida, que llama al interior del alma, que desea traspasar e inspirar al alma y al hombre-, se ha interpuesto la misma institución de la iglesia: sus credos, dogmas, ritos, sus al parecer imprescindibles sacramentos, sus supuestos mediadores, los párrocos, sacerdotes, etcétera y para colmo el supuesto representante de Cristo en la Tierra. Ya sólo la falsa imagen del Dios que castiga, que observa a Sus hijos desde la lejanía para responder con un castigo a cada uno de sus movimientos pecaminosos, que los manda a la condenación eterna, impide una comunicación directa. Puesto que a consecuencia de ello ya no es posible sentir ni captar el apoyo en el propio interior, el hombre se agarra a la brizna de hierba que se ofrece en lo externo como ancla de salvación: Cree en las promesas de salvación de aquellos que toman la palabra "Cristo" en los labios y fingen servir a Dios y a los hombres. Dices con razón que los creyentes de iglesia reflexionan demasiado poco sobre la enseñanza de Jesús, e igualan la enseñanza de la iglesia con la enseñanza de Jesús. Quien establezca comparaciones entre la enseñanza de Jesús y la enseñanza de la iglesia, pronto advertirá que la enseñanza de la iglesia tiene muy poco que ver con la enseñanza de Jesús, la enseñanza cristiana. La enseñanza institucional conserva fragmentos de la enseñanza de Jesús y por esto opina poder llamarse "cristiana".
¡Cuánto tiempo necesita el hombre para comprender por fin lo que quería Jesús! Desde hace 2000 años lucha Jesús, el Cristo, para que los hombres comprendan por fin en su corazón que no se necesitan ni templos externos ni iglesias de piedra, sino sólo la purificación del propio templo, del hombre, de lo pecaminoso, de forma que el reino de Dios, que está en el interior del hombre, pueda hacerse visible en el exterior, en la paz y en el amor a Dios y al prójimo. Los verdaderos profetas de Dios fueron y son profetas del pueblo. Vinieron y vienen la mayoría de las veces de fuera, es decir, no de entre las filas de los escribas. Dios, el eterno, los envió siempre al pueblo, no importa qué fe tenía éste, pues para Dios no existen las diferentes formas de creencia. El desea que todos Sus hijos hagan Su voluntad, que se puede encontrar en los Diez Mandamientos y en las enseñanzas de Jesús. Si la humanidad aspirara al reino del interior, este mundo sería más luminoso, la Tierra estaría sana y los hombres serían pacíficos. Todos los hombres serían entre sí hermanos y hermanas unidos en el Rey, que vive en el reino del interior. Su vida sería entonces la vida del Sermón de la Montaña, y las leyes del reino interno serían también las leyes del género humano en Dios: igualdad, libertad, unidad, fraternidad y justicia.
El contemporáneo crítico:
En mi opinión, parece como si los fundadores de la iglesia católica hubiesen procedido de la siguiente manera: en lugar de enseñar a los hombres la enseñanza práctica del Sermón de la Montaña, cuya puesta en práctica hubiese sido para su vida interna y externa una ayuda de valor inestimable, levantaron una especie de imagen ritual de culto. Elevaron la figura de María y la proveyeron con una aureola de gloria, que la "verdadera" María, la mujer sencilla que vivió en Palestina hace 2000 años, con toda seguridad no hubiese aprobado. A María se le adjudican toda clase de maravillas y poéticamente se le suscribieron muchas cosas. La imagen de culto así surgida fue entonces aceptada evidentemente de buen grado por los creyentes. Por esta razón, seguí la pista a la pregunta de sobre qué raíces místicas se basa el culto a María. De un estudioso de la ciencia religiosa me enteré de algunas cosas. El me explicó, según el sentido de sus palabras, que la adoración a María como "madre de Dios" procede del culto a Isis. En el concilio de Efeso (431) se puso a María en el lugar de Diana y de Artemisa. Muchos títulos de las antiguas divinidades matriarcales pasaron a María -más exactamente al "culto de María"- : "reina de los Cielos", "misericordiosa", "inmaculada", "madre de Dios", etc. El concilio de Èfeso declaró a la madre carnal de Jesús como "madre de Dios" e hizo de ello un dogma. ¿No se despierta con este concepto la idea, o sea se acepta conscientemente que María está por encima de Dios? En consecuencia ella sería la madre de Dios y Dios, su hijo.
