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La mujer, ¿una «puerta de entrada del diablo»?
¿Se está preparando por parte de la Iglesia un renacimiento?


Prólogo

Quien ha seguido nuestra serie de programas «Para personas con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?», sabe que todo lo que tiene que ver con esta silla es vendido con etiquetas falsas. Comenzando con el nombre de «Pedro» hasta la afirmación de que el catolicismo tiene algo que ver con Jesús, el Cristo. Hemos demostrado que la institución católica –al igual que su colgante luterano– es un puro culto pagano, y está totalmente enraizada en las arcaicas tradiciones paganas y en estructuras totalitarias de poder. Nosotros como cristianos originarios únicamente nos ocupamos de este culto totalitario de ídolos pagano, porque éste, para sus intrigas nada cristianas, abusa del nombre del más grande sabio y maestro de toda la historia de la humanidad, del nombre de Jesús, el Cristo. Cómo sucede esto, queremos documentarlo con más ejemplos.
A continuación exponemos el contenido del programa n° 10 de la serie: «Para personas con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?»

La mujer, ¿una «puerta de entrada del diablo»? Jesús lo veía de otro modo. En las primeras comunidades originarias las mujeres ejercían también funciones de completa responsabilidad

Según las enseñanzas de Jesús, el Cristo, todas las personas son iguales ante Dios, también los hombres y las mujeres. ¿Qué sucede por el contrario en la religión idólatra pagana católica y en su apéndice luterano?

Leamos algunas declaraciones de doctores de la Iglesia que han determinado esta religión de culto, por lo demás, la mayoría de ellos fueron canonizados.
Tomás de Aquino, por ejemplo, dijo: «La mujer es una equivocación de la naturaleza.»69 O el padre de la Iglesia, Agustín, destacado doctor de la Iglesia, igualmente canonizado, dijo: «La mujer es un ser de calidad inferior que no fue creada por Dios a su imagen y semejanza. Corresponde al orden de la naturaleza el que las mujeres estén al servicio de los hombres.»70
Otra cita de Tomás de Aquino: «El valor esencial de la mujer radica en su capacidad para parir y en su utilidad para la economía doméstica.»71
Además, este «santo» asevera sobre la mujer: «Con sus excesos de fluidos y su baja temperatura es física y anímicamente inferior, una especie de hombre mutilado, malogrado y errado. La plena realización de la especie humana es únicamente el hombre.» Y «La mujer se comporta respecto al hombre como lo imperfecto y defectuoso (imperfectum, deficiens) respecto a lo perfecto (perfectum).» Y también «Un feto masculino se convierte en 40 días en un ser humano, uno femenino sólo después de 80 días. Las niñas resultan de un semen defectuoso o de vientos húmedos.»72
Ambrosio, otro doctor de la Iglesia, dijo: «La mujer tiene que cubrirse la cabeza porque no es la imagen y semejanza de Dios.»73
Una explicación de esto lo dan también otras declaraciones, p. ej., del Papa Pío II (1405 al 1464) quien dijo: «Cuando veas a una mujer, piensa que es el diablo. Es una especie de infierno.»74

En vista de estos juicios apreciativos de boca de «máximos dignatarios» eclesiásticos, más de una mujer se preguntará: ¿cómo es posible que hoy, en el siglo XXI, haya mujeres que todavía van a la iglesia? ¿Cómo es posible que una mujer se deje todavía oprimir en un banco de la Iglesia católica?
Para el doctor de la Iglesia, Tertuliano, la mujer debe dejarse decir, p. ej., que ella es «una puerta de entrada del diablo», y muchas cosas más.75

Jesús no tuvo únicamente a los doce apóstoles entorno a sí, también estuvieron con Él muchas discípulas, entre ellas incluso damas de la sociedad de aquel entonces, como Juana, la mujer de un alto funcionario de Herodes. A tales mujeres hoy se las llamaría emancipadas, porque no aceptaban el acostumbrado papel de la mujer. Muchas de ellas apoyaron también a Jesús y a sus seguidores económicamente con sus bienes.
En tiempos de Jesús era del siguiente modo: si una mujer tan sólo hablaba con un hombre en la calle, podía ser repudiada por su marido sin pago de su legado matrimonial, que viene a ser como nuestra compensación de manutención. Y viceversa, hablar con una mujer en la calle era un insulto para el alumno de un letrado, para un discípulo, y con mayor razón aún para un rabí. Pero Jesús puso final a toda esta insensatez. Él vivió y enseñó la igualdad.
Las mujeres entorno a Jesús no eran pasivas. Fueron mujeres las primeras que anunciaron Su resurrección. En el evangelio de Lucas se dice: «Ellas regresaron del sepulcro y contaron todo a los once y a todos los demás.»

La imparcialidad de Jesús con las mujeres llamó la atención incluso de Sus discípulos. Él pidió, por ejemplo, a una samaritana que estaba al lado de una fuente que le diera de beber. Él habló con ella a pesar de que los judíos y los samaritanos vivían enemistados. Al respecto leemos en Juan 4, 27: «En esto llegaron Sus discípulos y se admiraron de que conversara con una mujer. Mas ninguno le dijo: ¿Qué preguntas o por qué hablas con ella?»
Cuando Jesús sanó a una mujer gravemente impedida, los escribas protestaron porque esto sucedió en sábado, y Jesús les dijo: «Esta es hija de Abrahán.» En aquel tiempo ya esto constituía una monstruosidad en sí, ¡valorar de tal modo a una mujer! Abrahán era el patriarca al que todos veneraban, y Jesús dijo: «Esta es hija de Abrahán.» ¡Encima de todo, esta afirmación provenía además de un hombre! Jesús se mostró aquí también en este sentido como un rebelde, como un «incómodo coetáneo».

