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  "Lo que el hombre hace a otros, se lo hace a sí mismo". ¿Cómo se siente el animal en su situación? El animal, un objeto de uso y de consumo

Echemos una vez más una mirada a los testimonios del Antiguo Testamento, en el tercer libro de Moisés –que como ya se explicó se supone que es la verdadera Palabra de Dios–, donde también se dan instrucciones a los funcionarios actuales de las instituciones de las Iglesias, sobre qué animal deben comer y cuál deben dejar. Allí se puede leer:
Todo animal de casco partido y pezuña hendida y que rumie lo comeréis (Levítico 11, 3). Y tres versículos más adelante viene una apelación a los cazadores:
La liebre, que rumia y no parte la pezuña, es inmunda; el cerdo, que divide la pezuña y no rumia, es inmundo para vosotros. No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres; serán inmundos para vosotros (11, 6-7). Esta cita es completada en el Levítico 11, 26-27:
Todo animal que tenga pezuña, pero no partida ni rumie, será para vosotros inmundo, y quien tocare su cadáver será inmundo. Los cuadrúpedos que andan sobre la planta de los pies serán para vosotros inmundos, y quien tocare su cadáver estará inmundo hasta la tarde... Quien sea obediente a la Iglesia tendría que atenerse a las indicaciones del Antiguo Testamento, pues según la enseñanza eclesiástica éstas son la Palabra de Dios. Si el creyente se atuviese a ello, por lo menos liebres y jabalíes tendrían una oportunidad de escapar sin metralla o una bala en el cuerpo. Para justificar la cacería a veces se añade que es necesario "diezmar" el número de determinadas especies, ya que de lo contrario su número crecería excesivamente. El Espíritu de Dios sin embargo nos aclaró: Dios ha llevado a cabo Su Creación, la naturaleza sobre esta Tierra, de tal forma, que ella misma cuida por la compensación, por regular el equilibrio. ¡Dios no le ha dado esta tarea a los cazadores! A los pescadores y a todos aquellos que le arrebatan al mar lo que al mar pertenece, las indicaciones de "Dios" a través de "Moisés" son como sigue:
Pero abominaréis de cuanto no tiene aletas y escamas en el mar y en los ríos, de entre los animales que se mueven en el agua y de entre todos los vivientes que en ella hay (Levítico 11, 10). Quien, por consiguiente, coma frutos marinos como langostas y similares se vuelve impuro. Los lectores podrían reflexionar ahora si hoy ya se han vuelto impuros. ¿Dónde estarán después de esta vida terrenal todos los clérigos que quieren completar el Antiguo Testamento con el Nuevo y se sientan a mesas bien decoradas y comen cadáveres de liebres, de jabalíes y similares o frutos marinos, que no tienen aletas ni escamas y después, en estado de impureza, posiblemente llevan a cabo ceremonias sacramentales? Hoy día por cierto ya no serán lapidados por sus pecados contra lo "sagrado" y contra el Santo, Dios, pero ¿no sigue siendo considerada válida aún la "Palabra de Dios" que ha sido transmitida en las escrituras, según declaraciones clericales? Si hubiesen animales impuros y "abominables", deberíamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Por qué ha creado Dios entonces semejantes animales, siendo El la pureza absoluta? Jesús no habló nada de ello. Jesús amaba a todos los animales. El nunca hizo daño a ningún animal, sino todo lo contrario: El era el mayor amigo de todas las criaturas; El habló y actuó a favor de los animales. Muchos hombres sin embargo apenas si reflexionan cuando los animales son torturados y matados. En Esta es Mi Palabra Jesús aclara en la página 429 que los animales sienten de forma parecida a los hombres:
En Jesús de Nazaret hablé a muchos hombres acerca de la ley de la vida; así también acerca de los animales, los cuales, de forma similar a los hombres, sienten dolor, sufrimiento y alegría. De la misma manera que el hombre no debe estar en contra, sino a favor de su prójimo, también debe estar a favor de los animales y asumir responsabilidad para con ellos, pues ellos sirven al hombre. Una y otra vez enseñé a los hombres que también los animales son criaturas de Dios, que el hombre no debe menospreciar, sino amar. Quien les pegue y torture, experimentará algún día en su alma y en su cuerpo algo igual o parecido; pues lo que el hombre hace a sus semejantes y a las criaturas, los animales, se lo está haciendo a sí mismo. Muchos hombres se dieron cuenta de sus brutalidades y comenzaron a realizar Mi enseñanza. Se arrepintieron y acogieron a los animales como amigos suyos. Y más de uno entendió Mis palabras y Me siguió (pág. 429-430). Yo repito las palabras de Jesús, el Cristo: "Lo que el hombre hace a sus semejantes y a las criaturas, los animales, se lo está haciendo a sí mismo". Sigamos estas palabras y relacionemos por una vez aquello que le ocurre a los animales inocentes con nosotros mismos. Pongámonos en pensamientos en su lugar y compartamos su destino en sensaciones, imágenes y pensamientos. Por ejemplo, poniéndose en el lugar de un animal, usted podría hacerse la siguiente pregunta: ¿desea usted ser matado o asesinado? Quien de verdad se pueda situar en sensaciones en esta pregunta o situación que ahora se le plantea de terminar su vida por muerte o asesinado, seguramente no elegirá entre muerte y asesinato, pues ser matado o asesinado significa para él, sin que haya ninguna diferencia, el que tenga que terminar su vida. ¿Y cómo reaccionaríamos si alguien nos atrapase y nos encerrara en una jaula decidiendo por nosotros cuándo podemos de vez en cuando disfrutar de libertad? Imagínese que se encuentra en la situación de un hámster, el cual por naturaleza necesita mucho movimiento. Imagínese y procure sentirse cómo sería estar un par de semanas encerrado en un espacio reducido. Para moverse dispone de una rueda giratoria que se mueve rápidamente bajo sus pies, de forma que puede andar, andar, andar ... sin moverse del mismo sitio ni avanzar. ¿Cuánto tiempo encontrará usted esto divertido? De esta forma se puede usted dar cuenta muy pronto de cómo le va al hamster que tiene que caminar día tras día de una forma tan estúpida en una rueda estrecha.
