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«El Profeta»
 > «El Profeta» Nr. 15

¡Los animales claman. El profeta denuncia!
Éste es el hombre cruel



    Estimado lector, lo que usted verá y leerá a continuación le obliga a decidirse, dependiendo esto de si su corazón late por los animales: a favor de Dios o de la Iglesia; pues no se puede servir a dos señores.
    En nombre de Dios o en nombre de la Iglesia.
    En la misma medida en la que seres humanos se precian de sí mismos, desprecian a los animales.
    Muchos seres humanos creen que son libres. Sin embargo, la así llamada libertad del hombre corresponde a su estado de consciencia, que a menudo es parecido al borde de un plato, sobre cuyo borde él rara vez es capaz de ver algo.
    Según las leyes cósmicas el hombre es el microcosmos en el macrocosmos.
    En lo más interno de nuestro SER somos seres de la luz, seres espirituales que han alcanzado su total madurez, que es a lo que nosotros como seres humanos tenemos que llegar a ser de nuevo, pues Jesús de Nazaret dijo: Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial (Mateo 5, 48). Los animales portan igualmente la vida de Dios, pero las fuerzas de la vida, de la Ley, Dios, aún no están desarrolladas y activas en sus cuerpos espirituales. Los animales se encuentran un peldaño de evolución más bajo en el proceso de maduración hacia la filiación de Dios.
    Aunque durante el proceso en el que nos volvimos humanos nos oscurecimos a raíz de nuestro sentir, pensar, hablar y actuar contrarios a la ley divina y nos envolvimos con energías transformadas hacia lo inferior, nuestras cargas creadas por nosotros mismos, la unión con el SER eterno, el macrocosmos espiritual puro, sigue manteniéndose, aunque debilitada. La vida, Dios, al que un día pertenecimos, es unidad, libertad, el cosmos sin límites.
    Nuestro prójimo animal no se puede cargar. Los animales viven –al contrario que el hombre- de forma correspondiente a su grado de desarrollo espiritual.
    Quien se haga consciente de los acontecimientos espirituales reconocerá que el microcosmos, el hombre, no sólo vive de forma limitada, sino que deja pasar su vida en una cárcel que corresponde a su estrecho mundo de deseos y necesidades. De acuerdo con la capacidad de pensar de cada uno, cada persona mira únicamente dentro del margen de su limitación, a la que denomina "mundo".
    Su "libertad" la refiere el ser humano a sus mayores y menores bienes y posesiones que él llama su propiedad. Su "propiedad" es su pequeño mundo, al fin y al cabo su "personalidad" con sus opiniones e ideas, con sus prejuicios, su envidia, su presunción, su propio sentido de la justicia y el desprecio de otros, que es algo que él defiende con todas sus fuerzas. Dicho en forma de imagen, el hombre levanta en torno a sí mismo un grueso muro de defensa y rechazo, disparando desconfiadamente con energías de pensamientos y emociones a través de las pequeñas ranuras de las troneras a todo aquel que de un modo u otro le podría disputar alguna cosa. A su "espacio de movimiento", a su así llamada "propiedad", le pone límites mediante las señales de detención correspondientes como son las delimitaciones de tierras, las alambradas y los setos y vallados. Su "propiedad" le transmite entonces su "sensación de libertad", la que sin embargo no tiene nada en común con la libertad cósmica.

    El animal en cambio es libre; el Creador le cedió toda la Tierra, la naturaleza que no conoce ninguna separación. Alguno podría contradecir esta aseveración diciendo que los animales, sobre todo los seres vivos más elevados, también demarcan su territorio y tienen un espacio vital limitado. En este sentido habría que decir: el que por una parte un animal demarque un territorio tiene un mensaje para los de su raza. El territorio de un animal es sin embargo al mismo tiempo el espacio donde viven muchas otras clases de animales. Por otra parte, en la forma espiritual del animal no siempre se encuentran desarrollados todos los aspectos de la vida de la creación, de la consciencia espiritual, también podríamos decir: de la ley divina. Al grado de desarrollo de la consciencia lo podemos llamar estado de consciencia. Los ámbitos de vida de los animales, también de los animales en cuerpo terrenal, corresponden al estado de consciencia actual que ya lleva consigo los siguientes peldaños de evolución.
    Cada peldaño de evolución de un animal corresponde por tanto a su estado de consciencia que el macrocosmos, la ley universal, poco a poco construye y desarrolla en el animal. Esto significa que cada animal se sigue desarrollando correspondientemente a los ciclos de la vida que son activos en el macrocosmos y que acompa-ñan los pasos de evolución de los animales.
    Dios, el Espíritu universal, es vida, y vida es evolución constante. Ya que Dios es el infinito, no existe ningún estancamiento, sino evolución continua. Esto significa: el infinito está incesamentemente en movimiento, en una evolución perpetua.
    Si en este contexto se habla del comportamiento del animal, se trata de la exposición de los acontecimientos básicos naturales. Con ello nos referimos al animal que aún no ha sido deformado ni falsamente programado por el hombre. El que el hombre haya influido desde siempre sobre el animal a nivel energético, no sólamente de forma directa por medio del adiestramiento, amaestramiento, mediante cruzamientos y crianza de animales, sino también de forma indirecta por medio de su "ejemplo", de todo su comportamiento con su modo de sentir, pensar, hablar y actuar, y que haya impuesto sus programas negativos a los animales es algo que no se tratará en este contexto.
    Nosotros los hombres al estado de consciencia de los animales le llamamos instinto, que es el que les pone ciertos límites. Sin embargo, el estado de consciencia de los animales no se ha desarrollado en base a un comportamiento erróneo, como es el caso del hombre, sino que el estado de consciencia de un animal es el estado de evolución natural momentáneo, el paso de evolución de esta forma de vida.
    En oposición a esto, nuestro comportamiento humano negativo está dirigido contra nuestra verdadera consciencia y la limita cada vez más. Nos limitamos a nosotros mismos a través de querer tener aquello que calificamos como nuestra propiedad, que sin embargo es ilusión. Esta ilusión nuestra desaparece con la muerte, pues como almas no podemos llevarnos nada terrenal, ni bienes ni dinero ni ninguna propiedad.
    Nuestro ego, que es nuestro pequeño mundo, es nuestra "propiedad" y tiene muchas variantes.
    Nuestra así llamada "propiedad" puede por ejemplo ser obsesión de poder, avaricia, brutalidad, deseo de dominio, placer de hacer sufrir a hombres y animales. Cada hombre se comporta de acuerdo con lo que se encuentra en la escala de su predisposición humana, de su ego, que se convirtió en su estado de consciencia a través de su forma de pensar y actuar. El animal por el contrario vive correspondientemente a su estado de evolución, justamente a lo que en el momento es activo en su consciencia. Este es el estado actual de evolución, esto es, de consciencia del animal.