El periodista alemán Gerhard Adler resumió en un programa de radio la posición de Jesús de Nazaret con respecto a las mujeres de la siguiente manera: «Jesús trató a las mujeres en la sociedad judía con una distinción realmente escandalosa para aquel tiempo. Él infringió la ley que ordenaba lapidar a una mujer adúltera. Él permitió que una mujer se fuera a casa, poniendo además de manifiesto la hipocresía de los hombres que la acusaban, diciéndoles: “El que entre vosotros esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Él acepto el gesto cariñoso de una conocida prostituta de la ciudad que Le ungió los pies con bálsamo… Él hablaba con las mujeres, incluso con aquellas que pertenecían a los rangos sociales más bajos, como las samaritanas y las cananitas. Él fue a la casa de ambas mujeres, María y Marta, y con ello actuó contra todas las buenas costumbres.»
No se ha transmitido ni una sola palabra de Jesús que diera motivo a oprimir a las mujeres o a excluirlas de alguna tarea espiritual. En la Iglesia no existía ninguna discriminación de las mujeres, estas tenían acceso al apostolado así como al diaconato. Las mujeres participaban también en la vida comunitaria como sanadoras y profetas.

Como se ha mencionado, en las comunidades de los primeros cristianos había diferentes tareas: por un lado estaba la tarea de la palabra profética, de la sanación, de la instrucción, y por otro estaban las tareas de administración. Y de todas estas tareas participaban mujeres. En los Hechos de los Apóstoles 2, 17, leemos: «Así habló Dios: derramaré mi Espíritu sobre toda carne; vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán; y aún sobre mis siervos y sobre mi siervas derramaré mi Espíritu en los días aquellos, y profetizarán». Así estaba anunciado, y así también se ha confirmado. Lucas, por ejemplo, lo menciona en los Hechos de los apóstoles, 21, 9: «Las cuatro hijas de Filipo, que eran profetizas».
Que muchas mujeres presidieron las llamadas casas en las que se reunía la comunidad, lo podemos igualmente leer en el Nuevo Testamento: «Apia presidía junto con otras dos la casa en la que se reunía la Iglesia en Colosa» (Filem. 2). «Ninfa en Laodicea, Lidia en Tiara y Pebe en Cencres dirigían las reuniones en sus casas» (Col 4,15; Hch 16,15; Rm 16,1) (76).
En todas partes nos encontramos en el Nuevo Testamento a mujeres. Interesante es que en la Carta a los romanos 16,17 se menciona incluso una mujer apóstol, es decir, una mensajera enviada de nombre Junia. Este nombre fue aproximadamente en el año 1300 transformado por astutos teólogos en «Junias», que sería la denominación masculina. Sin embargo, que este nombre en masculino existiera en la antigüedad, no ha podido ser todavía demostrado por nadie.
Con estos precedentes se deduce que en algún momento debió de sobrevenir un cambio, pues para Jesús las mujeres tenían los mismos derechos, también en las primeras comunidades originarias, y después algo tiene que haber cambiado. Conocida es la frase de s. Pablo, que puede leerse en la Biblia, en la primera Epístola a los Corintios 14, 34: «Las mujeres deben callar en las asambleas, pues no les está permitido tomar la palabra; antes bien, estén sumisas, como también la Ley lo dice.»

Pablo exigió la sumisión de la mujer, con nefastas consecuencias hasta hoy

Aquí surge la pregunta: ¿hay que atribuir a Pablo la hostilidad contra las mujeres en la Iglesia católica y luterana?
Pablo, que originalmente se llamaba Saulo, era un ciudadano romano e introdujo en la Iglesia la tradición romana. Una breve cita del historiador Karlheinz Deschner al respecto: «El menosprecio de la mujer más antiguo dentro del cristianismo proviene de Pablo, quien en ninguna parte pudo remitirse en ese aspecto a Jesús. Sucede entonces a menudo que es Pablo a quien otros se remiten, cuya hostilidad con las mujeres es continuada en base a falsificaciones. De modo correspondiente, a los discípulos de Jesús se les convierte después en propagandistas de la virginidad y del odio a las mujeres.
De Pedro incluso, el primer «Papa» y padre de familia, se afirmó después que había huido de todo lugar que albergaba a una mujer, y se pone en boca suya la declaración de que: “Las mujeres no son dignas de vivir.”»(77)
La Epístola a los Efesios, que procede de Pablo o de alguno de sus alumnos, muestra claramente cómo Pablo adoptó en gran medida los conceptos antiguos de la opresión de la mujer. En Efesios 5, 21-24 se dice: «Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo; las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el salvador del cuerpo. Como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.»
A este pasaje se remite la Iglesia católica aún en la actualidad cuando dispone que las mujeres no pueden ser sacerdotes y que las mujeres no pueden recibir ninguna otra tarea de la Iglesia, sino que ellas siguen estando como antes excluidas de la mayoría de las tareas en la jerarquía católica. A Jesús, sin embargo, no se remiten al respecto, pues Jesús realzó siempre con toda claridad la igualdad de derechos. Lo mismo no puede decirse naturalmente de La Iglesia católica, sino que en este punto se nombra a Pablo, quien había adoptado la opresión de la mujer del paganismo y del medio ambiente antiguo.

