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«El Profeta»
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«El Profeta» Nr. 2



El profeta da a todos los hombres, de acuerdo con las leyes de Dios, impulsos para reflexionar y respuesta sobre los sucesos y anomalías que tienen lugar en este mundo. Además habla también sobre su tarea y así también sobre sí mismo. En esta edición uno de los que se llaman Amigos de Cristo plantea algunas preguntas a Gabriele, la profeta de Dios en Vida Universal, que él inicia describiendo su escepticismo inicial.

 

El Amigo de Cristo:

Cuando yo conocí al profeta, es decir a la profetisa de Dios del tiempo actual, esto constituyó para mí el mayor reto, porque yo estaba marcado por lo eclesiástico y lo oriental. Bien es cierto que sabía acerca del fenómeno profético, la Voz del corazón, pero el estar ante un profeta, de una claridad y dominio de sí mismo que hasta entonces no había conocido -tampoco en Oriente-, me hizo sentirme incómodo. Reparos y escepticismo se enfrentaron al ser humano cuya mirada no se cruzaba con la mía, sino que me miraba claramente a los ojos. A la faz de su claridad, autodominio, sabiduría y bondad, comprendí al instante que me encontraba ante un profeta del Antiguo Testamento, lo que me pareció algo casi prodigioso.

En mí se despertó la pasión investigadora, y todo mi afán lo constituyó entonces el examinar lo relacionado con lo profético, para poder mirar detrás de lo que para mí aún resultaba incomprensible. Así fue como llegó a mis manos el libro "Pensadores proféticos", del historiador de la Iglesia protestante de Zürich, Suiza, el profesor Walter Nigg (2ª edición en alemán, Zürich, 1968)

Avido de saber leí en las páginas 124 y 125 sobre el fenómeno "Profetismo - sacerdocio": "Empero, no todos los sacerdotes son verdaderos sacerdotes. Entre ellos existen también naturalezas que se consumen en el anhelo demoníaco de tener poder y dominar; sacerdotes, que en una ceguera extrema ponen su cargo a la misma altura que el de Dios y no toleran la mínima réplica, porque ven en ello un insulto a su autoridad. Un sacerdote presuntuoso tal ve en el profeta a un rival y adversario, que desenmascara su postura presumida. El sacerdote sediento de poder en ningún modo es una excepción, y cuanto más arriba se mire en los peldaños de la jerarquía, tanto más frecuentemente se le encontrará. Sea cual sea la posición del sacerdote, en todos los casos él es un representante de lo establecido.

Pág. 125: "El profeta, sin embargo, representa una gestión fundamentalmente distinta a la del sacerdote. Como vidente tiene que expresar aquello que Dios dice a los hombres en la hora de hoy, y no aquello que se les exigió hace siglos...

A los profetas le es dada la tarea de dar a conocer la voluntad de Dios, que es el mandamiento del momento...

Apenas si hay que esquematizar la diferencia entre ambas funciones para comprender pronto que el principio sacerdotal y el profético no pueden convivir pacífica y amigablemente el uno junto al otro.
Con última consecuencia, la contradicción conduce a intrincadas luchas entre ellos, tal como aconteció en todos los tiempos entre sacerdotes y profetas".

En la página 126 leí: "Los profetas del Antiguo Testamento acusaron a menudo a los sacerdotes de haber conducido al pueblo a la equivocación".

 

El Amigo de Cristo continuó:

Siempre fui de la opinión de que el sacerdote quería aprender del profeta, pues el verdadero profeta transmite la voluntad de Dios para los hombres que viven en la actualidad, al fin y al cabo, también para el sacerdote, que para su cargo ha sido llamado por hombres, no como el profeta, que ha sido elegido por Dios.

Mi vida estuvo siempre marcada por un carácter religioso, por ello hablé a menudo con sacerdotes, así como también con maestros espirituales orientales. Ambos, sacerdotes y maestros tienen la pretensión de ser conducidos por Dios o incluso -según la enseñanza oriental- de ser un aspecto encarnado de Dios. Primero les di crédito, pero al examinar la vida de más de un sacerdote, así como también la vida de los maestros orientales, llegué a la convicción de que no podían ser hombres llamados por Dios, ni un aspecto de Dios encarnado, pues su comportamiento y sus costumbres me resultaron cada vez más sopechosos. Debido a mi educación católica, una y otra vez estuve en contacto con cultos, costumbres y dogmas, tal como me eran conocidos desde mi infancia, y tal y como encontré también en la tradición oriental.

