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La huella sangrienta de la Iglesia


«Ninguna organización del mundo que se haya cargado de crímenes durante tanto tiempo, de forma tan prolongada y terrible como la Iglesia cristiana»

Estimadas lectoras, estimados lectores, ¿se sienten también ustedes una y otra vez profundamente conmovidos y horrorizados cuando por los medios de comunicación se enteran de asesinatos y masacres por motivos religiosos, como por ejemplo en Nueva York, en Londres, Madrid, Bagdad, en Israel o en otros lugares de esta Tierra? ¿Consideran estos hechos como crímenes abominables que es preciso condenar de la manera más enérgica? ¿Y se preguntan también de vez en cuando dónde viven tal vez los peores delincuentes o terroristas?

Antes de que emitan un juicio apresurado, deberían saber lo que el conocido y varias veces premiado escritor y científico, Karlheinz Deschner, ha comprobado ya hace decenios en su libro «La Iglesia ofendida o ¿quién altera la paz pública?» Deschner escribe: «Después de ocuparme intensamente de la historia del cristianismo, en la Edad Antigua, en la Edad Media y en la Edad Moderna, incluyendo de forma especial el siglo XX, no conozco ninguna organización del mundo que se haya cargado de crímenes durante tanto tiempo, de forma tan prolongada y terrible como la Iglesia cristiana, especialmente la Iglesia católica romana» (Pág. 42-43).
En vista de la exactitud y evidencia de esta apreciación, es en realidad desacostumbrado que Deschner la pueda difundir sin que esto tenga consecuencias para él. Aquí cabe sólo la conclusión de que la grave declaración de Deschner sobre el carácter criminal, especialmente de la Iglesia católica, no se puede ni negar ni desmentir. La manera como Karlheinz Deschner llegó a esta comprobación de hechos lo pueden leer en sus numerosos libros, algunos de los cuales ya han sido traducidos al español.
Pero también los datos y explicaciones siguientes de la serie «Para personas con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?», le mostrarán la huella sangrienta de la Iglesia en algunos pocos ejemplos provenientes de la gran cantidad de crímenes e increíbles crueldades que ésta ha cometido. Muchos de ustedes se sentirán conmovidos, otros por su parte ya no se sorprenderán porque han escuchado nuestras transmisiones anteriores y saben cuál es la institución tan cuestionable que utiliza el nombre de Cristo para sus maquinaciones. El destapar este abuso del nombre de Jesús, el Cristo, para ser utilizado por un culto idólatra totalitario, es el motivo por el cual nosotros como cristianos originarios difundimos la verdad sobre la silla de san Pedro por todo el mundo.

Jesús rechazó todo tipo de violencia. La silla de san Pedro descolló en la historia como instigadora de la guerra

Jesús era pacifista. Él rechazó todo tipo de violencia y dijo: «Quien tome la espada, morirá por la espada». Y también los primeros cristianos vivían sin hacer uso de la violencia, de forma completamente pacífica. Ningún soldado ni cazador podía ser miembro de las comunidades cristianas originarias, a no ser que dejase primero de ejercer su oficio. Bajo el reinado de Constantino las cosas cambiaron completamente:
En el año 314, en el Sínodo de Arelate, la actual ciudad de Arles, en el Sur de Francia, la Iglesia de aquel tiempo decidió expulsar a todo aquel que se negase a cumplir el servicio militar exigido por el emperador romano. Hay que tener en cuenta que hasta entonces entre los pacíficos cristianos originarios se excluía a todo aquel que tomase las armas, y ahora, por el contrario, se empezó a excluir a todo aquel que abandonara y rindiera las armas. Es decir que tuvo lugar un giro de 180 grados, alejándose así de la enseñanza original. Desde ese momento la Iglesia no sólo incitó al Estado a actuar contra las personas que tenían otra forma de pensar y una fe diferente sino que también contra pueblos enteros. Éste fue el inicio de la huella sangrienta de la Iglesia.

Una breve mirada a la historia muestra el transcurso posterior: En el siglo VI, los clérigos del imperio bizantino, así como también el Papa de Roma de aquel entonces, incitaron al emperador Justiniano a que hiciera la guerra a los vándalos y a los ostrogodos. Los vándalos vivían en ese tiempo en el norte de África y los ostrogodos en Italia. Aquí ya se muestra el deseo del Papa de apoderarse del poder en Italia, ya que los ostrogodos no eran católicos sino que cristianos arrianos. La Iglesia logró en aquel entonces que el emperador Justiniano exterminara a estos dos pueblos, y así Italia fue devastada del mismo modo que Alemania durante la guerra de los 30 años. En el siglo VIII el Papa Esteban II cruzó los Alpes y viajó a donde el rey de los francos, Pipino, para exigirle que hiciera la guerra a los longobardos o lombardos. Y aquí volvemos a vivir lo mismo. Los longobardos dominaban en Italia, el Papa quería apoderarse del poder en aquel país, los longobardos se le interponían, fueron vencidos y desaparecieron del mapa. Al mismo tiempo, el Papa Esteban, por medio de una superchería desvergonzada, la llamada «Donación de Constantino», logró hacer valer la supuesta entrega de territorios al papado: en base a un documento falsificado se aseguró que el emperador Constantino 400 años antes había regalado al Papa toda la península itálica, incluida Roma. Ya en aquel entonces empezó así la historia de los llamados Estados Pontificios, en los que el Papa como soberano profano dirigiría a un regimiento asegurado militarmente.
En el siglo XI fue el Papa Gregorio VII quien provocó una guerra civil en Alemania; aquí ya no se trataba de Italia sino del poder en el imperio alemán. Alemania fue devastada durante decenios y con la división de la misma se fortaleció en última instancia el poder de la Iglesia.
Dicho sea de paso, la frase predilecta del Papa Gregorio era: «Maldito sea el que prive a su espada de sangre», una frase del Antiguo Testamento (Jr 48,10). Ya a esta altura vemos que el Antiguo Testamento era empleado con mucha frecuencia para justificar guerras y violencia. ¿Por qué? Porque en el Antiguo Testamento hay muchas cosas que no fueron inspiradas por Dios sino que son obra humana. Más información al respecto en «Para personas con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?». Tomo 1.
En el siglo XII sucedió así que el Vaticano apoyó primero a la dinastía de los Hohenstaufen, bajo el emperador Barbarroja, contra los normandos. Después cambió de lado y apoyó a los normandos contra los Hohenstaufen. La llamada «Santa Sede» siempre apoyó en el momento oportuno a los pueblos que precisamente eran los más poderosos, para consolidar así su propio poder. La guerra de los treinta años en Alemania difícilmente hubiera tenido lugar si no hubiese sido por el hostigamiento bélico ejercido en la corte de los Habsburgo, especialmente por los jesuitas.