Entre los romanos la mujer era vista como alguien de calidad inferior. En el imperio romano no era posible que una mujer desempeñase públicamente un cargo ni menos que apareciera en público. El fin de la igualdad de derechos de la mujer en el cristianismo antiguo llegó a más tardar cuando la jerarquía eclesiástica que se estaba formando se amoldó al Estado romano. Ésta se alió al Estado romano y con ello acogió también las condiciones jurídicas y organizativas del Estado. A ello correspondía también que las mujeres, p. ej., no pudieran presidir la comunidad en sus casas, como antes era lo común. Los «señores de la creación» tomaron entonces todo de nuevo en sus manos.
Pablo integró las leyes romanas, que también eran paganas, en el cristianismo originario. Él acogió de los romanos y del mundo antiguo el desprecio por las mujeres como también el uso de esclavos. En el fondo, el problema de las mujeres que Pablo creó, hay que nombrarlo al mismo tiempo que el apoyo de la esclavitud. Él consideró expresamente la esclavitud como algo correcto y ordenó que los esclavos se sometiesen a su amos, especialmente si el amo era cristiano. En este caso exigió incluso una sumisión especial. Esclavos y mujeres fueron igualados entonces en gran parte por Pablo en su categoría social, en su valoración, lo que marcó más delante de modo decisivo la historia del llamado cristianismo.

María es considerada en la Iglesia como un fenómeno excepcional único entre todas las mujeres

María era una mujer. Uno tiene realmente la impresión de que María como mujer fuera una excepción en la Iglesia católica, como si fuera la única mujer tolerada en este «club de hombres». ¿Ha de deducirse de ello que María por consiguiente no pertenece a la «puerta de entrada del diablo», a través de la cual, por lo demás, pasaron muchos Papas?
De hecho, María no pertenece a ello, pues el dogma católico dice claramente que ella esta libre del pecado original (Neuner-Roos n° 479: «conservada pura y sin tacha de todo pecado original»). Según la enseñanza católica, el alma de cada persona es manchada con el pecado original al ser engendrada. Según un dogma del año 1854, María quedó exenta de ello. De ahí que ella no sea una puerta de entrada del diablo, y también se enseña que su cuerpo no se descompuso después en el sepulcro. Por esta razón ella cuenta como un fenómeno excepcional único.
A María se la denomina Reina de los Cielos. Hay que suponer que este culto a María con todos sus atributos: Reina de los Cielos, Madre de Dios, La que dio a luz a Dios, tiene la función de compensar de algún modo la profunda mala conciencia de la Iglesia católica: el menosprecio a la mujer, que tiene un efecto tan duradero en esta Iglesia, es compensado por el culto a María, a través de la adoración de una mujer a la que se ha elevado a la categoría de «Madre de Dios». Con seguridad que un profesional en sicología profunda podría decir mucho más al respecto, pero también para un profano resulta evidente que aquí predomina una actitud esquizofrénica ante la mujer; por una parte en María se la convierte en diosa, y por otra se demoniza al resto de las mujeres.
Según la enseñanza eclesiástica, el cuerpo de María no se descompuso. Cuando entonces María subió al Cielo –según lo describe la Iglesia–, ¿se trataba del cuerpo que durante tanto tiempo estuvo en el sepulcro? ¿Ascendió éste al Cielo, o cómo nos lo hemos de imaginar?
El dogma de que María fue acogida con su cuerpo en el Cielo fue proclamado en el año 1950. A pesar de que su cuerpo estuvo durante mucho tiempo en el sepulcro, éste supuestamente no se descompuso allí; el cuerpo no descompuesto fue entonces acogido en el Cielo. Cuándo fue el momento exacto en que el cuerpo fue acogido en el Cielo, no se puede constatar en los documentos. Sin embargo, según la enseñanza católica, la no descomposición del cuerpo es la condición para esta ascensión corporal a los Cielos. Porque María sí que murió, esto es algo que la Iglesia católica también reconoce.
¿Cómo debe haber sucedido esto? María salió de la tumba con un cuerpo que después de algunos años o decenios no se había descompuesto. ¿Y entonces, según la enseñanza católica, ascendió con el cuerpo al Cielo…?

Aunque alguien considere esto un disparate, se trata en verdad de un dogma, que puede leerse en el libro «La fe de la Iglesia», bajo el número 487: «Es una verdad de la fe manifestada por Dios, que la inmaculada y siempre virgen Madre de Dios, María, después del término de su vida fue acogida en cuerpo y alma en la gloria celestial. Si por ello –¡y esto no lo quiera Dios!– alguien se atreviera a negar o a dudar conscientemente de esta verdad que ha sido definida por Nosotros» –atención: «nosotros» escrito con mayúscula- «esa persona debe saber que ha caído totalmente de la fe divina y católica.»
¿Y quién es ese que aquí se define como «nosotros»? Sólo puede ser una fuerza que quiere destruir la vida comunitaria normal entre los seres humanos, también entre hombre y mujer; una fuerza que quiere poner en desorden todo lo que el ser humano tiene de sensaciones naturales; una fuerza que quiere borrar todo lo que cada persona lleva en sí misma de divino y otorgado por Dios; una fuerza que quiere impedir que el hombre se esfuerce realmente en llevar una vida de acuerdo con las leyes divinas. Ese no puede ser otro que el adversario de Dios.

