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¿De dónde viene el dinero de la inmensamente rica Iglesia? ¿A quién beneficia?


Prólogo

Que a Dios no se le puede encontrar en la Iglesia vaticana ni en la Iglesia luterana, es hoy en día algo evidente para la mayoría de las personas. Nosotros, cristianos originarios, nos orientamos a las enseñanzas originarias de Jesús de Nazaret, el más grande maestro de la sabiduría de esta Tierra, que mostró a la humanidad el camino hacia la libertad. El camino de Cristo conduce hacia Dios, al gran Espíritu de la libertad, para liberarse de coacción y preceptos.

La institución Iglesia ha transformado la enseñanza del Nazareno en lo contrario y ha abusado del nombre de «Cristo» para fines no cristianos. Nuestro propósito es destapar este abuso, para rehabilitar a Jesús, el Cristo. Nosotros no tenemos nada en contra si la Iglesia vaticana se llama «católica» o la iglesia luterana «evangélica», sólo que no deberían manchar durante más tiempo el nombre de Cristo con sus maquinaciones carentes de ética y moral.

Dios-Padre: «Yo no he dejado caer del Cielo la enorme fortuna de la inmensamente rica Iglesia»

Ante este abuso tampoco calla Dios, el Padre de todos nosotros, pues Él no se deja tapar la boca por ninguna institución. En el tiempo actual Dios envió a la Tierra a una persona que Le sirve como Su instrumento. Es Gabriele, la profeta de Dios para este tiempo, que nos da a los seres humanos la Palabra de Dios actual. También en abril del año 2005 –en el tiempo en que fue elegido el nuevo sucesor de la silla de san Pedro– recibió Gabriele la Palabra del Eterno en relación a la situación mundial de entonces. Entre otras cosas, el Eterno dejó de manifiesto claramente lo siguiente:
«Yo no he dejado caer del Cielo la enorme fortuna de la inmensamente rica Iglesia ni he vestido a sus representantes con púrpura ni piedras preciosas. Los miles de millones vienen del pueblo torturado y maltratado, y del Estado, que abre sus arcas más para los ricos que para los más pobres entre los pobres. Lo que ofrece la inmensamente rica Iglesia es únicamente obra humana»*.
Hasta aquí un pequeño fragmento de este mensaje de Dios a los hombres, que puede ser leído en su totalidad en la página de Internet: www.silladesanpedro.org. A continuación nos ocuparemos de la pregunta de dónde viene la riqueza de la Iglesia. Pues de Dios no viene, como ha quedado claro en las palabras de Dios-Padre.

¿Es la Iglesia tan pobre que tiene que enviar niños a mendigar?

Estimada lectora, estimado lector, en el volumen 1 y 2 de esta serie de libros hemos presentado muchos datos y aclaraciones detalladas sobre la silla de san Pedro y el culto idólatra totalitario que se encuentra detrás de ella. Tratemos ahora un tema sobre el cual aún no se han dado informaciones en particular.

Después de la Navidad hasta la llamada fiesta de los Reyes Magos, en Alemania se ve una y otra vez por las calles a niños disfrazados, a los que se denomina «Sternsinger» (=Los cantores de la estrella [de Belén]). En Alemania es costumbre que estos niños vayan de casa en casa pidiendo dinero. Si alguien pregunta qué significado tiene esto, escucha que los «Sternsinger» simbolizan a los «tres Reyes Magos», que antaño visitaron al Niño en Belén. ¿Cómo se entiende esto?, se preguntarán ahora algunas personas. Los tres Reyes Magos llevaron regalos al Niño, pero no fueron a pedirle regalos.
En casi todos los ámbitos de este totalitario culto idólatra católico, que se hace llamar cristiano, el significado original de muchos actos así como la enseñanza de Jesús, el Cristo, ha sido convertido en lo contrario, así también en este último ejemplo. En la actualidad, la Iglesia católica manda a niños a la calle para pedir dinero. Según se dice, el dinero que se recoge mendigando se utiliza «para buenos fines». ¿Es la Iglesia tan pobre que tiene que enviar niños a mendigar?

La monstruosa fortuna de la Iglesia, tan sólo en Alemania: 500 mil millones de euros

El cuento de la «pobre Iglesia» se puede rebatir con muchos, muchísimos datos. Las Iglesias, católica y luterana, no son pobres, sino sumamente ricas. Puesto que las Iglesias no dan ninguna información sobre la fortuna y la riqueza que poseen, hay que investigar dónde ha acumulado sus propiedades y riquezas. Esto, ya sólo en Alemania, no es muy fácil.
Las Iglesias tienen más de 80.000 corporaciones o entidades, y cada una de ellas hace su propia declaración sobre sus finanzas, de modo que abrirse camino en esta maraña es sumamente difícil. No obstante, el conocido politólogo alemán Carsten Frerk, ha hecho este esfuerzo y ha desenmarañado en un libro, con el título de «Las finanzas y la fortuna de las Iglesias en Alemania», dónde se dan a conocer públicamente las propiedades de las Iglesias y dónde tienen ingresos y ganancias escondidas.
El autor ha llegado a constatar una fortuna global que asciende a más de 500 mil millones de euros, una cantidad que uno apenas se puede imaginar. De qué se compone esta suma, Carsten Frerk lo describe ampliamente en su libro:
Se trata de bienes inmobiliarios, de capitales, de Centros de asistencia de los diaconatos, de diversas fundaciones: tomando a ambas confesiones (católica y protestante) existen 20.000 fundaciones que son coordinadas por ambas Iglesias. Pero también se trata de la fortuna de las comunidades de las órdenes religiosas, de diversas aseguradoras, de obras encargadas de viviendas y urbanización, de obras de ayuda y de misión, además de todas las corporaciones, también de las empresas dedicadas a los medios de comunicación que tiene la Iglesia. Ella posee también canales de televisión, imprentas, librerías, empresas de filmación, emisoras de radio propias. Las editoriales de propiedad de la Iglesia, en parte toda una cadena de editoriales, gran cantidad de multinacionales, como de empresas de seguros, ofrecen un ámbito enorme en el que se acumula su fortuna. Un número que apenas se puede contabilizar por su gran cantidad de instituciones de diversa clase: grandes centros de vacaciones, universidades, bancos y otras empresas pertenecen también al patrimonio en propiedades y bienes raíces de las Iglesias.
Y de todas estas diversas empresas, firmas, etc., se ha acumulado sólo aquí en Alemania una fortuna que, ya se ha dicho, según apreciación de Carsten Frerk asciende a más de 500 mil millones de euros. La prestigiosa revista alemana «Der Spiegel» calculó la misma cantidad. ¡No se puede decir entonces que las Iglesias sean pobres!

Para ilustrarlo podemos agregar otros ejemplos:
Se trata en total de unas 50.000 empresas en los que está activa la Iglesia en los campos mencionados: inmobiliarias, bancos, sociedades de inversiones en fondos, medios de comunicación, en sociedades aseguradoras, etc.
En total ocupan a 1.300.000 personas y tienen un movimiento anual de operaciones comerciales que asciende a 125 mil millones de euros.
En comparación, con estas ganancias, la Iglesia se encuentra en segundo lugar después de la empresa de automóviles Daimler-Chrysler. Entre los consorcios de prestación de servicios las Iglesias ocupan el primer puesto por delante de la Telekom alemana con sus 55.800 millones de euros, de Correos de Alemania con sus 40 mil millones de euros y de Ferrocarriles de Alemania con sus 28.200 millones de euros. Hay que ver estas cifras en su relación mutua para darse cuenta de que aquí se trata de un imperio económico y menos de una comunidad religiosa*.