    El hombre debería ser la imagen de Dios: amor, bondad, unidad, benevolencia y libertad. En esta consciencia el hombre sería uno con los animales y las plantas, con todos los reinos de la naturaleza, también con las fuerzas elementales, con los astros, con el cosmos, con el universo – y consigo mismo. Por medio de su postura egoísta el hombre se volvió en sí un ser dividido, perverso y falto de libertad. El intenta inculcar a los animales su comportamiento anormal y bajo. Sin embargo el animal es libre porque vive de forma "normal", que corresponde a las leyes de la naturaleza, siendo fiel a sí mismo. Cada animal lleva conscientemente la libertad divina en sí, la que se va desarrollando en él peldaño tras peldaño de evolución. En ciclos ya determinados el macrocosmos conduce al microcosmos, el animal, no importa qué estado de consciencia éste tenga. Por eso el animal se siente libre.
    El hombre también lleva consigo la libertad cósmica. Esta está tapada sin embargo por la estrechez del ego, por ejemplo por el mundo de los sentidos aprisionados en lo externo y por su enmarañado laberinto de pensamientos, que algunos denominan inteligencia.

    El amor es la fuente más elevada del SER. El amor, que el Espíritu creador también ha puesto en el animal, se reconoce por ejemplo en el amor maternal de los mamíferos. De qué forma tan considerada y cuidadosa trata la gata a sus crías, una leona que, aunque por ejemplo persigua a una gacela, entrega a sus cachorros todo su instinto maternal, su dulzura y cuidado. Estos pueden juguetear sobre su cuerpo todo el tiempo y tanto como quieran; ella permanece tranquila y se alegra de la vitalidad de sus cachorros. También un mirlo hembra muestra su sentimiento de madre durante largo tiempo. La cría de mirlo es alimentada por ella hasta que sea capaz de buscar su propio alimento, y lo hace sin limitación alguna. También pienso en la lealtad de los animales, como la de los caballos que se entregan sacrificando su vida, para transportar al hombre a kilómetros de distancia. O bien la lealtad de un perro que por ejemplo guía a un ciego o intenta rescatar a alguien que se encuentra enterrado bajo un derrumbe.
    Usted podría objetar: nosotros los hombres hemos enseñado esto a los animales. ¿Pero por qué podemos conseguirlo? ¿Por qué podemos adiestrar a perros por ejemplo para que sean perros guías de ciegos? Esto sólo es posible porque ese animal y muchos otros poseen de forma instintiva la inteligencia para satisfacer las necesidades del hombre, o sea, para servirle. Quien se haga consciente de todo lo que los animales hacen por los hombres, de cómo a menudo se sacrifican para servir y ayudar al hombre, debería estar lleno de gratitud hacia ellos. Quien por el contrario haya sido vencido por las exigencias de su ego, utilizará a personas y animales únicamente para sus propios fines. Si después de esto él todavía puede ser calificado como imagen de Dios, esto habría que dudarlo.