Si la silla de Pedro es la representante de tales cosas, ¿quién está sentado entonces en la silla de san Pedro? Aquél que apoya todo eso.
Si todos los hechos que ya han sido expuestos en esta serie de emisiones, los vemos en relación con los pocos detalles de los que ahora se hablaba, se puede constatar lo siguiente: el menosprecio a las mujeres por un lado y la elevación desmesurada de una sola mujer por otro, a modo de compensación por todo lo malo que se les atribuye a las otras, se incorpora sin problemas a la tradición de la que hemos estado hablando. Es la tradición del tiempo antes de Cristo.
Hemos hablado de Roma. La tradición romana era totalmente pagana, y esta tradición pagana continuó en la Iglesia católica.

Una consecuencia de la secular costumbre de tratar de demonios a las mujeres: la Inquisición. Las torturas más brutales, increíbles e indignas del ser humano, en especial a mujeres, por parte de sádicos al servicio de la Iglesia católica

Una consecuencia de la secular costumbre de tratar de demonios a las mujeres: la Inquisición. Las torturas más brutales, increíbles e indignas del ser humano, en especial a mujeres, por parte de sádicos al servicio de la Iglesia católica¿Qué consecuencias reales ha traído consigo para la humanidad este comportamiento de la Iglesia católica en los últimos 2000 años?
Uno de los capítulos más oscuros del culto idólatra católico es la Inquisición, que tuvo una continuación directa en la persecución de brujas. Sabemos que uno de los grupos principales de víctimas de esta persecución, –que costó la vida de aprox. tres millones de personas– fueron en su mayor parte mujeres. Un número incontable de mujeres fueron quemadas como brujas en la hoguera. Para ello bastaba que se inventara algo sobre ellas, por ej., que habían traído ratones por arte de brujería o que habían encantado a niños, o que habían producido algún brebaje. Esto era ya suficiente para entregarlas a la Inquisición eclesiástica. Estas mujeres eran entonces torturadas cruelmente, y la mayoría de ellas fueron quemadas. Los instrumentos de tortura que se emplearon contra las mujeres eran aún más brutales que los que se aplicaron contra los herejes, que también fueron víctimas de la Inquisición.

Considerando precisamente la Inquisición, se puede decir que jamás ha habido una religión que haya predicado tanto amor al prójimo y que al mismo tiempo haya practicado tanto odio al prójimo y a las mujeres. Sólo en este sentido, aunque hay que decir que en sentido negativo, el cristianismo eclesial, tanto de proveniencia protestante como católica, ocupa un papel único entre las religiones. El cristianismo eclesiástico no posee tan sólo una única nota característica en lo positivo, en lo relativo a lo humanitario y a la protección de los derechos humanos. Todo derecho humano tuvo que ser más bien impuesto contra la enconada resistencia de la Iglesia, de la católica como de la evangélica protestante.
En relación con este tema, en el año 1988 el recientemente fallecido Papa Juan Pablo II, se pronunció de manera muy significativa: «Una mujer ha de escuchar en silencio y someterse totalmente. Yo no permito que ninguna mujer imparta alguna instrucción y se coloque por encima del hombre. Primero fue creado Adán y después Eva.» Al parecer, Juan Pablo II se dejó inspirar para ello por las palabras de Pablo en la primera Epístola a los Corintios.

Volvamos a la persecución de brujas. El terreno para ello fue preparado de modo decisivo por la obra de los dominicos Heinrich Kramer, (en latín Institoris) y Jakob Sprenger, titulada «El martillo de brujas» (Malleus malificarum), un libro dirigido casi exclusivamente contra las mujeres. Como punto culminante se podría decir tal vez aquí a qué resultado llegó Kramer. Él tomó la palabra «femina» y la desmembró en las dos partículas «fe» y «minus». «Fe» con el sentido del latín fedes, la fe, y «minus» en el sentido de menos. De ello sacó en conclusión que «femina» significa «la que tiene menos fe», en el sentido de que la mujer es simplemente sólo un animal imperfecto. Hasta aquí lo que reconoció un monje dominico, que se remite una y otra vez a las declaraciones de los doctores de la Iglesia, de los que ya hemos escuchado.
En la denominada «bula de brujas», el Papa Inocencio VIII abrió en 1484 el camino para «El martillo de brujas». Los efectos de este libro y de la bula de brujas fueron monstruosos.
Hagámonos presente lo que ocurría en las cámaras de tortura de la Inquisición. En el libro «La nueva Inquisición», del conocido experto en religiones y teólogo, profesor Hubertus Mynarek, se puede leer:
«En la Iglesia estructurada de forma patriarcal y masculina, las mujeres debían ser castigadas muchas veces peor aún que los hombres herejes… Había instrumentos de tortura específicos contra las mujeres, por ejemplo, la “pera vaginal”, que se abría al girar sus tornillos y arrancaba las entrañas y la placenta. También estaban las “garras para pechos”, con las que se desgarraban los pechos. Y otras garras que se calentaban al rojo vivo, «únicamente» para dar un «mordisco» a los pechos de las madres no casadas, mientras sus hijos, tendidos a sus pies, eran salpicados con su sangre. Existía la “araña española”, es decir, garras de cuatro dedos semejantes a tijeras que se aplicaban en las posaderas, en los senos, en el estómago o en la cabeza y que a menudo también provistas de dos garras tiraban levantando los ojos y las orejas. También tenían “peras orales” para mujeres chismosas, una especie de mordaza artificiosa de hierro cuya afilada punta rajaba la garganta.»78