El Vaticano ya posee un tercio de las casas de Roma

Tan sólo los bienes raíces que ambas Iglesias poseen en Alemania alcanzan la superficie de ocho mil kilómetros cuadrados. Ésta corresponde a la superficie de las ciudades alemanas de Hamburgo, Bremen, Berlín, Bremerhaven, además del Estado de El Sarre. ¡Y no se trata sólo de bosques o terrenos de cultivo! En las ciudades poseen lo que en Alemania se llaman «terrenos-filete», es decir, los que tienen la mejor ubicación y donde un metro cuadrado no tiene el valor de un par de euros, sino de cientos o de miles de euros. Y esto no es así sólo en Alemania, sino que es igual en todo el mundo donde impera el catolicismo y el protestantismo. Por ejemplo, en Italia son unas 500 mil hectáreas y en América se calculan más de un millón.
Cuando en los años 70 un periodista investigó en Roma cómo era la situación en esta ciudad, llegó a la conclusión de que un cuarto de toda la ciudad ya estaba en manos del Vaticano*. Pero como propietario no oficiaba el Vaticano, lo cual habría sido muy notorio, sino que todo estaba repartido entre 325 órdenes de monjas católicas y 87 órdenes de monjes. Aquí ya nadie puede hacerse una idea del asunto.
Veintiún años más tarde, en 1998, otro periodista volvió a hacer investigaciones y comprobó que ahora casi un tercio de las casas de Roma ya estaban en poder del Vaticano**. Él dijo que había sido muy difícil conseguir una claridad en el tema, puesto que el Vaticano, visto políticamente, es un Estado propio, donde muchas casas no están registradas y son consideradas extraterritoriales, pues en Italia el Vaticano es prácticamente un país «extranjero».
Después de la publicación del resultado de sus investigaciones, se levantaron voces indignadas que ponían en duda la veracidad global de estos datos. A raíz de ello el periodista realizó investigaciones, como un ejemplo más, en la ciudad de Verona. Él hizo un plano de esta ciudad, en el que marcó en negro todas las casas que pertenecían a la Iglesia. Después publicó dicho documento, y cuán grande fue la sorpresa general al verse que ¡la mitad del plano quedó en negro! Esto da una pequeña impresión sobre cuánto posee el Vaticano. Es simplemente algo incalculable.
Una pequeña nota informativa al margen: poco después de la publicación del artículo mencionado, el director del periódico correspondiente fue despedido. Así se puso fin a las aclaraciones que se estaban dando a la ciudadanía. De esta forma de proceder puede deducirse que, o bien este medio de comunicación pertenecía a la Iglesia misma, o era dependiente de otras empresas comerciales que pertenecían a la Iglesia.
Se trata aquí de mucho dinero. En el segundo informe sobre las propiedades inmobiliarias en Roma que apareció más tarde, en el año 1998, el periodista escribió: «La mayor parte de estas fabulosas riquezas están exentas de impuestos»*. Se trata así de inmensas cantidades que la Iglesia no sólo posee, sino que además ingresa año tras año en forma de alquileres, rentas, etc.

La mentira social de la Iglesia

A propósito de «exención de impuestos»: en Alemania existe el concepto de «utilidad pública». Con ello se asocia la idea de que se trata de una actividad que se ejerce en beneficio público. ¿Son las firmas alemanas, las instituciones en propiedad de la Iglesia mencionadas arriba, todas empresas de utilidad pública que trabajan en beneficio de la sociedad?

Otro cuento bastante extendido es el de que la Iglesia emplea una gran parte de los impuestos que ingresa de sus socios, para instituciones sociales públicas. En realidad se trata tan sólo de un 5 al 8%, es decir, de una ínfima parte.
De ahí que no sólo sea un cuento piadoso, sino que en realidad se trata de una mentira social cuando muchos políticos adeptos a la Iglesia quieren convencer al pueblo de que una reducción de las subvenciones a la Iglesia, o una reducción de los impuestos a favor de ésta, conducirían a un derrumbe de los servicios del Estado social alemán. En realidad, las Iglesias se aprovechan de dicho Estado social. Ellas mantienen muchas guarderías infantiles que son financiadas por los ayuntamientos y por los padres. Mantienen hospitales que son financiados por el fisco o por las cajas de seguros contra enfermedad.
Esta información es de explosiva actualidad, ya que la mayoría de las personas parten de la base de que la Iglesia da muchísimo para fines sociales. Una encuesta que tuvo lugar hace poco dio un resultado de mucho interés: la agencia evangélica protestante de noticias IDEA publicó la noticia de que casi la mitad de las personas que son miembros de las Iglesias alemanas, esto es, un 46,6%, se retirarían de ellas si las Iglesias dieran poco o nada para fines sociales de los ingresos provenientes de los impuestos a favor de la Iglesia. Éste fue el resultado de una encuesta representativa que llevó a cabo el instituto de demoscopia FORSA por encargo del «Grupo de investigación de ideologías en Alemania»*.
Esto significa que si la información que acabamos de dar se hiciera pública, las Iglesias perderían de una vez la mitad de sus miembros, porque todos ellos parten de la base de que ellas emplean el dinero para fines sociales.
Y muy especialmente abandonarían la Iglesia quienes apenas van a ella, pero permanecen dentro porque piensan que las cosas son así. El porcentaje de personas que se saldrían de la Iglesia, si ésta invirtiese poco o nada en fines sociales, sería, entre las personas que rara vez van a la iglesia, de un 61%. Esto está muy por encima de la media del 46,6%.
 
Ahora se han mencionado muchas fuentes de ingresos de las Iglesias. Tal vez el ciudadano corriente apenas puede hacerse una idea de su amplitud. Hemos comenzado con la fortuna de la Iglesia; después hemos escuchado que de los impuestos que reciben las Iglesias, p. ej. en Alemania, sólo se emplea un porcentaje de 5 a 8% para fines sociales. Esto significa que de la monstruosa fortuna de la cual hemos hablado, no se emplea prácticamente absolutamente nada para fines sociales.