Respuesta del profeta:
La madre María no puede ser la madre de Dios. Dios era y es eternamente. Dios es la gran ley del amor onmipresente que actúa en todo. Dios es, por tanto, Ser omnipresente. Dios es todo en todo. Tanto se trate de los astros como de los reinos de la naturaleza, o bien de los seres espirituales, de las almas o de los hombres, Dios es la fuerza omnipresente, la vida eterna. Dios, el amor infinito, estaba en Jesús como fuerza y luz y está en cada uno de nosotros, de forma omnipresente. El Eterno, Uno Santo, el Padre eterno de los Cielos es la manifestación que emana de Su ley omnipresente del amor. Es la ley comprimida del amor, de la paz y de la armonía. Dado que el Uno Santo eterno, el Padre celestial de todos nosotros, es la manifestación que emana de Su sagrada ley del infinito, DIOS, el Padre eterno, se le llama también Dios-Padre. Jesús, en el que estaba encarnado el Cristo, el hijo del Supremo, el Corregente de los Cielos, cumplió el amor a Dios y al prójimo, de forma que al Espíritu Santo, Dios, a la Ley Eterna, le era posible traspasarlo por completo, es decir, colmarlo con su corriente. Por lo tanto, la madre de Jesús no puede ser la madre de Dios, porque Dios, el Espíritu Omnipresente, la Ley del Amor, está en todo. Es la fuerza eterna fluente, que traspasa con su corriente y mantiene a todo ser. Dios es por tanto la ley, la vida.
Si María fuese realmente la "madre de Dios", habría para Dios un comienzo, y donde hay un comienzo, hay también un final, pero Dios es Ser eterno por toda la eternidad, eternamente existente. No tiene comienzo alguno, no fue por tanto nacido de la "madre de Dios" -eso es imposible-. La "madre de Dios" tampoco puede ser la madre de Dios-Padre, pues en Jesús no se encarnó el Padre eterno mismo, sino que Su ley del amor, la vida omnipresente, le traspasó completamente. Jesús no dijo ser Dios, el Eterno, sino que El dijo: "Mi Padre es más grande que Yo". Así El dio a conocer que es el Hijo de Dios, y no Dios-Padre mismo. El tampoco habló nunca de que su madre carnal María fuera la "madre de Dios", o incluso la madre del Padre eterno. ¿Cómo puede ser la madre de Jesús la "madre de Dios", si Jesús es el Hijo de Dios? ¿Cómo puede María ser santa, si solamente hay un único Santo, Dios, nuestro Padre eterno?
El contemporáneo crítico:
En la iglesia católica María tiene la categoría de "santa", también por la razón de que supuestamente - al igual que Jesús de Nazaret - no estaba manchada por el pecado original. Todos los demás hombres, así como el resto de los llamados "santos", han venido al mundo con esta mácula.
El profeta:
El llamado pecado original no debe ser visto como una mácula del alma debida a una culpa propia. Quisiera describir al pecado original como una especie de "pecado global de la Caída", que parte desde el acontecimiento de la Caída. Cada ser divino, ser espiritual, que de la existencia eterna va a la Tierra y a la encarnación, deja en la existencia eterna una parte de su poderoso potencial de luz, que es el camino divino, el imán divino del alma, para regresar de nuevo a la existencia eterna, a su hogar paterno. En el camino hacia la Tierra, a la encarnación, el alma toma también consigo una parte del pecado que surgió por el hecho de la Caída. Esta parte que se lleva cada alma se llama "el pecado original". Es un dogma el hecho de que el cuerpo espiritual de la portadora de la Misericordia, llamada María como ser humano, y el cuerpo espiritual del Corregente de los Cielos, como hombre llamado Jesús, hubiesen venido a la dimensión temporal sin esta parte del llamado pecado original. Un dogma es algo institucional de la iglesia y no tiente nada en común con la verdad eterna. Este dogma está en contradicción con el principio de la igualdad divina de todos Sus hijos.
El contemporáneo crítico:
Perdona Gabriele que te interrumpa. Lo que explicas aquí es completamente nuevo para mí: en ningún lugar he oído ni escuchado jamás nada semejante. En vano busqué en la infancia una explicación para el "pecado original" -y tú me das ahora la aclaración-. Te lo agradezco. Me alegro de que por fin se arroje luz en esta oscuridad. En tus palabras sentí en seguida: "Sí, esta es la verdad. ¡Así es!" -pero también tengo que admitir que todavía no lo comprendo del todo, es decir, que aún no entiendo el contexto. Con el término "pecado original" hasta ahora la mayoría de las veces asociaba rápidamente engendramiento y concepción. En las clases de religión se dejaba entender que estos procesos estaban en relación con la mácula del alma.