    En cada animal así como también en cada planta se encuentra la poderosa fuerza credora, Dios, el eterno Espíritu universal omnipresente, la Inteligencia universal. Aquel que tenga ya sólo un poco de corazón para la naturaleza podría intuir en la expresión de un animal, en la belleza de una planta, en la forma de una piedra o en las sustancias líquidas, que la Tierra podría ser un paraíso.
    Para justificar la explotación desmesurada de los reinos de la naturaleza a menudo se cita la frase del Creador: Someteos la tierra. (Génesis 1, 28). Sin embargo, la palabra "someter" no significa torturar a los animales, destruir los bosques y plantas y destrozar todo de lo que el hombre puede disponer. Con la palabra "someter" se hace referencia al mandamiento de cuidar los reinos de la naturaleza, sí, toda la Tierra. Se nos ha indicado que tratemos y cuidemos la Tierra con amor. Se nos ha mandado que respetemos todas las formas de vida en la Tierra, sí, toda la Tierra, que la apreciemos y amemos, pues todo en todo es la obra del Todopoderoso, el amor al hombre, al animal, a la planta y a la piedra, sí, a toda la Tierra.
    Quien alguna vez haya cuidado a un animal siente que se ha vuelto internamente más rico y más consciente de la naturaleza. En aquel que por el contrario instale fábricas de productos animales, o sea mataderos, o los apruebe, lo que se muestra en que come carne de su prójimo animal, su consciencia se volverá cada vez más estrecha porque un hombre semejante empobrece internamente.
    Todo lo que hacemos por egoísmo se vengará de nosotros según la ley: Lo que el hombre siembre, es lo que cosechará. Dios es amor. Por amor a los hombres Dios nos dió la Tierra, la madre que nos alimenta. Quien trate a la Tierra con amor, con altruismo, con entrega y cuidado, recibirá ricamente de la Tierra y con ello cosechará también ricamente.

    "Fiesta de la matanza en San Egidio"
   Si los hombres comprendiesen el idioma de los animales, podrían oír por ejemplo las quejas de los cerdos que fueron sacrificados en el banco del carnicero para la renovación de la capilla de San Egidio. Sus quejas, que expresan su dolor, podrían ser como sigue: ¿Por qué no os conformáis con pedir donativos de corazón para vuestra capilla? ¿Por qué nos matáis para renovar vuestra iglesia?

    Qué respondería el párroco de la capilla de San Egidio a los animales si pudiese entenderlos cuando repitan: ¿Por qué no pides donativos de corazón para tu capilla? ¿Por qué permites que nos maten para renovar una capilla, una iglesia?
    La falta de corazón y la frialdad del hombre es nuestro miedo. Nos espantamos ante el cruel ser de dos pies que es el hombre.

 

El profeta denuncia:

    Los religiosos responsables de la iglesia de San Egidio invitan a una fiesta de la matanza después de la misa. Hay salchichas de sangre y de hígado con ensalada, sopa de cerdos descuartizados y además cerveza. Más de uno pensará: esto no es nada desacostumbrado, es simplemente algo usual. Está permitido matar tanto a seres humanos como a animales.
    Quien tenga corazón puede pensar con nosotros. El sacrificio de sangre de los cerdos tiene lugar para renovar la capilla de San Egidio. En la capilla de San Egidio cuelga por una parte la sangre y los gritos de pavor de los animales que sienten para qué serán utilizados, por otra parte la carne condimentada y preparada que está empapada de miedo a la muerte penetra en el aparato digestivo de los creyentes. Esto significa que la matanza criminal de los animales atraviesa de un extremo a otro la capilla y los creyentes, a los que se puede calificar de muertos en espíritu, ya que quien hace algo semejante para fomentar la renovación de una "casa de Dios" (otra expresión alemana para iglesia. Nota de los traductores), sólo puede ser considerado como un muerto en espíritu.
    Los religiosos responsables de San Egidio y sus creyentes son en verdad ejemplares impresionantes. Los religiosos responsables permiten que los animales sean matados para renovar su capilla en lugar de pedir simplemente a sus creyentes un donativo de corazón. La carne culinaria de los cadáveres de los cerdos aparentemente aporta más beneficios que la petición de un donativo de corazón para la capilla. Seguramente el corazón de los dignatarios eclesiásticos y de sus creyentes se ha perdido por el camino. Los corazones de los cerdos aportan más.

 

Los animales claman:

    Sus ojos están paralizados por el sufrimiento, dolor y miedo. Ellos sienten para qué son mantenidos. Sus miradas acusan a los hombres.

    ¿Por qué nos matáis? ¿Por qué cocináis, asáis y despedazáis nuestro cuerpo? ¿No os ha dado el Creador las hierbas y los frutos del campo y del bosque? ¿Qué os hemos hecho para que nos mantengáis en jaulas y nos alimentéis con vuestros desperdicios?
    Vuestro corazón es pobre de sentimientos e inmisericorde. Una piedra contiene la vida; vuestros corazones por el contrario son de piedra. En vuestro pecho sólo palpita un músculo para vosotros mismos y para vuestro bienestar. Aprended a sentir compasión poniéndoos en nuestro lugar. Aunque seamos animales vivimos y sentimos de forma parecida a vosotros, pues la vida es sentir y captar. Nosotros captamos el motivo de por qué mantenéis a animales.

 

El profeta denuncia:

    El hombre se ha convertido en un bárbaro sin corazón que destruye, derriba y encierra todo lo que podría ser útil a su avaricia. Con ello olvida que algún día él también vivirá en un espacio reducido y sucio o incluso en prisión, pues lo que el hombre ha sembrado es lo que cosechará. Su delito contra los animales se puede comparar con un delito contra los hombres, ya que hombres y animales tienen el mismo hálito, que es la vida, y eso es Dios. El mantener animales para su utilización es igual que el matarlos a conciencia. Es un pecado contra la vida que es Dios.