Subvenciones estatales de miles de millones para las Iglesias

Ocupémonos ahora de otro concepto, el de la «subvención estatal». ¿Acaso hay aún, aparte de los impuestos eclesiásticos y de la gigantesca fortuna, todavía más dinero para las Iglesias?
¡Claro que sí! Por de pronto hay que hacer constar que el Estado alemán renuncia al ingreso de 6.250 millones de euros anuales a raíz de la exención de impuestos a favor de la Iglesia. La mayor parte de este dinero, unos 3.500 millones de euros, se produce porque la Iglesia está exenta de pagar impuestos al Estado, pues los impuestos a favor de la Iglesia se pueden desgravar del impuesto a la renta. El Estado está supeditado naturalmente a tener ingresos para cubrir sus servicios a los ciudadanos. De ahí que los dineros de los impuestos que la Iglesia, es decir los miembros de la Iglesia, no pagan, deben ser aportados en definitiva por todos los demás contribuyentes. De nuevo tienen que cargar con todo aquellos que ya por sí lo tienen difícil.
Tan sólo en Alemania fluyen a las Iglesias anualmente 7.900 millones de euros por concepto de subvenciones para las clases confesionales de religión, para los estudios de teología, para los sacerdotes castrenses y muchas cosas más. Esto supone 8 mil millones de euros tomados de los impuestos generales, es decir, ¡no de las entradas de los impuestos a favor de la Iglesia!*
Por consiguiente, cada ciudadano en Alemania financia los estudios teológicos o también a los sacerdotes castrenses, tanto si pertenece a la Iglesia, como si es pacifista, teniendo que aceptar simplemente que los impuestos que ha pagado al Estado sean utilizados para tales fines. Y todo esto en una época en la que el ministro de Hacienda de Alemania se queja cada día de que dispone de muy pocos medios para financiar las medidas sociales necesarias.
 
En Alemania empobrecen cada vez más personas y unas pocas se hacen cada vez más ricas; actualmente hay unas cifras de desempleados como nunca ha habido hasta la fecha y todos tienen que apretarse el cinturón. Sólo una parte de la población no se ve obligada a ello, a saber, la burocracia eclesiástica de una Iglesia cuyo mensaje es cada vez menos valorado por los creyentes, pues sólo de un 7 a un 8 % de los miembros de la Iglesia acuden a las misas de los domingos.
Las subvenciones que recibe la Iglesia benefician así sobre todo a un aparato eclesiástico y no a la mayoría de sus fieles. Como ya se ha dicho, si los miembros de la Iglesia supieran lo que se hace con su dinero, muchos se saldrían de la misma. Normalmente esta clase de cuentos, como los que difunde aquí la Iglesia, se denominan fraudes. Una Iglesia que retiene a la mayoría de sus miembros, contándoles que con sus impuestos se financian instalaciones sociales y se apoya el bien común, engaña a sus propios miembros y a la opinión pública en general.

La «renta eterna», que viene de los tiempos napoleónicos, contradice lo estipulado en la Constitución

Ahora se plantea la pregunta de cómo es posible que la Iglesia tenga tanto poder en Alemania, como para dejarse alimentar de forma tan generosa por el Estado. Aquí entra también en juego la historia, lo que se extiende hasta nuestros días. Hace unos 200 años tuvo lugar la llamada secularización. En aquel tiempo fueron embargados muchos bienes eclesiásticos para indemnizar a los príncipes del margen izquierdo del río Rin que habían sido expropiados de sus bienes por Napoleón. Y después las Iglesias exigieron a su vez una indemnización por las pérdidas que ellas sufrieron. En seguida nos ocuparemos de explicar el modo cómo éstas habían adquirido sus riquezas: mediante sangre y guerras, apropiación de herencias y fraude.
Las Iglesias, por lo que se les había quitado de sus bienes robados por ellas mismas, exigieron de este modo indemnizaciones y obligaron al Estado en el año 1803 a firmar los contratos correspondientes. Y estos contratos siguen siendo válidos hasta el presente. A pesar de que en la Constitución alemana se establece que el Estado está obligado a desprenderse de estas cargas económicas, ¿de qué sirve en realidad que esté escrito? Hasta el día de hoy no ha sucedido nada al respecto, de manera que las antiguas obligaciones resultantes de la secularización se han convertido en una «renta eterna». Lo que en aquel entonces les fue quitado a los obispos príncipes ya hace mucho tiempo que ha sido saldado; sin embargo, las subvenciones continúan fluyendo.
En parte se dice incluso que el Estado debería pagar también las pérdidas que tuvo la Iglesia durante la Reforma, o sea, algunos siglos antes. Todo esto son cuentos con los que se entontece a los ciudadanos, y al pueblo se le hace creer que el Estado tendría obligaciones que cumplir con la Iglesia. Como se ha dicho, la Constitución hace tiempo que ofrece la posibilidad de liberarse de estas obligaciones.

A pesar de que los hechos son tan evidentes y extremos, es sorprendente que, por ejemplo en Alemania, no se sepa nada de esto. ¿No da todo esto la impresión de que las Iglesias se han infiltrado de tal forma en el Estado, que en aquellos lugares donde se intercambian informaciones tiene lugar una especie de censura para que estos hechos reveladores no salgan a la luz pública? ¿No se ha establecido desde hace decenios, y sin que nadie lo note, un Estado dentro del Estado? Tal vez por eso mismo sea más comprensible para nuestros lectores el por qué justamente Alemania constituye en la actualidad un ejemplo notable de falta de libertad religiosa. En el capitalismo, los que poseen el dinero también poseen el poder, y las Iglesias por lo visto no tienen sólo el dinero sino que también el poder de anular de facto la libertad de religión en Alemania, como ya hemos informado a menudo en otras oportunidades.

La suntuosa vida de los obispos a costa de las arcas estatales; y lo que Jesús dijo al respecto

Volvamos a la riqueza de la Iglesia. Nos hemos enterado cómo ha llegado la Iglesia a su dinero. ¿Para qué fines se emplea éste, p. ej., en Alemania?
Unos dos tercios son gastados en costes de personal. Aquí hay que pensar que los sueldos de casi todos los obispos son pagados también por el Estado. Así, por ejemplo un obispo católico o un obispo protestante tienen un sueldo base de unos 10.000 euros al mes. Por ejemplo, el obispo de la Iglesia evangélica luterana de Baviera es remunerado según el escalafón oficial alemán de categoría B 10. Esto corresponde al sueldo del portavoz representante del parlamento alemán, de un director ministerial o de un general del ejército. En el año 2004 éste correspondía a un sueldo base de 9.965,04 euros mensuales, el que, sin embargo, es aumentado continuamente. A éste hay que añadir aún naturalmente muchos suplementos más.
Un simple sacerdote en el nivel más alto de antigüedad recibe un sueldo de acuerdo con la categoría A 14, lo que supone un sueldo base de 4.400 euros. Sus ingresos reales son de hecho mucho mayores, p. ej., con suplementos por matrimonio, por antigüedad, por familia, por hijos, por compensación, por transición, por pagas extras anuales, por vacaciones, por pagas de Navidad, por seguro extra para la renta, por amortizaciones así como por subsidio de defunción, que supone un sueldo doble, lo que ha sido suprimido para los «ciudadanos normales». Además de ello, un sacerdote tiene las ventajas de una vivienda libre de alquiler, recibe ayuda y atención doméstica y no tiene que pagar contribuciones a la seguridad social*. Así pues, a este sacerdote le llega aún mucho, mucho más del sueldo base mencionado, de tal modo que se puede decir que por los sermones y por rezar, a los dignatarios de la Iglesia se les paga más que generosamente, lo cual sobrepasa notablemente la situación de la mayoría de los ciudadanos y familias en Alemania.
Preguntémonos: ¿de dónde viene esta situación especial por pertenecer al rango de sacerdote? ¿Puede deducirse, p. ej., de la Biblia –que las Iglesias realzan tanto– que un cura se pueda enriquecer con el dinero de los creyentes de la manera mencionada? ¿Qué dijo Jesús al respecto?