Algún lector podría objetar aquí: «Eso pasó en aquel entonces. ¡Hoy en día las cosas son diferentes!». ¿Pero son realmente diferentes? ¿Se mantiene las espadas alejadas del derramamiento de sangre, o se las mancha más que nunca de sangre?

Los representantes de las Iglesias fomentaron el fratricidio también en el siglo XX

Una mirada al siglo XX muestra claramente que la Iglesia, igual a como siempre actuó en el pasado, no combate el derramamiento de sangre sino que lo fomenta. En la primera guerra mundial, el embajador del Vaticano en Viena exigió del gobierno austriaco de entonces más dureza, dicho textualmente: que «actuara más enérgicamente» contra Serbia, y con ello provocó de hecho la primera guerra mundial. También en la segunda guerra mundial los obispos alemanes proclamaron hasta el final consignas para que los soldados se mantuvieran firmes y no se rindieran. Después de la guerra naturalmente que no querían saber nada más de aquello, pero durante la guerra los obispos alemanes incitaron hasta el final a los soldados a continuar la guerra. Uno de ellos, el cardenal conde de Galen, de la ciudad de Münster, entretanto ha sido beatificado y se le celebra como gran luchador de la resistencia por su acción en contra de la eutanasia y de la matanza de incapacitados. Sin embargo, la vida de los soldados por lo visto le parecía menos valiosa. El conde de Galen todavía en el año 1942 hizo elogiar en una pastoral a los soldados caídos: «Ellos querían donar su sangre para que el pueblo enfermo de debilidad senil y otros males sanara y floreciera juvenilmente. Ellos querían abatir el bolchevismo en una nueva cruzada con la consigna de guerra “Dios lo quiere”, tal como el liberador español Franco elogió con consignas cristianas hace pocos años a los soldados en un discurso en Sevilla»*.
Pero no sólo este hombre de Iglesia fomentó la matanza de hombres contra hombres, de hermanos contra hermanos. Poco antes de finales de la segunda guerra mundial, en enero de 1945, el obispo de Würzburg, Ehrenfried, incitó a los creyentes diciéndoles: «Poneos del lado del orden estatal. En el espíritu de san Bruno os puedo vitorear: Justamente en tiempos de necesidades, cumplid vuestro deber para con la patria. Pensad en la advertencia de san Pablo: ‘Que cada uno se supedite al poder de las autoridades’»*.  Uno se puede figurar cuántos millones de soldados fueron a la muerte en las batallas y mataron a otros o bien fueron matados por haber creído a este alto dignatario eclesiástico. También los obispos protestantes luteranos difundieron cosas semejantes hasta el fin de la guerra e incitaron a odiar al enemigo encubriéndolo con el manto del amor a la patria.

Durante el genocidio en Croacia (1941-1943), también hubo clérigos que estuvieron implicados, p. ej., los monjes franciscanos. Uno de ellos era director de un campo de concentración. Pero lo más grave es que el ex arzobispo Stepinac, de la ciudad de Zagreb, estuvo de parte del líder fascista Pavelic. Este obispo Stepinac fue también el sacerdote castrense superior de la milicia fascista «ustacha», que asesinó a unos 750.000 serbios ortodoxos. Aquí se ve nuevamente que la vida de aquellos que tenían otras creencias, que pensaban de otra manera y tenían otras confesiones no tenía ningún valor cuando la Iglesia católica estaba en el poder. El ex Papa Pío XII recibió varias veces en audiencia al líder ustacha Pavelic y lo despidió siempre con los mejores deseos «para la tarea posterior a realizar». En 1988, el mencionado arzobispo Stepinac fue beatificado por el Papa Pablo II.

Esto pasó no sólo en Yugoslavia. El Vaticano colaboró en aquella época con todos los regímenes fascistas de Europa. Según el diccionario alemán Duden, el fascismo es una «forma de dominio, un movimiento radical de derechas, organizado según el principio de liderazgo, nacionalista, antidemocrático, antisocial y anticomunista». Algo poco conocido por la opinión pública es cuán intensamente el Vaticano apoyó al régimen de Mussolini en Italia. Esto se puso de manifiesto, por ejemplo, durante la invasión de Abisinia en 1935. «Según las declaraciones de un especialista norteamericano de la universidad de Harvard, por lo menos 7 cardenales italianos, 29 arzobispos y 61 obispos apoyaron de inmediato la ocupación fascista»*.
Algo parecido sucedió en España cuando el régimen de Franco se apoderó del poder. También en ese caso la Iglesia, obispos y clero, rindieron homenaje al nuevo caudillo. El Papa Pío XII, por ejemplo, escribió lo siguiente a Franco el 1 de Abril de 1939: «Elevando nuestro corazón a Dios, nos alegramos con vuestra excelencia por la victoria tan añorada por la Iglesia católica. Albergamos la esperanza de que su país, después del restablecimiento de la paz, retome nuevamente con nueva energía las antiguas tradiciones cristianas»**.
Lo que debía entenderse por retomar las «antiguas tradiciones cristianas», lo demostró Franco en los años siguientes. Más de 100.000 republicanos fueron a parar principalmente a las prisiones y a una muerte por fusilamiento –nótese bien– después de haber terminado la guerra.
Quizás más de uno diga ahora de nuevo: «¿Qué me interesa el año 1939 o el 1941? Yo no había nacido entonces. Hoy es todo diferente». ¿Es de veras diferente?
Al respecto es interesante escuchar lo que el actual titular de la silla de san Pedro, el señor Ratzinger, dijo siendo cardenal. El 11 de Abril de 2003, a través del noticiario católico Katnet, se difundió una noticia sobre la reacción de la «Santa Sede» después del ataque bélico de USA contra Irak y la toma de Bagdad por las tropas americanas. El cardenal Ratzinger dijo textualmente: «Nos alegramos de que haya sido así. No se podía prever lo que hubiese podido suceder. Con armas químicas todo hubiese sido posible, pero ahora podemos empezar desde el principio». Esto es lo que declaró el entonces «Prefecto de la Congregación para la doctrina de la Fe»; ahora es el más alto funcionario católico. Sus declaraciones se ajustaron en su contenido a las declaraciones y expresiones del gobierno norteamericano.
Sin embargo, las personas más importantes de entonces que representaban la parte norteamericana, tienen ahora en parte mala conciencia. En los medios de comunicación se escuchó que el ex ministro de asuntos exteriores, Powell, quien justificó entonces la guerra ante la opinión pública mundial en las Naciones Unidas, hoy se ha disculpado, diciendo más o menos que el capítulo más oscuro de su vida fue cuando mintió a la opinión pública mundial en base a antecedentes falsos. Por lo visto hay personas que todavía se avergüenzan y disculpan por tales cosas. En cambio, del Vaticano no se ha escuchado hasta hoy ninguna disculpa por la actitud que se reflejaba en las palabras del señor Ratzinger. Todo lo contrario: en noviembre de 2004, pocos meses después de haber sido elegido Papa, Ratzinger rechazó el pacifismo como algo «no cristiano» (Radio Vaticana, 23.11.2004). De este modo él rechazó a Cristo, que era pacifista.

