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«El Profeta»
 > «El Profeta» Nr. 6

Mi destino, tu destino, nuestro destino.
¿Quién los planifica?



Pregunta del amigo de Cristo:

Gabriele, hoy te voy a plantear una pregunta inusual. ¿Crees en el horóscopo, o sea, en la astrología? Cada vez que abro una revista encuentro dentro un horóscopo. De vez en cuando leo lo que los astros me quieren decir hoy y a veces pienso que algunas cosas que leo en ese momento podrían ocurrir; pero casi siempre está dicho de forma tan general que podría valer también para cualquier otra persona. ¿Tu te ocupas algo de la astrología?,  ¿crees en ella?

 

Respuesta del profeta:

En un sentido amplio sí creo en la astrología clásica, pero no en el horóscopo que se puede encontrar en muchas revistas. La astrología se dedica a estudiar los fundamentos de la vida humana, el camino de la vida, los acontecimientos y destinos que resultan del minuto en que uno nace y por tanto de las constelaciones planetarias.

Según estoy informada, la astrología se ocupa no obstante sólo de los planetas de nuestro sistema solar al que pertenece nuestro planeta Tierra.

La voz del corazón no habla de la astrología, o sólo en un contexto muy amplio, entre otras cosas, de los planetas de nuestro sistema solar material. Ella se refiere a la parte del ser puro que todo lo abarca y a las cuestiones del alma cargada; habla de los planetas de la existencia pura, de las constelaciones planetarias de los planos de purificación y de todo el cosmos material, de la relación entre estos universos, el alma y el hombre. También explica que cada alma que va a convertirse en hombre, trae consigo su plan de vida para reconocer en él los pasos de aprendizaje espiritual durante su existencia como hombre en la Tierra. Estas son sus tareas que siendo hombre debería superar en este ciclo de vida terrenal. La voz del corazón aclara también que cada hombre que se encuentra en la escuela de la vida en la Tierra, la debería concluir etapa por etapa con éxito espiritual. Del Espíritu Divino también sabemos que cada hombre posee el libre albedrío de decidirse a favor de lo bueno, de lo menos bueno o de lo malo, y que nuestro ser puro, lo más interno de nuestra alma, proviene de la existencia eterna, es decir, de lo bueno, que es la ley de la vida eterna. La ley de la vida es el amor a Dios y al prójimo, el ser feliz, el estar sano, el ser libre, el ser pacífico, la armonía, el vivir los unos con y a favor de los otros y al fin y al cabo, visto de forma global, el bien común, el bien para todos. De ahí resulta que todos los hombres son portadores de la herencia del infinito, ya que en todos está lo divino. La ley divina eterna del amor a Dios y al prójimo, de la libertad y la vida eterna en la gloria de Dios constituyen el cuerpo divino de cada alma. La libertad conlleva también la responsabilidad de nuestro comportamiento que se compone de nuestra forma de sentir, percibir, pensar, hablar y actuar.

Por lo tanto, nosotros mismos somos responsables de nuestra vida, lo que significa que si actuamos bien, menos bien o mal, emitimos unas energías determinadas. De acuerdo con el principio de que lo que sentimos, percibimos, pensamos, hablamos y hacemos, nuestras pasiones y añoranzas, vuelve de nuevo a nosotros, parecido al eco que lanzamos a la montaña y nos contesta de forma correspondiente, recibiremos lo mismo o algo similar. Esto es la ley de la atracción, denominada también la ley de causa y efecto o la ley de siembra y cosecha que dice “lo que el hombre siembra, cosechará”.

De la responsabilidad por nosotros mismos que hemos recibido de Dios, nuestro Padre, como seres independientes y maduros, herederos del infinito, resulta también el libre albedrío que Dios nos ha dejado también a nosotros los hombres. De acuerdo con el principio de la ley del reino de Dios  de que todo pertenece a todos los seres puros, cada ser espiritual es también responsable del infinito, de la existencia eterna. Dado que somos portadores de la ley eterna de la libertad y así herederos de la existencia pura, la libertad es un hecho irrevocable. Por ello nosotros como hombres tenemos también la responsabilidad por nuestro comportamiento, también por el comportamiento egoísta que resulta de nuestro mundo de deseos y pasiones, y que a su vez tiene su punto de partida en nuestra manera de sentir, percibir, pensar, hablar y actuar.

Al coincidir varias o muchas infracciones similares contra nuestra herencia divina de la libertad, cuyo principio supremo es el amor a Dios y al prójimo, se va construyendo nuestro destino según la ley de siembra y cosecha. No es nuestro prójimo el que manda lo que nos pasa, no es él el que nos transmite algo que no nos pertenece, sino que todo lo que nos pasa es la consecuencia directa de lo que hemos introducido en nuestra alma, en el cosmos material, y también en los astros de los planos de purificación, donde vivirá el alma después de la muerte del cuerpo físico. Por lo tanto, cada hombre está en comunicación con sus propias emisiones o grabaciones, con las constelaciones planetarias correspondientes al volumen de sus frecuencias. Si un alma va a encarnarse saliendo de su contexto causal en los planos de purificación, que es su hábitat actual, entonces en los diferentes planetas, que se juntan en constelaciones planetarias especiales condensadas, y que van a un punto culminante, se activan las grabaciones de su vida terrenal anterior que constituyen el camino del alma a la encarnación. En el alma que inicia una nueva vida terrenal empiezan a activarse paso a paso estas grabaciones que son energías. Esto constituye entonces la cadena causal del alma y en lo sucesivo del hombre en el cual se ha encarnado.

En todo el universo no existen casualidades. Una vez que el camino de la vida, que es la cadena causal de un alma, se haya activado, también dos seres humanos, una mujer y un hombre, que están involucrados en la cadena causal de este alma preparada para encarnar, se encuentran en la Tierra; en ellos se activan de la misma manera aspectos parecidos de sus grabaciones. Entonces el hombre engendra un hijo y la mujer lo da a luz. Así se puede afirmar que ya desde el momento de haberse anidado el óvulo fecundado en la matriz de la mujer empieza a activarse el plan de vida del alma que quiere encarnarse; es decir, se pone en marcha a nivel energético y conforma la forma de vida que está desarrollándose. El plan de vida del alma que va llegando contiene también el plan de construcción de su cuerpo terrenal.

 

El amigo de Cristo:

Una pregunta: Si  la fecundación y el anidamiento de un óvulo en la matriz de una mujer tienen que ver con un alma dispuesta a encarnarse, cuando estos dos seres humanos están conectados a la cadena causal de este alma y ésta a su vez los que van a ser sus padres, ¿qué ocurre entonces si estos abortan?

 

Respuesta del profeta:

Entonces estos dos seres humanos no solamente irrumpen en su propio plan de vida, de lo cual puede resultar para ellos una nueva ramificación kármica para una o más encarnaciones, sino que también impiden que un alma que está conectada a sus cadenas de comunicación pueda cumplir su plan de vida. De ahí surgirá -sobre todo para los padres que estaban previstos y que abortan- una nueva cadena causal que va a conducirlos según las circunstancias a otra encarnación, en la cual estas grabaciones pecaminosas se fusionarán en un punto culminante formando un complejo de culpas que volverá a ellos como un golpe de destino. Es decir, el destino de ambos conlleva como efecto lo que han causado en encarnaciones previas. Sin embargo, antes de que sus grabaciones caigan sobre ellos fortuitamente, la misericordia de Dios les da señales que a su vez naturalmente corresponden al plan de vida que han traído, es decir, que son aspectos de su destino. Lo que cada uno hace de ello, lo determina otra vez él mismo mediante la ley del libre albedrío.

