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«El Profeta»
 > «El Profeta» Nr. 15

"... aquél debe ser eliminado".
Matar una conciencia.
O: cómo convertirse en esclavo del poder
de los sacerdotes



Lo que sigue a continuación también lo dice el "Dios" de los "Libros de Moisés" contra las enseñanzas de Jesús y al mismo tiempo contra Sus propios Mandamientos. En el Levítico, por ejemplo, podemos seguir leyendo:

    Y todo aquel que tocare inmundicia de hombre, de animal o cualquier otra abominación inmunda, y comiere de esta carne, será eliminado de su pueblo (7, 21).

    Del sebo de un animal muerto o destrozado por una alimaña podréis serviros para cualquier uso, pero de ninguna manera lo comeréis. Y quienquiera que comiere sebo de animales de los que se ofrecen al Señor en holocausto, será eliminado de su pueblo (7, 24-25).
    Bajo el término "eliminado" debemos entender la pena de muerte que por aquel entonces era común, la lapidación. La lapidación era en tiempos de Jesús de Nazaret todavía lo más usual. Pensemos sólamente en la ramera que Jesús en el último minuto salvó de ser lapidada. También Jesús habría tenido algunas veces que ser llevado a la muerte por Sus semejantes, según dictaban "las Leyes de Dios dadas a través de Moisés". "Pero El siguió Su camino entre la masa de gente y se alejó de ellos".
    En el tercer libro de Moisés, el Levítico, capítulo 11, se encuentra detallado qué animales eran considerados puros y cuáles eran impuros. Allí se explica que el consumo de carne impura tiene como consecuencia la impureza del hombre hasta la noche de dicho día.
    Hoy en día tampoco es raro que aquellos que se consideran amigos de los animales todavía sigan comiendo carne. Al parecer no se hacen conscientes de que por ejemplo el filete que ellos compran al carnicero ya cortado y preparado para ser freído, y en ocasiones ya condimentado, procede de un ternero que apenas hace un par de días pastaba pacífica y armoniosamente en la pradera. Es posible que éste se dejara acariciar por los niños de aquellos que ahora piden un filete de ternera en la carnicería; los niños le miraban a sus ojos grandes y oscuros, de largas pestañas, y estaban encantados con él. Pocas veces alguien reflexiona sobre lo que ese animalito, que no le había hecho ningún mal a nadie, ha tenido que sufrir antes de llegar al mostrador de la tienda en forma de filetes, salchichas y otras cosas más: el horror, el miedo, la crueldad, el pánico, el dolor, el espanto.
    Los amigos de los animales, nosotros los hombres, tenemos animales domésticos –sobre todo si se adaptan a nosotros y son fáciles de cuidar- que nos dan mucha alegría. Sin embargo, por ejemplo en 1990 sólamente en Alemania fueron abandonados aproximadamente medio millón de animales, sobre todo perros y gatos, durante la época de vacaciones. Hoy, diez años más tarde, con toda seguridad esta cifra no ha disminuido. ¿Es esto el amor a los animales?
    Del mundo espiritual nos fue manifestado, entre otras cosas:

    Sed... serios y correctos en la relación con vuestro prójimo animal. Los animales os ven con sus sensaciones puras como al hermano mayor luminoso o como a la hermana mayor luminosa... Tened, por consiguiente, respeto hacia vuestros hermanos animales, pues ellos desean ser vuestros verdaderos amigos. Esforzaos en tratarlos de igual modo a como queréis ser tratados vosotros. De ese modo aprenderéis rápidamente a entenderlos y ellos estarán en comunicación positiva con vosotros. (La vida con nuestros hermanos animales. Tú, el animal – tú, el hombre. ¿Quién tiene valores más elevados? Pág. 114).
    La capacidad de sentir de los hombres se ha embrutecido, su conciencia apenas si advierte de algo. Pero esto no concierne únicamente al hombre actual.
    La conciencia es en el hombre el guardia que vela sobre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto. Si está intacta, reacciona, independientemente de ideas exteriores de justicia, al fin y al cabo de acuerdo con la medida de los Diez Mandamientos. Pero las costumbres de los hombres y el sello que les imprime su entorno también influyen e impregnan su consciencia.
    Si leemos aquí sobre crueles sacrificios de animales y lapidaciones de personas no deberíamos pensar sólamente sobre cómo les ha ido a los animales.
    Para hacernos conscientes de cómo posiblemente le iba a un hombre en aquella época, nos podríamos imaginar lo siguiente: dos hombres jóvenes del pueblo habían comido carne de liebre. Habían capturado a una liebre y la había asado para comerla. Según los capítulos 10 y 11 del Levítico se habrían hecho impuros hasta el anochecer, haciéndose a pesar de todo cargo de ello. Pero cuando los dos amigos –por imprudencia o insolencia– penetraron en el lugar donde se encontraban las ofrendas "sagradas" para el sacrificio, uno de ellos fue descubierto y condenado a morir lapidado. El otro permaneció sin ser descubierto. La lapidación fue ejecutada, pues en el Levítico 22 se establece:

    Habló el Señor a Moisés, diciendo: Habla a Arón y a sus hijos para que respeten las cosas santas que me consagran los hijos de Israel y no profanen Mi santo nombre. Yo soy el Señor. Diles: Cualquiera de vuestra estirpe de vuestras generaciones que tenga sobre sí alguna impureza, guárdese de acercarse a las cosas santas que los hijos de Israel ofrecen al Señor; si lo hiciere, será eliminado de ante Mí. Yo soy el Señor (22, 1-3).

    Pongámonos en el lugar del joven superviviente tras la lapidación de su amigo. Sentimientos de culpabilidad le torturan. Se rebela contra la sentencia y contra el duro castigo que en realidad también tendría que haberle alcanzado a él. El se rebela contra los sacerdotes que han dictado la sentencia, y se tiene que decir a sí mismo que ellos sólo llevan a cabo aquello que "Dios ha ordenado a través de Moisés". O sea que dirige su rabia contra Dios, quien ha proclamado semejante Ley inmisericorde. Pero cuando se hace consciente de que Dios es considerado "justo", que El es la instancia suprema que no se puede equivocar, le entran dudas sobre sí mismo. Lo que ha observado le muestra que los demás no tienen ningún reparo en lapidar. Por consiguiente llega a la conclusión de que algo tiene que fallar con sus propios sentimientos y su sentido de la justicia, pues tanto los sacerdotes escogidos por Dios como los hermanos de fe de la tribu sienten y piensan de forma diferente a él. Así él decide cambiar su forma de pensar, en el futuro orientarse estrictamente a los sacerdotes y a sus semejantes en todas las cosas, en lugar de pensar de forma independiente y en decidir libremente. A partir de ahora ya no buscará más la medida para su pensar y actuar en sí mismo, sino que se atendrá, aunque su corazón le diga lo contrario, a hacerlo todo como los demás, porque "Dios lo quiere así". De esta manera se consuma un proceso de adaptarse a los demás. El carácter de este hombre se transforma. Igualmente ya no se vive más a sí mismo. Su corazón se enfría, su sentir se vuelve oscuro y embrutecido, su ser se endurece. La imagen que tiene de Dios se consume y se seca. Ya no puede confiar más en este Dios colérico que castiga, y ni que hablar de amarle. Sus oraciones dejan de ser verdaderas, y por último se alegra de que existan oraciones ya formuladas, que simplemente se pueden repetir...
    Después de un tiempo se ha producido una transformación convirtiéndose en un conformista, un vasallo, un seguidor obediente de los sacerdotes y de la "tradición". Este hombre no sólo ya no se fía más de su medida interna, su conciencia, sino que piensa y actúa únicamente por costumbre, incluso contra un mejor punto de vista.
    Ahora se puede confiar en él – en su proselitismo, su obediencia, su lealtad, su fidelidad.

    Aproximadamente de este modo ha podido ser en aquel entonces. En cualquier caso y ya sólo por principio esto podría haber sido así. Por el contrario, y visto de forma práctica, es bastante probable que un hombre alcanzara una edad adulta sin estar totalmente embebido e impregnado de los contenidos de la práctica tradicional de la fe, de los sacrificios de animales, incluyendo las lapidaciones de seres humanos.

    La situación interna de una persona, así como se ha explicado antes, se ha repetido en innumerables ocasiones y en distintas variantes en el curso de la historia. ¿No nos resulta de algún modo familiar?
    Pensemos por ejemplo en la Edad Media, dentro del círculo cultural europeo, donde situaciones similares y conflictos de conciencia tuvieron lugar de muchas maneras a causa de la Inquisición. Los sacerdotes por cierto ya no mataban más ellos mismos a los animales, sino que los hacían y siguen haciendo matar. No encendían ellos mismos la hoguera en la que personas correctas y fieles eran quemadas, personas que estaban a favor del único Dios verdadero, misericordioso y bondadoso, que es la Verdad, y que se habían alzado contra la mentira. Los sacerdotes "solamente" estaban de pie delante con el crucifijo en alto, "bendiciendo" y cantando canciones de alabanza a Dios, perdonando los pecados y repartiendo absoluciones del "castigo por los pecados" a aquellos que portaban la leña hasta la hoguera ...

 

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