Quien contempla todo esto de manera realista, no puede leer sin inmutarse las despreciativas citas de aquellos doctores de la Iglesia sobre la mujer. A una persona de la época actual les parecerán absurdas y casi ridículas. Sin embargo, si se hace uno consciente de cuánto sufrimiento, de cuántos crueles asesinatos se derivaron de ellas, a uno se le va simplemente el habla.
¿Y qué dice al respecto el actual Papa Benedicto?
En vista de este trasfondo, uno debe hacerse presente la entrevista que el cardinal Ratzinger dio poco antes de ser elegido Papa, en la que declaró muy tranquilamente: «Naturalmente que nos encontramos en la continuidad de la Inquisición. Pero no puede negarse que la Inquisición constituyó un cierto progreso. Antes de ser condenados, los acusados por ella fueron siempre interrogados.»
Y cómo se llevaba a cabo tales «interrogatorios», lo encontramos ilustrado en la descripción del profesor Mynarek: Tuvieron lugar con torturas bárbaras, brutales e indignas del ser humano llevadas a cabo por sádicos que actuaban al servicio de la Iglesia católica.
En vista de esto, las declaraciones de Ratzinger de marzo de 2005 sólo pueden ser calificadas de escándalo, algo sobre lo que no se debería callar más en la opinión pública. Cualquier otra persona que quitase importancia públicamente a semejantes escandalosas crueldades, sería normalmente perseguido por los fiscales alemanes por aprobar genocidios, por aprobar crueldades inhumanas.
Hay que imaginarse si de este modo alguien quisiera quitar importancia al holocausto. ¿Qué pasaría con esta persona? ¡Pero un cardenal romano, que después es elegido Papa, se lo puede permitir! Los católicos alemanes, la opinión pública alemana y la política alemana callan al respecto. Este es uno de los motivos por los cuales en nuestros coloquios tenemos que llamar la atención tan a fondo y con tanta claridad tanto al pasado como al presente de esta Iglesia. La mayoría de las personas que todavía son miembros de esta Iglesia, no saben en absoluto a qué organización pertenecen, ni de su pasado criminal, ni cómo los representantes de esta Iglesia continúan aún hoy en día quitando importancia a estos crímenes.
Y sobre esta Iglesia está la silla de san Pedro. ¿Quién está sentado entonces en la silla de san Pedro?
Uno se lo puede imaginar: son aquellos que están a favor de estas torturas, de ese profundo desprecio a las mujeres y a muchas otras personas. Son aquellos que no hacen lo que Jesús nos enseñó, sino que totalmente todo lo contrario. Es, por consiguiente, el anticristo.

Lutero: «…¡no quiero que se tenga compasión con esas brujas!»

Todo feligrés protestante parte por lo general de la base de que él no tiene nada que ver con cosas iguales o semejantes. Por eso, preguntemos: ¿cómo es con el desprecio y la demonización de la mujer en la Iglesia protestante? ¿No estuvo involucrado Lutero en ese pasado?
Lutero, como también Calvino, estaba convencido, por ejemplo, de la existencia de un maleficio dañino y de un pacto con el diablo. También él estaba de parte de perseguir judicialmente a las brujas. Y al hacerlo se remitió al Antiguo Testamento, al Éxodo 22, 17: «No dejarás con vida a las hechiceras.» Esto tenía validez para Lutero, como se pone de manifiesto en una «Prédica sobre las brujas» que él dictó. Conocida es la cita de Lutero: «no quiero que se tenga compasión con esas brujas. Deseo que se las queme trozo por trozo». Ya de ello resulta evidente cómo era su postura frente a las brujas, pero no sólo ante las denominadas «brujas», sino para con la mujer en general. Para él, la mujeres no salen un ápice mejor paradas que entre sus colegas católicos.
Las declaraciones de Lutero sobre cómo valoraba a la mujer están impregnadas de un desprecio similar al de los ya citados padres de la Iglesia católica. En Deschner leemos: «Como cualquier padre de la Iglesia, Lutero presentó la historia del pecado original en beneficio del varón, a quien pertenece “el mando”, mientras que la mujer debe “someterse”. El hombre es “más elevado y mejor”, “guardián de una niña”: la mujer “un niño a medias”, “un animal enajenado”, “el mayor honor que ella posee es que, cuando más, nazcamos a través de las hembras”.»79
Para Lutero las mujeres son «el instrumento débil» y sólo «coherederas de la misericordia».80 La mujer, según las ideas de Lutero, sólo puede darse por bienaventurada por tener hijos, lo que para él no vale naturalmente para «las mujeres judías y turcas», tan sólo para las «mujeres cristianas». Esto no tiene nada que ver con la enseñanza de Jesús de Nazaret, como tampoco las siguientes palabras de Lutero para el caso de que una madre muera al dar a luz: «Bienaventuradas vosotras, pues morís en la obra noble y en la obediencia de Dios.»81 O más brutal aún: «El que den a luz cansadas o por último muertas, no daña en nada. Dejadlas que den a luz muertas, ya que para eso están.»82 Hasta aquí el emérito Dr. Martín Lutero, cuyo carácter siempre es presentado de manera especialmente ejemplar.

Exorcismo: expulsar demonios está nuevamente de moda. ¿Qué hay detrás?