Cada día recibimos señales avisadoras que proceden de nuestro plan de vida. No existen las casualidades, sino que todo con lo que nos encontramos, por ejemplo hacia dónde va nuestra mirada, está en conexión con nuestro plan de vida, de otra manera no podría sucedernos. Todo, cada acontecimiento, cada situación que nos irrita, tiene algo que decirnos personalmente. También el momento que nos estimula a reflexionar, nos permite que según las circunstancias escuchemos esto o lo otro de forma que podamos reconocer de ello algunos aspectos de nuestro plan de vida. Este impulso de la energía de nuestro día puede actuar también a través del funcionamiento del resto de las funciones de percepción como oler, degustar, o palpar, para que podamos reconocer de lo que nos estimula, de lo que pensamos y decimos a continuación y cómo actuamos, aquellos aspectos que hay por purificar en ese día, es decir, para dar los pasos de aprendizaje antes de que recaiga el destino sobre nosotros.

Como todo lo que nos sucede en nuestro caminar por la vida son impulsos surgidos de nuestro plan de vida, cada hora, incluso cada minuto nos exige vivir conscientemente, para captar estos impulsos, estas energías que nos muestran lo que hemos de cambiar. Si aprendemos de ello y en adelante nos comportamos tal y como Dios nos lo ha ofrecido en los Diez mandamientos y Jesús en el Sermón de la Montaña, entonces disolvemos poco a poco nuestro comportamiento erróneo que hemos traído. Con la fuerza de Cristo en nosotros éste se va transformando en vida espiritual, en libertad y en amor a Dios y al prójimo. Así habremos conseguido una maestría en nuestro camino terrenal y hemos cumplido nuestro plan de vida.

Nos sucederá sólo lo que está activo en nuestro plan de vida. Sean situaciónes, problemas, destinos, o personas agradables y desagradables, nosotros mismos y nadie más (y mucho menos Dios) somos los que predestinamos todo. Todo ello no son otra cosa que tareas de aprendizaje que nos hemos dado a nosotros mismos para resolverlas, para seguir el camino hacia nuestro origen que es divino y que significa ser libre, la libertad misma.

La mayoría de los hombres pasan su vida irreflexiva y despreocupadamente,  aunque todos sepan que la vida terrenal es un caminar “por la vida”, pues un día le llega a cada uno la hora de la muerte. Muy pocos reflexionan sobre lo que pasará después de su vida terrenal, en el momento en que han acabado su caminar por la vida y han pasado por el portal de la muerte. Es indudable que cada cual vive su  propia muerte y no la de otro. Así también cada cual vive su propia vida. En esta existencia terrenal experimentamos una parte de lo que en existencias previas hemos grabado, es decir, sembrado, y no hemos purificado. Nuestro plan personal de vida está formado por partes del pro y contra de nuestras vidas anteriores, está registrado en los astros del cosmos material y en los del cosmos de materia sutil de los planos de purificación; por lo tanto no está relacionado únicamente con los planetas de nuestro sistema solar.

Raramente nos planteamos la pregunta: ¿por qué el fin de mi vida transcurrirá de forma diferente al de todas las demás personas? Más de uno dirá: “muerto es muerto”. Pero ¿por qué la muerte tiene diferentes señales para cada hombre? ¿Quién puede afirmar que la muerte es la muerte, el final? Ninguno de nosotros puede demostrar que la muerte es el final de la vida, ni tampoco nadie puede probar que cada uno de los muchos miles de millones de hombres antes de morir tiene pensamientos diferentes. Pero cada uno puede experimentar que la vida terrenal de cada ser humano transcurre de manera diferente, ya que en la Tierra no hay dos personas cuyos sentimientos, sensaciones, pensamientos, palabras y actos coincidan completamente. Una respuesta superficial podría ser: Somos individuos que hemos sido marcados por las aptitudes y por la educación. Los individuos tienen precisamente sus costumbres y modos de vida individuales y específicos. Además cada uno tiene su masa hereditaria anclada en los genes, que se activa en un momento no previsible que el hombre tampoco puede determinar.

 

El amigo de Cristo:

Todo esto puede ser cierto, Pero ¿quién nos ha transferido la masa hereditaria? Dices que todos procedemos de la existencia pura, de Dios, y que nos hemos cargado. Por lo tanto, por lo menos algunas partes de esta masa hereditaria son cargas. ¿Cómo han llegado a nuestros genes?

 

Respuesta del profeta:

Naturalmente podríamos seguir especulando y argumentando intelectualmente y decir: Nosotros los hombres tenemos una larga cadena genealógica. Sea tan larga como fuere, tiene que haber sido implantada en algún momento en el hombre por alguien que ha intervenido en la determinación de la línea de nuestra vida, de las sustancias hereditarias. Nosotros los hombres buscamos siempre un culpable. Muy raras veces decimos: “Es mi culpa”. En este caso  podríamos echar la culpa por ejemplo a Adán y Eva. Sin embargo, si observamos a la humanidad actual tendríamos que defender a Adán y Eva, porque es imposible que Adán y Eva tengan la culpa de todo este engendro diabólico de la humanidad, como es el abuso de seres humanos, abuso de niños, abortos, violencia, tráfico de drogas y toda la miseria en el mundo de la droga, fraude y corrupción por todas partes, divorcios, mutilación de plantas y animales por medio de cultivos, cruzamientos, manipulación genética, vivisección, contaminación de las aguas, destrucción de la atmósfera terrestre, y muchas, muchas más cosas. Nosotros somos los malhechores.

Se dice que provenimos del mono. ¿No tendríamos que proteger entonces también a estas formas de vida superiores? Si se controlara su material genético, seguramente no se encontraría en él lo inferior humano, lo egoísta y el afán destructor de la vida.

Cuando hablamos de la destrucción de la atmósfera terrestre o de la contaminación de las aguas, nadie dirá que la culpa la tienen los “extraterrestres”. En este punto sí aceptamos la ley de causa y efecto.  Si alguien dijese que el autor de un abuso a un menor no es culpable sino otra persona ajena, nos echaríamos las manos a la cabeza y diríamos “que no se puede condenar a un inocente habiendo ya localizado al autor”.  Sin embargo, cuando se trata de nuestras propias culpas, de las cadenas de cargas personales que se componen de nuestra manera egoísta y desconsiderada de sentir, percibir, pensar, hablar y actuar, así como de nuestros deseos y ansias perversos, de lo cual van resultando los planes para nuestras sucesivas encarnaciones, muchos gritan diciendo: “¡Esto no puede ser!”. O sea que cuando se trata de nosotros mismos somos ilógicos. ¿Por qué?

Porque no queremos admitir que somos realmente tal y como somos. Queremos aparentar ser de otra manera a lo que corresponde actualmente nuestro carácter. En base a la ley del libre albedrío cada uno ha forjado su propia cadena de cargas, de la cual resulta el plan de vida para sus vidas terrenales. El que conozca algo sobre estas intercomunicaciones causales puede decir con razón que ayer fuimos lo que hoy somos.

Cada ser humano está marcado por lo que le sucede, tanto en el aspecto positivo como en el negativo. Lo que hoy es y lo que hoy se encuentra en su camino de la vida, lo originó en el “ayer”. El “ayer” significa las encarnaciones previas. Cada uno de nosotros se encuentra en la Tierra como en una escuela para aprender de lo que la vida le muestra. Esto significa que estamos ahora otra vez en la Tierra para aprender de nuestros errores pasados, de lo que todavía no ha sido purificado por nosotros, de lo que no hemos sacado todavía las enseñanzas para nuestra vida. Deberíamos tomar consciencia una y otra vez de que sólo nos puede suceder lo que está ya presente en nuestro plan de vida. Se trata siempre de cosas que no hemos aprendido en nuestras encarnaciones anteriores o como almas en los planos de purificación.