Jesús era un hombre del pueblo. De ningún modo se puso por encima del resto de los ciudadanos del lugar. Él fue uno más entre ellos, el sencillo carpintero Jesús, que se ganaba el pan con el trabajo de sus manos. Que muchas personas acudieran en masa a Él, se debía a que la inconmensurable fuerza, amor y sabiduría de Dios fluían a través de Él. Por el contrario, en los sacerdotes, fariseos y escribas no podía constatarse lo mismo. Jesús atacó con palabras claras y críticas la conducta, la actitud y forma de proceder de la clase sacerdotal, su posición elitista y arrogante que se ponía sobre el pueblo llano. Sorprendentemente se han conservado en el Nuevo Testamento las palabras de Jesús al respecto:
«Entonces Jesús se dirigió a la gente y a sus discípulos y les dijo:
En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y fariseos. Haced, pues, y observad todo lo que os digan; pero no imitéis su conducta, porque dicen y no hacen. Atan cargas pesadas y las echan a las espaldas de la gente, pero ellos ni con el dedo quieren  moverlas.
Todas sus obras las hacen para ser vistos por los hombres: ensanchan las filacterias y alargan las orlas del manto; quieren el primer puesto en los banquetes y los primeros asientos en las sinagogas, que se les salude en las plazas y que la gente les llame ‘Rabí’.
Vosotros, en cambio, no os dejéis llamar ‘Rabí’, porque uno solo es vuestro Maestro; y vosotros sois todos hermanos. Ni llaméis a nadie ‘Padre’ vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. Ni tampoco os dejéis llamar ‘Instructores’, porque uno solo es vuestro Instructor: el Cristo.
El mayor entre vosotros será vuestro servidor. Pues el que se ensalce, será humillado, y el que se humille será ensalzado.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que cerráis a los hombres el reino de los cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y, cuando llega a serlo, le hacéis hijos de condenación el doble que vosotros!
(...)
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que pagáis el diezmo de la menta, del eneldo y del comino, y descuidáis lo más importante de la Ley: la justicia, la misericordia y la fe! Esto es lo que había que practicar, aunque sin descuidar aquello. ¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y tragáis el camello!
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, que purificáis por fuera la copa y el plato, mientras que por dentro están llenos de rapiña e intemperancia! ¡Fariseo ciego, purifica primero por dentro la copa, para que también por fuera quede pura!
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía e iniquidad.
¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, porque edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: ‘si hubiéramos vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas! Con lo cual atestiguáis contra vosotros mismos que sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres! ¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo vais a escapar de la condenación del infierno?...» (Mt 23, 1-33).

Predican la abstinencia – pero la de otros

Jesús, el Cristo, dijo: «No os dejéis llamar Rabí» (Mt 23, 8). ¿Qué habría dicho Él a un «representante de Dios»? Sabemos también por la actual palabra profética que Dios no instauró a ningún representante en la Tierra, sino que Él mismo está representado en cada ser humano y en todo el Infinito.
Jesús dijo además: «Nadie puede servir a dos señores; porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero» (Mt 6, 24).
En Mateo, capítulo 6, en el Sermón de la Montaña, se puede leer la siguiente y clara declaración de Jesús: «No os amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonaos más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben» (Mt 6, 19-20).
Y en los Hechos de los Apóstoles III, versículo 6, dijo el apóstol Pedro a una persona inválida que le pedía limosna: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo, te lo doy», y sanó al enfermo.
Estas palabras las conocen muy bien los jerarcas eclesiásticos; ellos predican también a menudo la abstinencia, la pobreza y el ascetismo, pero ellos mismos no se atienen a ello. En una prédica de Navidad, el cardenal Wetter, de Munich, dijo lo siguiente: «A pesar de los problemas sociales que sin duda existen todavía, no olvidemos que en Alemania todavía hay un nivel de vida muy alto, aunque todos tengamos que apretarnos algo el cinturón». Todos nosotros, así dijo literalmente el cardenal Wetter.
Y continuó diciendo: «No dejo de reconocer que toda mengua en cualquier sentido es algo difícil, pero todos nosotros deberíamos limitarnos en nuestras exigencias. El renunciar a algo no le sienta mal a una persona» (periódico «Abendzeitung München», 24.12.04).
Cabe preguntarse a qué ha renunciado personalmente el cardenal Wetter. ¿Ha renunciado tal vez a una parte de su sueldo de 10.000 euros, que es financiado puntualmente cada mes por la aportación de los contribuyentes de Baviera? Pues los obispos y los obispos regionales son remunerados por el Estado casi en todos los Estados federales.
¿O renuncia tal vez el cardenal a la casa que se le da gratuitamente, al conductor de su automóvil, al estupendo coche que se pone a su disposición de acuerdo con su rango? Nada de eso. Pero él lo predica al pueblo. Y del mismo modo lo hacen también muchos otros superiores de las Iglesias.
Y añadiendo aún otro punto de vista: los sacerdotes son por lo general solteros, y sus amas de casa son financiadas en un 50 al 75% con los impuestos a favor de la Iglesia. Cualquier otro son soltero ni siquiera puede desgravar de hacienda los gastos de una asistenta doméstica. Vemos por tanto una grave diferencia: por un lado los privilegiados sacerdotes y por otro lado el pueblo normal. Y hay muchos más ejemplos de este tipo.
El pueblo de a pie es el que tiene que pagar. Un miembro de la Asociación para la libertad de pensamiento en Alemania, Gerhard Rampp, calculó cuánto trabaja de hecho para la Iglesia un contribuyente que paga sus impuestos a aquella: un contribuyente de éstos trabaja en beneficio de la Iglesia una hora por semana, medio día por mes, 6 días completos al año. Calculado en un periodo de vida laboral total hasta su jubilación, un contribuyente ha trabajado todo un año en beneficio de su Iglesia*. Con el mismo dinero uno se podría permitir una vivienda de propiedad –según donde esté situada–, o en cualquier caso una sólida jubilación. Considerando en qué emplea la Iglesia ese dinero, sólo se puede decir que quien siga perteneciendo a la Iglesia se pasa de tonto.

La Inquisición, una justicia llevada a cabo con robo y linchamiento

Las palabras de la Biblia, que dicen: «No acumuléis tesoros aquí en la Tierra» seguramente que todavía las tenemos en mente. Contrariamente a esto, ya hemos escuchado cuánto dinero llega a las Iglesias en Alemania. Al escuchar la palabra «tesoros» uno piensa automáticamente en cámaras del tesoro. Aquí habría que nombrar, por ejemplo, la cámara del tesoro del Vaticano. Antes se mencionó a algunos representantes especialmente ricos de la Iglesia católica romana como, por ejemplo, el cardenal alemán Wetter. Uno apenas se puede imaginar sobre qué enorme cantidad de tesoros están sentados realmente los representantes de las Iglesias.
Hoy en día se podría sostener la opinión de que si hay personas tan tontas como para que den libremente su dinero a esta institución, ésta lo ha recibido con razón. Pero como veremos, esto no sucedió tan libremente en el pasado, puesto que ¿de dónde procede el dinero, de dónde ha surgido la inmensa fortuna del Vaticano? En definitiva es «dinero manchado de sangre», pues éste fue «ganado» en el pasado mediante muertes y asesinatos. Esto tal vez asuste a más de algún lector, pero a lo largo de los siglos la Iglesia no ha tenido ningún escrúpulo en «ganar» dinero de la manera más vergonzosa, acumulando bienes sobre bienes. Esto se puede documentar con algunos ejemplos:
La Inquisición no fue al fin y al cabo otra cosa que una justicia llevada a cabo con robo y linchamiento, aunque el Papa actual la presente de otro modo y describa la Inquisición como que fue un «progreso». Los príncipes de la Iglesia siempre se embolsaron dinero manchado de sangre, y esto de modo tan extremo que en tiempos pasados había un proverbio que decía que la manera más rápida y fácil de hacerse rico era quemar brujas.