Si se habló de que las mujeres fueron acusadas muchas veces de brujería, cabe preguntarse: ¿es acaso diferente en nuestro tiempo? También en la actualidad se escucha una y otra vez hablar de expulsión de demonios, de exorcismos.
El último caso de expulsión del demonio, que terminó de forma mortal, tuvo lugar en Alemania, en la ciudad de Klingenberg, a orillas del río Meno. El entonces obispo de Würzburg, Stangl, dio en el año 1976 el permiso para que se practicara un exorcismo a la estudiante de pedagogía Anneliese Michel. En el transcurso de las muchas sesiones de exorcismo durante medio año, la joven adelgazó de forma extrema. Al final tenía un aspecto espantoso, y por último murió, como consecuencia directa al fin y al cabo de este exorcismo. Entonces tuvo lugar un proceso en el que los exorcistas de la Iglesia recibieron condenas condicionales.
¡Y esto lo apoya el actual Papa Benedicto! En una noticia de la prensa pudo leerse que él ha creado recientemente un curso avanzado para exorcistas, que en su opinión ofrecerá un «importante servicio para la Iglesia».83
El exorcista jefe en el Vaticano, el padre Gabriel Amorth, ya ha llevado a cabo más de 40 exorcismos. El periódico alemán Hamburger Abendblatt, describe cómo es el lugar donde practican estos exorcistas: «Se trata de un lúgubre lugar en las cercanías del Vaticano. El mundo normal parece desaparecer allí tan pronto como se entra en el monasterio. Detrás de este monasterio hay una sala de baño muy sombría. Allí hay grilletes para encadenar a las víctimas en el caso de que estén poseídas fuertemente por el demonio, y por todas partes cuelgan imágenes de santos en las paredes.» Estas pocas palabras dejan entrever cómo es la práctica diaria del exorcismo con la bendición del papado.

A más de alguno le sobrecogerá entonces la preocupación de que en el Vaticano la Inquisición pueda ser modernizada, para tal vez poder ser nuevamente aplicada bajo la denominación de «expulsión de demonios».
Esta preocupación es justificada, pues hoy existe la «Congregación para la enseñanza de la fe», que en última instancia no hace otra cosa que continuar con el Tribunal de la Inquisición bajo otro nombre, ¿y tal vez ampliarlo más aún? Por eso no se sabe lo que tal vez dentro de poco hemos de esperar de este tribunal.

Algo totalmente normal en el pasado lejano y más reciente de la Iglesia: abusos sexuales en cualquier ocasión. Los hijos nacidos y no previstos eran asesinados

Una mujer corre peligro en las Iglesias católica y luterana. Precisamente a las mujeres que pagan sus impuestos a la Iglesia, que van a la iglesia, tanto si ellas son católicas o luteranas, habría que aconsejarles que apliquen lo antes posible lo que la voz del Cielo aconsejó a Juan de Patmos: «Sal de ella, pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas.» (Ap 18, 4)
Qué tipo de plagas impusieron a las mujeres los hombres de Iglesia, es algo que en realidad se ha dado a conocer sólo muy moderadamente en esta transmisión, porque la verdad es tan cruel, que ésta no se puede divulgar en absoluto a través de un programa de radio.
Y esto no es algo que sólo pertenezca al pasado. Retrocedamos un poco al año 2001 y recordemos los titulares de los periódicos de entonces: «El Vaticano admite: sacerdotes obligan a monjas a tener relaciones sexuales. Obispos en África obligan a mujeres a mantener relaciones sexuales». Todo esto el Vaticano lo relativizó en aquel entonces, diciendo que se trataba de una excepción: Sin embargo, poco después y de 24 países se dieron a conocer casos semejantes, entre ellos en Brasil, Colombia, la India, Filipinas, Italia e Irlanda, o sea también en Europa. Una superiora que buscó la ayuda de un obispo fue castigada disciplinariamente.
Vemos así que también en el año 2001 –es decir, en la actualidad– a las mujeres no se les concede ninguna dignidad como ser humano por parte de la Iglesia. Que estos abusos sexuales no son casos excepcionales, lo demuestra un estudio efectuado en los Estados Unidos. Según éste, el 40% de las monjas americanas, es decir unas 34.000 mujeres, han sido víctimas, por lo menos una vez, de abusos sexuales por parte de sacerdotes o de otras monjas. Aquí no se puede hablar ya de casos aislados.

Más de una persona se sorprenderá ahora de todo esto, puesto que al comienzo de esta emisión escuchamos que se dice que las mujeres son «la puerta de entrada del diablo». Y los Papas que dijeron esto, seguro que pensaban que como hombre uno debería mantenerse alejado de las mujeres. Es, pues, sorprendente que ahora en nuestros días ocurran estos abusos. Hay que partir entonces de la base de que las mujeres que con rostros contemplativos aclaman al Papa en la Plaza de san Pedro, pueden estar seguras de que por lo menos aquel que está sentado en la silla de san Pedro, se esfuerza por cumplir ese ascetismo y se abstiene de usar «la puerta de entrada del diablo»…
Volvamos a echar una mirada a la práctica de la Iglesia en el pasado. Existen muchos informes sobre cómo fue la realidad en el terreno de los hechos, p. ej., durante los concilios. Cientos de concubinas y prostitutas acudían a ellos con los obispos y estaban presentes durante las reuniones de la Iglesia. Citemos aquí del libro de historiador Karlheinz Deschner «Cargar con la cruz que es la Iglesia» –un libro por cierto muy recomendable, no sólo para las mujeres: «En los actos oficiales y grandes congregaciones de la Iglesia tampoco faltaban las señoritas acompañantes. A la reunión de la Dieta, del Reichstag en Frankfurt, en 1394, acudieron 800 prostitutas, a los concilios de Basilea y Constanza supuestamente 1500. También los funcionaros que estaban de viaje podían contabilizar como gastos sus visitas a los burdeles.»
«No es casualidad que los lugares de residencia de los Papas estuvieran especialmente inundados de rameras. Petrarca informa sobre esto en el caso de Avignon, y Roma brilló durante mucho tiempo por la cantidad de sus puellae publicae (mujeres públicas).
En el año 1490 una estadística muy fiable muestra a 6.800 vírgenes honorarias en una población que no llegaba a los 100.000 habitantes. Una romana de cada siete era una prostituta, y quizás surgieron así las modernas cortesanas (…) en las residencias papales de Avignon. Allí había una multitud de mujeres bellas, y una mujer que se encontrase cerca de uno de los príncipes de la Iglesia sólo podía ser la querida, lo que luego continuó también en Roma.» (Pág. 370)