Cada paso de aprendizaje que nos saca fuera del enredo causal en que nos hemos metido, nos acerca un paso más hacia la libertad. En la medida en que nos liberamos de nuestras cargas del alma, transformando con la ayuda del Cristo de Dios, nuestro Redentor, los programas pecaminosos, es decir, negativos, y no volviendo a caer en ellos, tanto más nos acercaremos a la libertad. Así se nos presentarán también cada vez menos lecciones para aprender, porque nos hemos acercado más a nuestra herencia divina, al amor a Dios y al prójimo, a la pureza, la libertad y la justicia.

 

 Pregunta del amigo de Cristo:

Si existe ese plan de vida o plan de construcción para nuestra existencia terrenal, tampoco existen las casualidades. Casualidad significa: a mí me sucede algo por azar. La mayoría de las veces creemos que los sucesos nos vienen desde fuera, causados por  otros que nos quieren mal. Pero ahora escuchamos que todo lo que nos sucede o con lo que nos encontramos no es otra cosa que nuestras propias emisiones positivas o negativas de acuerdo con nuestro plan de vida. Mi pregunta es: ¿Cómo vuelven nuestras emisiones positivas y negativas a nosotros? ¿Quién establece este plan de vida?

 

Respuesta del profeta:

Muchas cosas nos suceden y sin embargo no vienen de fuera; los causantes no son las demás personas sino que solamente nos sucede aquello que en vidas anteriores ya habíamos grabado en los astros, en la computadora cósmica, y de lo que hemos de reconocer y purificar en esta vida terrenal la parte que pertenece al plan de vida de la existencia actual en la Tierra. Esto significa que la irradiación de aquellos planetas que llevan una parte determinada de nuestras causas, que se ha activado o que está a punto de activarse, nos conduce a la encarnación. Por lo tanto nosotros, siendo almas, traemos a la existencia terrenal el plan de vida activado, en el cual también está contenido el plan de construcción de nuestro cuerpo.

Has preguntado de qué manera vuelven a nosotros nuestras grabaciones positivas y negativas y quién establece nuestro plan de vida. Según las leyes cósmicas, los universos de la existencia pura, el cosmos de los planos de purificación y el cosmos material están en constante movimiento. Tanto los planos de purificación y el cosmos material como las almas y los hombres están entre sí constantemente en comunicación. Cada alma está en comunicación con sus grabaciones.

En las órbitas rítmicas de los astros se activan en los distintos planetas de los planos de purificación las grabaciones, es decir, impulsos que actúan como emisoras. Estos conectan inmediatamente con las grabaciones de igual vibración en el receptor correspondiente. La energía activa, la radiación específica que proviene en ese momento de algún planeta de otras esferas, encuentra de forma precisa a su receptor, -no a alguno que quizá tenga una vibración igual o similar-, encuentra exactamente a aquél del que proceden las grabaciones, porque éste está en comunicación con todas ellas. Así se producen fuentes de radiación activas, emisores de impulsos energéticos, que actúan durante tanto tiempo como algunos planetas vayan formando las constelaciones correspondientes que anuncian un destino o propician el camino para un determinado destino. Estas energías activas constituyen También el plan de vida para el alma que emprende su camino a la nueva encarnación conducida por estas vías de radiación. El camino de vida, el  fluido energético que acompaña al alma a su encarnación, es idéntico en su volumen vibracional al plan de vida del alma en el hombre.

Por lo tanto, el plan de vida viene a SER establecido por la órbita rítmica de los astros y al fin y al cabo también por el alma en los planos de purificación a la que se presentan en imágenes situaciones determinadas, -ya que la vida de las almas transcurre en imágenes-, que ella ha grabado con las faltas que cometió cuando fue hombre. De ahí el alma reconoce un ciclo de expiación que a su vez la conduce a la encarnación, por un lado si lo desea, y por otro, si ha de enmendar muchas cosas en la Tierra, también junto con sus semejantes. Algo análogo es válido también para un alma luminosa que tiene una misión divina. También esta alma tiene su plan de tareas para esta Tierra que se activa tan pronto como lo previsto entra en acción. Entonces también esta alma va a la encarnación. Su camino de vida constituye en esta Tierra un plan de tareas para Dios.

Por lo tanto somos nosotros mismos los responsables por nuestra vida en la Tierra. Lo que sembremos también lo cosecharemos. Si nos comportamos de forma insensata actuando contra nuestra herencia divina, la ley del amor a Dios y al prójimo y la libertad, tendremos que soportar también lo que resulta de ello. Es decir, el destino de cada uno es su propio destino. Este se compone de todo su sentir, percibir, pensar, hablar, querer y hacer individual. No se graba el mero pensamiento o la palabra “adornada” sino los contenidos. Todo lo que introducimos en nuestros sentimientos, sensaciones, pensamientos, palabras y actos son los elementos que constituyen nuestro destino. Estos los almacenamos, como ya he explicado, en nuestra alma y en los astros correspondientes.

Si nuestra alma vuelve a encarnarse, entonces se acoplará de acuerdo con su plan de vida a su árbol genealógico, a partir del cual se inicia su nuevo ciclo de vida con situaciones, problemas, avisos, destinos y encuentros con personas.

Desde el momento de la fecundación, y así desde que el óvulo se instala en la matriz, nuestra vida terrenal la determinamos nosotros mismos y nadie más. Nosotros fuimos hombres dentro de nuestro árbol genealógico, el cual también puede trascender a otros árboles genealógicos si ejercemos influencia sobre nuestros semejantes involucrándolos así en nuestra cadena kármica, en el caso de que, obligados por nosotros, hagan lo que nosotros queremos.

El momento de la primera acción en nuestro plan de vida no lo podemos percibir. Por eso la astrología parte del primer minuto del nacimiento, que también es decisivo para la apertura del abanico de posibilidades de nuestro plan de vida. Con el primer grito del recién nacido el alma toma el primer contacto intenso con su cuerpo físico. En ese momento se conecta al ritmo respiratorio de su nuevo vestido terrenal que hasta el fallecimiento del cuerpo es también el ritmo vital. Con el primer grito del niño el nuevo habitante de la Tierra se separa del cuerpo de la madre y obtiene así una vida propia, que sin embargo sigue estando conectada con el padre y la madre a través de la cadena genealógica.

 

El amigo de Cristo:

Por lo tanto, nosotros lo determinamos todo y por consiguiente ya no podemos intervenir en nuestro plan para cambiarlo, es decir, para eliminar e invalidar aquello que nos dirige.