El profeta:
Engendramiento y concepción - procesos necesarios según las leyes naturales dadas por Dios, para posibilitar a las almas una vida terrenal -con las palabras "inmaculada concepción", los presenta la iglesia institucional como algo pecaminoso-. Pero si queremos relacionar la concepción inmaculada con el engendramiento, resulta algo espinoso. ¿Cuál es la voluntad de Dios a este respecto? Dios desea que Su ley del amor se viva en los matrimonios entre hombre y mujer. Si esto sucede en el sentido correcto, surge también el deseo de tener hijos, e hijos son engendrados. Por tanto, si en ambos cónyugues existe el deseo de tener hijos, este proceso no constituye mácula alguna, ninguna carga del alma o del cuerpo. ¿En qué se basa la degradación de este proceso natural? Debido a que las autoridades de la iglesia católica evitan el matrimonio y no fundan ninguna familia, pero muchos se ocupan en pensamientos y de tanto en tanto también físicamente con la sexualidad, y dado que estos deseos no pueden admitirse ni cumplirse, para alguno de entre las autoridades eclesiásticas el engendramiento de un hijo es algo que se puede incorporar a la "inmaculada concepción". Si hay que excluir lo que corresponde a las leyes de la naturaleza y por tanto a la voluntad de Dios, esto sólo puede proceder de un patriarcado célibe, que rechaza el matrimonio para sí, y presenta el no casarse como una forma de vida sagrada, para vivir supuestamente como vivió Jesús, el Cristo. Los pensamientos de muchos cargos eclesiásticos y sus actos escondidos son, sin embargo, cualquier cosa menos sagrados. Saben que eso es pecado: en consecuencia, tiene que ser también pecado todo lo que es completamente natural: que cuerpos engendren cuerpos. Esto corresponde a las leyes de la naturaleza, en tanto cada uno se atenga a ello. Esto lo siguieron también José y María.
Quien no deja que la unión física se convierta en un exceso sexual, con el que cultiva sus apetitos y relaja sus nervios, sabe que cada hijo deseado es la voluntad de Dios. ¿Para qué se necesita la idealización de María que, como todos los seres humanos, tenía un cuerpo completamente natural, que fue engendrada por su padre carnal y nacida de su madre carnal? Quien, por ejemplo, como en el engendramiento de Jesús, no abuse sexualmente de un cuerpo natural, actúa según la voluntad de Dios. Un hijo así es un don del amor de Dios, del Espíritu Santo.
La caída en el pecado, el acontecimiento de la Caída, ha de ser purificado por todos los hombres y almas, no sólo reconociendo a Dios en nuestro corazón, sino también acogiéndolo y haciendo cada vez más las obras del amor desinteresado, para cumplir así Su ley del amor. Entonces el pecado original se transforma también en la ley del amor, y el ser del amor, que se ha convertido de nuevo en la perfección, forma parte de la perfección, en el amor de Dios, en el reino eterno, que es el que anunció Jesús, indicando que el reino de Dios está en cada uno de nosotros, es decir, dentro de nosotros.
Dios no hace excepciones con ningún ser espiritual ni con ningún alma que va a la encarnación, y El tampoco las hizo con María. El hijo de Dios igualmente dejó una parte de su luz sagrada en la existencia eterna, cuando se dispuso a convertirse en un ser humano. La poderosa luz ha de ser cubierta cuando un ser así, elevado y puro, va a la encarnación. La luz suprema, la Luz Primaria, está comprimida, y vista como una totalidad es el fundamento del alma en cada hombre. El ser espiritual puro como luz e irradiación, sin embargo, deja atrás una parte de su potencial de irradiación.