O siéntase en el lugar de la vaca que se encuentra encerrada en un establo para ser engordada, con sus compañeros que igualmente sufren, pegados los unos a los otros, envenenados por la química que está en los piensos de engorde, y siendo consciente de que el carnicero puede aparecer en cualquier momento, el cual le mata y corta su cuerpo en trocitos como comida de sacrificio, por ejemplo para obesos dignatarios eclesiásticos. Usted oye a sus hermanos y hermanas, a las otras vacas y becerros, que de vez en cuando mugen bajito y sienten que les preocupan los mismos miedos que a usted. Pero el destino que se encuentra ante ellos es inevitable. Usted se encuentra a merced del carnicero-hombre, expuesto a su egocentrismo, a la frialdad de sus sensaciones y a su codicia, también a su codicia de obtener beneficio de todo. Muchos hombres pasan por encima de personas y animales – sobre todo si esto no les afecta personalmente. Por ello en determinados casos se arrogan el derecho a matar a personas y, por supuesto, cuánto más a animales. ¿Quién tiene acaso el derecho a quitarle conscientemente la vida al prójimo, así como también al animal? ¿Quién ha creado el alma del hombre, que es inmortal? ¿Quién le ha dado la respiración? ¿Y quién le ha dado la respiración a los animales y, con ello la vida? No el hombre, sino Dios, el Eterno, el Espíritu creador del infinito. Dios no le quita la vida ni al hombre ni al animal, pues Dios es el donante. Y Dios no obliga a nada; El jamás hace uso de la violencia; tampoco influye en nadie contra su voluntad. El es la libertad y otorga la libertad. Solamente el hombre, quién no le ha dado la vida ni al alma del hombre ni a la del animal, mata la casa del alma, el cuerpo, y mata al animal. ¿Quién le ha dado al hombre permiso para hacer esto? ¡Jesús no habló nada de ello! Quien haga diferencia entre "matar" y "asesinar", es a mi parecer un paranoico que no respeta la vida de otros y que, según la Ley universal, que es la vida, se hace indigno por consiguiente de su propia vida. Pues: lo que el hombre haga a otros, se lo está haciendo a sí mismo. Lo mismo vale para animales que son mantenidos en jaulas. Dios previó a la naturaleza como el espacio donde los animales deben vivir, donde ellos, según su especie, se puedan mover libremente, tal y como las formas espirituales de animales lo hacen en el SER eterno. El no creó jaulas para Sus criaturas. Solamente los hombres se arrogan el derecho a encerrar a los animales y hacerles que vivan vegetando en un espacio reducido.
Jesús, el Cristo, dijo: Por eso, cuanto quisiereis que os hagan a vosotros, hacédselo vosotros a ellos (Mateo 7, 12). Esta indicación de Jesús la podemos entender de la siguiente manera: Lo que no quieras que otros te hagan a ti, no lo hagas tú a los otros. ¿Vale esta indicación solamente para nosotros los hombres o, considerando el amor de Jesús a los animales, también para ellos?
Dios dió a los hombres y a los animales toda la Tierra y con ella la libertad. Los hombres sin embargo dividen la Tierra en parcelas. Cada uno intenta –de forma legal o ilegal- recibir la mayor parte. El trozo de tierra es entonces "su propiedad". Esto es lo que "le pertenece", con todo lo que vive en ella. Pero de lo que nos hemos apropiado en esta Tierra es una ilusión, un engaño, pues la muerte nos arrebata lo que le hemos arrebatado a la Tierra. Para muchos hombres los animales sólo son objetos que se pueden comprar o vender, utilizar pero también consumir –como un artículo en un supermercado. Ellos acorralan a los animales en su mundo de ideas, el corral, en el que ellos mismos van dejando pasar su existencia. Quien haya aprendido a sentir cómo les va a los otros, nota que los animales también sienten de forma parecida a nosotros, los hombres. Ellos sienten alegría, dolor y sufrimiento. Una antigua y sabia frase de los indios nos podría ayudar a aprender a entender a los animales. Dice así: Nunca juzgues a un hombre antes de haber caminado durante al menos media luna con sus mocasines. Aplicado a los animales se podría decir: Antes de mantener aprisionados a animales, abuses de ellos para tu interés y los tortures, o sea les impongas condiciones que limiten o que no correspondan a su naturaleza, pruébalo primero contigo mismo. Oblígate a ir a la rueda giratoria antes citada y sentirás por lo que tiene que pasar el pequeño prójimo animal. Quien desee alcanzar de otro modo la visión viva del destino que sufren los animales, podría situarse en el lugar de la vaca que es cebada o de la gallina en la jaula de una granja avícola, o en el de un bebé foca que se encuentra tranquilamente en la orilla tomando el sol y al que se le acercan hombres con garrotes en la mano, que quieren arrancarle la piel. Quizás también se imagina usted qué es lo que siente la madre foca cuando vuelve de coger pescados y en lugar de su bebé encuentra una masa de carne cruda ...
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