También en la actualidad la silla de san Pedro apoya la guerra

El Papa Juan Pablo II, quien hasta ahora ha sido aclamado como un gran pacificador, fue en verdad también un propulsor de la guerra. Por ejemplo, en 1991, durante la guerra contra Irak, que fue llamada la Guerra del Golfo, dijo públicamente: «No somos ningunos pacifistas. No queremos una paz a toda costa, sino que una paz justa, paz y justicia»*.
Aquí vemos entonces cuán profundamente enraizada estaba en el Papa Juan Pablo II la antigua enseñanza de san Agustín de la llamada «guerra justa», habiendo encontrado también acceso a su catecismo. En 1995, cuando la guerra en Yugoslavia estaba en su punto más álgido, dijo él en Bosnia: «El derecho a la defensa ha de ponerse en práctica para la  protección de la población civil en una guerra injusta». Cuando después de esto el periódico Abendzeitung de Munich publicó un gran titular que decía: «El Papa llama a la guerra», muchos lo entendieron como una exhortación, más aún, como una invitación a la guerra. El cardenal Meisner, de la ciudad alemana de Colonia, una persona de mucha confianza y admirador de aquel Papa así como del actual, durante una prédica ante soldados dijo lo siguiente el 30.1.1996: «A un soldado que alabe a Dios se le puede otorgar de buena fe la responsabilidad por la vida y la muerte de otros, porque en él ellos están asegurados al mismo tiempo por la santidad de Dios». «¿A quién se le podría ocurrir entonces discriminar a soldados, que también son personas que rezan, tachándolos de asesinos? No, en manos que rezan, las armas están seguras de no ser mal usadas»*. ¡Esto es entonces la ideología católica!

En la misma línea está el nombramiento de obispos castrenses y sacerdotes militares, cuyo cometido es apoyar moralmente a los soldados. Las consecuencias que esto tiene lo pudimos leer en el año 2003. De acuerdo con una noticia de la agencia católica de prensa KNA del 26 de marzo de 2003, el arzobispo castrense de los EE UU, Edwin O´Brian, dijo que las tropas destinadas a la guerra de Irak podían luchar con buena conciencia. Él explicó que es «totalmente razonable que los miembros de nuestras fuerzas armadas partan de la base de la integridad y capacidad de tomar decisiones de nuestros jefes, y que por ello cumplan sus obligaciones militares con buena conciencia».
Esto no es otra cosa que un escarnio total de la enseñanza de Jesús. Es inimaginable que Jesús, el Cristo, hubiera apoyado una guerra: Él enseñó la renuncia absoluta a la violencia.

¿Por qué los agitadores eclesiásticos de la guerra no van hoy a la cabeza del ejército?

Fundamentalmente habría que preguntarse, ¿se puede lograr tener paz y justicia en base al dolor, a sangre humana, crueldad y muerte? Y además: si en tiempos pasados los jefes del ejército iban del modo más natural al frente de los soldados, ¿por qué los actuales instigadores de la guerra no van hoy a la cabeza del ejército?
De hecho, en la Edad Media los Papas acudían a los campos de batalla, también iban obispos, algunos de los cuales morían durante las operaciones militares. En cambio hoy en día los Papas, los obispos y los teólogos justifican la guerra y llaman a la guerra, pero ponen mucho cuidado en no tomar un arma en sus propias manos. ¿Por qué no lo hacen? Si encuentran que la guerra es algo tan justificado, ¿no deberían ir ellos por delante, dando con ello un buen ejemplo a los soldados?
Más aún, ¿no se debería pedir acaso a todos aquellos ciudadanos que están a favor de la guerra que fueran a la cabeza del ejército y se mostraran como «buenos ejemplos»? ¿Cómo se llaman todos aquellos que abogan por la guerra? ¡Llamémosles! ¿Quién debería ir a la cabeza del ejército, es decir, ser el jefe del ejército?
Algo muy actual sería pedirle al señor Ratzinger que él mismo vaya a la guerra, pues después de todo él ha advertido de los peligros que conlleva el pacifismo, rechazándolo como algo «no cristiano», así como lo dijo en el año 2004. Por tanto, señor Ratzinger, si el pacifismo es algo «no cristiano», ¡tome la espada en la mano, o bien el arma, y vaya a la guerra!
También el Sr. Meisner debería naturalmente ser enviado de igual modo al frente, puesto que él tiene también «manos que rezan», en las que como él mismo dijo, «las armas están seguras de no ser mal usadas». El cardenal Meisner puede ahora aplicarse su frase a sí mismo y convertirse en un «soldado que alaba a Dios». Entre muchos otros, también el arzobispo Angelo Comastri mostró aptitudes para engancharse en el servicio militar. En el año 2000, en el santuario mariano de Loreto, él bendijo una escuadrilla de combate de la fuerza aérea italiana. La fotografía llenó los titulares de la prensa: El obispo bendice con el hisopo del agua bendita los aviones militares del ejército del aire italiano*. ¿No sería más digno de crédito si él mismo se sentara en una de estas máquinas, pues al fin y al cabo dio su bendición para que se arrojen bombas sobre sus semejantes?
En realidad, todos los obispos castrenses deberían marchar en primera fila al frente de sus soldados, por ejemplo, el recientemente nombrado obispo Mixa, de la ciudad alemana de Augsburgo, quien se ha destacado como obispo militar de la institución católica. También a él podríamos pedirle que en un próximo combate marchara al frente de sus soldados.

También el padre Eberhard de Gemmingen, que dirige las emisiones de la Radio Vaticana en alemán, debería igualmente ir a la guerra, puesto que defiende la «guerra justa». Contestando a la pregunta de si la teoría de la «guerra justa» no contradice la postura que tuvo Jesús, él dio la siguiente respuesta: «Jesús, con su llamada a no hacer uso de la violencia, sólo me está dando un consejo. No se trata de ninguna orden, no es un mandamiento. La ley natural permite la defensa propia». Y a la pregunta de si Jesús no había sido pacifista, respondió: «Yo preferiría no calificar a Jesús de pacifista, pues de esa forma se le encasilla en un grupo ideológico». Por tanto, el padre Eberhard de Gemmingen sería también un candidato apto para participar activamente en conflictos bélicos.