 

El animal clama:

    ¿Por qué todo esto? ¿Por qué me torturáis? ¿Por qué me queréis adiestrar para ser un perro de lucha? Yo soy una criatura del Creador y no un animal para vuestro capricho, para vuestros juegos. Me duele todo el cuerpo, mis músculos y huesos están a punto de partirse en dos. Dolor, dolor por todas partes. ¿Por qué todo esto - qué os he hecho a vosotros?

 

El profeta denuncia:

    El hombre es el hombre de presa asesino que ha criado a un "terrier" para adiestrarlo y así poder deleitar sus placeres insaciables de sensaciones con la lucha de perros. Las muchas imágenes tristes simbolizan claramente como el hombre será ajusticiado según la ley de siembra y cosecha.
    Jesús dijo: Lo que le hagáis al más pequeño de mis hermanos, me lo habéis hecho a Mí. Sus hermanos no son sólamente los hombres, sino también el prójimo animal, pues también ellos al igual que los hombres han recibido la vida de Dios. Lo que el hombre causa a sus semejantes y a los animales se lo está causando a Cristo.
    El hombre interviene en el poder universal de Dios y tortura al mundo animal. Esto significa que todos aquellos que torturan animales, los adiestran o como vemos en la foto hacen correr al hermano perro en una banda giratoria, experimentarán algún día lo mismo o algo comparable en su propio cuerpo.
    No os quejéis vosotros torturadores de animales, que sois crueles y sin corazón, si algún día sois perseguidos durante kilómetros para ser cazados, o bien sois acosados a través del desierto, si un animal os ataca y os devora, al que habéis entrenado alguna vez para que devore a los de su raza. No os quejéis si vuestros miembros os duelen y vuestro cuerpo está cubierto de heridas y llagas. No os quejéis si vuestros semejantes no tienen ninguna compasión con vosotros, ya que son así como vosotros os habéis comportado y os comportáis con los animales. Tampoco culpéis a Dios; vosotros lo habéis causado; sufrís del mismo modo como habéis hecho sufrir a personas y animales.

 

El animal clamó:

    antes de que fuese obligado a participar en la mortal carrera de caballos con obstáculos al estilo militar. No tengo la fuerza para resistir lo que vosotros hombres exigís de mí. ¡No tengo los huesos ni los músculos que permitan a mi cuerpo soportar esto!
    ¡Tened compasión! El Creador de todos los seres nos ha confiado a nosotros animales a vosotros, para que nos déis el amor que el Creador también os ha dado a vosotros. ¿Dónde se ha quedado el amor piadoso hacia vuestro prójimo animal? ¿Habéis cambiado el amor y la compasión por crueldad, brutalidad y asesinato?
    Me dirijo a una muerte anticipada a causa de vuestro comportamiento. ¿Cómo acabaréis vosotros algún día, y dónde os encontraréis vosotros algún día cuando la vida se haya retirado de vosotros hombres?

 

El profeta denuncia:

    ¿Dónde se encontrarán algún día todos aquellos que han montado un animal matándolo de esa forma? ¿Cuándo y cómo se encontrarán con la muerte en la pista de carreras de su vida? Según la ley de causa y efecto aquel que ha creado semejantes causas tiene que experimentar el sufrimiento de estos animales también en su propio cuerpo o en el cuerpo de su alma tras la muerte física, pues todo lo que hagamos, que ha sido precedido por nuestro modo de pensar y desear, será grabado en nuestra alma y en las células de nuestro cuerpo.
    No os sorprendáis, vosotros mis semejantes, si se os rompe la columna vertebral por causas aparentemente inexplicables. No os sorprendáis ni tampoco claméis a Dios si experimentáis una rotura de pierna complicada que no quiere curar. No os sorprendáis si como almas sois cazados por vuestro mundo de deseos, de la misma forma en que habéis montado animales conduciéndolos a la muerte. No os sorprendáis si como hombre o como alma tenéis que sufrir y soportar los dolores de aquellos que habéis torturado, cazado y asesinado de forma cruel, tanto si fueron personas como animales. No os sorprendáis ni tampoco claméis a Dios ni a personas ni a animales -vosotros mismos sois los acusados, pues en vuestro cuerpo y en vuestra alma sólo brota la semilla que vosotros mismos habéis sembrado. Y si pidieseis misericordia y compasión a Dios, pensad en el Padrenuestro que habéis rezado alguna que otra vez. En él se dice: ... y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Si el hombre sin embargo no alcanza ningún perdón porque no se ha arrepentido de sus crueldades, ¿qué le será concedido? Sólo aquello que él mismo ha sembrado. Sólo puede recibir la misericordia y la compasión de Dios el hombre que se arrepiente, pide perdón y no hace más cosas iguales o parecidas. El que crea que está sufriendo sin tener la culpa, como alma seguirá sufriendo también después de su muerte.