La base para torturar y asesinar a miles de mujeres en Europa fue la autorización por el Papa del Malleus maleficarum, el libro llamado «El martillo de brujas», que describe detalladamente los métodos de tortura más diversos y crueles. Pero la verdadera cara de la Inquisición la mostraron también las disposiciones del Papa Inocencio III. Éste mandó confiscar las propiedades de los herejes, expropiarlas y desheredar a los hijos de los paganos. Para que el dinero manchado de sangre fluyera más rápido y para obtener confesiones agravantes, se torturaba a las víctimas de manera brutal.
Tan sólo con este dinero ensangrentado y que provenía de la fortuna de herejes expropiados, el Papa Juan XXII pudo comprar en el año 1317 seis nuevos obispados. Ya en el año 380 se amenazaba a personas de otras creencias –esto es, a los llamados herejes– con expulsión, destierro y confiscación de sus bienes. A personas de otras creencias se les quitaba el derecho a llamarse cristianos, hacer testamentos, lo que estaba prohibido, o a heredar algo. O sea que incluso se les prohibía heredar.
«El gran Concilio de Tours, que celebró el Papa Alejandro III en el año 1163, ordenó a todos los príncipes laicos que encarcelaran a las personas que tuvieran otras creencias y que se les confiscara sus propiedades»*. «Tan pronto como a una persona sospechosa de herejía se la invitaba a comparecer y se la apresaba, los funcionarios laicos confiscaban su fortuna»**. Esto sucedía entonces antes de que ni siquiera se iniciara un proceso. Así que una meta esencial del proceso era sencillamente confiscar las propiedades y apoderarse de las tierras y el dinero.
También la familia de una persona que cayera bajo las ruedas de la Inquisición, se encontraba de pronto en la calle y sin medios. El historiador Charles Lea escribe al respecto: «Y su familia, tanto si se le considera culpable como si no, era echada a la calle para morir de hambre o confiarse al incierto amor al prójimo de sus semejantes, un amor al prójimo muy influido por el hecho de que cualquier muestra de simpatía hacia un hereje era peligrosa»*.
Interesante resulta también el modo cómo era repartido aquel dinero obtenido con sangre. La Iglesia recibía, por ejemplo en Alemania, un tercio del dinero robado, de las tierras o de las casas de los asesinados, en otros casos la mitad. A menudo recibían un tercio las autoridades locales, un tercio las autoridades de la Inquisición, para que siguiera funcionando, y un tercio el obispo.
Especialmente lucrativos naturalmente eran estos «negocios» allí donde el príncipe y la Iglesia eran idénticos. Los llamados príncipes obispos se hacían entonces con todo el dinero manchado de sangre. En los principados episcopales alemanes se desencadenaban las peores persecuciones de brujas, fuera en Würzburg, Bamberg, Tréveris o Colonia. Pero también en numerosas zonas protestantes  las «brujas» eran perseguidas con gran empeño, pues también en éstas el soberano reinante era al mismo tiempo el hombre más importante de la Iglesia, en este caso el obispo regional.
Lo mismo era válido para el Vaticano, a donde iba a parar el 100% de los bienes de las personas juzgadas que eran asesinadas en su territorio.

Desde robo a falsificación de documentos, las criminales fuentes de ingresos de la Iglesia

En el curso de la historia hay otras fuentes de ingresos de la Iglesia que están relacionadas especialmente con sangre y crueldad. Aquí se debe mencionar la esclavitud. La Iglesia tuvo muchos esclavos a su servicio y procuró que la esclavitud fuera asegurada legalmente en el sentido que ella quería. En la antigüedad era todavía posible dejar libre a los esclavos. La Iglesia, sin embargo, prohibió que esclavos a su servicio pudieran ser puestos en libertad*.
También el diezmo de la Iglesia era cobrado con todo rigor y sin compasión. Cuando en el siglo XIII los campesinos de Steding, en las cercanías de la ciudad de Bremen, se negaron a pagar el diezmo, fueron perseguidos y vencidos por el obispo de Bremen con un ejército en toda regla y muchos fueron asesinados. Por la más mínima infracción eran impuestas sanciones monetarias adicionales muy por encima del diezmo eclesiástico, y ¡ay de quien no pudiera pagarlas! El Papa Pío V en el siglo XVI dio una orden que decía: «Un hombre común que no puede pagar su multa, debe estar la primera vez de pie con las manos atadas a la espalda un día entero ante la puerta de la iglesia; la segunda vez ha de recorrer la ciudad siendo azotado, y la tercera vez ha de perforársele la lengua enviándosele a las galeras»*.

También las falsificaciones de documentos eran un método con el que la Iglesia se enriquecía, algo muy eficaz y no menos lucrativo. Había monasterios que se especializaron en ello. Por ejemplo, el monasterio benedictino de Reichenau, en el lago de Constanza, tenía la mala fama de ser un lugar de falsificación de documentos. Se falsificaban documentos y se afirmaba después que un rey o emperador fallecido ya mucho tiempo antes habían legado, es decir, regalado a este o aquel monasterio un trozo de tierra determinado. Con esta historia inventada y el documento falsificado el monasterio se apoderaba de esas tierras.
Los monasterios tenían por lo demás un «buen» ejemplo, pues fueron los denominados Estados Pontificios de la silla de san Pedro, los que comenzaron con ello en el siglo VIII.
La llamada «Donación de Constantino» fue un documento falsificado. En éste se afirmó que presuntamente el emperador Constantino, que vivió en el siglo IV, había legado supuestamente casi toda Italia al Papa Silvestre. Y con la ayuda de este «documento», el Papa Esteban logró en el año 754 que el rey de los francos, Pepino, combatiera a los longobardos. Después, Pepino puso efectivamente a disposición del Papa de entonces los territorios conquistados. Este engaño fue así la base para establecer el Estado de la Iglesia, que existió hasta el siglo XIX. En la Edad Media tardía se conocen casos de personas que fueron asesinadas por descubrir y desvelar este fraude, por ejemplo Johannes Dränsdorf en Heidelberg, en 1425, o Friedrich Reiser en Estrasburgo, en 1458*.