La declaración del Sr. von Gemmingen sobre Jesús es bastante significativa. El ser humano hace uso de la violencia; el ser humano provoca guerras; la Iglesia apoya las guerras, llama incluso a hacerlas y sostiene la opinión de que quien vence, tiene la razón. Y también opina que todo aquel que representa lo que enseñó Jesús de Nazaret es un «ideólogo». Jesús de Nazaret enseñó –y Cristo lo vuelve a enseñar en Su palabra profética a través de Gabriele– que por medio de la violencia y la guerra no se puede obtener la justicia ni un mundo mejor, sino que con ello sólo se logra obtener una reacción violenta. En los ojos de la Iglesia esto es una «ideología», un concepto del mundo que nadie debería representar. Aquí se muestra entonces de manera muy clara qué clase de espíritu reina en la Iglesia. Ella no está de parte de Dios sino que está de parte del adversario de Dios.
La declaración de Gemmingen es también significativa en otro aspecto: ¿Es que acaso él no conoce su propia Biblia? ¿Qué enseñó Jesús, el Cristo, y cómo se comportó? ¿No fue así que amplió el Mandamiento de «No matarás» en Su Sermón de la Montaña? Cuándo se le quería hacer prisionero, ¿no actuó de tal modo que incluso prohibió a Su discípulo emplear la violencia para defenderse, diciéndole: «Envaina tu espada»? Y añadiendo después: «...pues todos los que cojan la espada, perecerán por la espada».

Está claro que Jesús no era un hipócrita. Está claro que tampoco fue un arribista que se acomodaba a las situaciones, sino que siempre dijo abiertamente la verdad. Él puso en claro las cosas. Él explicó. Él advirtió. Pero Él nunca llamó a que se hiciera uso de las armas. Tampoco jamás llamó a que se llevara a cabo una «guerra justa». Jamás aprobó el más mínimo empleo de la violencia. Por eso, si hoy alguien, pretendiendo hablar en Su nombre, apoya la guerra y condena el pacifismo, entonces se sabe quién está detrás de ello, una vez más la silla de san Pedro, un culto idólatra totalitario con sus servidores fetichistas, que son los que para conseguir sus fines abusan de la manera más vergonzosa de la enseñanza de Jesús, el Cristo.
En el libro de Karlheinz Deschner, «Y una vez más cantó el gallo» se puede leer una declaración del profesor Gundlach, un jesuita que temporalmente fue rector de la universidad gregoriana en Roma: «El Estado tiene que ser portador y defensor del derecho, él no puede practicar el Sermón de la Montaña». Y aún cuando el mundo se hundiese con una guerra atómica, esto significaría poco, porque –como explica el jesuita– «en primer lugar tenemos la certeza de que el mundo no durará eternamente, y en segundo lugar no tenemos la responsabilidad por el fin del mundo. Con ello podemos decir que Dios, el Señor, que por su providencia nos ha conducido a semejante situación o nos ha hecho llegar a tal situación, en la que tenemos que dar esta declaración de fidelidad a su orden, es él quien toma la responsabilidad por todo ello». (Pág. 674) Para colmo de la vergüenza y encima de todo, a quien se Le hace asumir la responsabilidad es a Dios.

La Iglesia tampoco se avergüenza de tergiversar y falsificar las palabras de Jesús, el Cristo. Cuando Jesús dijo: «Quien coja la espada, perecerá bajo la espada», esto podría haber sido una advertencia que resulta evidente al sentido común. Pero en las biblias de la Iglesia las palabras de Jesús a menudo han sido traducidas de forma errónea. Así se dice en algunas de ellas: «Quien tome la espada, deberá morir por la espada», de lo cual a su vez se deduce que uno sin duda se puede defender entonces con la espada o incluso hacer guerras. Más aún, esta declaración presenta justamente cómo que es la voluntad de Dios y la consecuencia lógica de el que aquel que por su parte ha desenvainado primero la espada «debe morir». ¿No es esto otra cosa que burlarse conscientemente de Jesús, el Cristo?

La silla de san Pedro aseguró a todos los que participaran en las Cruzadas la absolución de todos sus pecados

Lo que la Iglesia representa en este caso se puede denominar con todo derecho una ideología pagana. ¿Y qué consecuencias, efectos y repercusiones ha tenido y tiene ésta? No debemos olvidar que todo lo que la Iglesia católica transmite de sí como sabia enseñanza, no queda en el vacío casi sólo como un programa abstracto, sino que lo dicho tiene consecuencias de forma directa e indirecta para personas, para animales, para países enteros. Antes se ha hablado de la guerra en Irak, en Bagdad. Cuando se habla de Bagdad, del Oriente, se piensa automáticamente en Arabia. Tal vez demos un salto retrocediendo en el tiempo y comprobaremos que no es la primera vez que los que dicen ser cristianos creen que tienen la obligación de convertir a los árabes en algo mejor. Esto ya empezó hace cerca de mil años, precisamente en las Cruzadas.
Efectivamente, también en este caso fueron los Papas los que incitaron a las Cruzadas, es decir, a asesinar. En el año 1095, el 27 de septiembre, el Papa Urbano II subió a un pedestal que fue erigido en un campo a las afueras de la puerta oriental de la ciudad francesa de Clairmont, y desde este escenario hizo un llamamiento a una Cruzada, a una «guerra a favor de la cruz». En una Cruzada de este tipo –prometió el Papa– matando uno podía «ganar» la misericordia de Dios y un lugar cerca de Su trono. Esto se puede leer en el libro «Cuando la Iglesia traicionó a Dios», de Mikel Baigent y Richard Leigh. Fue efectivamente así que al «buen cristiano» se le otorgó con ello la licencia para matar. De forma automática recibía también la absolución de todos sus pecados, si participaba en esta Cruzada, de la que sabemos que los soldados «vadeaban en la sangre» y millones de personas tuvieron que dejar la vida.
La «libertad de acción» que otorgó el Papa fue aprovechada totalmente, puesto que entre 1096 y 1291 tuvieron lugar siete Cruzadas hacia «Tierra santa». Según cálculos hechos por el escritor Hans Wollschläger, murieron allí un total de 22 millones de personas. Durante la conquista de Jerusalén, en el año 1099, fueron asesinados unos 70.000 judíos y mahometanos en una verdadera orgía de sangre. Allí tuvieron lugar enormes decapitaciones en masa de prisioneros y civiles. La masacre duró un día y medio. ¿Y qué sucedió después de estos asesinatos? En una crónica se dice al respecto: «Luego, llorando de alegría, los nuestros fueron a adorar el sepulcro de nuestro Redentor y depositaron allí la deuda de su agradecimiento»*.