Precisamente a María, la madre de Jesús, la deberíamos apreciar mucho, pues ella sufrió mucho por Jesús, su hijo. Nosotros los hombres deberíamos respetar a nuestra hermana celestial María, amarla y agradecerle por su perseverancia, por la gran dimensión de lo que como ser humano rindió, por la gran fe y confianza en Dios, nuestro Padre eterno, y en el ángel anunciador, pero también por la confianza que depositó en José, que la tomó por esposa y respetó su cuerpo. Podemos dar las gracias a María, siguiendo y haciendo lo que Jesús, su hijo carnal, enseñó. Entonces cumpliremos también con el tiempo lo que María nos mostró con su vida: la pureza de su alma y de su corazón, la fe grande y profunda en Dios, nuestro Padre eterno, y en los mandamientos de Dios, y también en las enseñanzas de Jesús. Entonces no necesitaremos la enseñanza dogmática, que idealiza a María; así tendríamos la unión profunda e interna con Jesús, el Cristo, nuestro Redentor, y a través de nuestro Redentor hacia Dios, con nuestro Padre. Seguro que como ser humano María no podría entender más de una cosa de lo que Jesús decía o hacía, pues El hablaba a menudo en parábolas e imágenes. Aunque no entendiese todo lo que Jesús, su hijo terrenal enseñó, lo apoyó, siéndole fiel a El y a Dios. Tuvo que ver cómo los fariseos y escribas le entregaron al estado romano. No le abandonó en su hora más difícil, cuando por miedo, casi todos sus amigos se apartaron de su lado, retirándose a lugares escondidos de los entornos.
En frases aisladas que se recogen aún en la Biblia, se puede reconocer que Jesús, el Cristo, no siempre estaba de acuerdo con lo que María le exigía. En una de sus declaraciones dice por ejemplo: "¿Qué te incumbe, mujer, lo que yo haga?" En otro pasaje de la Biblia -que la iglesia católica acepta palabra por palabra-, dice de los verdaderos parientes de Jesús: "Cuando El aún hablaba al pueblo, he aquí que su madre y sus hermanos estaban fuera y querían hablar con El. Uno le dijo: Mira, tu madre y tus hermanos están fuera y quieren hablar contigo. Pero El habló y le respondió a aquel que le había dicho esto: ¿Quién es mi madre y quiénes mis hermanos? Y extendiendo la mano sobre sus discípulos dijo: Mirad, ésta es mi madre, y éstos son mis hermanos, pues quien haga lo voluntad de mi Padre en el Cielo, ese es mi hermano, hermana y madre. El amor permaneció en el corazón de María, el amor a Dios, la fe y la confianza en Dios y el amor a su hijo carnal. Los fariseos y escribas mostraron cuán pocos valores divinos espirituales poseían y lo poco que significaban para ellos la vida interna y el reino del interior, pues el miedo por el reino de su religión externa y su prestigio tuvieron más peso. Así, entregaron a Jesús al estado romano. ¡Cuán grande hubo de ser el dolor de María cuando Jesús tuvo que recorrer el amargo, doloroso camino de la crucifixión! Ella, que tuvo a Jesús en sus extrañas y a quien más adelante también guardó en el interior de su corazón, tuvo que ver como su amado hijo fue crucificado, un hecho que fue desencadenado por los fariseos y escribas, que amotinaron al pueblo, que primero rindió homenaje a Jesús y lo aclamó con vítores de "Hosana". Desde su monopolio de poder religioso, los guías eclesiásticos instigaron al pueblo, que poco más tarde gritó: "¡Crucificadle!" y "¡Liberad a Barrabás!. El, que era inocente, tuvo que ir a la cruz, porque los escribas y fariseos así lo querían y porque el estado romano prestó oídos y tragó el anzuelo de los ladinos argumentos de éstos, porque fingieron ante los romanos que Jesús, el Cristo, quería un reino externo, su reino, y que El quería erigirse rey. Los que ostentaban el poder en el estado romano se atemorizaron, igual que los hipócritas fariseos y escribas. Así tuvo que ir a la cruz Aquel, de quien temían que pudiese querer quitarles su monopolio del poder de oprimir al pueblo.