 

Los animales claman:

    Yo no clamo a los de mi especie que me han dañado mi vestido de plumas. Cada animal intenta ganar más espacio a causa de la desesperación y el sufrimiento en la estrechez de los corrales. Esto es un engaño. Cuando una animal u otro se da la vuelta, parece que hubiese más espacio.
    Nuestra vida es la naturaleza. Lo que la vida de la naturaleza nos ofrece es nuestro alimento. No queremos vuestros cebos bestiales que están tratados para conseguir más carne, peso y ganancia. Queremos movernos en libertad y comer -sí: comer y no "tragar"-, lo que nos regala la naturaleza.
    ¿Acaso no sabéis vosotros hombres que aquello que nos hacéis recaerá sobre vosotros mismos? El Creador, que es la vida y de quien todos nosotros somos criaturas, no ha ordenado lo que vosotros hombres practicáis con nosotros. ¿Quién os ha ordenado algo así?

 

El profeta denuncia:

    ¿Quién ha ordenado a los hombres cometan crueldades semejantes y parecidas? El Creador del infinito no nos ha dado ningún mandamiento de este tipo, sino Satanás. El mal se introdujo en los corazones y en el mundo de los sentidos de los hombres. Es el satanás de los sentidos que quiere torturar y matar de forma asesina la Creación de Dios. Para este fin utiliza a hombres sin corazón que son como él, y cada vez hay más de ellos. Pues quien ya no tiene conciencia, tampoco tiene corazón para personas ni animales. Si un día la semilla que él ha sembrado comienza a brotar en un hombre semejante, el "maestro" de la tortura lo deja caer como una piedra. Este ya no le concede más las orgías para los nervios del sentido del gusto, la embriaguez de la gula y las ganas acuciantes de carne como pago e incentivo para que cometa más actos contrarios a la ley de Dios. El, Satanás, el mal, sólo utiliza al hombre para sus fines mientras éste le sea útil. Si la causa sembrada comienza a ser activa en un hombre así, él ya no es necesario ni utilizable para lo malvado. Entonces cae en el vacío.

    No os lamentéis, vosotros hombres, si os va de la misma forma que a los muchos animales que habéis tratado, torturándolos y matándolos. No os sorprendáis si vuestros cuerpos están cubiertos de úlceras y llagas. No os sorprendáis si los demás no muestran misericordia. No os sorprendáis si se os arrancan los vestidos del cuerpo y se abusa de vosotros. ¿No habéis dejado también vosotros arrancar el vestido de plumas? ¿No habéis dejado también vosotros matar y asar pollos? ¿No habéis arrancado los muslos de sus cuerpos muertos y asados y los habéis comido o "devorado" chupándoos los dedos? Aquí se plantea la pregunta: ¿Quién come, y quién devora? ¿Es el devorar algo innato de los animales o de los hombres que creen representar valores más elevados que el animal?

    Queridos hermanos, observad a un caballo, a una vaca o a un burro cuando pastan en el prado. Y luego miraos a vosotros mismos en el espejo cuando arranquéis los muslos de un pato o de un pollo asado, que son prójimo animal, si ¿coméis o "devoráis"? ¿Quién se encuentra ética y moralmente más elevado en relación al comer y al devorar, el animal o el hombre? ¿Quién puede decir en vista de estos hechos que el hombre se encuentra ética y moralmente por encima del animal? Considerando estos abusos, ¿quién tiene una calidad de vida más elevada, el hombre gordo y obeso que "come" los cadáveres de su prójimo animal, o el animal que tiene que ser sacrificado en los establos, mataderos, en asadores y en sartenes para fomentar la obesidad y el bienestar del hombre "ética y moralmente más elevado"?

 

Los animales claman:

    ¿Por qué, por qué estos actos crueles? ¿Es esto lo que el Espíritu de la naturaleza, el Espíritu creador, os ha enseñado? Sufrimos torturas indecibles, pues ¿quién desea ir al poste de martirio o incluso ser colgado vivo por las patas?
    ¿Cuándo van a comprender los hombres que nosotros sentimos, y que por ello sufrimos? Vosotros sólo nos atribuís el instinto. Pero el instinto también pertenece a la capacidad de captar. Nosotros captamos lo que nos hacéis y quién o qué viene a nosotros. Nosotros no huímos de los hombres sin tener un motivo. Instintivamente captamos quién es el hombre y las intenciones de algunos.

 

El profeta denuncia:

    Estos pavos son colgados vivos por las patas. Estimados semejantes : colgaos de las vigas de vuestros techos por las piernas para experimentar cómo le va a nuestro prójimo animal. Hasta poco antes de perder el conocimiento podéis captar cómo os va y qué sentís, y si aún todavía después de esto queréis comer carne de pavo o de otras aves, no os defináis más como hombres, sino como anormales fieras feroces de dos patas.
    Alguno podría objetar ahora que los hombres son la imagen de Dios y ninguna fiera feroz anormal de dos patas. Una de las posibles respuestas podría ser: Muchas de estas "imágenes de Dios" se han entregado al mal, que no persigue otra cosa que torturar y matar a las criaturas de Dios, transformando también a animales y plantas mediante cruzamientos. La así llamada imagen de Dios, el hombre, permitió ser transformado por el mal hasta que de la imagen de Dios se convirtió en la imagen del mal, del que los animales huyen y las plantas se retiran.
    A largo plazo el mal no vencerá, ya que la semilla de lo bueno perdura también en el mal. El bien superará el mal, aunque sea después de que el hombre haya saboreado, que es lo mismo que caminado, por su mala siembra durante muchas encarnaciones, hasta que reconozca que debe convertirse en la imagen de Dios, que él es en el fondo de su alma, en lo más profundo de su alma. Quien se haga consciente de que él es la imagen de Dios empezará también a amar animales, plantas y minerales y entonces la Tierra podrá respirar aliviada.