Las queridas quedaban a veces embarazadas. Los métodos anticonceptivos no funcionaban en aquel entonces tan bien. O sea que una y otra vez nacían niños. ¿Y qué se hacía con ellos?
En la obra de Deschner puede leerse que en el convento de santa Brígida, en la ciudad alemana de Stralsund y en el monasterio Mariakron (la corona de María), se encontraron «ocultos y enterrados cabezas de niños y cuerpecitos enteros» (pág. 139). En un estanque vaciado de un monasterio romano se dice que incluso aparecieron miles de esqueletos de niños. Los hijos de las monjas o de los religiosos que escapaban a ese destino en la mayoría de los casos eran convertidos sin miramientos en esclavos de la Iglesia.

Por el contrario, ¡cuán hipócrita es el llamamiento que hizo el cardenal alemán Meisner cuando echó pestes contra el aborto! Él dijo: «Primero fue Herodes quien hizo matar a los niños de Belén, después entre otros fueron Hitler y Stalin quienes hicieron aniquilar a millones de personas, y en la actualidad, en nuestra época, son asesinados millones de niños aún no nacidos.» Esto se puede leer en la revista alemana Spiegel del 7 de enero de 2005. De su institución no dijo ni una palabra, sobre todo de lo que sus representantes han hecho con vidas ya nacidas o por nacer durante todos los siglos y milenios.
¿O tal vez incluyó Meisner automáticamente a su institución? Esto es de suponer ya que la hipocresía de la Iglesia católica no conoce límites. También en el año 2005 el Vaticano condenó la prostitución por ser una moderna esclavitud. Y ya hemos escuchado quién es en mayor o menor medida el responsable principal de que la prostitución haya avanzado tanto en los países «cristianos». O sea que en hipocresía es prácticamente imposible superar al Vaticano.
Ahora se comprende también cuando Goethe hace decir a su Mefistófeles: «La gente llana jamás siente al diablo, aunque éste la tenga agarrada por el cuello.»

Por parte de la Iglesia no hay ni reconocimiento sincero de la culpa ni reparación del mal

Aquí hay que preguntarse: ¿han expiado la silla de san Pedro y la Iglesia luterana sus inconcebibles crímenes contra mujeres y niños?

Echemos primero una mirada a la postura de la Iglesia luterana. La Iglesia luterana declara aún en la actualidad que quiere mantener en alto la tradición de Lutero y considera a Lutero como un ejemplo. Esto se puede leer también en Internet en la declaración de los obispos de la Iglesia evangélica luterana de Alemania. Seguro que en una u otra declaración se deplora debidamente el antisemitismo de Lutero. Sin embargo, en general esta Iglesia no se ha separado de su figura ejemplar, a pesar de que Lutero incitó a matar y a asesinar; a pesar de ser el promotor espiritual del holocausto; a pesar de ser, entre otras cosas, el responsable de las quemas de brujas. Hasta aquí lo que respecta a la Iglesia evangélica luterana.
La Iglesia católica romana presentó una declaración en el año 2000 a través del Papa Juan Pablo II, pero no en el sentido de que ella, como Iglesia, hubiera pecado mediante las Cruzadas, mediante la Inquisición y los crímenes contra personas, contra grupos de personas y con el exterminio de pueblos enteros, sino en el sentido de que desgraciadamente algunos cristianos en particular habían pecado, habían cometido errores que son lamentables. El Papa de entonces vendió esto a la opinión pública como un gran mea culpa de su Iglesia.
En realidad, esto no es más que una gran mentira. Hay tantas bulas papales y proclamaciones a favor de la Inquisición, a favor de la persecución de brujas y de la persecución de judíos. Tan sólo para la persecución de los judíos existen unas 30 bulas papales, escritos oficiales del Papa. Él no puede afirmar sencillamente que algunos de sus seguidores en particular habrían cometido errores que son lamentables.
Por lo demás, la pregunta sobre la reparación del mal cometido queda aún abierta. Acaba de ser expuesto que ni siquiera se ha hablado de un reconocimiento de la culpa, ni mucho menos de una reparación. ¿Qué significaría una reparación? De una reparación sólo se puede hablar si no se comete más lo mismo y se repara lo que se hizo. De esto último no puede hablarse si pensamos, p. ej., en los abusos de los sacerdotes, de los que ya hemos informado. En todo el mundo hay miles de delitos sexuales por parte de sacerdotes católicos que ahora están siendo descubiertos. O si hablamos de la Inquisición: la Inquisición tiene lugar hoy en día al igual que antes, sólo que con otros métodos. Así pues: ni la Iglesia luterana ni la Iglesia católica han expiado su culpa, ni que decir de que hayan reparado o compensado económicamente el mal cometido.