Mi deseo era acercarme a Dios. Cuando llegué a la mitad de mi vida, sentí que las tradiciones, los cultos y los ritos no me conducían a Dios. Seguí buscando y encontré al profeta, es decir, a la profetisa, que tiene el mismo carácter antiguo-testamental que los profetas de la Antigua Alianza. La Voz del corazón, el Espíritu profético en el tiempo actual, habla también por su parte contra las costumbres, cultos, ritos, ceremonias y títulos eclesiásticos, con los cuales las "excelencias" y las "eminencias" se ponen por encima del pueblo. Entonces comprendí lo que Walter Nigg siguió escribiendo en la página 126: "El frente de lucha entre sacerdotes y profetas abarca incluso hasta el tiempo de los comienzos de la era cristiana, en la que los hombres de iglesia ya se pusieron en contra de los profetas, considerando que su concepto del culto era una profanación del templo. El sacerdote es el enemigo del profeta; querer reconciliarlos es una pretensión imposible de cumplir".

Todo mi deseo lo constituía el hablar con la profetisa bíblica, que vivía sin embargo en nuestro tiempo. Tuve la posibilidad de hacerlo y encontré en Gabriele, la profetisa de Dios, a un ser humano que no tenía ninguna pretensión absolutista, sino a través del cual habla la Voz del corazón, el Espíritu profético, el Absoluto, la Ley absoluta, irrefutable. El aceptar o no sus respuestas y observaciones, pronunciadas amistosamente, de manera firme, pero sin insistencia, quedaba completamente a mi arbitrio. Al parecer una profetisa tiene más tacto que un profeta, porque ella dio respuesta a todas mis preguntas, sin vacilar, pero de forma clara e inequívoca.

Hoy soy Cristiano Originario y planteo a Gabriele, la profetisa de Dios, la siguiente pregunta: ¿Por qué tampoco en el tiempo actual los sacerdotes y los altos dignatarios eclesiásticos pueden dar la mano al profeta? ¿Qué se interpone entre ellos?

 

Respuesta del profeta:

Dios es el Espíritu del amor, de la sabiduría y de la grandeza, Dios es SER omnipresente. El Espíritu, Dios, está en lo más pequeño y es siempre la totalidad, la Ley, indivisible.

Ya sólo esta declaración difiere de la enseñanza de los sacerdotes. Tanto los teólogos católicos como los protestantes, incluso también los científicos, son en muchos casos de la opinión de que los animales, las plantas, y las piedras carecen de alma. Sin embargo Dios dice a través del profeta: el Espíritu, Dios, en lo más grande y en lo más pequeño es siempre la totalidad, la vida, indivisible.

Nosotros los seres humanos llamamos a Dios "nuestro Padre eterno", cuyos hijos son todos los hombres y todos los seres. Dios es el amor que ama a todos y a todo sin hacer excepciones, y que también nos lleva en el corazón, a nosotros los hombres, sus hijos e hijas. ¿Cómo se dirige el hijo humano o la hija a su padre carnal? Si la relación entre el padre carnal y el hijo o la hija es buena, se dirigen mutuamente el uno al otro libremente, sin ninguna conducta que sea fruto de tradiciones. Sería absurdo si Dios, al que nosotros llamamos Padre eterno, exigiese de nosotros, sus hijos, que antes de que podamos ir a donde El, le tuviésemos que ofrecer sacrificios y cultos, en lugar de dirigirnos a El llenos de confianza, con un corazón amoroso. Las aberraciones, como los sarificios y los cultos, que ya en el Antiguo Testamento eran para Dios un horror, no son otra cosa que costumbres paganas heredadas. Los hombres sacrificaban a sus dioses no sólo animales, sino que en muchos casos también a sus semejantes, creyendo con ello poder suavizar y apaciguar con ello a sus dioses. En las religiones actuales ya no existen sacrificios, pero en cambio hay tantos más cultos, que nos traen cualquier otra cosa antes que la unión consciente entre Dios y sus hijos. Jesús enseñó una y otra vez el Dios cercano, el Padre que se puede buscar y encontrar en el corazón de sus hijos. Pero también los profetas de Dios de antes de Jesús de Nazaret sabían esto e intentaron enseñárselo al pueblo. El politeísmo conllevaba la distancia respecto a los ídolos, el temor ante su imprevisibilidad y de su ira. No en vano tronaban los profetas del Antiguo testamento contra los sacrificios de altar, contra todo espectáculo, contra sacerdotes y túnicas sacerdotales, contra todo lo que el ojo pecaminoso contempla con agrado y hace creer a los hombres que los sacerdotes, los usos, los cultos, las víctimas y muchas cosas más podrían despertar la benevolencia de Dios.