 

Los animales claman:

    No soy ningún pavo tonto (insulto usual en alemán. Nota de los traductores), no importa lo que se diga sobre mí.
    El espíritu de la naturaleza me ha provisto de inteligencia. De forma instintiva capto lo que me acontece. Mi raza es sólamente "mantenida" de muchas maneras sólo para ser sacrificada a la gula del hombre. Nosotros los animales preguntamos una y otra vez: ¿por qué torturáis vosotros hombres a vuestro prójimo animal? ¿Se ha apoderado el mal de todos los corazones de los hombres? Nosotros los animales también queremos vivir nuestra vida, como lo hace también cualquier ser humano.
    Vosotros hombres recibís muchos dones de la naturaleza durante todo el año. ¿Por qué tenéis que cebarnos a los pavos para comer nuestro hígado como paté?
    La crueldad del hombre es nuestro destino. Nosotros no tememos a la muerte cuando nuestra vida está realizada y tiende a una nueva existencia. Nuestro terror es el ser matados con indiferencia y frialdad por nuestro prójimo hombre, quien debería cuidar y amar la Tierra y todo lo que ella alberga. Nosotros, vuestro prójimo animal, deseamos ir a vuestro encuentro como amigos, como hermanos. ¿Y vosotros? Nosotros no os hemos hecho nada. ¿Por qué nos hacéis esto?

 

El profeta denuncia:

    Los animales no le han causado ningún dolor a los hombres. ¿Por qué causan los hombres un sufrimiento tan indecible a los animales? La gran masa humana no tiene ningún ejemplo a seguir. Los altos dignatarios de la Iglesia, quienes deberían ser un ejemplo de ética y moral para los hombres, se volvieron desalmados y resbalaron por el tobogán del ego. Por ejemplo en Navidad ellos bendicen a sus creyentes con el estómago lleno de paté de hígado. Ellos hablan por cierto de atenerse a una cierta norma en la mantención de animales y de la matanza de estos, pero cualquier norma ya es demasiado, pues si un animal sufre tampoco se puede hablar más de atenerse a las normas. ¿Quién quiere justificar la norma, esto es el animal que sufre, ante su Creador? ¿El alto dignatario o los "Libros de Moisés"?
    Los "Libros de Moisés" no contienen en muchos de sus capítulos la palabra de Dios a través de Moisés, sino crueles instrucciones de los sacerdotes de entonces, quienes suplantaron sus excesos y sus cultos paganos atribuyéndoselos a Moisés. Las ideas sangrientas de los sacerdotes de entonces son superadas con creces por la forma de pensar del hombre actual, incluyendo a sus ejemplos, los dignatarios eclesiásticos. Lo que los representantes eclesiásticos manifestaron en su obra de enseñanza y de comportamiento, el catecismo, sobrepasa en la práctica a menudo el grado de crueldad del Antiguo Testamento. El Antiguo Testamento, así dice el catecismo católico, se consuma en el Nuevo; el Antiguo Testamento ilumina el Nuevo, y viceversa. Que se fuese a volver tan "claro"-oscuro, sí, incluso tenebroso, no se lo habría podido imaginar ninguna persona de carácter.

 

El animal clama:

    Me habéis implantado la muerte, miseria y cada vez más miseria, aflicción, cada vez más aflicción, dolor y sufrimiento indecibles. ¿Qué os aporta todo esto? ¿No oís vosotros hombres? ¿Es que no véis? ¿Es que no sentís? Vosotros hombres, poneos por una vez en mi situación, en mi lugar. No soy el único que tiene este destino. Millones de ratas y ratones claman al igual que yo. ¿No escucháis el llanto, los gritos, las quejas, el dolor de vuestro prójimo animal?
    ¿Cuál será vuestro clamor algún día?
    Pensad en ello: crueldad no trae otra cosa que crueldad al hombre que es cruel. Me asusta la frialdad de corazón de los hombres.
    Ahora "investigáis" en mi cuerpo explotado, destrozado y muerto para encontrar la prueba de lo que habéis pensado. ¿Cuál será el resultado de vuestra vida?

 

El profeta denuncia:

    Los hombres deben ser la imagen de Dios. Una gran parte de la humanidad se ha convertido en la imagen de su destino, ya que la tortura y el sufrimiento del prójimo animal se convertirán en la tortura, el sufrimiento y de muchas formas también en la muerte cruel del hombre.
    Quien ya no tenga más conciencia está espiritualmente muerto, pues en su corazón es insensible, sordo e indolente frente a la vida, que en verdad es una parte de cada hombre. La balanza de la vida sopesa de forma exacta; ella sopesa de forma justa. ¿Cuál será mañana el destino de los que torturan y matan animales?
    ¿Qué impulsa al hombre a actuar tan inhumanamente? ¿Cree el hombre que la crueldad puede traer buenos frutos? Quien crea que fama y honor en el trabajo de investigación científica traen a la larga beneficio para su alma está viviendo un engaño. Puede que el hombre "famoso" lleve hoy un sombrero de doctorado, mañana llevará un manto negro de muerto, tal y como se ha vuelto su alma.