El escritor Gert von Paczenski escribe en su libro «Una bendición muy cara», lo siguiente: «La llamada del Papa Urbano II, del 27 de noviembre de 1095, costó la vida de forma terrible a más de medio millón de personas: Mahometanos, judíos y cristianos, hombres, mujeres y niños. El 14.07.1881, Urbano II fue acogido oficialmente en el canon de los beatos por la “Iglesia fuera de la cual no hay salvación”»**.

No hay que olvidar que toda esta masacre se realizó en aquel tiempo bajo el pretexto de que era un procedimiento deseado por Dios. Y cuando hoy en día escuchamos que los musulmanes realizan una «guerra justa» contra los «cristianos», a menudo se escucha también la declaración de que los musulmanes se denominan a sí mismos «guerreros de Dios», y que califican a los cristianos de «cruzados». Por tanto, en la guerra que llevan a cabo contra el Occidente, hacen referencia a las Cruzadas del pasado. Casi se podría suponer que hoy en día se dan constelaciones semejantes a las de aquel entonces, es decir, que en este tiempo hay personas parecidas a aquel tiempo, sólo que en sentido contrario. Y si los teólogos o los políticos católicos quieren reflexionar sobre de dónde viene esta disposición a la violencia de parte musulmana, en ese caso simplemente pasan por alto el hecho de que la Iglesia católica hace ya siglos que les ha dado prácticamente un ejemplo para hacerlo.

No obstante, no sólo la disposición a la violencia de parte de los islamistas, es decir, de los fundamentalistas del lado musulmán, es algo que se pueda atribuir en última instancia a las Cruzadas.
Se podría preguntar también ¿de dónde viene la disposición a la violencia que también tiene lugar en Alemania, el radicalismo extremo de derechas, la hostilidad contra los extranjeros, el odio a lo extranjero? Tomemos en cuenta que ya hubo Cruzadas, p. ej., contra los eslavos, en Europa oriental. Una vez se calculó que en 400 años se llevaron a cabo 170 guerras contra los eslavos por parte de emperadores y príncipes alemanes, en parte con obispos a la cabeza de ellas. El obispo Arnd de Würzburg fue él mismo a la batalla en el año 871 y en el 892 una vez más, habiendo pagado esto con su vida*.
Y «san» Bonifacio denominó a los eslavos como el «género humano más abominable y malo»** que existe. Es decir, que también aquí la Iglesia puso la primera piedra para las masacres de los pueblos orientales vecinos de los alemanes. Y cuando se creó el obispado de la ciudad de Bamberg, a través de un «santo», a saber, del emperador Enrique II, hubo el siguiente motivo para ello.

En un sínodo en Frankfurt se redactó un protocolo diciendo lo siguiente: «Este obispado ha de ser erigido para que el paganismo de los eslavos sea destruido y el nombre de Cristo se recuerde allí solemnemente para siempre»***. ¿Es de sorprender que en un país donde tales personas hasta hoy son veneradas como «santas» siga existiendo todavía hasta nuestros días la hostilidad contra los extranjeros y el extremismo de derechas?

De parte de Roma o de Lutero: acentuado odio a los judíos

Si se habla de radicalismo de derechas, tampoco hay que dejar de mencionar la postura de la Iglesia vaticana para con los judíos. Los judíos alemanes fueron las primeras víctimas de las Cruzadas. Antes de que los cruzados llegaran a «Tierra santa», ya destruyeron totalmente las comunidades judías de Worms y otras ciudades, puesto que eran supuestamente «los enemigos de los cristianos», así lo había enseñado la Iglesia durante muchos siglos. Por eso es entonces evidente que a esta actitud de endemoniar a los judíos habían de seguirle hechos concretos. Y no hay que olvidar que se necesitaba dinero para la cruzada que acabada de iniciarse. Además, liquidar a los judíos alemanes fue una oportunidad muy propicia para desahogar agresiones lo más rápidamente posible. De este modo se abalanzaron sobre los judíos.

El antisemitismo se expresa también en algo que descubrió el historiador Pinkas Lapide, a saber, que 114 de los 266 obispos romanos de aquel entonces en 96 concilios de la Iglesia dictaron leyes contra los judíos*.
Cuando se habla de antisemitismo, más de uno piensa que éste habría surgido del modo de pensar de Adolfo Hitler. Sin embargo, es un hecho histórico que en el tiempo de las Cruzadas y de acuerdo con una disposición de un concilio, los judíos tenían que llevar una ropa especial. La estrella de los judíos no es entonces un invento de Adolfo Hitler. Los judíos ya en la Edad Media en parte no podían construir más sinagogas. Tampoco podían salir a la calle en días de fiesta. Tenían que vivir en barrios judíos. Eran discriminados y perjudicados cuando querían estudiar, no pudiendo, p. ej., obtener ningún grado académico. Y para los esbirros nazis todas estas circunstancias fueron naturalmente un motivo bienvenido para justificar su discriminación, aislamiento y por último el exterminio de conciudadanos judíos.

El tristemente célebre Julius Streicher, durante los procesos de Nuremberg contra los nazis, se remitió expresamente a los discursos difamatorios de Martín Lutero contra los judíos para justificar el holocausto. Y Hitler anotó en su libro «Mein Kampf» (Mi lucha): «Yo sólo hago lo que la Iglesia está haciendo desde hace 1500 años, pero evidentemente de manera más radical». O sea que vemos que también el antisemitismo del Reich alemán proviene de la Iglesia vaticana y de su apéndice, la Iglesia luterana.
Puesto que en general reina la impresión de que el protestantismo en comparación con el catolicismo es una doctrina más liberal, en esta ocasión es necesario decir claramente que la Iglesia luterana, a pesar de la separación que tuvo lugar hace unos 500 años, no está muy lejos de la ideología de la Iglesia vaticana. Justamente en lo que concierne a Martín Lutero, fue él mismo quien a menudo puso la corona a las ideologías de la Iglesia del Vaticano llevándolas a la perfección.
Lutero se destacó especialmente por su exigencia de que se persiguiera a los judíos. En su libro «De los judíos y sus mentiras», dice: «... que se destrocen así sus casas y viviendas, y en su lugar pueden habitar bajo un techo o en establos. Habría que prender fuego a las sinagogas y a sus escuelas, en honor al Señor y a la cristiandad, para que Dios vea que somos cristianos»*. O bien exige «que entre nosotros se les prohíba adorar públicamente a Dios, darle gracias, rezar, enseñar, bajo peligro de perder su cuerpo y su vida». Luego sigue: «debería quitárseles todo su dinero y privarles de la libertad de circular por la calle». Lo último significa que ellos no deberían tener más la posibilidad de caminar libremente por la calle. Y resumiendo, Lutero dice: «Que vosotros y todos nosotros seamos liberados de la carga demoníaca de los judíos».