Pero Jesús, el Cristo, nunca quiso un reino externo y nunca quiso un rey externo. Jesús quería erigir el reino del interior en el corazón de los hombres, para que lo interno, el reino del interior, que es amor, paz y armonía, pueda crecer en lo externo. El Rey de este reino es el Espíritu eterno, es Dios, en Cristo, que a su vez es el amor y la paz. Quien sin embargo no tenga en sí la paz, sino odio, envidia y egoísmo, tiene miedo de que su competencia del poder se ponga en entretela frente al pueblo. María tuvo que sufrir y padecer dolores inimaginables al ver crucificado a su hijo, que con voz ahogada le dijo: "¡Mujer, he aquí a tu hijo!", y a Juan: "¡He aquí a tu madre!“. Con ello Jesús, el Cristo, pidió a Juan que atendiese a María, la madre carnal de Jesús. Después de 2000 años tiene que estar tradicionalmente colgado aún en la cruz, porque los escribas y fariseos actuales así lo quieren, ya que es su "tradición". ¿Por qué razón? ¿Han cambiado los fariseos y escribas en el transcurso de 2000 años o se han vuelto sólo más hipócritas porque ahora tienen un disfraz llamado "cristiano", pero siguen manteniendo la tradición: En aquel entonces "¡Crucificadle!" y en la actualidad "¡Dejadle crucificado!"? Lo que fue en aquel tiempo hoy día no es muy diferente. En aquel tiempo los cargos eclesiásticos, los fariseos y escribas, persiguieron a Jesús para discriminarle ante el pueblo, para ridiculizarlo, para calumniarlo y burlarlo, para desacreditarle como sectario, para que el pueblo no le escuchase a El, sino a ellos, los escribas y fariseos, ¿Qué hacen hoy en día las autoridades eclesiásticas con las personas que piensan de forma diferente a la suya? Los escribas y fariseos actuales se permiten afirmar que su religión es cristiana. Sin embargo, no es cristiana, sino simplemente la religión de su parecer, y ésta, apenas si tiene algo en común con la enseñanza de Jesús, el Cristo. Toman el nombre de Jesús, el Cristo, para crear con ello su fachada. Esta sin embargo es como las tumbas disimuladas; por dentro todo es hueco y podrido y lleno de muertos espirituales. En aquel tiempo entregaron a Jesús a la cruz, hoy día afirman que Jesús a través de Pedro es el constructor y el que lleva la iglesia romana. En aquel tiempo causaron a la madre de Jesús un dolor infinito, hoy es idealizada y atada al dogma, que entre otras cosas dice que fue acogida en el Cielo con su cuerpo físico. Si se aceptase la acogida física en el Cielo como una realidad de hecho, casi habría que suponer que el morir de forma natural tendría que ser pecado. De las manifestaciones divinas del Cristo de Dios sabemos que el cuerpo espiritual de María es el serafín de la Misericordia ante el trono de Dios. El cuerpo espiritual puro, el ser espiritual, es la imagen y semejanza del Padre eterno, pero de ningún modo la imagen que la "santa" iglesia católica ha dibujado de María y ha proyectado al Cielo. La iglesia católica es católica. Posee solamente fragmentos de la enseñanza de Jesús, el Cristo, y por eso no puede figurar como enseñanza cristiana que sigue a Jesús.
El contemporáneo crítico:
La iglesia católica llama a su líder, el Papa, "Padre Santo". El dogma de la "inmaculada concepción", por medio del cual María, desde el primer momento de ser concebida en el vientre de su madre, Ana, fue mantenida limpia de toda mancha del pecado original, fue anunciado en el año 1854 por el papa Pío IX.
El profeta:
Quien use el sentido común debería preguntarse: ¿Por qué ha necesitado Dios casi 1900 años para manifestárselo entonces al papa Pío IX? ¿Acaso necesita Dios 1900 años para que Su palabra llegue hasta nosotros, y eso precisamente con el papa Pío IX? ¿Por qué no le anunció Dios esto ya a Ana, la madre de María? Y si se lo anunció por primera vez al papa Pío IX, ¿por qué tantos años después? Y, ¿Por qué habría El favorecido en este caso a la iglesia católica sin tener en cuenta a la iglesia evangélica protestante? ¿Es Dios parcial? Si estoy bien informada, cuando el papa anuncia un dogma, no se trata de ningún modo de una manifestación de Dios, sino simplemente de una anunciación de la iglesia, que supone que Dios no se ha manifestado desde hace 2000 años. Luego siguió la proclamación de la llamada "pureza" de María por parte de la iglesia católica, que a través de siglos se ha manchado hasta lo peor. La madre iglesia se ha vuelto estéril puesto que rechaza las manifestaciones de Dios y afirma que éstas acabaron con la muerte de Jesús. La inadmisión de las manifestaciones de Dios es como un "método anticonceptivo", que entre otras cosas, se expresa en la persecución y exterminación de los profetas, algunos de los cuales vinieron también después de Jesús de Nazaret y que Jesús mismo anunció: "Os enviaré profetas, y a algunos de ellos los matarán y a otros los perseguirán...". En el diccionario alemán de Bertelsmann leo en el término "dogma" lo siguiente: "Dogma: opinión formulada con carácter obligatorio de enseñanza, enseñanza religiosa de fe; según la iglesia católica, un teorema que la iglesia reconoce como las verdades manifestadas por Dios y afirma que es por lo tanto inalterable en su afirmación positiva, y obliga a la fe de forma absoluta...". Según la enseñanza evangélica protestante, un dogma es un "teorema que recoge un contenido de una manifestación como está contenido en la Biblia, que como afirmación de condición humana, no puede adecuarse libremente al objeto, y por ello es básicamente suceptible de ser modificada y actualizada“. La iglesia católica enseña que las manifestaciones de Dios acabaron con Jesús. ¿Cómo se compagina esto con el hecho de que después de casi 2000 años de pronto sean anunciados nuevos contenidos de manifestación como los dogmas de la "inmaculada concepción" y cien años después la "acogida en cuerpo físico de María en el Cielo"? Aquí sólo puede tratarse de meras afirmaciones eclesiástico-teológicas, de "afirmaciones humanamente condicionadas", como dice la iglesia evangélica protestante.