Expulsiones de demonios, exorcismos: ¿preparaciones para una nueva Inquisición?

En lo referente a la Inquisición, no se debería excluir la idea de que el Papa actual esté creando en Roma una cuasi Inquisición moderna que comienza con la expulsión de demonios, puesto que el cardenal responsable del ceremonial, el que durante mucho tiempo fue candidato seguro a Papa, el cardenal Francis Arinze, dijo que a veces tenía la impresión de que «a los verdaderos guardianes de la herencia católica se les podía encontrar al sur del Sahara.»84 Se sabe lo que está al sur del Sahara: allí tiene su dominio el culto vudú. Y si nos imaginamos la descripción del aspecto que tienen las salas usadas para la expulsión de demonios y cómo las personas, p. ej., son atadas durante esas ceremonias, todo tiene mucho sabor a edad media, esto es, a Inquisición.
Las nuevas expulsiones de demonios se justifican entre otras cosas con el hecho de que el satanismo está ganando terreno. Esto significa que alguien que está sentado él mismo en la silla de Satanás acusa aquí a otros de satanismo. Se ve que se está tramando algo, que hay algo en marcha. La persona despierta y con capacidad analítica se pregunta: ¿se está preparando tal vez algo? ¿Se vuelven a buscar pretextos? ¿Se está llevando a cabo nuevamente un fraude de etiquetas? El diablo sabe enhebrar astutamente los hilos de sus actos…

El Papa Benedicto XVI, como ya se ha mencionado, dispuso como una de sus primeras actuaciones como Papa, que se creara un curso para la expulsión de demonios, al que ya se han inscrito muchos clérigos que desean aprender cómo se lleva a cabo un exorcismo. Sobre el concepto «expulsión de demonios» se piensa tal vez en primera instancia en algo espectacular, que el demonio se manifiesta. Pero no nos engañemos. Según las enseñanzas católicas romanas, todos los que conocen las enseñanzas católicas y no las aceptan, están aliados con el diablo. Esto hace suponer que por ello el ámbito de la expulsión de demonios podría ser ampliado, pues de acuerdo con el punto de vista católico muchos están siendo atacados por el demonio.
Aquí podría peguntarse: ¿dónde tendría entonces que empezar el diablo? ¿Tal vez directamente con la silla de san Pedro? ¿Y sobre qué está la silla de Pedro? ¿Sobre qué se construyó y cuál es su fundamento? Pero posiblemente el diablo no empezará por allí…
En cualquier caso se podría recomendar a todas las mujeres, a nuestras hermanas, que se salgan de este club de personas débiles que sólo quieren hacerse destacar como los que aparentemente siguen a Jesús. En realidad, estos débiles siguen a aquellos que les han abierto la puerta. ¿Y cómo se llama esa puerta? La puerta de entrada del diablo.

Estimados lectores, estimados oyentes, algunas de las cosas sobre las que esta emisión les ha informado, puede que les suenen quizás algo horribles y tal vez algo más crudas que en nuestros programas anteriores. Sin embargo, pueden estar seguros de que se trata tan sólo de la punta del iceberg.
Cada uno puede pertenecer al culto al que desee pertenecer. Pero si este culto con efectos tan extremamente brutales, y semejantes enseñanzas satánicas, utiliza precisamente para ello el nombre de Jesús, el Cristo, para engañar a las personas, los cristianos originarios no queremos callar.
Naturalmente que todo el mundo tiene la libertad de hacer o de no hacer lo que quiera. No obstante, en relación con estos hechos –precisamente con los que tienen que ver con el desprecio de la dignidad de las mujeres o con tales prácticas de expulsiones de demonios– alguna que otra persona podría pensar también en sus hijos, antes de dejarlos a cargo de una institución tal, de la que se sabe que también en la actualidad comete miles y miles de graves delitos contra los niños. ¡Decidan inteligentemente! Repetimos: cada uno tiene la libertad de hacer lo que desee. Pero piensen también en sus hijos.
Y cuando se hayan decidido, nos permitimos transmitirles en esta ocasión el consejo de una joven cristiana originaria: búsquense una comunidad donde se siga realmente a Jesús, el Cristo.
Y en el caso de que esto aún no sea de su conocimiento: Dios habla nuevamente en este tiempo. No es casualidad que Él nos hable a los seres humanos a través de una profeta, es decir, de una mujer. Pues este hecho demuestra, entre otras cosas, que hombres y mujeres son iguales ante Dios, más aún, que todos los hombres son iguales ante Dios y que cada persona, sea hombre o mujer, puede encontrar a Dios en su interior, en tanto se recoja en un aposento tranquilo y se dirija allí a Dios en una oración.
Si lo desean, ustedes están también cordialmente invitados a visitar las reuniones de los cristianos originarios que tienen lugar en muchos países de esta Tierra. Más informaciones las pueden obtener en Internet o escribiendo a DAS WORT (La Palabra), apartado 5643, código postal 97006 de Würzburg, Alemania.

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En el Tomo 2 de la serie
«Sólo para personas despiertas y con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» están contenidas las emisiones de radio desde la sexta a la undécima.

Este libro lo puede adquirir si lo desea
en la Editorial La Palabra.

 

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