Pocos días antes de su muerte, Lutero se quejó de que a pesar de sus exhortaciones nadie había hecho nada en contra de los judíos. Las generaciones posteriores –también los nacionalsocialistas–, recogieron ese «piadoso» deseo del honorable hombre de Iglesia. Entonces se dijo: ¡Ahora ha llegado el momento! ¡Ahora actuamos!

Muy conocido es el llamamiento del obispo regional protestante, Martin Sasse, en 1938. Cuando en Alemania se prendió fuego a las sinagogas, precisamente el día del nacimiento de Lutero, él se alegró y llenó de jubilo, diciendo literalmente: «El 10 de noviembre de 1938, el día de nacimiento de Lutero, en Alemania arden las sinagogas. En esta hora debe ser escuchada la voz del hombre que como el profeta alemán del Siglo XVI, empezó siendo amigo de los judíos, y que empujado por su conciencia, empujado por las experiencias y por la realidad, se convirtió en el mayor antisemita de su tiempo»*. Un estremecedor documento sobre la autoría de la Iglesia –en este caso de la Iglesia luterana– de las masacres llevadas a cabo por diferentes líderes políticos.
Se puede decir entonces con razón que las fechorías de Adolfo Hitler contra los judíos no sólo fueron toleradas por la Iglesia, sino que fueron preparadas, fomentadas y fundamentadas ideológicamente por ella.

El holocausto – la consecuencia de la actitud de la Iglesia contra los judíos

Es hoy un hecho indiscutible que las Iglesias contribuyeron a que Hitler llegara al poder. No sólo la Iglesia luterana, sino como se sabe también el Papa Pío XII cooperó con los nacionalsocialistas, y firmó curiosamente acuerdos de los que todavía hoy la Iglesia vaticana deriva exigencias al Estado alemán. Para algunos ciudadanos que pagan sus impuestos es incomprensible que estas exigencias de miles de millones de la Iglesia en forma de subvenciones por parte del Estado alemán, sigan manteniéndose como algo obvio –naturalmente a costa del contribuyente, independientemente de si éste es miembro de la Iglesia o no.
En vista de los datos expuestos, es una flagrante mentira histórica cuando el actual Papa, durante la visita a la sinagoga judía en la ciudad alemana de Colonia, afirmó que el holocausto fue la consecuencia de una ideología neopagana, pero no de la actitud de la Iglesia contra los judíos.

En su importante libro «Los papas contra los judíos», el historiador David Kertzer se ocupó de esta cuestión calificando de «verdad inoportuna» el que «las disposiciones establecidas por las leyes de Nuremberg de los nazis y las leyes raciales del fascista italiano Mussolini que robaron a los judíos sus derechos de ciudadanos, se basaran en el modelo de las medidas que la Iglesia católica había tomado desde antaño. Todavía en el siglo XIX los judíos que circulaban sin la prescrita estrella amarilla en los Estados vaticanos eran apresados. Aún en 1850 el Papa se esmeraba en expulsar a los judíos de la mayor parte de sus lugares de dominio y en obligarles a vivir en las escasas ciudades en las que había ghettos, para encerrarlos allí» (Pág. 15). Tras intensos estudios de los documentos vaticanos, Kertzer llega a la siguiente conclusión: «La transición de los prejuicios medievales contra los judíos a los movimientos políticos antisemitas modernos, que se llevó a cabo en pocas décadas anteriores al holocausto, tuvo en la Iglesia católica a uno de sus principales arquitectos» (Pág. 16).
Aquí no podemos naturalmente hablar de todos los crímenes que fueron iniciados y apoyados por la Iglesia. A causa de la persecución de los judíos iniciada por la Iglesia, ya en la Edad Media costó, como ya hemos escuchado, la vida a cientos de miles de personas. Más tarde, bajo el régimen de Adolfo Hitler, fue una cantidad mucho más grande de conciudadanos judíos los que perdieron la vida.

100 millones de muertos como resultado de una «evangelización digna de admiración»

Muchos desconocen el hecho de que un horrendo y gran número de personas murió también en América con la aprobación, por influencia y con la cooperación de la Iglesia. Las víctimas de la conquista de América se calculan en unos 100 millones de personas. Ocupémonos brevemente de este sombrío capítulo de la Iglesia vaticana:
Ya en los primeros 50 años posteriores al descubrimiento de América por los católicos españoles, un millón de indios en las islas del Caribe fueron o bien asesinados, o se les vejó con trabajos forzados o murieron a causa de infecciones. Después de transcurrir 150 años fueron entonces los 100 millones mencionados. Esto lo confirma también la publicación del diario alemán «Südwest Presse» del 2.5.1992.

Cuán cruelmente fueron matados los indios en aquel entonces lo podemos leer en las citas de testigos oculares de aquel tiempo. Es realmente una espantosa huella de sangre la que dejó la Iglesia en aquel nuevo continente. Dejemos hablar aquí al testigo Bartolomé de las Casas: «Los cristianos se metieron entre la gente, no tuvieron consideración ni de niños ni de ancianos, ni con mujeres embarazadas ni con las que acababan de dar luz, abrieron sus cuerpos y descuartizaron todo, del mismo modo que si atacaran a un rebaño de ovejas... Hacían apuestas entre ellos sobre quién de ellos podía partir en dos a una persona de un solo tajo de espada, abrirle la cabeza de un solo golpe de pica o sacarle las entrañas del cuerpo. A las criaturas recién nacidas las arrancaban por los pies de los brazos de sus madres y las lanzaban catapultándolas contra los peñascos. A otras las arrastraban por los hombros por las calles, riéndose y haciendo bromas con ellas, y al final, las arrojaban al agua diciendo: “Patalea ahora, tú, pequeño cuerpo infame”. Otros acuchillaban a madre e hijo juntos»*. Y así sigue página tras página el relato de este testigo ocular sobre aquellos increíbles y bárbaros crímenes.

En relación a esto, merece la pena señalar cómo el Papa anterior, Juan Pablo II, durante la visita a estos países disimuló estos infames hechos adornándolos y diciendo que fue una «evangelización digna de admiración»** la que vivió la gente en aquellos lugares.
Cuando Juan Pablo II en uno de sus numerosos viajes fue a Haití –y ya en Haití murieron asesinados más de un millón de indios–, el Papa dijo que la Iglesia había ido allí: «para anunciar a Cristo, nuestro Redentor, para defender la dignidad de los indígenas, para ponerse a favor de vuestros inviolables derechos», «para hacer presente el Reino de Dios entre vuestros antepasados... desde entonces este amado pueblo se abrió aquí para la fe en Jesucristo... Alabado sea el Señor, que me ha conducido aquí, donde para gloria y honor de Dios ha empezado en este continente el tiempo de la salvación»***.
¡Esto es inconcebible! Cientos de millones de personas mueren asesinadas y el Papa habla de un «tiempo de la salvación» que habría empezado en aquella época. Y hoy este Papa ha de ser elevado a la calidad de «santo». ¿Es posible acaso conciliar la mentira y el entontecimiento del pueblo con una canonización?