Con la amenaza de la excomunión de la comunidad con Dios, los hombres del occidente "cristiano" se han desacostumbrado a pensar y a utilizar su sentido común. De otro modo habrían comprendido que tanto para Jesús como para María, respecto a su existencia física, tienen vigencia las mismas condiciones que para todos los demás seres humanos. La ley de Dios no es ni confusa, ni contradictoria, ni nebulosa, ni incomprensible. Dios es claridad, perfección, inteligencia suprema. Por ello, su ley es clara y lógica. La pretensión de absolutismo de la iglesia católica está en clara contradicción con las leyes de Dios. Los dogmas obligan a los católicos a creer. En el dogma está contenido: "tú tienes que creer, de otro modo serás excluido de la comunidad de Dios". Los Diez Mandamientos, por el contrario, hablan de libertad. En ellos se dice: "Tú deberías". Por tanto la iglesia católica no puede ser cristiana; es, pues naturalmente católica.
El contemporáneo crítico:
María es una mujer. ¿Tiene tal vez este hecho un significado especial?
El profeta:
Hay que preguntarse si la adoración a una mujer no es tal vez la compensación por la opresión de todas las demás mujeres como se practica por ejemplo en la iglesia católica, refiriéndose a Pablo, que en una de sus epístolas escribe: "Como en todas las comunidades de los santos, las mujeres deberían callar en la asamblea de la comunidad". Jesús, el Cristo, no habló de "santos" ni de mujeres que debían callar. Muy por el contrario, El estaba a favor de la igualdad y la practicaba también, pues entre sus seguidores había también discípulas. En el imperio romano dominaba el patriarcado, y Pablo era un romano. Eso habla por sí mismo. Si la iglesia católica se llamase sólo católica, pero no además cristiana, o si las autoridades eclesiásticas se definieran como seguidores de Pablo, serían consecuentes. En cualquier caso, la sociedad masculina de la iglesia católica poco tiene que ver con Jesús de Nazaret. El patriarcado católico se considera mejor que los padres de familia, entre los que más de uno engendra hijos con respeto ante la vida, protege al hijo y a la madre, siendo así un buen soporte para la familia. Con toda seguridad tampoco es una casualidad que una iglesia en la que las mujeres no son miembros de igual derecho y cuyos sacerdotes están obligados al celibato, recibiese el nombre de "Madre Iglesia", y como tal dirige y guía a sus "hijos" con absoluta dureza. Allí donde el principio masculino oprima al femenino, se destruye la dualidad del alma. Si se perturba la relación entre hombre y mujer, como por ejemplo por medio del celibato y la madre iglesia, no puede darse ningún engendramiento, o multiplicación de los hijos de la iglesia. La infertilidad de la madre iglesia se puede reconocer en el número de los que se salen de ella y en el fruto del mundo actual. Está escrito. "Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados y no os alcance ninguna de sus plagas". Han pasado 2000 años hasta que muchos hijos de la madre iglesia han ido reconociendo todo esto poco a poco.
El contemporáneo crítico:
Estas asociaciones me aclaran algunas cosas: el principio masculino se estanca cuando al vivir el estadio de hijo busca apoyo en la "madre", en lugar de desarrollar en sí el principio Padre-Madre. De esta forma la "madre iglesia" es de alguna manera un matriarcado y un descendiente de la "gran madre", una figura mítica de la historia temprana de la humanidad. La iglesia se ve a sí misma como "madre", porque predicando y bautizando dio a luz a hijos que supuestamente había recibido del Espíritu Santo, como se dice en una anunciación papal.