    Muchos han "sacrificado" el calor del corazón a la "ciencia". Pero si sin embargo se tratase del propio gatito o del perrito faldero tan simpático que deben ser sacrificados a la ciencia, ¿qué dirían los "propietarios"? Seguramente se indignarían, pues algo así no se les puede hacer a estos animales. Quien sea de la opinión de que los otros animales sienten de forma diferente que el gatito o el perrito faldero, ha perdido su corazón por los caminos del egocentrismo.
    Hagámonos al fin conscientes: cada hombre cosecha sus frutos, y también los tendrá que comer. Para algunos estos serán muy, muy amargos.

 

El animal clama:

    ¿Creéis vosotros hombres que no sentimos lo que se nos avecina cuando nos amontonáis en los camiones que nos han de llevar al matadero?
    ¿Conocéis el horror, el espanto, el pánico ante lo que supera toda facultad de comprensión? ¿Pensáis acaso en algo vosotros hombres en el momento en que véis un transporte de animales? ¿Sentís acaso lo que significa estar expuesto a la muerte a manos del poderoso hombre dominador?
    Muchos hombres se han vuelto portadores del terror, en cuyos ojos llamea una violencia brutal, frialdad e inmisericordia. Nos aterrorizamos ante aquellos que deberían amar la Tierra y todo lo que ella alberga, la vida. ¿Cuántas cosas hace el hombre por un bocado de carne? ¿Cómo es si os ponéis en el lugar de mi cuerpo despedazado para vuestra comida? ¿No tenéis ya ningún sentimiento? ¿No sabéis que coméis una parte del cuerpo despedazado y torturado hasta la muerte de un animal que fue obligado por vosotros a convertirse en un cadáver con el cual os deleitáis y os regocijáis con un buen apetito y el deseo de que sepa bien?¡Que os aproveche!
    Entre otras cosas también coméis aquello que se encuentra impregnado en la carne preparada con especias, como por ejemplo miedo, pánico, sufrimiento y dolor. Lo que entre en vosotros tomará también lugar en vosotros. Algún día nuestro miedo será el vuestro. También vosotros sentiréis algún día lo que significa el pánico. Quizá entonces comprenda uno que otro torturador y asesino de animales lo que hoy considera y desprecia como a una cosa.

 

El profeta denuncia:

    Las sensaciones y sentimientos de los hombres son energías al igual que sus pensamientos, palabras y actos. Estas energías no se disipan. Ellas permanecen en aquellos que las han creado. Los causantes, por ejemplo los culpables, pero también los cómplices de los torturadores y asesinos de animales, lo sentirán en su propio cuerpo según la ley: lo que el hombre siembra, es lo que cosechará.
    Cómplices son todos aquellos que consienten en silencio la tortura y matanza de animales y sacan provecho de ello. Repito –quizá alguna repetición consigue derretir uno que otro corazón que se ha convertido en hielo– : la carne de las criaturas maltratadas está traspasada por su miedo, su desamparo, su sufrimiento, su horror, su espanto. Estas energías tampoco se disuelven en la nada al preparar un plato de carne. Al entrar en el aparato digestivo del que come la carne, estas actúan en otros ámbitos del cuerpo, como por ejemplo en la sangre, en los nervios, en los músculos, en los órganos, en los fluidos del cuerpo físico, pero también en el ánimo. Mientras el cuerpo duerme, ¿dónde estarán las almas del culpable y del cómplice durante la noche, la del torturador de animales y del que saca su provecho de ello? Tal vez se despierte el uno o el otro empapado en sudor, perseguido en sueños, amenazado por una fuerza inexplicable.
    Más de uno pensará: "una pesadilla". Hoy como hombre él tal vez se desprende de las impresiones que el sueño le ha transmitido y las ignora. Pero esto ya no es más posible como alma en el más allá. La situación una vez soñada se vuele allí real, el alma tiene que aprender de su falta cuando era hombre. La pesadilla de ahora se vuelve realidad, lo que significa una expiación llena de dolor.

 

El animal clama:

    ¿No le ha regalado Dios al hombre todo lo que éste necesita para vivir? ¿No existen fibras de plantas y algodón para una vestimenta contra el frío? Hombres ladrones que torturan y matan me han quitado la vida de forma bestial. ¿Para qué? Mi vestido, mi piel, me era necesaria para poder vivir. ¿Es mi piel para vosotros necesaria para vivir?
    Yo hubiese vivido con gusto mi vida tal y como me la ha dado el Espíritu creador de la naturaleza. Me la habéis quitado de una forma brutal. ¿Cómo se puede responsabilizar por ello el hombre, a quien le fue confiada la Tierra y todo lo que ella alberga para que la ame y respete? La luz más grande debe servir a la más pequeña. En muchos hombres nosotros los animales apenas si captamos la luz; sólo sombras oscuras y el chisporroteo estridente de sensaciones, pensamientos y pasiones agresivas. ¿Cuándo van a acabar tanta tortura y matanza de animales?