La Inquisición – terror y negocio al mismo tiempo

Lo que acabamos de escuchar a más de una persona la hará enrojecer de ira. A uno u otro esto tal vez le recuerde otra catástrofe de dimensiones extremas, producida también con la implicación del Vaticano, esto es, la persecución de brujas. Puesto que de la misma manera brutal y sadista, se puede decir incluso patológica, procedieron los hombres de Iglesia contra las llamadas brujas. También sobre ello queremos hablar brevemente.

El número de víctimas del delirio eclesiástico por perseguir a las brujas se calcula en un mínimo de 40.000 a 80.000. La persecución de brujas fue un gran movimiento de exterminio y demonización, cuyos rebrotes llegan hasta el siglo XIX. Como el mismo nombre lo indica, afectó en primera línea a mujeres, las que desde siempre fueron calificadas por la Iglesia como  seres «inferiores» o como un «error de la naturaleza». El segundo volumen de «Sólo para personas despiertas y con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» informa detalladamente al respecto.
Pero no sólo mujeres y ancianos, también personas mayores, hombres y también muchos niños fueron torturados quemados o asesinados. ¿Y quienes fueron los autores de los hechos?
Aquí se encuentra, p. ej., el príncipe obispo Julius Echter (gobernó entre 1573-1617), que residió en la ciudad bávara de Würzburg. De él se dice aún hoy en el lenguaje popular: «Julio Echter, el carnicero»*; o también «Julio Echter, el carnicero de bribones». Esto segundo suena casi inofensivo. Pues quién era un «bribón» que debía ser matado, lo decidía entonces sobre todo la Iglesia. 
En cualquier caso todavía hoy se le rinde honores a Julio Echter en la «oscura» ciudad a orillas del río Meno. Quien visita Würzburg, aprende a conocer automáticamente también el nombre de este malvado –unido por lo general al retrato de su figura: una de las calles principales de Würzburg es la «Julius-Promenade» (El Paseo de Julio), en la que se ha erigido un monumento de piedra de tamaño excepcional de este fanático representante de la contrarreforma, que en 1588 hizo expulsar a los protestantes de la ciudad. En frente se encuentra el «Julius-Spital» (Hospital de Julio), que pertenece a la clínica de la Universidad de Würzburg. Este hospital fue construido en el solar de un cementerio judío que Julio Echter expropió en seguida y mandó aplanar. En la ciudad existe, además, una «Echter-Bier» (cerveza de Echter), una «Echter-Haus» (Casa de Echter), un «Echter-Verlag» (Editorial de Echter) y otras más.

Parece que nadie se molesta por el pasado de este hombre siniestro que hizo torturar y asesinar a cientos de mujeres e incluso niños y se apropió de sus bienes. Para las ejecuciones incluso hizo construir expresamente hornos crematorios.
Mientras que Echter y uno de sus seguidores, su nieto Philipp Adolf de Ehrenberg (t. de g. 1623-1631), –bajo el que la quema de brujas alcanzó en Würzburg un triste punto culminante–, recibieron en la catedral pomposos sepulcros, no hay casi nada que recuerde a las víctimas.
El «tío Julius» tenía además un segundo nieto, que como Georg Fuchs de Dornheim se destacó en el obispado próximo de la ciudad de Bamberg (1623-1633) como el más terrible de los quemadores de brujas. En los resultados se puede constatar cuál era el punto central de la educación de ambos nietos, de la que se ocupaba el tío personalmente.

¿Y cuáles eran los principales motivos de la obsesión por las brujas? Por un lado el torturar y matar a personas, vivir intensamente los placeres del poder; por otro lado se quería destruir cualquier desviación de la «fe correcta» y por ello se persiguió a la «secta de brujas». Por último se trataba sencillamente de confiscar los bienes y posesiones de los discriminados. 

Al respecto un ejemplo del obispado de Würzburg del 10 de junio de 1627: «El príncipe obispo Philipp Adolf de Ehrenberg hizo pública en Würzburg una sentencia en la que ordenó expropiar los bienes de los acusados por brujería y ponerlos bajo administración de las autoridades. Éstas dependían de él como príncipe reinante»*.
Por su parte, cada una de las numerosas sentencias de muerte en el obispado de Augsburgo, acababa con la fórmula: «Sus bienes y propiedades pasan a ser propiedad del fisco de sus mercedes principescas, el excelentísimo y honorabilísimo obispo de Augsburgo y el prior capitular de Bamberg».
Las posesiones enteras de todas las brujas y herejes que fueron quemados se las embolsó entonces la Iglesia. ¡Un negocio lucrativo! ¿Y quién estaba detrás de estos procesos? Aquella que obtenía provecho de ellos: la Iglesia, tanto la católica como la luterana.

La mayor responsabilidad por todos estos hechos en relación con el delirio por las brujas la tiene sin duda la Iglesia. Hay algunos sumamente «listos» que quieren cuestionar esto, pero se puede seguir con mucha exactitud la manera como se desarrollaron los hechos para llegar a tal situación.
Fue el libro «El Martillo de brujas», del año 1487, el que hizo posible la persecución de brujas en gran estilo. Este «Martillo de brujas» procede de un monje dominico llamado Heinrich Kramer, institoris, en latín. Con ayuda de la imprenta, que había sido descubierta en el siglo XV, esta obra demoníaca se difundió ampliamente. El Papa Inocencio VIII dio el permiso papal para imprimirla, y fuera de esto promulgó una «bula contra las brujas».
Por lo demás, también en el caso de la conquista de América la Iglesia vaticana tiene sin lugar a dudas la responsabilidad, puesto que preparó ideológicamente a los españoles para que creyeran que los indios eran personas de segunda categoría. Toda la campaña para la conquista del continente fue justificada con el hecho de que había que proclamar «la fe».

Es decir, que en ambos casos la Iglesia es la culpable. Esto también lo admitió –por cierto que con bonitas palabras– el Papa Juan Pablo, cuando como se ha mencionado habló de «una evangelización digna de admiración», que habría contribuido a una «ampliación de la Historia sagrada». El espantoso episodio lo elogió al final de forma triunfal como que se trataba de una «culpa feliz» (Revista Spiegel Special 3/2005, pág. 91). Quien intenta minimizar la culpa causal de la Iglesia en relación con la Inquisición y la persecución de brujas fomenta de ese modo la falsificación de la historia.