Una fuente de ingresos muy preciada también en el pasado de la Iglesia fueron los robos con asesinato. Por ejemplo, en el descubrimiento de América la Iglesia acumuló muchísimo oro y riquezas con las tropas de los países católicos. Se sabe que con el primer oro traído del botín hecho en Sudamérica, el Papa Alejandro VI hizo adornar el techo de Santa María Maggiore en Roma, decorándola con el símbolo de su familia (programa de la 1ª cadena de televisión alemana ARD, «Queridas, las favoritas del Papa», 27.12.2005). Una gran parte de la plata y el oro ensangrentado fluyó a la cámara del tesoro de la Iglesia. También el oro para muchas custodias procedía de esta fuente. Igualmente fueron robados tesoros en oro de otras partes del mundo.
A propósito de tesoros. El patrimonio del Vaticano es un secreto muy bien guardado. No obstante, de vez en cuando salen algunos valores estimativos a la opinión pública. Así, el autor Nino lo Bello cifró hace unos 20 años el patrimonio activo de la Iglesia en más de 20.000 millones de dólares («Vaticano se hace sospechoso»). Entretanto ha de haber aumentado notablemente.

Otro modo bastante practicado de aumentar la fortuna era también la captación de herencias. Ya el Papa Alejandro III dispuso en 1170 que «ningún testamento era válido si no se había hecho ante la presencia de un sacerdote. Todo notario público que formulaba un testamento sin tomar en cuenta esta disposición del Papa, era castigado con la excomunión»*.
La Iglesia tampoco veía con buenos ojos que se dejara dinero en herencia a los hijos. El padre de la Iglesia Salviano, de Marsella, predicó en el siglo V: «Quien deja su patrimonio a sus hijos en lugar de a la Iglesia, obra contra la voluntad de Dios y contra su propio beneficio. Mientras se ocupa del bienestar terrenal de sus hijos, perjudica su propio bienestar en el Cielo»**. Y los sacerdotes han contado una y otra vez a la gente durante siglos que si donan su dinero, precisamente en el lecho de muerte, su alma lo tendrá más fácil en el purgatorio.

Otra manera de acumular dinero era –y es aún hoy en día– la venta de títulos con la bendición del Papa. Apenas puede creerse tal información, pero con esto el Vaticano ganó en verdad mucho dinero, como muestra una especificación del año 1990. En aquel entonces se vendía un documento con la bendición personal del Papa por 5.000 marcos alemanes. Por obtener condecoraciones papales había que pagar hasta 120.000 marcos. También se podía comprar un título nobiliario, p. ej., el de barón, por 300.000 marcos o bien se podía pedir ser acogido en el rango de príncipe, lo que, sin embargo, costaba 2,5 millones de marcos alemanes*.

Durante el Renacimiento, algunos Papas tenían incluso sus propios burdeles, y a los sacerdotes que vivían en concubinato se les exigía un denominado impuesto a las prostitutas. Había regiones en las que además era normal que quienes no tenían mujer tuvieran también que pagar el impuesto a la prostitución. Era simplemente una posibilidad de ingresos que la Iglesia descubrió y utilizó.

Con todo esto, a uno le resulta sospechosa toda esta historia expuesta: ¿Qué tiene que ver todo esto con Cristo? No olvidemos que este culto idólatra totalitario no sólo se denomina «católico» sino también «cristiano».
Si ahora preguntamos: ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro, que ha ordenado todas estas maquinaciones? Pues todo ha sido siempre bendecido por el Papa o iniciado por él. En este caso una persona con buena capacidad analítica puede pensar: ¿Quién es el que está sentado en la silla de san Pedro? Si Jesús, el Cristo, dijo: «Antes pasa un camello por el ojo de una aguja que entra un rico en el Reino de los Cielos» y esta Iglesia está acumulando fortuna tras fortuna, ¿quién está sentado en realidad en la silla de san Pedro? Aquel que reflexiona sobre esta pregunta, podría llegar quizá a la conclusión de que quien acumula riquezas de esta manera no tiene en absoluto la intención de ir al Reino de los Cielos. Él aterrizará allí donde ya está, esto es, donde el adversario de Dios.

Lo que importa son los réditos: los lugares donde «trabajan» los dineros de la Iglesia

Hasta aquí algunos antecedentes históricos. Ahora se plantea naturalmente la pregunta de cómo es todo esto actualmente en el Vaticano. ¿Es hoy diferente?
Ya hemos oído hablar de la fortuna, que sigue estando allí, pues de hecho la Iglesia jamás ha devuelto el dinero robado, tampoco el oro arrebatado a otros. Y como se ha constatado en otra ocasión, tampoco ha tenido lugar jamás una indemnización a los millones de víctimas de la Iglesia.
Para poder valorar con claridad el carácter de la Iglesia en el mundo de hoy, sería interesante saber dónde ésta tiene participación actualmente, no sólo la Iglesia en Alemania, sino también el mismo Vaticano. A pesar de la refinada táctica de encubrimiento de datos y hechos por parte de la Iglesia, ¿existen posibilidades de saber dónde está realmente depositado el dinero del Vaticano, y qué organizaciones lo manejan?

Dejemos hablar en este punto a Karlheinz Deschner. En su libro «Opus Diaboli» (1987), dio a conocer hace ya unos 20 años, como en una instantánea del momento, las propiedades y riquezas de la Iglesia. Por ejemplo: La Iglesia católica, «que todavía es la mayor propietaria de terrenos y bienes raíces en el mundo cristiano, cuyas participaciones en acciones y capital hace ya una década –ahora son ya unos 30 años– fueron valoradas en unos 50 mil millones de marcos alemanes, la que tan sólo en Roma dirige casi una docena de bancos, a quien con un 51% también le pertenece de hecho el banco privado más grande del mundo, el Bank of America, que tiene elevadas reservas de oro en Fort Knox y que ha invertido capitales en todas las multinacionales posibles, en grandes empresas españolas, en consorcios franceses de petróleo, en centrales eléctricas y de gas argentinas, en minas de estaño bolivianas, en factorías de caucho brasileñas, en la industria de acero norteamericana, en la General Motors Corporation, en «Alitalia», la compañía aérea más grande de Italia, en la empresa de automóviles Fiat, en una larga serie de sociedades italianas de seguros y de la construcción de primer orden, en sociedades de seguros de vida y de la propiedad alemanas, en las fábricas de soda y anilina BASF, de Baden, Alemania, en las fábricas alemanas de pinturas de Leverkusen, en la sociedad por acciones Petrolera alemana, en la Empresa de Electricidad de Hamburgo, en las minas de carbón de Essen, Alemania, en las fábricas de acero de Renania, la Unión alemana de empresas del metal, en la Sociedad por acciones azucarera alemana, en las empresas alemanas Congeladoras de Lindes, Siemens & Halske, Mannesmann S.A., BMW, etc., etc., por no mencionar los propios bancos de la Iglesia...» (pág. 121).

Lo que es válido para el Vaticano, continúa también hasta dentro de las gestiones financieras de los obispados católicos y la Iglesia regional evangélica luterana, p. ej., en Alemania. El estado actual no es fácil de descubrir, pues se trata de inversiones, por ejemplo, en acciones. Acciones se pueden vender y volver a comprar en cualquier momento. A pesar de todo, algo se puede decir al respecto. Básicamente hay que decir que la Iglesia no sólo tiene riquezas gigantescas en inmobiliarias, sino que una gran parte de sus bienes son bienes de capital e inversiones, por así decirlo, «materia líquida». La revista alemana FOCUS (1/97) tan sólo en la Iglesia católica alemana calculó estos bienes de capital e inversiones en una suma entre unos 80 y 100 mil millones de marcos alemanes. O sea que aquí se trata de una suma inmensa de dinero; en el caso de la Iglesia luterana protestante debería tratarse de una cantidad parecida.