El Antiguo Testamento está atiborrado de costumbres paganas. También la "condenación eterna" es una falsa interpretación en la Biblia, incluso aún en el Nuevo Testamento, que se remonta al tiempo en que se creía que los dioses castigaban. ¿Quién tenía y quién tiene interés en reavivar aspectos del paganismo en el Antiguo como también en el Nuevo Testamento? Pues tan sólo los altos dignatarios de una religión, para hacer a los hombres dependientes de su aparente competencia religiosa y mantenerlos dependientes.

Dios es el padre de todos los hijos. El sacrificio más hermoso que nosotros, sus hijos, le podemos ofrecer, es que abandonemos nuestro odio, nuestro egoísmo, nuestro amor propio, nuestro afán de grandeza, nuestros títulos y medios económicos exagerados, y que nos veamos solidarios en sentido espiritual con todos los seres humanos, como hermanos y hermanas. Si la idea del Antiguo Testamento del Dios que castiga y de la "condenación eterna" hubiese cambiado al llevarse a cabo la enseñanza de Jesús, el Cristo, en el tiempo actual no habría un canal de Dios al estilo del Antiguo Testamento, a través del cual Dios habla de nuevo y plantea a los hombres las mismas exigencias que los profetas del Antiguo Testamento. El Nuevo Testamento debía venir al mundo a través de Jesús, el Cristo, pues El nos enseñó la realidad, el Dios del amor. El nos trajo el mandamiento del amor a los enemigos y de la hermandad en Su espíritu, el Espíritu del amor. Jesús alabó a Su y nuestro Padre, y reveló que todos los hombres son hijos de un único Padre celestial eterno.

Jesús nos enseñó la reconciliación con nuestros semejantes, la igualdad, la unidad y la libertad, la fraternidad y la justicia. El nos enseñó a nosotros hombres en el Sermón de la Montaña las legitimidades celestiales para esta Tierra, que en su contenido son la vida en y con Cristo. Pero, ¿qué sucedió poco tiempo después de Jesús? Volvieron a aparecer apectos de hábitos, cultos, ritos, ceremonias y ofrendas paganos. Para estas ceremonias se necesitaban, al igual que en el paganismo, sacerdotes y curas, y aún más, eminencias y excelencias, hasta llegar al "Santo Padre en la Tierra".

¿Qué era Jesús en realidad? Un carpintero, un obrero, que como el mayor profeta de todos los tiempos, y respecto a los sacerdotes y a los usos y costumbres, dio las mismas indicaciones del Antiguo Testamento que los profetas de la Antigua Alianza. El acusó a los fariseos y a los escribas. El procedió contra los mercaderes en el templo. ¿Por qué? Porque El reconoció la falsa santidad, la hipocresía, que no no está al servicio del único Santo. ¿Qué enseñó Jesús? "Seguidme a Mí, a Jesús", que significa: Mantened las Leyes, y cumplid las legitimidades de los Diez Mandamientos y del Sermón de la Montaña. De altos tratamientos honoríficos eclesiásticos como sacerdotes, párrocos, obispos, cardenales con los títulos de excelencias, eminencias y un Padre Santo en la Tierra, no dijo nada. ¿Qué o quién impuso su sello, al poco de fallecer Jesús, a la idea del cristianismo originario, en cuyo punto central obraba el Espíritu profético? El intelectual Saulo, que seguro que después de alguna manera se convirtió en Pablo. Aunque él hablase en los tiempos del cristianismo originario a favor de lo profético, él mismo lo infiltró con la siguiente declaración: "Que cada cual esté supeditado a la autoridad, que tiene poder sobre él. Pues no hay ninguna autoridad que no provenga de Dios; pues donde haya autoridad, ésta ha sido dispuesta por Dios". ¿Aludía con ello a la autoridad del mundo o a la eclesiática, o a ambas? En todo caso, en la imagen cristiana originaria del Cristo de Dios surgió el espíritu del envanecimiento, el ego de cada uno, expulsó al Espíritu profético e impuso autoridades eclesiásticas.

Con respecto a las autoridades Pablo agregó: "Quien ahora se oponga a la autoridad, se opone a lo dispuesto por Dios; los que sin embargo se oponen a ella, dictan ellos mismos su propia sentencia". Al respecto una pregunta: ¿Dijo Pablo esto sólo para aquel tiempo, o es válido para todos los tiempos? Si lo dijo solamente Pablo, esta declaración no tiene ningún significado, ni para aquel tiempo ni para el tiempo actual. Pero si lo dijo Dios a través de Pablo, ello tiene validez para aquel tiempo y para todos los tiempos, mientras haya hombres en la Tierra. ¿O es que acaso las epístolas de Pablo que se han conservado, de ningún modo son cartas de Pablo, sino que han sido ideadas por otros?