Karlheinz Deschner escribe en su libro «Y una vez más cantó el gallo»: «Junto a la mesa de torturas había colgado un crucifijo, y durante la tortura se salpicaban una y otra vez con agua bendita los instrumentos de tortura. Al comparecer el tribunal en los juicios, se rogaba al “Espíritu Santo”, pero no se concedía a la víctima ningún tipo de defensa ni ningún tipo de apoyo por parte de la ley…   La ejecución de los “herejes”, que casi siempre tenía lugar en un día festivo, la conformaba la Iglesia católica como una espectacular exhibición de su poder ilimitado. Jinetes en misión especial invitaban al pueblo. Se cobraban altos precios por contemplar el espectáculo desde una ventana, y a cada espectador que acarrease madera para la hoguera se le concedía una indulgencia plenaria total... Si el hereje, según fuera la dirección del viento, se asfixiaba o se quemaba lentamente, los católicos reunidos cantaban la canción “Gran Dios, te adoramos”» (Pág. 548).

La persecución de brujas, que está unida estrechamente a la Inquisición, es un menosprecio tan increíble y evidente –por una parte de la vida humana y por otra de la enseñanza de Jesús, el Cristo–, que uno podría imaginarse perfectamente que la Iglesia quisiera apartarse hoy en día de estos hechos. Pero ¿qué dice el Sr. Ratzinger en la actualidad? Poco antes de su elección como Papa dijo: «Aquello que con los métodos de antaño fue en parte motivo de crítica, tratamos de hacerlo hoy partiendo de nuestra consciencia del derecho. Pero hay que decir que la Inquisición fue un progreso, ya que nada podía ser condenado sin inquisitio (inquirir), es decir, que había que llevar a cabo investigaciones». ¡Una burla más indigna de las víctimas, de las miles y miles de víctimas de estos crímenes, uno no se la puede imaginar!

El día en que fue elegido Papa, la segunda cadena de televisión alemana, la ZDF, emitió un programa especial sobre la vida de Joseph Ratzinger. En éste, Ratzinger dijo sobre los procesos de la Inquisición, que en el caso de Galileo se había cometido una equivocación; pero que muchos otros habían sido envenenadores y magos. Esta declaración muestra la manera como opina el «Gran Inquisidor» Ratzinger todavía hoy sobre las víctimas de su institución.

Iglesia y esclavos de la Iglesia: «La esclavitud es un regalo de Dios»

Cuando después del descubrimiento de América hasta el siglo XIX se esclavizó a 13 millones de africanos y se les llevó luego al nuevo continente, la Iglesia no se puso en contra de esto. Por el contrario, el Papa Nicolás V en su bula pontificia «Divino Amore Comuniti», del 18 de Junio de 1452, legitimó la esclavitud, concediendo al rey de Portugal el poder de conquistar las tierras de los infieles, de expulsar a sus habitantes, de esclavizarlos, y a obligarlos a la esclavitud eterna. Tampoco Colón tuvo escrúpulos en este sentido, dado que los paganos de todos modos estaban condenados por toda la eternidad. En Sevilla, al principio incluso el mismo obispo Rodríguez de Fonseca se encontraba como mandante detrás de la venta de indios como esclavos.
Y un escándalo que también tiene relación con el comercio de esclavos: Los Estados pontificios romanos fueron uno de los últimos Estados europeos que abolieron sólo en 1838 la esclavitud de forma oficial. Ya tan sólo esto muestra cuál era la posición de la Iglesia referente al comercio de esclavos.

Muchos hombres de Iglesia y agrupaciones eclesiales mantenían esclavos. Todo el mundo conoce a san Martín, el que según la leyenda dividió su capa y regaló la mitad a un mendigo. Se trata del santo nacional de Francia, Martín de Tours, el que también mantenía 20.000 esclavos, según afirma el historiador Deschner en el tercer tomo de su «Historia criminal del cristianismo» (Pág. 524). Y el doctor de la Iglesia, Ambrosio, llegó a la conclusión definitiva de que: «La esclavitud es un regalo de Dios» (Pág. 518).
En vista de todos estos graves hechos uno tiene que preguntarse una y otra vez: ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro? Todo esto no tiene que ver en lo más mínimo con lo que nos enseñó Jesús de Nazaret. Dios dio a los seres humanos un entendimiento y la facultad para pensar de manera lógica; con ello, a una persona con buena capacidad analítica le debería quedar claro a más tardar ahora quién está sentado en la silla de san Pedro.

Jesús no nombró a ningún pecador, ni mucho menos a uno de relación clerical

Tal vez nos ayude una frase del actual ocupante de la silla de San Pedro, para reconocer más exactamente quién se sienta en ella. ¿Qué dijo él en la Jornada Mundial de la Juventud, en el año 2005, durante la celebración de una vigilia? Él dijo: «Se puede criticar mucho a la Iglesia. Lo sabemos, y el Señor nos lo dijo: Ella es una red con peces buenos y malos, un sembrado con trigo y maleza». Y algunas frases más adelante: «En el fondo resulta consolador que haya maleza en la Iglesia. En todos nuestros errores podemos tener la esperanza de encontrarnos en el seguimiento de Jesús de Nazaret, quien nombró  precisamente a  pecadores».
Un ejemplo acertado de cómo se puede –dicho sea de paso– «sembrar maleza», esto es, informaciones erróneas en los corazones de los jóvenes. Es cierto que Jesús llamó a los pecadores, pero para redimirlos. Pero Él jamás «nombró precisamente a pecadores».
El significado de «nombrar» los diccionarios lo definen como «dar a alguien cierto cargo» o «elegir o señalar a alguien para un cargo, un empleo u otra cosa».
¿Por qué el Papa formuló así su frase? ¿Qué «cargo» o tal vez qué altos cargos debe haber tenido en mente en su declaración?
Y para todos aquellos que no quieran permanecer capturados por la Iglesia en esa «red de peces buenos y malos», hay una forma muy sencilla para escapar de esa red: salirse de la Iglesia.
Para terminar todavía una pregunta más sobre la declaración del Papa relativa al sembrado con trigo y maleza: ¿Quién es en realidad el sembrador que siembra la mala hierba? La respuesta puede ser solamente: el mismo que está sentado en la silla de san Pedro.

Estimadas lectoras, estimados lectores, no tenemos nada en contra de que una organización que se basa en la maleza se haga llamar «maleza», o de que se haga llamar «vaticana», «católica» o «luterana». Nosotros sólo aclaramos, porque esta organización se ha apoderado del nombre de Jesús y practica con ello un fraude, un engaño. ¡Ante esto no callamos!

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En el Tomo 3 de la serie
«Sólo para personas despiertas y con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» están contenidas las emisiones de radio desde la 12 a la 16.

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