 

Respuesta del profeta:

Eso no es así. La conducción es nuestro comportamiento erróneo que al fin y al cabo se pone en contra de nosotros mismos, porque por Dios, partiendo de nuestro origen, hemos sido creados de forma diferente, esto es sobre la base de la unidad y libertad, del amor a Dios y al prójimo. Como seres puros hemos aceptado estas legitimidades libremente. Y esto sigue siendo válido así porque somos y seguiremos siendo hijos de Dios. Cada uno de nosotros actuamos contra nuestra herencia divina, contra el trascurso irrefutable de las leyes eternas, cuando obramos en contra de ellas, en contra de nuestra herencia divina, por lo que estamos actuando en contra de nosotros mismos. Cada día las diferentes situaciones, todo lo que nos sucede, nos está colocando ante nosotros mismos, ante un aspecto de nuestro plan de vida terrenal que está activo, o bien ante los pecados que hemos ido grabando antaño, o aspectos positivos en los que hemos sentido la libertad y la cercanía de Dios. O sea, como ya se ha explicado, nosotros aprendemos de todas las adversidades y si damos los pasos hacia la libertad, nos liberaremos disolviendo nuestra cadena causal. O por otro lado, vamos creando en cada situación que se nos presenta y que no arreglamos otras grabaciones, es decir, componentes de un nuevo plan para una o más encarnaciones futuras o para la cadena astral que significa expiación en los planos de purificación, en los reinos de las almas, a las que llegaremos cuando abandonemos nuestro cuerpo físico. Tal como nos comportamos hoy, así volveremos a ser mañana. De estos procesos relacionados entre sí resulta por lo tanto la responsabilidad de cada uno por su propia vida, la responsabilidad por lo que siente, percibe, piensa, dice y hace.  Esto nos indica que deberíamos controlar nuestros comportamientos y aprender a reconocer lo que las situaciones del día nos quieren decir. Todo lo que nos empuja a pensar, decir y hacer, nos quiere comunicar algo. La presión, la necesidad acuciante en nosotros, procede de los programas contrarios a la ley de Dios, de las grabaciones activas que nos quieren dirigir en dirección a nuestro destino. Si sentimos presión o deseos impetuosos, esto puede ser también un aviso que nos hace intuir lo que hemos de aprender para disminuir o eliminar a tiempo nuestros golpes del destino. Los avisos  también pueden presentarse en forma de pequeños acontecimientos o sucesos que nos ocurren y que tienen relación con nosotros o con lo que estamos haciendo. Más tarde reconocemos que hubiera sido mejor no haberlo hecho así. Lo mismo que caídas o irrupciones mayores o menores en nuestra vida indican que hemos de aprender algo, es decir, cambiar algo.

Si no tomamos en serio los avisos, o incluso nos dejamos llevar cediendo a la presión, al acucio en nosotros, que procede de nuestro plan de vida y que nos quiere advertir, nos dejaremos empujar hacia el destino y a los correspondientes acontecimientos o situaciones de nuestra vida.

El reconocimiento, la introspección y la enmienda a tiempo hubiesen podido evitar o por lo menos suavizar el golpe del destino. Sin embargo no hemos aprendido nada de ello. En consecuencia no nos queda otro remedio que tener que sufrir lo que en este momento está activo en nuestro plan de vida, en nuestra cadena kármica, recayendo sobre nosotros. Estos acontecimientos fatales en nuestra vida no tienen que suceder inmediatamente a continuación de las necesidades acuciantes o presiones que sentimos dentro de nosotros. También es posible que estos sucesos o golpes del destino tengan lugar en la próxima encarnación o en los planos de purificación, aunque los avisos nos hayan advertido ya en esta vida terrenal.

Los avisos anuncian lo que está literalmente activo en los astros y nuestra alma, pero también en la cadena genealógica a la que pertenecemos y la cual nos ata a personas. Los golpes del destino que ya tuvieron sus avisos en esta vida terrenal pueden llegar a SER activos en la próxima encarnación según sean las circunstancias ya en la niñez o en la juventud del SER humano. La escuela de la vida en la que se encuentran todos los hombres está organizada de tal manera, que con la ayuda del Cristo de Dios, nuestro Redentor, el Espíritu del amor y de la libertad, a podemos aprender a reconocer lo que nos ata y separa, lo doloroso, a reconocer los pecados y a arrepentirnos de ellos, a reparar lo cometido y a no volver a hacerlo más.

 

El amigo de Cristo:

Muchas veces decimos: Si hubiese hecho caso a los avisos que me indicaron este u otro destino, yo hubiera actuado de otra manera. O también: Lo he intuido, pero no hice caso.

 

Respuesta del profeta:

Sí, frecuentemente es así porque no tomamos las riendas de nuestra vida, en nuestras manos, es decir, porque no vivimos con la necesaria responsabilidad por nosotros mismos. Cuando tenemos que sufrir un golpe de destino o lo experimentamos con algún prójimo muy cercano, nos damos cuenta de ello durante o después del sufrimiento. De pronto tomamos consciencia de que esto que nos ha sucedido a nosotros o a nuestro prójimo se había anunciado ya anteriormente por medio de diferentes indicios. Pero nosotros no cambiamos a tiempo nada, el destino siguió su curso.

 

Pregunta del amigo de Cristo:

A este respecto quisiera hacerte una pregunta: Si sufro las consecuencias de lo que he causado por no haber observado los avisos y no haber hecho caso a las indicaciones de la energía del día, ¿está con esto borrada esta parte de mi potencial pecaminoso, este aspecto de mi plan de vida? ¿Se han anulado entonces estas grabaciones negativas? ¿O me volverá a suceder todo otra vez en esta o en otras vidas terrenales?

 

Respuesta del profeta:

Esta pregunta seguramente se la plantearán muchas personas, pues ¿quién desea vivir cargado por la fatalidad? Si la fatalidad, es decir, el potencial pecaminoso que tuvimos que sufrir o sufrimos anulado está expiado depende únicamente de nuestro comportamiento. Está definitivamente expiado cuando en nuestro golpe del destino hemos reconocido cuál es la tarea que nos hemos puesto al fin y al cabo nosotros mismos a través de nuestras grabaciones pecaminosas alejadas de Dios. Si en la fatalidad hemos dado nuestros pasos de aprendizaje, entonces este aspecto del plan de vida se podría decir que está liquidado y transformado en energía positiva que entonces va entablando poco a poco comunicación con el ser eterno, con nuestra verdadera vida.

Pero si hacemos responsables a nuestro prójimo de nuestro destino, si acusamos por ello a nuestros semejantes y nuestros sentimientos, pensamientos, palabras y actos siguen siendo los mismos, es decir, no hemos aprendido nada de nuestro destino ni hemos dado los pasos de aprendizaje, entonces puede que hayamos expiado, o sea, borrado sólo elementos mínimos de nuestro destino, habiendo añadido sin embargo muchas más cargas al seguir comportándonos de forma errónea. No nos hemos reconocido en las adversidades ni hemos captado los pasos de aprendizaje que resultaron de ello, es decir, nuestra vida no ha sido encauzada en un nuevo rumbo. Con esto seguimos elaborando un plan de vida para nuevas encarnaciones o configuramos una cadena de expiación que hemos de sufrir como alma en los planos de purificación.

 

Pregunta del amigo de Cristo:

¿Es posible, además de lo que mi plan de vida prevé para esta vida terrenal, poder reconocer y borrar ya hoy aspectos de las cargas de mi ego que están grabados en los astros pero que no están activos todavía?, ¿puedo liberarme por anticipado de cargas llenas de reveses del destino de otro planes de vida?

 

Respuesta del profeta:

Sí, esto es posible, pues el amor de Dios y Su Misericordia están siempre presentes para ayudarnos a todos nosotros. No en vano Dios nos dio los Diez mandamientos a través de Moisés; no en vano Jesús, el Cristo de Dios en vestido terrenal, nos enseñó el mandamiento principal del amor a Dios y al prójimo; no en vano habló de la viga en nuestro ojo y de la paja en el ojo ajeno, y nos regaló el Sermón de la Montaña que contiene las reglas para toda nuestra vida terrenal, para el estudiante, el trabajador, la familia, para los compañeros en el lugar de trabajo, para todas las situaciones y problemas de la vida cotidiana. El que se orienta por los mandamientos de Dios y la enseñanza de Jesús, no tardará mucho en preguntarse una y otra vez a sí mismo: ¿Puedo pensar, hablar y actuar así? ¿Corresponde lo que siento, pienso y quiero hacer o hago a los mandamientos de Dios y la enseñanza de Jesús? En la vida del hombre cambiarían muchas cosas para bien, si se planteara a diario estas preguntas con frecuencia, si comparara su comportamiento con los mandamientos y a la enseñanza de Jesús para averiguar cuál es la voluntad de Dios y cuál es la voluntad del hombre; si él entonces diera preferencia a la voluntad de Dios, arrepintiéndose de sus aspectos adversos a la ley, -es decir, lo que está en contra de los mandamientos y de la enseñanza de Jesús-, pidiendo perdón a su prójimo, perdonando al que le ha hecho daño, reparando los actos pecaminosos en tanto sea posible, y no volviendo a repetir estos pecados ya arrepentidos y purificados.