Pero no sólo son los obispados e Iglesias regionales los que disponen de estas reservas, sino que la Iglesia tiene además sus propios bancos. El antes mencionado politólogo Carsten Frerk, en su libro «Las finanzas y la fortuna de la Iglesia» enumera seis bancos protestantes y cinco católicos. A esto hay que agregar dos bancos pertenecientes a Iglesias libres y un banco propio dedicado a las misiones. También existe el Banco para fines sociales, en el que Caritas y la Diaconía tienen la mayor parte de las acciones. Y existen una serie de Fondos de inversión de la propia Iglesia, que principalmente son manejados por estos bancos. Según Frerk, el 28 de febrero de 2001 estos fondos tenían un volumen de 2 mil millones de marcos alemanes, es decir, un cuantioso capital que prácticamente pertenece a la Iglesia de forma directa o indirecta. Aquí se encuentra la rueda giratoria de la fortuna para numerosas transacciones financieras; aquí se compran acciones y se llevan a cabo otras participaciones comerciales.
¿En qué se utiliza ahora este dinero? ¿Qué acciones se compran? De forma indirecta se puede descubrir algo, esto es, que en este ámbito hay algunos pocos fondos que son llamados «Fondos Verdes». Es éstos se tiene en cuenta en qué medida las empresas de las que se compran acciones cumplen ciertos criterios ecológicos o de finalidad social. Pero estos fondos tienen una participación pequeña en el mercado, un 0,4%, No obstante, también estos pocos «Fondos Verdes» de la Iglesia mantienen ciertas posibilidades abiertas. Por ejemplo, el Fondo KD de inversión ecológica, que fue emitido por el Banco para la Iglesia y la Diaconía, puede invertir hasta un 33% de su volumen en empresas que en absoluto son ecológicas. O la Liga católica Pax de fondos y acciones, tiene acciones de la empresa Schering, que comercializa píldoras anticonceptivas, pues estas acciones –como Frerg explica– «son simplemente muy buenas como para no tenerlas en cuenta»*.
Algunos de los Fondos Verdes de la Iglesia no adquieren acciones de la empresa Daimler-Chrysler, porque esta empresa tiene que ver con la industria de armamento, pero otros fondos de la Iglesia tienen sus acciones allí, por ejemplo, el Fondo de acciones Eagle-Top-Kolping.
El mismo borroso método utilizan las Iglesias regionales cuando colocan acciones: la Iglesia regional de Baden en Alemania, según una información del periódico «Frankfurter Rundschau» (25.9.2001), se deshizo de sus acciones de Daimler Chrysler al incrementarse en más de un 10% de sus ganancias totales la participación de esta empresa en la industria de armamento. Pero en la misma noticia se decía que cuando esta participación de la multinacional Daimler, tras la venta de algunas participaciones bajó a menos del 10%, la Iglesia regional volvió a comprar las acciones.
Así que de forma indirecta se puede deducir que existen unos pocos inversionistas dentro de las Iglesias oficiales que tienen al menos en cuenta esos criterios, aunque no de manera consecuente; pero estos pocos hacen después gran algarabía de ello bajo el lema: «haz cosas buenas y habla de ellas». ¿Pero qué pasa con el resto, con el otro 99%? A éstos al parecer les da igual si sus acciones son invertidas en alcohol, casinos o armamento, lo importante es que den dinero. Éstos han sido en pocas líneas algunos hechos. El lector puede formarse ahora su propia opinión.

Las tenebrosas maquinaciones del Banco Vaticano

¿Pero por qué la Iglesia no habría de tener bancos, por ejemplo, en Alemania? El Vaticano tiene por su parte un banco propio, cuyo propietario es nada menos que el «pontífice» mismo. ¿Por qué la Iglesia no habría de hacer entonces lo mismo? Sólo hubo uno que no tuvo ningún banco, y ése fue Jesús de Nazaret, puesto que era un hombre del pueblo. Y lo que Él pensaba sobre la riqueza, lo hemos escuchado ya anteriormente.

A propósito del Banco Vaticano: éste ha estado envuelto en tenebrosos enredos. Por lo visto en él se blanqueó dinero a gran estilo. Se sacó dinero pasando por alto al fisco italiano a través de cuentas en el extranjero y empresas ocultas. Y cuando esta situación explotó, tuvieron lugar asesinatos. Había tratos con la mafia. En una relación tal el llamado banquero de Dios, Roberto Calvi, fue asesinado en Londres. Durante muchos años se intentó encubrir aquellos hechos, pero entretanto está comprobado que no pudo tratarse de un suicidio.
Hay que hacerse consciente de que el Vaticano no presenta cuentas claras, de modo que en última instancia ninguna persona sabe: a) qué valores financieros y fortunas están depositados allí, y b) cómo se formaron éstos. Pero lo que sí se sabe es cómo es la situación actual del mundo. Se sabe que 852 millones de personas padecen hambre. Se sabe que 1.200 millones de personas, esto es, 1/5 de la población mundial, vive en absoluta pobreza. Y el Papa, que es quien habla siempre de que hay que hacer cosas buenas a los demás, es él mismo el propietario de un banco y está prácticamente sentado sobre el dinero que podría ayudar a disminuir la  miseria.

El Papa viaja – pero pagar deben hacerlo otros

Agregando algo a lo anterior, hay que decir que el Papa Juan Pablo II visitó a muchas de aquellas personas pobres y hambrientas, pero no para llevarles algo de su fortuna. No, muy por el contrario: en Tanzania, donde el Papa fue en el año 1990, los habitantes de una región visitada por él tuvieron que pagar las medidas de seguridad para protegerlo. La ex monja María Lauda informó que para este efecto las familias de aquel lugar se tuvieron que endeudar con lo que supone el sueldo de un mes*. Vemos que el Papa no lleva nada de sus riquezas; en vez de dar, él toma. Para la seguridad externa del «Santo padre» los pobres se ven obligados a pagar, esto es, a dar parte de lo poco que tienen, y mucho más aún, como vimos antes. ¿Y qué «bendición» recibieron por ello?

De forma parecida sucedió en Goya, India, donde la visita del Papa costó 10 millones de marcos alemanes, que fueron recolectados entre los creyentes.

También la visita del Papa Ratzinger a Baviera, en septiembre de 2006, hubo de ser financiada por los contribuyentes alemanes, incluyendo las gigantescas medidas de seguridad. Aquí hay que añadir las inmensas pérdidas económicas sufridas con motivo del cierre de las autopistas y de los trayectos ferroviarios, así como las obstrucciones del tráfico con barreras en el centro de la ciudad.

¡Devolved el dinero robado!