 

El profeta denuncia:

    ¡El hombre, el "ser dotado de raciocinio"! El "ser dotado de raciocinio", el hombre, podría tener la siguiente excusa para justificar su tortura y matanza de animales: algunas especies de animales devoran incluso a los de su propia especie, o sea a animales. Hagámonos conscientes: ningún animal sano mata para apropiarse de la piel de su hermano animal. Esto sólo lo hace el hombre "que ética y moralmente está por encima de todo", que se designa como la coronación de la Creación y que sin embargo se convirtió en lobo feroz en piel de cordero.

    A quien ha aprendido a observar no le sorprende que precisamente los ricos, que son los que llevan abrigos de pieles, a menudo sientan tan poco calor en su fría pomposidad. A muchos hombres, precisamente a aquellos que tienen que ostentar de su "fría pomposidad", de sus bienes, ya que pueden mostrar muy pocos valores internos, les falta claridad para pensar. Tampoco se puede apelar entonces al sentido común a que capte algunos procesos y legitimidades cósmicas. A aquellos pocos que aún las puedan captar, sea dicho:

    La vida de los animales –como la vida de los hombres– es la vida que es Dios. Dios es la vida y Dios la ha dado a todos los hombres, animales y plantas. La Tierra es vida de Dios. Al hombre le ha sido mandado mantener la Tierra con amor, y con ello todo lo que ésta alberga. Dios no le ha indicado al hombre que ultraje el planeta y torture y mate todo lo que se encuentra en él para sacrificarlo a su ego. Lo que los hombres hagan con la Tierra, con la vida de la naturaleza y con su vida es asunto de ellos. El actuar de cada uno será su dicha o su desgracia, pues lo que el hombre siembra es lo que cosechará.
    Nuestra existencia física y la de todas las formas de vida de la naturaleza es un don de Dios. El hombre toma mucho más de lo que él por ejemplo le da a la madre tierra. Esto significa irremediablemente la explotación de la Tierra y la muerte de la raza humana que se vanagloria de sí misma, de una sociedad que realmente se ha vuelto una sociedad de brutales ultrajadores y ladrones, asaltantes y asesinos de la madre tierra.
    Hagámonos conscientes: los animales viven en armonía con la Tierra, con la naturaleza. Una gran parte de la humanidad se comporta como una bestia criada en la inmundicia del Yo, que todo lo destruye y se lo traga.
    Quien encuentre presuntuoso lo que he escrito se podría plantear y también responder a sí mismo la siguiente pregunta: ¿Qué le da el hombre a la Tierra en amor y benevolencia? La foto ha mostrado de nuevo cómo lo hace el hombre: la masa humana roba, arrasa, asesina, lo toma todo para sí en beneficio de su ego; a la Tierra le da los desperdicios, el "resto" que para el egoísta es sin valor, que en determinadas circunstancias, como se acaba de ver en la foto, ayer aún era vida.
    ¿Es este cuerpo muerto, por ejemplo el de la nutria, el producto de desecho de una muerte o de un asesinato? Decídase usted como quiera. Una cosa sí que es segura: la joven nutria no puede vivir la vida tal y como la naturaleza y el Creador lo tenían previsto, ni puede cumplir su tarea de desarrollar sus fuerzas. La madre tierra aún da y da, una oportunidad tras la otra, también para nosotros los hombres. ¿Cuánto tiempo aún?

 

Éste es el hombre cruel
 

    Esta es la bestia cruel, esto somos nosotros, y éste será el sufrimiento de los hombres hasta que hayan aprendido a no sólamente "tener afecto" a la naturaleza para sí personalmente –como lo manda el catolicismo–, sino a amarla de verdad.
    Las palabras "tener afecto" están en contradicción total con el amor a Dios, que es el amor al prójimo. "Tener afecto" significa hacer diferencias entre el uno y el otro. "Tener afecto" también puede significar el considerar al prójimo animal como algo inferior. Si el hombre, que debe ser la imagen de Dios, no aspira al amor a Dios y al prójimo, a lo que se considera inferior, por ejemplo al animal al que sólamente se debe "tener afecto" se le pegará, torturará y matará ... "Yo siento afecto por el cerdo, porque a mí me gusta la carne de cerdo asada". O bien: "Con gusto le arranco el muslo a un pollo asado, porque lo como con placer".
    El amor de Dios, que no quiere nada para sí, sino que lleva al prójimo humano y al prójimo animal en el corazón como una parte de sí mismo, es el mandamiento de la verdadera vida, sin dolor, sin sufrimiento, sin muerte espiritual.

    El Antiguo Testamento se consuma en el Nuevo, dice el catecismo católico. ¿Pero cuándo encontrará su consumación? ¿En el momento en que al hombre le vaya así como él trata a los animales? Entonces el final del hombre se habrá consumado. Los animales vivirán en libertad y el león dormirá junto al cordero.
    El uno o el otro puede plantear aquí la pregunta de quién tiene la culpa. Por una parte es la casta sacerdotal ignorante y fanática que hasta nuestros días no enseñó a los hombres lo que querían Dios y Jesús. Por otra parte la falta de sensibilidad y la limitación de los hombres, de aquellos que por ejemplo permiten que otros, por ejemplo la casta sacerdotal, dominen sobre ellos.

 

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