¿Cómo puede estar en juego el Espíritu Santo, que es un espíritu de la libertad, cuando la iglesia obtiene a sus "hijos" con el bautismo obligatorio de los lactantes, y cuando predica la amenaza del castigo infernal eterno en el caso de que los hijos no crean en los dogmas eclesiásticos? Además, Dios enseñó a través de Jesús: Enseñad y bautizad. Y no: bautizad y luego enseñad. Ahora me hago consciente de muchas cosas. Al estudiar las diversas religiones reflexioné a menudo sobre los dogmas y no llegué a ninguna conclusión. Antaño, la anunciación de un nuevo dogma acababa con la frase: "Quien no admita..., que sea maldito", es decir, censurado con la expulsión de la iglesia y sellado como un condenado para toda la eternidad. Hoy día se formula esto de forma más recatada, con la frase "que sea excluido" o con palabras como: ¡Si por tanto, que no quiera Dios, alguien se atreve a negar o conscientemente o sea poner en duda esta verdad, que ha sido definida por nosotros, que sepa que se ha desprendido de la fe divina y católica!". El salir de esta comunidad significa según el sentido de la enseñanza eclesiástica: salir fuera de la comunidad con Dios -lo que significa el infierno-.
El profeta:
Quien se pare un poco a reflexionar sobre todo esto se hará consciente de que esta enseñanza es cruel y que no tiene nada en común con la enseñanza de Jesús, el Cristo. Quien enseña algo tan falto de amor, está lejos de la enseñanza de Jesús, lejos del amor divino y atrapado en sus ideas humanas. En Dostojewski, el gran inquisidor le dice a Jesús: "Pero les diremos que Te obedecemos y que gobernamos en Tu nombre. Les engañaremos de nuevo (con ellos se refería a los hombres), porque a Ti ya no te dejaremos entrar. En este engaño también estará nuestro padecer, pues estaremos obligados a la mentira".
Yo me pregunto: ¿Cómo pueden mantenerse durante tanto tiempo semejantes contradicciones entre la enseñanza de Jesús y la de la iglesia? Sólo porque lo hombres no reflexionan, sino que ciegamente se dejan guiar por ciegos. Se podrían citar más cosas y preguntarse una y otra vez: ¿Por qué se ha podido creer todo esto durante tanto tiempo? Jesús no habló de dogmas, tampoco de la obligación de creer. Dios dijo a través de Moisés en los Diez Mandamientos "deberías", y Jesús no enseñó las legitimidades divinas con un "tienes que", sino con un "deberías". O: "Quien escuche esta mi enseñanza y la lleve a cabo, se asemeja a un hombre sabio...". Tampoco habló Jesús de la separación absoluta de lo divino, pues El , el gran amor que dona misericordia y compasión, trajo a cada alma y a cada hombre, a todos nosotros, el destello redentor, que nos asegura el regreso al reino de la paz y del amor, al hogar celestial. La iglesia luterana dice por ejemplo que basta la fe en Jesús, el Cristo, para obtener la salvación, que uno no necesita esforzarse en reconocer y purificar sus pecados; que todo lo esencial lo hace Cristo por medio de la fe en El. Con esto, la iglesia luterana anula el sentido de las leyes de Dios que el Eterno dio a los hombres a través de Moisés. El que tome en serio los mandamientos también tiene que hacer algo, porque a través de Moisés Dios nos dijo: "deberías": Si el hombre cumple lo que es la voluntad de Dios tiene que volverse activo, es decir, tiene que esforzarse, para poder cumplir los mandamientos. Con la declaración de la iglesia luterana de que la fe basta para obtener la salvación, aquella está también en contra de las palabras de Jesús, el Cristo que dijo: "Quien escucha esta mi enseñanza y la practica, se asemeja a un hombre sabio, que construyó su casa sobre una roca...Y quien escuche esta mi enseñanza y no la practique, es como un hombre necio, que construyó su casa sobre arena...".