Con la ayuda del Cristo de Dios más de uno podría eliminar de esta manera en el trascurso de pocos años no solamente algunos aspectos esenciales de su plan de vida, sino que mediante la purificación diaria podría establecer el contacto con otras informaciones que había grabado en los astros y que están a punto de fusionarse paulatinamente para formar un nuevo camino de encarnación o de expiación para su alma. Una persona que obrando en concordancia con la enseñanza de Jesús aprovecha activamente sus días en la Tierra, eliminando las piedras del sendero de su vida y transformando por lo tanto los programas cargados con la ayuda de la fuerza de Cristo en energías positivas de vida, liberará más y más. La luz de su alma aumenta y su consciencia se amplía. Así le es posible emitir y atraer anticipadamente partes de las secciones de sus informaciones grabadas, que fusionan para un nuevo camino de encarnación o expiación. Estas se mostrarán entonces en sus sensaciones, sentimientos y pensamientos, pero también aparecerán a través de los cinco sentidos. Al igual se producirán situaciones y acontecimientos que le querrán dar indicaciones, y entre ellos algunos sucesos de los que supuestamente eventualmente podrá decir con seguridad: “En esta vida ni he pensado ni he querido hacer algo igual o parecido”.

Si  a esta persona se le presentan en un momento dado situaciones difíciles y problemáticas o también de repente le surgen pensamientos masivos, deseos fuertes, incluso pasiones, entonces es posible que estos provengan del plan de esta vida terrenal, pero también puede ser del potencial de programas e informaciones procedente de la vía de una nueva encarnación o expiación que se está formando. El interesado apenas puede distinguir si el impulso que ha traído el día proviene de su plan de vida o no. ¿Pero es eso acaso esencial saberlo para nuestro crecimiento espiritual?

Lo importante es que tomemos activamente la responsabilidad por nuestra vida y demos a diario los pasos de aprendizaje correspondientes.

Nuestra vida está en nuestras manos. Nosotros determinamos lo que vamos a hacer de ella. Recordemos  que el Espíritu de Dios vive en nosotros, que sabe todas las cosas y que desea ayudar y apoyarnos de manera que volvamos a recuperar nuestra verdadera vida, que es la libertad.

 

El amigo de Cristo:

De lo que has dicho me parece que lo más esencial es que nos volvamos activos. Esto es la fe activa que el Cristo de Dios nos enseña en Sus manifestaciones. En el fondo es muy fácil. Sólo estoy sorprendido de que no lo he hecho así durante tantos años de mi vida como cristiano de iglesia. En este sentido dice la Biblia, especialmente en el Sermón de la Montaña, cómo hemos de comportarnos en la vida diaria para acercarnos a Dios, y cómo logramos la paz en nosotros y con nuestros semejantes. Pero ahora he podido experimentar muchas veces qué pasa cuando sigo al Nazareno aprovechando de forma activa los impulsos de mi plan de vida. Es decir: El corazón se alivia, en lo externo se presentan caminos y soluciones; la confianza en Dios y en Cristo crece y nace la esperanza. ¿No hubiera podido hacerlo así ya antes en mi vida? ¿Por qué no lo hice? ¿Por qué la mayoría de los cristianos no lo hacen así? ¿Cuál es la razón de este comportamiento básicamente pasivo? Ahí debe existir algún programa erróneo, y quizá se encuentre ya la respuesta  en lo que voy a decir a continuación.

Cuando tú, Gabriele, hablabas de la libertad, pensé en las instituciones católica y protestante. Ahí se lleva discutiendo desde hace siglos sobre la doctrina de la predestinación que dice en su forma más consecuente (=“duplicada”) lo siguiente: Dios ha elegido en virtud de Su decisión y voluntad eterna a determinados hombres para la gloria eterna, y a otros los ha predestinado a la condenación eterna a causa de sus pecados ya previstos. En su versión más suave (=“sencilla”) la doctrina dice que Dios ha elegido a determinados hombres para la gloria eterna y ha previsto, aunque no predestinado que los otros sean condenados a causa de sus pecados.

Casi ningún cristiano de hoy sabe que esta doctrina en su forma más consecuente es no solamente el resultado de los pensamientos del reformador suizo Juan Calvino (1509-1564), sino que también Martín Lutero (1483-1546) pensaba así y que este tema ha ido ocasionando una y otra vez nuevas reflexiones en la iglesia católica. Lutero y Calvino se apoyaron en las palabras de Pablo y del padre de la iglesia Agustín (354-430), quien por su actitud altamente ortodoxa es altamente estimado por las grandes instituciones eclesiásticas y también se basó en  Pablo.  Pablo a su vez interpretó citas del llamado “Antiguo Testamento”, creyendo poder derivar de ello la siguiente conclusión: “Por consiguiente, no depende del querer o del aspirar del hombre, sino de la misericordia de Dios. Así El tiene misericordia de quien quiere y a quien quiere le hace obstinado”. (Epist. Romanos 9, 16.18)

 

Respuesta del profeta:

Si entiendo bien lo que has dicho, a pesar de los esfuerzos de enderezar aquí o allá lo torcido, permanece invariable la opinión de que los designios del Eterno dicen que a unos los elige para la gloria eterna y a los otros los predestina o por lo menos prevé como eternamente réprobos y condenados.

Qué triste son tales designios, que seguro que no provienen de Dios, nuestro Padre eterno, ni de Cristo, nuestro Redentor Más de alguno dirá que estos designios eternos de Dios se han sacado de la Biblia. El que saca tales conclusiones de la Biblia no ha revisado su voluntad personal, su voluntad egocéntrica. Tanto la institución católica como la protestante se remiten  más a  Pablo que a Jesús. En las citas en que  Pablo interpreta las cosas de este modo, se ha equivocado. Que yo sepa, Jesús no dijo nada de eso.

Estoy sorprendida de lo que las personas que se denominan cristianas, y que por tanto pretenden conservar y comunicar las enseñanzas de Jesús de Nazaret literalmente conforme a Su espíritu, han hecho y hacen de Su enseñanza simple y sencilla. Se podrían sacar todavía muchas verdades de la Biblia, -y quizás todavía más de los Evangelios originales-, si se acogiesen las palabras con el corazón.

Sin embargo, las palabras de la Biblia han sido y siguen siendo estiradas y tergiversadas por el intelecto de los teólogos como una goma elástica, según sus opiniones humanas. Los administradores de ambas instituciones eclesiásticas han vuelto a retocar las palabras de la Biblia que ya Jerónimo había “reformado”, para adaptarlas a su voluntad y atar al pueblo a las instituciones.

El “pueblo” es el foro para aquellos que quieren ejercer el poder. ¿Qué sería el poder sin los objetos sobre los que se practica el poder, - el pueblo obediente, ignorante, una masa controlable? ¿No son considerados y utilizados así muchos hombres por esa institución que se llama cristiana?

Sin embargo, ¿cómo vio el Nazareno a Sus semejantes y cómo nos ve a nosotros el Padre Eterno? Cada uno de nosotros es un hijo Suyo, nacido de Su amor eterno. Aunque nos hayamos ensombrecido y cargado de pecados, pero cada hombre y cada alma sigue siendo en su interior un el ser divino.