Si se considera todo como una declaración de Dios a través de Pablo, todos los súbditos deberían obedecer a las autoridades, tanto si se trata de una autoridad juiciosa, como si se trata de una autoridad asesina: ¿Puede ser ésto la ley de Dios?

 

 

El Amigo de Cristo:

Echemos una ojeada al pasado. Algunas autoridades eran por ejemplo el Papa Inocencio III, que introdujo la Inquisición, en la que en el transcurso de unos 600 años se sacrificó a cientos de miles de "herejes" y "brujas", o también los Papas responsables de la muerte de millones de indios, o también Martín Lutero, que exhortó a sus contemporáneos diciendo: ¡Matad a los campesinos! ¡Incendiad las casas de los judíos! Pensemos también en autoridades del mundo como Stalin, Hitler, etc. etc. Lo mejor es que el lector se forme su propia opinión.

 

El profeta:

¿Qué ha cambiado ahora respecto a las costumbres del Antiguo Testamento? Que en los altares de sacrificio ya no se sacrifican vacunos, ni ovejas ni corderos. Hoy en día a estos se les cría, mata y come más que nunca. Esto constituye el canibalesco banquete de víctimas de sacrificio, que se regalan los mismos caníbales.

El Espíritu profético, la Voz del corazón, es el mismo ayer, hoy y mañana. El habla contra sacerdotes hipócritas, no importa qué títulos se den ni qué medios introduzcan en sus bolsillos. Aunque autoridades eclesiásticas institucionales se sirven del Estado, para alinearse así en las estructuras estatales, ello no tiene ninguna importancia para el Espíritu profético. El habla contra todo aquello que se pone por encima de la filiación de Dios.

La actual imagen del mundo de la Iglesia está impregnada por sacerdotes, párrocos, obispos, cardenales, es decir altos dignatarios eclesiásticos, excelencias, eminencias, hasta llegar al "Padre Santo en la Tierra". Qué honor y alabanza sobra aquí entonces para honrar a Dios, nuestro Padre eterno, cuando todo el honor se le debe a los "altos dignatarios" eclesiásticos? El que ha obtenido su título por la iglesia tiene por lo general los medios y el poder, y éstos amentan tanto más la competencia y la estructura de poder, cuanto más arriba ascienda el "alto dignatario" por los peldaños de la escalera jerárquica. Qué le importan a él las palabras de Jesús: "No reunáis tesoros en la Tierra, donde las polillas y el orín los corroen y los ladrones los pueden robar. Acumulad tesoros en el Cielo, donde no los corroen ni las polillas, ni el orín y los ladrones no los roban. Pues allí donde está tu tesoro, allí también está tu corazón".

Mientras el sacerdote siga siendo sacerdote, se enfrentará siempre con el profeta, porque la Voz del corazón es la Ley del amor de Dios, en la que no hay ningún sacerdote, ningún párroco, ninguna excelencia, ninguna eminencia y ningún "Padre Santo en la Tierra". La Voz del corazón habla para el hermano, para la hermana en el portador del título eclesiástico, pero dice que no a su título en nombre de Dios, pues el título exige siempre medios, tesoros, que son comidos por las polillas y el orín, y que claman al Cielo, especialmente a la vista de las necesidades, del hambre y las privaciones que sufren muchos en esta Tierra.

Desde Pablo las autoridades eclesiásticas son seguidoras de Pablo, pero no siguen al Nazareno, pues no hacen lo que quería Jesús.

 

Pregunta del Amigo de Cristo:

En la página 126 del libro de Walter Nigg, "Pensadores proféticos", se lee entre otras cosas: "El trato entre la divinidad y la humanidad no está para él (es decir, para el profeta) basado en el rito, sino en la palabra". ¿Qué quiere decirnos esto?

 

El profeta contesta:

Dios es la Palabra, y la palabra está con Dios, y Dios es la palabra. La palabra de Dios es la Verdad, y la Verdad no hace diferencias entre ricos y pobres. La palabra de Dios es el lenguaje del amor, de la reconciliación, de la paz, de la unidad, del amor a Dios y al prójimo. Quien tiene la palabra de Dios, tiene la Voz del corazón y no quiere ser otra cosa que un servidor de la humanidad, que honra a Dios y no deja que a él mismo se le titule de dignatario.