Jesús, el Cristo, muestra el pro y el contra, y las consecuencias, en lo que reside también la libertad de decidirse por el contra y reunir con ello experiencias. Quien construye su casa sobre arena no tiene sin embargo que sufrir por ello toda la eternidad, si la casa se derrumba. El puede cambiar y construir su próxima casa sobre la roca. El puede, si quiere, pero no está obligado a hacerlo. Más de uno, que durante bastante tiempo haya relexionado sobre esta enseñanza fría como un témpano del "debes" y sobre la condenación eterna, y se ha hecho también conciente de las palabras de Jesús que dicen: "Aspirad primero al reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura", o incluso las palabras del Apocalipsis de San Juan: "Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados ni recibáis de sus plagas" y quien haya abandonado estas estructuras de poder, dice una y otra vez que está contento de no pertenecer ya a semejante iglesia. Y más de uno dice por ejemplo: He comenzado a consagrar mi vida a Dios, nuestro Padre eterno, y a Cristo, nuestro Redentor, y a retirarme varias veces al día a mi camarilla silenciosa, para allí rezar y dialogar con Dios, mi Padre, tal y como nos enseñó Jesús. Otro a su vez se da cuenta que aunque la "madre iglesia" me maldiga, me es indiferente, porque sé que Dios ama a todos sus hijos y también a mí. Y otro por su parte pregunta: ¿Quién tiene el derecho de maldecir a otro, cuando Dios ama y conserva en Su corazón a todos Sus hijos? La verdad eterna es inalterable. También en el tiempo actual nos manifiesta el Cristo de Dios que únicamente deberíamos orientarnos a El, al Gran Espíritu, y no a hombres. El nos enseñó muchas legitimidades del reino del interior, de la existencia interna, e hizo realidad lo que anunció siendo Jesús: "Todavía tengo mucho que deciros, que aún no podéis comprender. Pero cuando venga el Espíritu de la verdad, os guiará a toda la verdad".
Entretanto Su obra divina, que El llama para nosotros los hombres, Vida Universal, está extendida por todo el mundo. Puesto que ninguna energía se pierde, se está creando alrededor de la Tierra una atmósfera espiritual; es la corriente de la verdad, la Palabra, que hablada y por escrito va por toda la Tierra. Hay millones de cristianos originarios que escuchan al Cristo de Dios por boca profética, que entre otras cosas explica y muestra los Diez Mandamientos y el Sermón de la Montaña que enseñó siendo Jesús de Nazaret, indicando cómo se pueden aplicar éstos en la vida diaria de cada uno. Millones de cristianos originarios recorren el Camino Interno, el camino del autorreconocimiento, que permite llegar a ser libre y que conduce a una vida activa según las leyes de Dios. La enseñanza central del Cristo de Dios, que se manifiesta en la actualidad por boca profética en Vida Universal, es la purificación y el orden del templo, que es el hombre, y que tiene lugar cuando uno reconoce diariamente su parte pecaminosa que le refleja el día, de la que él entonces se arrepiente desde lo más profundo de su corazón, y no vuelve a cometer más.
La enseñanza central nos enseña también a retirarnos a lo más interno del hombre, al silencio interno. Su enseñanza dice también que no hay que orientarse a líderes religiosos, tampoco a autoridades eclesiásticas, sino únicamente a El, al Cristo de Dios, que es la luz del alma y de los hombres. Muchos millones de hombres que han sido alcanzados en su corazón por el Cristo de Dios, comienzan paulatinamente a llamarse cristianos originarios, porque ya no quieren pertenecer a ninguna iglesia externa ni tampoco pertenecen más a ella, puesto que siguen las palabras: "Salid de ella, pueblo mío, para que no participéis de sus pecados ni recibáis sus plagas".
Los cristianos originarios son por tanto cristianos libres, para los que no existe ningún "tú debes", sino el "tú deberías". Los cristianos originarios en Vida Universal no constituyen una institución, sino que siguen la religión interna, la cual une a aquellos que adoran a Cristo en su interior y hacen paso a paso Su voluntad, es decir, le siguen a El.
"Quien practique la enseñanza de Jesús, el Cristo, es como un hombre sabio que construye su casa sobre la roca". Quien por tanto es sabio, sigue a Jesús, el Cristo, tal y como lo hacen los cristianos originarios. Nosotros no tenemos ninguna iglesia de piedra, porque sabemos que cada hombre es el templo de Dios. Sólo tenemos locales de reunión, donde nos juntamos en momentos determinados para rezar juntos, para cantar y para hablar de las leyes de la vida interna. Se trata de una comunidad de hermanos y hermanas que acogen a todos los que sinceramente buscan a Dios, a los que quieren saber qué es la religión interna, es decir, la libertad en el espíritu de Jesús, el Cristo. Semana tras semana se acercan cada vez más buscadores de Dios a los cristianos originarios y se sienten como en casa, porque éstos no esperan ni exigen nada de ellos, les hablan como hermanos y hermanas, conscientes de que todos nosotros somos hijos e hijas de Dios, el Padre Eterno. Quien busque de verdad y cumpla paso a paso los Mandamientos de Dios y el Sermón de la Montaña de Jesús se siente entre los cristianos originarios espiritualmente como en su casa.
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