Como tal retornará de nuevo a la existencia eterna, pues somos hijos del amor eterno, hijos de Dios que es el amor, que nunca rechaza ni condena a nadie. Jesús nos enseñó el retorno de todas las almas cuando dijo según el sentido: A noventa y nueve justos dejo para seguir al uno que se ha  perdido. Se refirió a una cifra completa, o sea, a todas las almas.

 

Pregunta del amigo de Cristo:

Tengo entendido que las instituciones católica y protestante también afirman que el hombre, o sea el alma son creados por Dios en el momento de la fecundación del ser humano.

 

Respuesta del profeta:

Dios, el Eterno, que es el SER puro, eterno y el amor perfecto, nunca ha creado a un alma, ni antes ni durante la fecundación. La palabra “alma” siempre es una expresión de carga, no importa de qué grado. Dios, el gran amor, creó seres puros, divinos, de los cuales algunos se han cargado a causa de la caída, es decir, de la separación de Dios. En la terminología espiritual se denominan “almas” a los que se han apartado de Dios. A las almas o seres espirituales encarnados en un cuerpo físico en la Tierra se les llama “hombres”. Por tanto, Dios nunca ha creado almas, ni para el Cielo ni para el infierno.

Repito: Dios creó y crea seres divinos, cuerpos espirituales puros en la existencia eterna, seres del amor y de la paz, que viven con El en la unidad y la armonía absolutas. El que un alma se esfuerce para llegar al Cielo, pero otra siga cargándose y tenga que sufrir sus reveses del destino como si fuesen torturas en el infierno, no es la voluntad de Dios sino el libre albedrío del hombre egoísta cuyo núcleo más interno es, a pesar de todo, lo puro, la ley eterna del amor y de la libertad; es la herencia del ser puro que cada hombre lleva en lo profundo de su alma y que cada hombre puede volver a recuperar.

 

El amigo de Cristo:

Pero según la doctrina eclesiástica, el hombre lleva en sí otra herencia, que es el pecado original. Dice que esta herencia ha venido a nosotros los hombres a través de los ángeles caídos y los primeros hombres mediante la “reproducción”. Y a causa de la así interpretada “unidad del género humano” (Tomás de Aquino), este pecado original le es atribuído a cada hombre también como “culpa personal”, siendo este proceso un “misterio”, “que no podemos comprender completamente” (versión alemana del Catecismo de la Iglesia Católica, Nr. 404, p. 134).

De acuerdo con las doctrinas eclesiásticas, esta culpa se liquida mediante el bautizo, también en el caso del recién nacido (según p.ej. los Escritos Confesionales Protestantes, Ap. II).

Al mismo tiempo “se sella” que es lo mismo que se documenta (Ep. XI), que el bautizado ya pertenece a los que están predestinados para la gloria, -y habría que añadir- mientras que no abandone la iglesia más tarde. De esto se reconoce cómo en las iglesias institucionales todo está relacionado: El bautismo y la gloria eterna o el pecado original y la condenación eterna.

 

Respuesta del profeta:

¿Y cómo puede comprender esto un hombre que busca a Dios? No se puede entender con la razón, y todavía menos con el corazón. ¿No es así entonces que al feligrés no le queda otro remedio que acogerse “callada y humildemente” a la chispa de fe que le queda? Más de uno se confiará con su fe al cura, al sacerdote y al pastor que le habían transmitido esto, en la esperanza de que este por lo menos lo comprenda y posea la visión de todo. El hecho de que este no desenredará a su feligrés la madeja ni levantará el velo del misterio ¿no le convierte en una especie de guardián del secreto o del tesoro? Y con tal nimbo ¿no se está procurando más poder?

A cualquiera que piense razonablemente le tienen que surgir preguntas, a no ser que la persona ya se haya acostumbrado a no seguir preguntando o incluso a no pensar más. Por ejemplo ¿por qué un alma, supuestamente recién creada por Dios está cargada al mismo tiempo con el pecado original? ¿Y qué Dios es ese que además de estas pésimas condiciones de partida pésimas prevé a condenación eterna? Aunque no la determinara para unos y otros sino solamente la previera desde el momento de la creación de Su criatura recién nacida, ¿no sigue siendo esto una contrariedad para el individuo amenazado de ser condenado?

 

El amigo de Cristo:

Por eso Martín Lutero advirtió de no ocuparse demasiado de estas preguntas. Mejor sería, hablando según el sentido de lo que dijo, creer en haber sido elegido uno mismo para la salvación y anclarse a ello.

 

El profeta:

¿Para qué entonces todas estas interpretaciones? ¿Para qué por ejemplo el bautizo de los recién nacidos con el fin de anular el pecado original, teniendo en cuenta que, como Lutero enseña, unos ya están previstos para la reprobación eterna y otros para el Cielo? ¿Para qué han de pagar el impuesto a la iglesia los que ya están destinados a ser reprobados eternamente si de todas formas serán entregados a la reprobación, esto es a la condenación eterna? Y a todos aquellos que Dios hubiese previsto para el Cielo no les haría falta ya la institución eclesiástica, puesto que Dios de partida ha predestinado para ellos el Cielo.

¿Para qué entonces la fe en Dios si El ya lo ha predestinado todo? ¿Para qué rezar a ese Dios que distingue entre estos dos grupos? ¿Para qué desarrollar valores éticos y morales si la suerte de uno de los grupos de almas ya está echada para la reprobación y condenación eterna y el otro grupo va de todas formas al Cielo? ¿Por qué hacer uso de los sacramentos, cuando por los “designios” del Eterno todo ya está predestinado, tanto el destino como el Cielo? Si entonces Dios ha dictado supuestamente la sentencia para cada uno de nosotros en el momento de la creación del alma, o por lo menos lo ha previsto así, ¿para qué tienen que creer los hombres en la misericordia?

Si todo esto nos está predestinado sin que el individuo pueda hacer algo para cambiarlo, sería preferible que cada uno disfrutara de la vida como pueda, sin frenarse, obteniendo beneficio, ventajas y toda clase de placeres intentando engañar a los demás, ya que para el condenado todo lo agradable se terminará de todas formas al final de su vida terrenal.

 

El amigo de Cristo:

Los escritos confesionales protestantes me han aclarado que no puedo orientarme ni por la “razón” ni por la “Ley de Dios” sino de que Dios quiera apiadarse de “todos”. Y por último podría referirme a  Pablo, quien apela primeramente a la “penitencia” y a la “obediencia a Dios” antes de hablar de la “elección eterna” de Dios, según la cual al fin y al cabo no todos están elegidos para la salvación (Ep.XI).

 

Respuesta del profeta:

Con lo que dices la confusión sería perfecta. Según mi entender todo esto carece de lógica. Sin embargo, Dios es lógico, pues El es el logos y con ello la Sabiduría. Dios no ha colocado a ningún hombre un pecado original en su cuna o ha admitido el que a uno de Sus hijos se le implantara esta carga desde un principio y encima sea culpable por ello. Repito: Cada hombre lleva en sí la herencia divina. En un sentido muy amplio se podría considerar como pecado original el ensombrecimiento de la luz divina como una cierta culpa parcial de la caída, en el momento en que un ser puro va a encarnarse o un ser de la caída se ha apartado de Dios.

Dios ha dado a Su hijo la libertad para pecar contra Su herencia divina o para esforzarse en recuperarla dejando el pecado paso a paso y entregándose a los mandamientos de Dios. Esto es la ley del libre albedrío.