Justamente en relación con la pobreza y las insoportables necesidades de millones de personas, la monstruosa riqueza de la Iglesia y el lujo en el que viven los denominados «servidores de Dios» se convierte en un escándalo, sobre todo cuando precisamente las Iglesias han conseguido dar la impresión de que son precisamente ellas las que ayudan a mitigar las necesidades en el mundo. Siempre que sucede una catástrofe humana, en Alemania vienen siempre en primer lugar las peticiones de ayuda de las diferentes instituciones de ayuda humanitaria, lo que en todas partes hace surgir la impresión de que las Iglesias participan en esa ayuda. La verdad es que en absoluto es así. Ellas sólo reúnen los donativos de aquellas personas que desean ayudar a sus semejantes que están en necesidad. Estos dineros van en primer lugar a las cuentas de la Iglesia. Hasta que finalmente fluye a aquellos países a los que estaban destinados, la Iglesia se beneficia de los intereses. 
En vista de estas gestiones financieras de la Iglesia, en más de uno surge la misma pregunta que Frerk plantea a las Iglesias alemanas al final de su libro: «¿Por qué las Iglesias no renuncian por un año a seguir aumentando la fortuna que tienen en capital, e invierten esos tres mil millones de euros en proyectos ejemplares?»*. ¡Qué proyectos de ayuda se podrían iniciar en el tercer mundo, considerando sólo un año de renuncia!
En relación con la fortuna que tiene la Iglesia en todo el mundo, se plantea otra pregunta: ¿Por qué en el año 2000 la Iglesia reconoció a medias su culpa, diciendo: «es verdad, se robó mucho», sin que a esta declaración le hayan seguido hechos concretos? ¿Por qué no devuelve esa fortuna robada a los países pobres? ¡Cuántas mega-toneladas de oro y plata se llevaron desde Sudamérica! ¿Por qué las Iglesias no hacen derretir las custodias y candelabros de oro y dan su valor a los que les fue robado, a México o Sudamérica, donde hay una pobreza tan enorme?

Son preguntas desagradables que hacen aguzar los oídos e invitan a reflexionar. Al fin y al cabo las iglesias afirman ser «cristianas», en cierto modo las que protegen y salvaguardan la herencia religioso-espiritual de Jesús, el Cristo, el maestro de la sabiduría más grande de la humanidad. ¿Podríamos imaginarnos que Él tendría algo que ver con tales maquinaciones? Hagámonos conscientes de cómo fue Su paso como hombre por esta Tierra. Él compartió lo último de su ropaje con Su prójimo. Él no estuvo al lado de los saturados, poderosos y ricos. Él sintió con los pobres e intercedió a su favor. Él vino al mundo entre los animales. Para mantenerse trabajó como un sencillo carpintero. Y al final de su camino terrenal fue asesinado por los ricos de la manera más vergonzosa. El camino que Él vivió y enseñó no es el camino de la riqueza. Jesús, el Cristo, nos dio Su enseñanza, el Sermón de la Montaña, con la frase básica: «Lo que quieres que otros te hagan a ti, hazlo primero tú a ellos». Él nos dio el mandamiento del amor al prójimo, no el mandamiento de acumular riquezas y de explotar al prójimo.

La solución está a la mano

Así pues, una persona inteligente y con buena capacidad analítica, se preguntará: Tratándose de la silla de san Pedro: ¿dónde he venido a caer?  ¡Sin duda no en manos de Cristo! ¿Cómo se puede uno escapar de esta silla de san Pedro? En el caso de que ustedes mismos todavía paguen tributo a este culto idólatra totalitario, piensen tal vez ahora en liberarse de él. Pues incluso en la Biblia de la Iglesia encontrarán una instrucción adecuada. En el Apocalipsis de Juan se dice: «Sal de ella pueblo mío, no sea que os hagáis cómplices de sus pecados y os alcancen sus plagas». Y este consejo se puede seguir en cualquier momento.
Seguro que no será posible deshacerse en seguida de todos los cercos y encierros de los que hemos hablado hoy. Sobre todo en Alemania, como hemos tenido que comprobar, es muy difícil liberarse totalmente de las garras de la Iglesia, tratándose de dinero, pues también las personas que se han salido de la Iglesia continúan pagándole a través de los impuestos generales. Pero a pesar de ello, el salirse de ella es el primer paso en la dirección correcta.

Cada persona se puede formar su propia opinión hacia donde se quiere dirigir. Si ustedes se deciden por Jesús, el Cristo, el librepensador, el maestro de la sabiduría, esto no les costará ni un céntimo. Y entonces ya no necesitarán ninguna Iglesia, tampoco un culto idólatra totalitario ni mucho menos una institución, puesto que Jesús, el Cristo, vive dentro de cada uno de nosotros, también de ustedes, estimadas lectoras y estimados lectores. Por eso, ¡decídanse libremente!

Cuando nosotros, cristianos originarios, hablamos en nuestra serie de emisiones  sobre cómo podemos aplicar las prácticas enseñanzas de Jesús de Nazaret en la vida diaria, no estamos supeditados a las polvorientas y falsificadas palabras de la Biblia, pues Cristo habla hoy de nuevo a los hombres a través de la palabra profética, para enseñarnos –como lo hizo siendo Jesús de Nazaret– la manera cómo podemos acercarnos a Dios. Como cristianos originarios nos esforzamos en practicar en la vida diaria las verdaderas enseñanzas de Cristo. Y nuestro deseo profundo es rehabilitar el nombre de «Jesús» o «Cristo», del que se abusa una y otra vez de múltiples maneras para fines no cristianos.

El «Santo padre» Ratzinger defiende abiertamente que se practique una crueldad bestial con animales indefensos

Tal vez resulte sorprendente para más de alguno que un programa con el título «... ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» se ocupe del tema de los animales, pues puede que no se suponga ninguna relación directa entre el mundo de los animales y la silla de San Pedro.
El motivo de esta transmisión es una noticia que apareció en los medios de difusión a fines de 2005. En ella se leía que el Papa Ratzinger saboreó en Navidad una forma especial de tortura animal, a saber, un capón. Un capón es un gallo joven castrado. «Caponación» es el nombre que se da a la castración de un animal, en el que éste aumenta en masa cárnica, a fin de hacer su carne más delicada, un procedimiento que no suele ya efectuarse en la actualidad, por lo menos en Alemania, con motivo de las leyes de protección de animales. A la edad de 6 semanas, a los animales jóvenes se les abre la cavidad abdominal, normalmente sin anestesia, es decir, en estado plenamente consciente. Los testículos, que se encuentran en la cavidad abdominal, se extraen entonces con una tenaza, girándolo entre cinco y veinte veces (¡!). A muchos capones se les cortan también la cresta y la papada.

Algunos se preguntarán ahora consternados: ¿cómo es posible que se haga alarde públicamente de semejante tortura animal por parte de  una persona que gobierna un imperio mundial y que, además, se hace venerar como «Santo padre» y «Vicario de Dios»? Y esa persona no tiene ningún reparo en autorizar que a animales indefensos se les trate con una crueldad tan bestial. ¿A quién no deja esto pensativo? ¿Y qué cosas más no tienen que sufrir los animales en el llamado Occidente cristiano, cuyos usos y costumbres fueron determinados en gran medida por la institución del Vaticano?

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En el Tomo 3 de la serie
«Sólo para personas despiertas y con buena capacidad analítica. ¿Quién está sentado en la silla de san Pedro?» están contenidas las emisiones de radio desde la 12 a la 16.

Este libro lo puede adquirir si lo desea
en la  Editorial Vida Universal

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