Ante los ojos de Dios ningún hombre es digno. La dignidad la lleva en el corazón quien demuestra ser hermano y hermana, quien vive sin grandes medios económicos y ofrece el espacio central de su vida a Aquel a quien se le debe todo honor. La voz de Dios es la Voz del corazón. Quien abra su corazón a Dios, superará con la ayuda del Cristo de Dios todas las bajezas que reconozca en sí, que en muchos casos tienen lugar en el flujo de sus sentimientos, sensaciones y pensamientos, de forma que se vaya acercando a la Voz del corazón y de esta manera su voz se convierta en la Verdad. Entonces Dios es la voz en él, en el hombre, y el alma del hombre está en Dios y es a su vez la palabra de Dios, pues ambos, Dios y alma, se han convertido en una unidad. Para ello no se requiere ningún rito, ningún título ni medios económicos, ninguna ceremonia ni dogmas, sino únicamente el cumplir la voluntad de Dios. Quien sacrifica su ego, gana en su alma el Yo Soy, que es la Palabra y la Verdad, la Voz del corazón.

 

Pregunta del Amigo de Cristo:

¿El ser profeta es también un título que va unido a medios económicos?

 

Respuesta del profeta:

Si el instrumento, el canal de Dios, se titulase con la palabra "profeta", se podría decir con razón: esta persona tiene un título. Pero entonces no sería ningún profeta de Dios. El profeta de Dios no se adorna con el calificativo de "profeta", pues esta tarea es suficientemente dura como para hacerlo. Un instrumento, un canal de Dios, jamás se atribuiría una distinción humana. Si mi prójimo se acercara a mí llamándome profetisa, o le diría, "soy tu hermana", o bien "yo sólo soy un canal al servicio del Eterno". Yo misma no me denomino profetisa. Es Dios el que me llama así, a mí, su instrumento. El peso y el sufrimiento que tiene que llevar un profeta llamado por Dios es demasiado duro como para adornarse con ello.

Acerca de los "medios económicos" tengo que decir lo siguiente: yo vivo igual que muchos hermanos y hermanas. Lo que necesito para vivir, lo tengo, pero no más que eso. Palacios, como los que habitan los "altos dignatarios eclesiásticos", los conozco sólo por fuera. Mi vivienda se compone de dos habitaciones, que me son suficientes. ¿Qué más necesita el hombre? Si ya los pájaros tienen sus nidos bajo el Cielo y esto les da alegría. ¿Qué poseía el hijo de Dios cuando siendo Jesús pasó por esta Tierra? Ni siquiera siempre un cojín bajo su cabeza. Quien lo quiera de otro modo ya ha recibido su recompensa y no puede ya recibirla más de Dios, así como tampoco la Voz del corazón, pues esto también es un regalo. Como los "venerables" y los "altos dignatarios eclesiásticos" no perciben la Voz del corazón, se adornan con honores y quieren que otros les vean como "dignatarios". Quien así lo hace, está cegado por la ambición y la locura.

 

El Amigo de Cristo:

Ahora comprendo las palabras de Walter Nigg acerca de los sacerdotes y profetas cada vez mejor en la página 128 de su libro: "La historia de los profetas está llena de actitudes y hechos humanos de negación de su valor y de persecuciones. Practicamente a todos los videntes se les ridiculizó y burló. La pregunta del primer mártir cristiano Esteban: '¿A qué profetas no han perseguido vuestros antepasados?', vale para todos los tiempos, también para el tiempo actual. El asesinato de los profetas es el pecado de todos los siglos. Esta es la razón de que sobre todo haya que sentir dolor y tristeza al observar la historia de la cristiandad. Sería poco inteligente escandalizarse exageradamente por los asesinos de los profetas. ¿No se mezcla acaso al fin y al cabo uno mismo entre aquellos que matan a los profetas?".

En ti, Gabriele, el asesinato del profeta no ha tenido por cierto lugar, pero tu nombre ha sido pisoteado, que es lo mismo que matado, asesinado, en base a un crimen moral de difamación proyectado por las instituciones eclesiásticas, bajo la dirección de "altos dignatarios" de las Iglesias.

Walter Nigg sigue escribiendo en la página 128 de su libro: "En todos los tiempos se plantea a los hombres la pregunta del Nuevo Testamento, que le conduce al mismo tiempo a lo más interno de su ser y que le lleva a lo más elevado: '¿Crees al profeta?', y yo, el Amigo de Cristo, añadiría:"...o a los altos dignatarios eclesiásticos?".

 

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