 

El amigo de Cristo:

Dices que Dios ha dado a Su hijo la ley del libre albedrío, pero en la enseñanza protestante leo otra cosa. La iglesia protestante dice que solamente tengo el libre albedrío en las cosas “que entiende la razón” (Confesión XVIII de Augsburgo). Sin embargo en cuestiones de fe y salvación no tengo libre albedrío. O bien el Espíritu Santo produce en mí la recta fe o no la produce. La confesión protestante cita aquí otra vez a  Pablo que escribió: “El hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios” (1. Cor. 2,14).

También Martín Lutero se remite, como ya se ha dicho, a Pablo, comparando al hombre con un “animal de monta”, que es montado o bien por Dios o por Satanás. En este contexto anuncia también para un grupo la predestinación divina a la gloria eterna y para el otro grupo la predestinación divina a la condenación eterna. No posee pues la libre voluntad para decidirse por uno de los dos jinetes.

Lutero lo escribe literalmente así: “Y no tiene la libertad de decisión para correr hacia uno de los jinetes o buscarlo, sino que los jinetes mismos se disputan para sujetarlo y poseerlo”. (De servo arbitrio, Edición alemana de Weimar, p. 635).

Y siguiendo a Lutero la iglesia luterana protestante enseña la falta del libre albedrío en cuestiones de fe. Sólo sobre la predestinación de algunos individuos para la condenación eterna algunos escritos confesionales de la iglesia suavizan la enseñanza del fundador y enseñan sólo la “providencia”. Por consiguiente Dios no predestina a nadie a la condenación eterna, pero El ve por adelantado -según la argumentación por parte de la iglesia- todo lo que ocurre, así pues también al fin y al cabo quién será condenado eternamente.

 

Respuesta del profeta:

Oigo decir que Lutero ha enseñado y que sus seguidores confesionales han suavizado su enseñanza. ¿Qué significa eso? ¿Se ha equivocado Lutero? Entonces hay que cuestionar el contenido de verdad de lo que ha enseñado Lutero. ¿Qué partes de su enseñanza pueden ser en consecuencia también erróneas? ¿Hasta qué punto es veraz la enseñanza de la iglesia?

El Espíritu de Dios nunca se equivoca. Lo que enseñó y volvió a enseñar a través de Su hijo, que siendo Jesús enseñó desde la ley de Dios, es lo mismo ayer y hoy, porque es la verdad. Dios es el Eterno, Absoluto, y Su ley es eterna y absoluta, invariable. Eso es la seguridad, y de ello podemos fiarnos.

Aunque en este mundo la equivocación y el engaño sean muy grandes, hay Uno que nunca Se equivoca ni Se deja engañar. Y por eso tampoco El nunca será una desilusión para aquel que se dirija a El como Su hijo que le llama y que da los pasos que  El nos indicó a través de Jesús, por ejemplo en el Sermón de la Montaña.

Si es verdad lo que has expuesto sobre la enseñanza protestante luterana, entonces para mí está muy alejada de la verdad, de la realidad  auténtica. Día tras día experimento la Voz del corazón. Ella es amor, bondad, benevolencia y ayuda, y dice: todos, absolutamente todos, volverán a Dios, nuestro Padre eterno, a través de Cristo, nuestro Redentor. Sin embargo cada uno es responsable de lo que piensa, dice y hace. A través del amor eterno de Dios y a través del destello redentor en cada alma todos reconocerán algún día su verdadero origen, que es la libertad y que desemboca en Dios. Algún día aspirará a esta libertad, incluso aunque tenga tras de sí muchos golpes del destino y encarnaciones.

Cada hombre que cree en Dios y no en el Dios de las instituciones eclesiásticas, algún día reconocerá que el contenido de los mandamientos de Dios y del Sermón de la Montaña son el camino al reino de los Cielos. Quien aspira a cumplir los mandamientos de Dios y el Sermón de la Montaña experimenta que él es el templo de Dios y que Dios, el gran amor, vive en El. Para ello no es necesaria la aparatosa pomposidad  de las instituciones eclesiásticas.

No es de extrañar que cada vez haya más ateos, pues quien ponga en funcionamiento su sensatez para reflexionar sobre lo que las instituciones eclesiásticas a veces enseñan, pierde la fe en Dios. Yo me fijé por primera vez en la enseñanza de la predestinación por una pregunta. Ahora comprendo cada vez más por qué el Cristo de Dios ha fundado Su obra mundial fuera de las instituciones eclesiásticas. El, el gran Espíritu del infinito, quiere alcanzar a muchos hombres con su enseñanza sencilla y simple del amor a Dios y del amor al prójimo y de los valores espirituales y morales, para quitarles el miedo a la predestinación o a la previsión de la condenación eterna, del infierno eterno, así como también del castigo de Dios.

Queridos hermanos, queridas hermanas, si lo que ha expresado el amigo de Cristo corresponde a la verdad, es decir, se puede corroborar, cada uno debería actuar según su conciencia y no según la tradición antigua. Me ha horrorizado el que se haya pensado y transmitido oficialmente algo semejante sobre Dios, el Padre del amor. Ahora también comprendo por qué las instituciones eclesiásticas califican a los cristianos originarios de “no cristianos”. En verdad, los cristianos originarios no tienen nada que ver con ese cristianismo institucional. El Cristo de las instituciones eclesiásticas no es el Cristo que el Padre eterno nos envió a nosotros los hombres.

 

El amigo de Cristo:

Aparte de las enseñanzas de las iglesias protestantes luteranas están las enseñanzas de las iglesias evangélicas reformistas. Estas iglesias se basan en Calvino, que incluso reafirmaba la predestinación con más fuerza que Lutero. Esa iglesia está extendida sobre todo en Suiza, en Holanda y en Escocia y además en algunas regiones de Alemania, y en ella se cultivó durante mucho tiempo la creencia de Calvino, que la predestinación para la gloria o para la condenación también se podría interpretar como el éxito en la vida de cada uno.

Si en la tradición de esa fe algunos hombres se han esforzado en cumplir los mandamientos divinos, entonces su forma de actuar la han interpretado con frecuencia como una señal de predestinación a la gloria, y a su vez  se han asegurado de no pertenecer a los condenados.

En 1973, es decir, más de 400 años después de la muerte de Calvino, la iglesia de los reformistas evangélicos en Europa suavizó la fe de Calvino y admitió que ya no existe “un designio eterno de Dios para la definitiva condenación de ciertas personas”. Pero se ayudaron con el guardar el debido respeto ante “ el misterio de la forma de actuar de Dios” (Acuerdo de Leuenberg, Art. 24f.)

 

El profeta:

Un fundador de una religión expone entonces una enseñanza, formula máximas de fe, que después se revisan; lo que era válido como verdadero y obligatorio, ahora ya no vale, está anticuado.

De ahí se puede deducir: lo que hoy, aún es válido y es defendido, ¿qué valor tendrá mañana aún?

En relación a esto pienso en muchos que con motivo de la dura formulación de la enseñanza de la predestinación se reconocieron como condenados por Dios. ¿No se tuvieron que sentir como los más miserables entre los miserables? ¿Cómo podían creer aún en un Padre que era justo, y no digamos en un Padre misericordioso? ¿De dónde iban a sacar la confianza hacia El y la fe en Su amor? ¿Sí, acaso no fueron presa de la desesperación, de la dolorosa resignación? ¿Los tentados, tan dignos de lástima, no tenían acaso otra alternativa que caer en la pasividad, sin estímulo alguno de esforzarse por una vida en el cumplimiento de los mandamientos divinos, ya que todo era en vano e inútil?

¿No podría eventualmente ser esa una de las causas de la pasiva y resignada postura de fe de muchos cristianos,  de la servidumbre y la ciega obediencia, pero también de la desesperación, de la frialdad de corazón y de la falta de amor?

 

El amigo de Cristo:

De forma parecida ocurre en la iglesia católica romana. Esta ha explicado en decisiones de los concilios por una parte que nadie está predestinado a la condenación eterna; sin embargo sí que enseña por otra parte que existe la posibilidad de la condenación eterna: ésta está predestinada para todo aquel que muera en el estado de “pecado capital” (Diccionario de teología e iglesia, tomo 8, 1963, p.669 en idioma alemán) que ella misma define: quien no la siga está condenado: Y Dios lo ve esto ya en la creación del niño recien nacido, y a pesar de ello lo crea.

 

El profeta:

No puedo creer que sea así como lo has explicado tú. Mi sentido de la justicia dice que católicos y protestantes que quieran revisar algunas de esas enseñanzas pueden leer la literatura correspondiente de su iglesia, y no preguntar a un funcionario eclesiástico, que quizá con justificaciones, con sus propias ideas, descripciones y disimulos, cuente muchas otras cosas de lo que es dado como auténtico. Al respecto no quiero hacer ningún comentario. Para mí reulta simplemente terrible que se difundan tales enseñanzas bajo el manto de Jesús, el Cristo. Mi único deseo sería que te hayas equivocado. Yo no creo en la enseñanza católica, luterana o calvina de la condenación o de la predestinación, porque puedo experimentar a Dios en mi corazón. Ningún hombre puede indagar en el gran Espíritu, pero todos pueden experimentarle si cumplen paso a paso los Diez Mandamientos y el Sermón de la Montaña. Entonces experimentan que Dios nos ama a todos y que El nos ha dado el regalo más grande: la ley del amor y de la libertad, a través de la cual nos hemos convertido en herederos de la existencia pura. Todos los herederos del reino de Dios volverán a aceptar  Su herencia: esto es inmutable. Nosotros volvemos a regresar al lugar de donde hemos venido, a Dios, nuestro Padre eterno, a través de Cristo, nuestro Redentor.

 

El amigo de Cristo:

Lo que explicas aquí en las enseñanzas de las iglesias se cuenta y se rechaza como la “enseñanza de la reconciliación universal”, aunque cada vez más personas, también católicos y protestantes, sospechan, saben y experimentan que es así como tú dices. Las instituciones eclesiásticas tampoco dicen a sus creyentes que el proceso de limpieza y purificación de cada alma continúa en los mundos del más allá y eventualmente en otras encarnaciones. Ellos “prohiben” a los hombres incluso “contar de principio con una reconciliación y reparación para todos y para todo, no importa lo que hagamos o dejemos de hacer” (Tratado del sínodo católico, “Nuestra Esperanza” de 1975; citado de la revista alemana Weltbild 20/96). Entonces apelan al sentido de justicia de los hombres y dicen -ateniéndose al sentido de lo que expresan- que personas “buenas” y “malas” al final no podrían “estar ante Dios sin ser diferenciadas” (revista alemana “Weltbild” 20/96, pág. 24)

Pero a la vez se teme dar a conocer abiertamente y predicar las propias enseñanzas sobre los determinados casos predestinados de condenación eterna prevista por Dios. ¿Se quiere evitar tal vez que más gente se retire de la iglesia? Así los párrocos y los periodistas de las iglesias están principalmente ocupados en ponerle cosmética a la enseñanza de la iglesia. Tras la fachada, los teólogos científicos continúan sin embargo planteándo siglo tras siglo las enseñanzas aterrorizantes de la iglesia sin maquillaje, con la finaciación del Estado. Como estas enseñanzas son muy complicadas,  después de largos años de estudios muchos teólogos han podido obtener el título de doctor. Seguro que con ello no podrán despertar la confianza en Dios. Pues cómo voy a confiar en un Dios, al que uno de sus “misterios” pertenece el que muchos hombres y almas tienen que sufrir horrosas torturas por toda la eternidad y en todos los tiempos; aunque este “misterio” se pueda minimizar presentándolo con palabras de color rosa. ¿Acaso en este tema se puede hablar de un “misterio de Dios”? O ¿enseñó Jesús aquí un “misterio” de Dios?

 

Respuesta del profeta:

Una enseñanza tal no es cierta; eso lo sé yo porque mi corazón está lleno de Aquel que ama a todos los hombres y almas, de Dios, nuestro Padre eterno. La enseñanza de Jesús, del Cristo, era y es sencilla y simple, porque es la verdad. Esta enseñanza era y es el centro de todos los cristianos sin confesión.

 

El amigo de Cristo:

¿En qué creen esos cristianos sin confesión y en qué creyeron los primeros cristianos?

 

Respuesta del profeta:

Los primeros cristianos conocían el camino de la reencarnación, es decir, de las repetidas encarnaciones del alma en un cuerpo terrenal. Sabían que en la brevedad de la encarnación el volver es una posibilidad en lo temporal de reconocer, arrepentirse, purificar y no volver a hacer más lo pecaminoso, o sea, los comportamientos erróneos. También los cristianos originarios de los siglos siguientes conocían la reencarnación, que también está en los escritos apócrifos, y que Jerónimo sacó a sabiendas porque trabajaba por encargo de su iglesia. También un gran número de cristianos católicos y protestantes cree hoy en la reencarnación y en la misericordia de Dios, de dar en la escuela de la Tierra los pasos de aprendizaje necesarios para volver al reino de Dios, del cual procede cada ser. Nosotros estábamos en Dios, nosotros somos acogidos en Dios y volvemos a Dios, nuestro Padre eterno, cuando hayamos dado nuestros pasos de aprendizaje. Esto lo creían los cristianos de los comienzos, y lo creen los cristianos originarios de la actualidad.

Así pues, mirándolo bien, cada hombre, cada alma, no importa cuan pesada o ligera sea su carga pecaminosa actual, está predestinado  a lo divino. Estamos predestinados a ser herederos del infinito porque tarde o temprano cada uno aceptará su herencia divina, a través de Cristo, que nos proporcionó a todos nosotros y a todo lo que parecía estar perdido la vuelta  el camino al hogar.

Cristo, el Hijo de Dios, vino al vestido terrenal, para mostrarnos el camino al hogar eterno, para hacernos de nuevo conscientes de que Dios, nuestro Padre eterno, nunca se se aleja ni siquiera de una sola alma, tampoco nunca condena ni siquiera a uno de Sus hijos, pues entonces se condenaría a El mismo.

Ha llegado el tiempo de que muchos despierten de la dependencia, de la indiferencia, tristeza y desesperación, en la que cayeron muchos que por ejemplo no pudieron comprender y soportar lo que dice la enseñanza de la predestinación y en consecuencia tampoco su propio destino, perdiendo la fe de corazón y la confianza interna en su Padre celestial. Así más de uno perdió la firmeza interna que sólo se puede encontrar en Dios, y se hizo siervo de los que enseñaban que la gloria y la entrada al Padre, al hogar eterno, estaba en sus manos. Así más de uno perdió el valor y el estímulo de volverse activo por sí mismo, de reconocerse en los impulsos pequeños o más grandes de la energía del día, de purificar y a partir de entonces cunplir los mandamientos de Dios, para enfrentar al destino de forma correcta.

Jesús cuidó de los débiles, de los míseros, de los enfermos y de los pecadores. Con Su vida El es un ejemplo para nosotros y a la vez el garante del amor absoluto de Dios. Como el Hijo del hombre demostró que el camino a Dios, a través del seguimiento paulatino de los Diez Mandamientos y de Su enseñanza, es viable y conduce a la meta, al ser eterno.

 

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